
LA MISTERIOSA desaparición de Lutero despertó
consternación en toda Alemania, y por todas partes se oían averiguaciones
acerca de su paradero. Circulaban los rumores más descabellados y muchos
creían que había sido asesinado. Oíanse lamentos, no sólo entre sus
partidarios declarados, sino también entre millares de personas que aún no
se habían decidido abiertamente por la Reforma. Muchos se comprometían por
juramento solemne a vengar su muerte.
Los principales jefes del romanismo vieron aterrorizados a
qué grado había llegado la animosidad contra ellos, y aunque al principio se
habían regocijado por la supuesta muerte de Lutero, pronto desearon huir de
la ira del pueblo. Los enemigos del reformador no se habían visto tan
preocupados por los actos más atrevidos que cometiera mientras estaba entre
ellos como por su desaparición. Los que en su ira habían querido matar al
arrojado reformador estaban dominados por el miedo ahora que él no era más
que un cautivo indefenso. "El único medio que nos queda para salvarnos—dijo
uno— consiste en encender antorchas e ir a buscar a Lutero por toda la
tierra, para devolverle a la nación que le reclama."—D’Aubigné,
lib. 9, cap. 1. El edicto del emperador parecía completamente
ineficaz. Los legados del papa se llenaron de indignación al ver que dicho
edicto llamaba menos la atención que la suerte de Lutero.
Las noticias de que él estaba en salvo, aunque prisionero,
calmaron los temores del pueblo y hasta acrecentaron el entusiasmo en su
favor. Sus escritos se leían con mayor avidez que nunca antes. Un número
siempre creciente de adeptos se unía a la causa del hombre heroico que frente
a desventajas abrumadoras defendía la Palabra de Dios. La Reforma iba
cobrando constantemente fuerzas. La semilla que Lutero había sembrado brotaba
en todas partes. Su ausencia realizó una obra que su presencia no habría
realizado. Otros obreros sintieron nueva responsabilidad al serles quitado
su jefe, y con nueva fe y ardor se adelantaron a hacer cuanto pudiesen
para que la obra tan noblemente comenzada no fuese estorbada.
Satanás empero no estaba ocioso. Intentó lo que ya había
intentado en otros movimientos de reforma, es decir engañar y perjudicar al
pueblo dándole una falsificación en lugar de la obra verdadera. Así
como hubo falsos cristos en el primer siglo de la iglesia cristiana, así
también se levantaron falsos profetas en el siglo XVI.
Unos cuantos hombres afectados íntimamente por la
agitación religiosa, se imaginaron haber recibido revelaciones especiales del
cielo, y se dieron por designados divinamente para llevar a feliz término
la obra de la Reforma, la cual, según ellos, había sido débilmente iniciada
por Lutero. En realidad, lo que hacían era deshacer la obra que el reformador
había realizado. Rechazaban el gran principio que era la base misma de la
Reforma, es a saber, que la Palabra de Dios es la regla perfecta de fe y
práctica; y en lugar de tan infalible guía substituían la norma variable e
insegura de sus propios sentimientos e impresiones. Y así, por haberse
despreciado al único medio seguro de descubrir el engaño y la mentira se le
abrió camino a Satanás para que a su antojo dominase los espíritus.
Uno de estos profetas aseveraba haber sido instruido por el
ángel Gabriel. Un estudiante que se le unió abandonó los estudios,
declarándose investido de poder por Dios mismo para exponer Su Palabra. Se
les unieron otros, de por sí inclinados al fanatismo. Los procederes de estos
iluminados crearon mucha excitación. La predicación de Lutero había hecho
sentir al pueblo en todas partes la necesidad de una reforma, y algunas
personas de buena fe se dejaron extraviar por las pretensiones de los nuevos
profetas.
Los cabecillas de este movimiento fueron a Wittenberg y
expusieron sus exigencias a Melanchton y a sus colaboradores. Decían:
"Somos enviados por Dios para enseñar al pueblo. Hemos conversado
familiarmente con Dios, y por lo tanto, sabemos lo que ha de acontecer. Para
decirlo en una palabra: somos apóstoles y profetas y apelamos al doctor
Lutero."—Id., cap. 7.
