
Pasos Básicos a Cristo
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– Primera Parte –
¿Cómo Puedo Venir a Cristo?
La naturaleza y la revelación a una dan testimonio del amor
de Dios. La transgresión de la ley de Dios, de la ley de amor, fue lo que trajo
consigo dolor y muerte. Sin embargo, en medio del sufrimiento resultante del
pecado se manifiesta el amor de Dios. "Dios es amor" está escrito en
cada capullo de flor que se abre, en cada tallo de la naciente hierba.
El Señor Jesús vino a vivir entre los hombres, a manifestar
al mundo el amor infinito de Dios. Su corazón rebosaba de tierna simpatía
por los hijos de los hombres. Se revistió de la naturaleza del hombre para
poder simpatizar con sus necesidades. Los más pobres y humildes no tenían
temor de allegársele. Tal fue el carácter que Cristo reveló en Su vida. Tal
es el carácter de Dios.
Jesús vivió, sufrió y murió para redimirnos. Se hizo
"Varón de dolores" para que nosotros fuésemos hechos participantes
del gozo eterno. Pero este gran sacrificio no fue hecho para crear amor en el
corazón del Padre hacia el hombre, ni para moverle a salvarnos. ¡No! ¡No! "Porque
de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo unigénito." Juan
3:16. Si el Padre nos ama no es a causa de la gran propiciación, sino
que El proveyó la propiciación porque nos ama. Nadie sino el Hijo de Dios
podía efectuar nuestra redención.
¡Cuán valioso hace esto al hombre! Por la transgresión,
los hijos de los hombres son hechos súbditos de Satanás. Por la fe en el
sacrificio expiatorio de Cristo, los hijos de Adán pueden llegar a ser hijos de
Dios. Este pensamiento ejerce un poder subyugador que somete el entendimiento a
la voluntad de Dios.
El hombre estaba dotado originalmente de facultades nobles y
de un entendimiento bien equilibrado. Era perfecto y estaba en armonía con
Dios. Sus pensamientos eran puros, sus designios santos. Pero por la
desobediencia, sus facultades se pervirtieron y el egoísmo reemplazó el amor.
Su naturaleza quedó tan debilitada por la transgresión que ya no pudo, por su
propia fuerza, resistir el poder del mal.
Es imposible que escapemos por nosotros mismos del hoyo de
pecado en el que estamos sumidos. Nuestro corazón es malo, y no lo podemos
cambiar. Debe haber un poder que obre desde el interior, una vida nueva de lo
alto, antes que el hombre pueda convertirse del pecado a la santidad. Ese poder
es Cristo. Únicamente Su gracia puede vivificar las facultades muertas del alma
y atraer ésta a Dios, a la santidad. Para todos ellos hay una sola
contestación: "¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del
mundo!" Juan 1:29. Aprovechemos los medios que nos han sido
provistos para que seamos transformados conforme a Su semejanza y restituídos a
la comunión de los ángeles ministradores, a la armonía y comunión del Padre
y del Hijo.
Cómo se justificará el hombre con Dios? ¿Cómo se hará
justo el pecador? Sólo por intermedio de Cristo podemos ser puestos en armonía
con Dios y con la santidad; pero ¿cómo debemos ir a Cristo?
El arrepentimiento comprende tristeza por el
pecado y abandono del mismo. No renunciamos al pecado a menos que veamos su
pecaminosidad. Mientras no lo repudiemos de corazón, no habrá cambio real en
nuestra vida.
Pero cuando el corazón cede a la influencia del Espíritu de
Dios, la conciencia se vivifica y el pecador discierne algo de la profundidad y
santidad de la sagrada ley de Dios, fundamento de Su gobierno en los cielos y en
la tierra. La convicción se posesiona de la mente y del corazón.
La oración de David después de su caída ilustra la
naturaleza del verdadero dolor por el pecado. Su arrepentimiento fue sincero y
profundo. No se esforzó él por atenuar su culpa y su oración no fue inspirada
por el deseo de escapar al juicio que le amenazaba. David veía la enormidad de
su transgresión y la contaminación de su alma; aborrecía su pecado. No sólo
pidió perdón, sino también que su corazón fuese purificado. Anhelaba el gozo
de la santidad y ser restituido a la armonía y comunión con Dios. Sentir
un arrepentimiento como éste es algo que supera nuestro propio poder; se lo
obtiene únicamente de Cristo.
Cristo está listo para libertarnos del pecado, pero no
fuerza la voluntad. ¿Si rehusamos, qué más puede hacer El? Estudiad la
Palabra de Dios con oración. Cuando veáis la enormidad del pecado, cuando os
veáis como sois en realidad, no os entreguéis a la desesperación, pues a los
pecadores es a quienes Cristo vino a salvar. Cuando Satanás acude a decirte que
eres un gran pecador, alza los ojos a tu Redentor y habla de Sus méritos.
Reconoce tu pecado, pero di al enemigo que "Cristo Jesús vino al mundo
para salvar a los pecadores," y que puedes ser salvo. 1 Tim. 1:15
El que encubre sus transgresiones, no prosperará;
mas quien las confiese y las abandone, alcanzará misericordia."
Proverbios 28:13.
Las condiciones indicadas para obtener la misericordia de
Dios son sencillas, justas y razonables. Confesad vuestros pecados a Dios, el
único que puede perdonarlos, y vuestras faltas unos a otros. Los que no han
humillado su alma delante de Dios reconociendo su culpa, no han cumplido
todavía la primera condición de la aceptación. Debemos tener la
voluntad de humillar nuestros corazones y cumplir con las condiciones de la
Palabra de verdad. La confesión que brota de lo íntimo del alma sube al
Dios de piedad infinita. La verdadera confesión es siempre de un carácter
específico y reconoce pecados particulares. Pero toda confesión debe hacerse
definida y directa. Está escrito: "Si confesamos nuestros pecados, El
es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados, y limpiarnos de toda
iniquidad." 1 Juan 1:9.