Los reformadores estaban atónitos y perplejos. Era
éste un factor con que nunca habían tenido que habérselas y se hallaban sin
saber qué partido tomar. Melanchton dijo: "Hay en verdad espíritus
extraordinarios en estos hombres; pero ¿qué espíritus serán? . . . Por una
parte debemos precavernos de contristar el Espíritu de Dios, y por otra, de
ser seducidos por el espíritu de Satanás."—Ibid.
Pronto se dio a conocer el fruto de toda esta enseñanza.
El pueblo fue inducido a descuidar la Biblia o a rechazarla del todo. Las
escuelas se llenaron de confusión. Los estudiantes, despreciando todas las
sujeciones, abandonaron sus estudios y se separaron de la universidad. Los
hombres que se tuvieron a sí mismos por competentes para reavivar y dirigir
la obra de la Reforma, lograron sólo arrastrarla al borde de la ruina. Los
romanistas, recobrando confianza, exclamaban alegres: "Un esfuerzo más,
y todo será nuestro."—Ibid.
Al saber Lutero en la Wartburg lo que ocurría, dijo, con
profunda consternación: "Siempre esperaba yo que Satanás nos mandara
esta plaga."—Ibid. Se dio cuenta del verdadero carácter de
estos fementidos profetas y vio el peligro que amenazaba a la causa de la
verdad. La oposición del papa y del emperador no le habían sumido en la
perplejidad y congoja que ahora experimentaba. De entre los que profesaban
ser amigos de la Reforma se habían levantado sus peores enemigos. Las
mismas verdades que le habían producido tan profundo regocijo y consuelo eran
empleadas para despertar pleitos y confusión en la iglesia.
En la obra de la Reforma, Lutero había sido impulsado por
el Espíritu de Dios y llevado más allá de lo que pensara. No había tenido
el propósito de tomar tales resoluciones ni de efectuar cambios tan
radicales. Había sido solamente instrumento en manos del poder infinito. Sin
embargo, temblaba a menudo por el resultado de su trabajo. Dijo una vez:
"Si yo supiera que mi doctrina hubiera dañado a un ser viviente por
pobre y obscuro que hubiera sido,—lo que es imposible, pues ella es el mismo
Evangelio,—hubiera preferido mejor morir diez veces antes que negarme a
retractarme."—Ibid.
Y ahora hasta el mismo Wittenberg, el verdadero centro de
la Reforma, caía rápidamente bajo el poder del fanatismo y de los
desórdenes. Esta terrible situación no era efecto de las enseñanzas de
Lutero; pero no obstante por toda Alemania sus enemigos se la achacaban a él.
Con el ánimo deprimido, preguntábase a veces a sí mismo: "¿Será
posible que así remate la gran obra de la Reforma?"—Ibid.
Pero cuando hubo orado fervientemente al respecto, volvió la paz a su alma.
"La obra no es mía sino Tuya" decía él, "y no consentirás
que se malogre por causa de la superstición o del fanatismo." El solo
pensamiento de seguir apartado del conflicto en una crisis tal, le era
insoportable; de modo que decidió volver a Wittenberg.
Sin más tardar arriesgó el viaje. Se hallaba
proscrito en todo el imperio. Sus enemigos tenían libertad para quitarle la
vida, y a sus amigos les era prohibido protegerle. El gobierno imperial
aplicaba las medidas más rigurosas contra sus adherentes, pero vio que
peligraba la obra del Evangelio, y en el nombre del Señor se adelantó sin
miedo a combatir por la verdad.
En una carta que dirigió al elector, después de
manifestar el propósito que alentaba de salir de la Wartburg, decía:
"Sepa su alteza que me dirijo a Wittenberg bajo una protección más
valiosa que la de príncipes y electores. No he pensado solicitar la ayuda de
su alteza; y tan lejos estoy de impetrar vuestra protección, que yo mismo
abrigo más bien la esperanza de protegeros a vos. Si supiese yo que su alteza
querría o podría tomar mi defensa, no iría a Wittenberg. Ninguna espada
material puede adelantar esta causa. Dios debe hacerlo todo sin la ayuda o
la cooperación del hombre. El que tenga más fe será el que podrá presentar
mejor defensa."—Id., cap. 8.
En una segunda carta que escribió, camino de Wittenberg,
añadía Lutero: "Héme aquí, dispuesto a sufrir la reprobación de su
alteza y el enojo del mundo entero. ¿No son los vecinos de Wittenberg mi
propia grey? ¿No los encomendó Dios a mi cuidado? y ¿no deberé, si es
necesario, dar mi vida por amor de ellos? Además, temo ver una terrible
revuelta en Alemania, que ha de acarrear a nuestro país el castigo de
Dios."—Id., cap. 7.
Con exquisita precaución y humildad, pero a la vez con
decisión y firmeza, volvió Lutero a su trabajo. "Con la Biblia —dijo,—debemos
rebatir y echar fuera lo que logró imponerse por medio de la fuerza. Yo no
deseo que se valgan de la violencia contra los supersticiosos y los
incrédulos.... No hay que constreñir a nadie. La libertad es la esencia
misma de la fe."—Id., cap. 8.
Pronto se supo por todo Wittenberg que Lutero había vuelto
y que iba a predicar. El pueblo acudió de todas partes, al punto que no
podía caber en la iglesia. Subiendo al púlpito, instruyó el reformador
a sus oyentes; con notable sabiduría y mansedumbre los exhortó y los
amonestó. Refiriéndose en su sermón a las medidas violentas de que algunos
habían echado mano para abolir la misa, dijo:
"La misa es una cosa mala. Dios se opone a ella.
Debería abolirse, y yo desearía que en su lugar se estableciese en todas
partes la santa cena del Evangelio. Pero no apartéis de ella a nadie por la
fuerza. Debemos dejar el asunto en manos de Dios. No somos nosotros los
que hemos de obrar, sino Su Palabra. Y ¿por qué? me preguntaréis. Porque
los corazones de los hombres no están en mis manos como el barro en las del
alfarero. Tenemos derecho de hablar, pero no tenemos derecho de
obligar a nadie. Prediquemos; y confiemos lo demás a Dios. Si me resuelvo
a hacer uso de la fuerza, ¿qué conseguiré? Fingimientos, formalismo,
ordenanzas humanas, hipocresía.... Pero en todo esto no se hallará
sinceridad de corazón, ni fe, ni amor. Y donde falte esto, todo falta, y yo
no daría ni una paja por celebrar una victoria de esta índole. . . . Dios
puede hacer más mediante el mero poder de Su Palabra que vosotros y yo y el
mundo entero con nuestros esfuerzos unidos. Dios sujeta el corazón, y una vez
sujeto, todo está ganado....
"Estoy listo para predicar, alegar y escribir; pero a
nadie constreñiré, porque la fe es un acto voluntario. Recordad todo lo que
ya he hecho. Me encaré con el papa, combatí las indulgencias y a los
papistas; pero sin violencia, sin tumultos. Expuse con claridad la Palabra de
Dios; prediqué y escribí, esto es todo lo que hice. Y sin embargo, mientras
yo dormía, . . . la Palabra que había predicado afectó al papado como nunca
le perjudicó príncipe ni emperador alguno. Y sin embargo nada hice; la
Palabra sola lo hizo todo. Si hubiese yo apelado a la fuerza, el suelo de
Alemania habría sido tal vez inundado con sangre. ¿Pero cuál hubiera sido
el resultado? La ruina y la destrucción del alma y del cuerpo. En
consecuencia, me quedo quieto, y dejo que la Palabra se extienda a lo largo y
a lo ancho de la tierra."—Ibid.
Por siete días consecutivos predicó Lutero a las ansiosas
muchedumbres. La Palabra de Dios quebrantó la esclavitud del fanatismo. El
poder del Evangelio hizo volver a la verdad al pueblo que se había
descarriado.
Lutero no deseaba verse con los fanáticos cuyas
enseñanzas habían causado tan grave perjuicio. Harto los conocía por
hombres de escaso juicio y de pasiones desordenadas, y que, pretendiendo ser
iluminados directamente por el cielo, no admitirían la menor contradicción
ni atenderían a un solo consejo ni a un solo cariñoso reproche. Arrogándose
la suprema autoridad, exigían de todos que, sin la menor resistencia,
reconociesen lo que ellos pretendían. Pero como solicitasen una entrevista
con él, consintió en recibirlos; y denunció sus pretensiones con tanto
éxito que los impostores se alejaron en el acto de Wittenberg.