La promesa de Dios es: "Me buscaréis y Me hallaréis
porque Me buscaréis de todo vuestro corazón." Jeremías 29:13.
Debemos dar a Dios todo el corazón, o no se realizará el
cambio que se ha de efectuar en nosotros, por el cual hemos de ser transformados
conforme a la semejanza divina.
La guerra contra nosotros mismos es la batalla más grande
que jamás se haya reñido. El rendirse a sí mismo, entregando todo a la
voluntad de Dios, requiere una lucha; mas para que el alma sea renovada en
santidad, debe someterse antes a Dios.
Al consagrarnos a Dios, debemos necesariamente abandonar todo
aquello que nos separaría de El. Hay quienes profesan servir a Dios a la vez
que confían en sus propios esfuerzos para obedecer Su ley, desarrollar un
carácter recto y asegurarse la salvación. Sus corazones no son movidos por
algún sentimiento profundo del amor de Cristo, sino que procuran cumplir los
deberes de la vida cristiana como algo que Dios les exige para ganar el cielo.
Una religión tal no tiene valor alguno.
Cuando Cristo mora en el corazón, el alma rebosa de tal
manera de Su amor y del gozo de Su comunión, que se aferra a El; y
contemplándole se olvida de sí misma. El amor a Cristo es el móvil de sus
acciones.
Los que sienten el amor constreñidor de Dios no preguntan
cuánto es lo menos que pueden darle para satisfacer lo que El requiere; no
preguntan cuál es la norma más baja que acepta, sino que aspiran a una vida de
completa conformidad con la voluntad de su Redentor.
¿Creéis que es un sacrificio demasiado grande darlo todo a
Cristo? Preguntaos: "¿Qué dio Cristo por mí?" El Hijo de Dios lo
dio todo para redimirnos: vida, amor y sufrimientos. ¿Es posible que nosotros,
seres indignos de tan grande amor, rehusemos entregarle nuestro corazón?
¿Y qué abandonamos cuando lo damos todo? Un corazón
manchado de pecado, para que el Señor Jesús lo purifique y lo limpie con Su
propia sangre, para que lo salve con Su incomparable amor. ¡Y sin embargo, los
hombres hallan difícil renunciar a todo! Dios no nos pide que renunciemos a
cosa alguna cuya retención contribuiría a nuestro mayor provecho. En todo lo
que hace, tiene presente el bienestar de Sus hijos.
Muchos dicen: "¿Cómo me entregaré a Dios?"
Deseáis hacer Su voluntad, mas sois moralmente débiles, esclavos de la duda y
dominados por los hábitos de vuestra vida de pecado. Vuestras promesas y
resoluciones son tan frágiles como telarañas. No podéis gobernar vuestros
pensamientos, impulsos y afectos. El conocimiento de vuestras promesas no
cumplidas y de vuestros votos quebrantados debilita la confianza que tuvisteis
en vuestra propia sinceridad, y os induce a sentir que Dios no puede aceptaros;
mas no necesitáis desesperar. Lo que debéis entender es la verdadera fuerza de
la voluntad. Esta es el poder gobernante en la naturaleza del hombre, la
facultad de decidir o escoger. Todo depende de la correcta acción de la
voluntad. Dios dio a los hombres el poder de elegir; a ellos les toca ejercerlo.
No podéis cambiar vuestro corazón, ni dar por vosotros mismos sus afectos a
Dios; pero podéis escoger servirle. Podéis darle vuestra
voluntad, para que El obre en vosotros tanto el querer como el hacer, según Su
voluntad. De ese modo vuestra naturaleza entera estará bajo el dominio del
Espíritu de Cristo, vuestros afectos se concentrarán en El y vuestros
pensamientos se pondrán en armonía con El.
Desear ser bondadosos y santos es rectísimo; pero si no
pasáis de esto, de nada os valdrá. Muchos se perderán esperando y deseando
ser cristianos. No llegan al punto de dar su voluntad a Dios. No deciden
ser cristianos ahora.
Por medio del debido ejercicio de la voluntad, puede obrarse
un cambio completo en vuestra vida. Al dar vuestra voluntad a Cristo, os unís
con el poder que está sobre todo principado y potestad. Tendréis fuerza de lo
alto para sosteneros firmes, y rindiéndoos así constantemente a Dios seréis
fortalecidos para vivir una vida nueva, es a saber, la vida de la fe.
A medida que vuestra conciencia ha sido vivificada por el
Espíritu Santo, habéis visto algo de la perversidad del pecado, de su poder,
su culpa, su miseria; y lo miráis con aborrecimiento. Lo que necesitáis es
paz. Habéis confesado vuestros pecados y en vuestro corazón los habéis
desechado. Habéis resuelto entregaros a Dios. Id, pues, a El, y pedidle que os
limpie de vuestros pecados, y os dé un corazón nuevo.
Creed que lo hará porque lo ha prometido. Debemos creer que
recibimos el don que Dios nos promete, y lo poseemos. Tú No puedes expiar
tus pecados pasados, no puedes cambiar tu corazón y hacerte santo. Mas Dios
promete hacer todo esto por ti mediante Cristo. Crees en esa promesa.
Confiesas tus pecados y te entregas a Dios. Quieres servirle. Tan
ciertamente como haces esto, Dios cumplirá Su palabra contigo. Si crees la
promesa, Dios suple el hecho. No aguardes hasta sentir que estás sano,
mas di: "Lo creo; así es, no porque lo sienta, sino porque Dios lo ha
prometido."