El fanatismo quedó detenido por un tiempo; pero pocos
años después resucitó con mayor violencia y logró resultados más
desastrosos. Respecto a los principales directores de este movimiento,
dijo Lutero: "Para ellos las Sagradas Escrituras son letra muerta; todos
gritan: ‘¡El Espíritu! ¡El Espíritu!’ Pero yo no quisiera ir por
cierto adonde su espíritu los guía. ¡Plegue a Dios en su misericordia
guardarme de pertenecer a una iglesia en la cual sólo haya santos! Deseo
estar con los humildes, los débiles, los enfermos, todos los cuales conocen y
sienten su pecado y suspiran y claman de continuo a Dios desde el fondo de sus
corazones para que El los consuele y los sostenga."—Id., lib. 10,
cap. 10.
Tomás Munzer, el más activo de los fanáticos, era hombre
de notable habilidad que, si la hubiese encauzado debidamente, habría podido
hacer mucho bien; pero desconocía aun los principios más rudimentarios de la
religión verdadera. "Deseaba vehementemente reformar el mundo,
olvidando, como otros muchos iluminados, que la reforma debía comenzar por
él mismo."—Id., lib. 9, cap. 8. Ambicionaba ejercer cargos e
influencia, y no quería ocupar el segundo puesto, ni aun bajo el mismo
Lutero. Declaraba que, al colocar la autoridad de la Escritura en
substitución de la del papa, los reformadores no hacían más que establecer
una nueva forma de papado. Y se declaraba divinamente comisionado para llevar
a efecto la verdadera reforma. "El que tiene este espíritu— decía
Munzer—posee la verdadera fe, aunque ni por una sola vez en su vida haya
visto las Sagradas Escrituras."—Id., lib. 10, cap. 10.
Los maestros del fanatismo se abandonaban al influjo de sus
impresiones y consideraban cada pensamiento y cada impulso como voz de Dios;
en consecuencia, se fueron a los extremos. Algunos llegaron hasta quemar sus
Biblias, exclamando: "La letra mata, el Espíritu es el que da
vida." Las enseñanzas de Munzer apelaban a la afición del hombre a
lo maravilloso, y de paso daban rienda suelta a su orgullo al colocar en
realidad las ideas y las opiniones de los hombres por encima de la Palabra de
Dios. Millares de personas aceptaban sus doctrinas. Pronto llegó a
condenar el orden en el culto público y declaró que obedecer a los
príncipes era querer servir a Dios y a Belial.
La angustia de corazón que Lutero había experimentado
hacía tanto tiempo en Erfurt, se apoderó de él nuevamente con redoblada
fuerza al ver que los resultados del fanatismo eran considerados como efecto
de la Reforma. Los príncipes papistas declaraban—y muchos estaban
dispuestos a dar crédito al aserto—que la rebelión era fruto legítimo de
las doctrinas de Lutero. A pesar de que estos cargos carecían del más leve
fundamento, no pudieron menos que causar honda pena al reformador. Parecíale
insoportable que se deshonrase así la causa de la verdad identificándola con
tan grosero fanatismo. Por otra parte, los jefes de la revuelta odiaban a
Lutero no sólo porque se había opuesto a sus doctrinas y se había negado a
reconocerles autorización divina, sino porque los había declarado rebeldes
ante las autoridades civiles. En venganza le llamaban vil impostor. Parecía
haberse atraído la enemistad tanto de los príncipes como del pueblo.
Los romanistas se regocijaban y esperaban ver pronto la
ruina de la Reforma. Hasta culpaban a Lutero de los mismos errores que él
mismo se afanara tanto en corregir. El partido de los fanáticos,
declarando falsamente haber sido tratado con injusticia, logró ganar la
simpatía de mucha gente, y, como sucede con frecuencia con los que se
inclinan del lado del error, fueron pronto aquellos considerados como
mártires. De esta manera los que desplegaran toda su energía en oposición a
la Reforma fueron compadecidos y admirados como víctimas de la crueldad y de
la opresión. Esta era la obra de Satanás, y la impulsaba el mismo espíritu
de rebelión que se manifestó por primera vez en los cielos.
Satanás procura constantemente engañar a los hombres y
les hace llamar pecado a lo que es bueno, y bueno a lo que es pecado. ¡Y
cuánto éxito ha tenido su obra! ¡Cuántas veces se critica a los siervos
fieles de Dios porque permanecen firmes en defensa de la verdad! Hombres
que sólo son agentes de Satanás reciben alabanzas y lisonjas y hasta pasan
por mártires, en tanto que otros que deberían ser considerados y sostenidos
por su fidelidad a Dios, son abandonados y objeto de sospecha y de
desconfianza.
La falsa piedad y la falsa santificación siguen haciendo
su obra de engaño. Bajo diversas formas dejan ver el mismo espíritu que
las caracterizara en días de Lutero, pues apartan a las mentes de las
Escrituras e inducen a los hombres a seguir sus propios sentimientos e
impresiones en vez de rendir obediencia a la ley de Dios. Este es uno de los
más eficaces inventos de Satanás para desprestigiar la pureza y la verdad.
Denodadamente defendió Lutero el Evangelio contra los
ataques de que era objeto desde todas partes. La Palabra de Dios demostró ser
una arma poderosa en cada conflicto. Con ella combatió el reformador la
usurpada autoridad del papa y la filosofía racionalista de los escolásticos,
a la vez que se mantenía firme como una roca contra el fanatismo que
pretendía aliarse con la Reforma.
Cada uno a su manera, estos elementos opuestos dejaban a un
lado las Sagradas Escrituras y exaltaban la sabiduría humana como el gran
recurso para conocer la verdad religiosa. El racionalismo hace un ídolo de la
razón, y la constituye como criterio religioso. El romanismo, al atribuir a
su soberano pontífice una inspiración que proviene en línea recta de los
apóstoles y continúa invariable a través de los tiempos, da amplia
oportunidad para toda clase de extravagancias y corrupciones que se ocultan
bajo la santidad del mandato apostólico. La inspiración a que pretendían
Munzer y sus colegas no procedía sino de los desvaríos de su imaginación y
su influencia subvertía toda autoridad, humana o divina. El cristianismo
recibe la Palabra de Dios como el gran tesoro de la verdad inspirada y la
piedra de toque de toda inspiración.
A su regreso de la Wartburg, terminó Lutero su traducción
del Nuevo Testamento y no tardó el Evangelio en ser ofrecido al pueblo de
Alemania en su propia lengua. Esta versión fue recibida con agrado por todos
los amigos de la verdad, pero fue vilmente desechada por los que preferían
dejarse guiar por las tradiciones y los mandamientos de los hombres.
Se alarmaron los sacerdotes al pensar que el vulgo iba a
poder discutir con ellos los preceptos de la Palabra de Dios y descubrir la
ignorancia de ellos. Las armas carnales de su raciocinio eran impotentes
contra la espada del Espíritu. Roma puso en juego toda su autoridad para
impedir la circulación de las Santas Escrituras; pero los decretos, los
anatemas y el mismo tormento eran inútiles. Cuanto más se condenaba y
prohibía la Biblia, mayor era el afán del pueblo por conocer lo que ella
enseñaba. Todos los que sabían leer deseaban con ansia estudiar la
Palabra de Dios por sí mismos. La llevaban consigo, la leían y releían, y
no se quedaban satisfechos antes de saber grandes trozos de ella de memoria.
Viendo la buena voluntad con que fue acogido el Nuevo Testamento, Lutero dio
comienzo a la traducción del Antiguo y la fue publicando por partes conforme
las iba terminando.
Sus escritos tenían aceptación en la ciudad y en las
aldeas. "Lo que Lutero y sus amigos escribían, otros se encargaban de
esparcir por todas partes. Los monjes que habían reconocido el carácter
ilegítimo de las obligaciones monacales y deseaban cambiar su vida de
indolencia por una de actividad, pero se sentían muy incapaces de proclamar
por sí mismos la Palabra de Dios, cruzaban las provincias vendiendo los
escritos de Lutero y sus colegas. Al poco tiempo Alemania pululaba con estos
intrépidos colportores."—Id., lib. 9, cap. 11.
Estos escritos eran estudiados con profundo interés por
ricos y pobres, por letrados e ignorantes. De noche, los maestros de las
escuelas rurales los leían en alta voz a pequeños grupos que se reunían al
amor de la lumbre. Cada esfuerzo que en este sentido se hacía convencía a
algunas almas de la verdad, y ellas a su vez habiendo recibido la Palabra con
alegría, la comunicaban a otros.
Así se cumplían las palabras inspiradas: "La entrada
de tus palabras alumbra; a los simples les da inteligencia." Salmo
119:130. El estudio de las Sagradas Escrituras producía un cambio notable
en las mentes y en los corazones del pueblo. El dominio papal les había
impuesto un yugo férreo que los mantenía en la ignorancia y en la
degradación. Con escrúpulos supersticiosos, observaban las formas, pero
era muy pequeña la parte que la mente y el corazón tomaban en los servicios.
La predicación de Lutero, al exponer las sencillas verdades de la Palabra de
Dios, y la Palabra misma, al ser puesta en manos del pueblo, despertaron sus
facultades aletargadas, y no sólo purificaban y ennoblecían la naturaleza
espiritual, sino que daban nuevas fuerzas y vigor a la inteligencia.
Veíanse a personas de todas las clases sociales defender,
con la Biblia en la mano, las doctrinas de la Reforma. Los papistas que
habían abandonado el estudio de las Sagradas Escrituras a los sacerdotes y a
los monjes, les pidieron que viniesen en su auxilio a refutar las nuevas
enseñanzas. Empero, ignorantes de las Escrituras y del poder de Dios, monjes
y sacerdotes fueron completamente derrotados por aquellos a quienes habían
llamado herejes e indoctos. "Desgraciadamente—decía un escritor
católico,—Lutero ha convencido a sus correligionarios de que su fe debe
fundarse solamente en la Santa Escritura."—Id., lib. 9, cap. 11.
Las multitudes se congregaban para escuchar a hombres de poca ilustración
defender la verdad y hasta discutir acerca de ella con teólogos instruídos y
elocuentes. La vergonzosa ignorancia de estos grandes hombres se descubría
tan luego como sus argumentos eran refutados por las sencillas enseñanzas de
la Palabra de Dios. Los hombres de trabajo, los soldados y hasta los niños,
estaban más familiarizados con las enseñanzas de la Biblia que los
sacerdotes y los sabios doctores.
El contraste entre los discípulos del Evangelio y los que
sostenían las supersticiones papistas no era menos notable entre los
estudiantes que entre las masas populares. "En oposición a los antiguos
campeones de la jerarquía que había descuidado el estudio de los idiomas y
de la literatura, . . . levantábanse jóvenes de mente privilegiada, muchos
de los cuales se consagraban al estudio de las Escrituras, y se familiarizaban
con los tesoros de la literatura antigua. Dotados de rápida percepción, de
almas elevadas y de corazones intrépidos, pronto llegaron a alcanzar estos
jóvenes tanta competencia, que durante mucho tiempo nadie se atrevía a
hacerles frente.... De manera que en los concursos públicos en que estos
jóvenes campeones de la Reforma se encontraban con doctores papistas, los
atacaban con tanta facilidad y confianza que los hacían vacilar y los
exponían al desprecio de todos." —Ibid.
Cuando el clero se dio cuenta de que iba menguando el
número de los congregantes, invocó la ayuda de los magistrados, y por todos
los medios a su alcance procuró atraer nuevamente a sus oyentes. Pero el
pueblo había hallado en las nuevas enseñanzas algo que satisfacía las
necesidades de sus almas, y se apartaba de aquellos que por tanto tiempo le
habían alimentado con las cáscaras vacías de los ritos supersticiosos y de
las tradiciones humanas.
Cuando la persecución ardía contra los predicadores de la
verdad, ponían éstos en práctica las palabras de Cristo: "Cuando pues
os persiguieren en una ciudad, huid a otra." Mateo 10:23. La luz
penetraba en todas partes. Los fugitivos hallaban en algún lugar puertas
hospitalarias que les eran abiertas, y morando allí, predicaban a Cristo, a
veces en la iglesia, o, si se les negaba ese privilegio, en casas particulares
o al aire libre. Cualquier sitio en que hallasen un oyente se convertía en
templo. La verdad, proclamada con tanta energía y fidelidad, se extendía con
irresistible poder.
En vano se mancomunaban las autoridades civiles y
eclesiásticas para detener el avance de la herejía. Inútilmente recurrían
a la cárcel, al tormento, al fuego y a la espada. Millares de creyentes
sellaban su fe con su sangre, pero la obra seguía adelante. La persecución
no servía sino para hacer cundir la verdad, y el fanatismo que Satanás
intentara unir a ella, no logró sino hacer resaltar aun más el contraste
entre la obra diabólica y la de Dios.
EL PROVEE NUESTRAS NECESIDADES