
AL MISMO tiempo que Lutero daba la Biblia al pueblo de
Alemania, Tyndale era impulsado por el Espíritu de Dios a hacer otro tanto para
Inglaterra. La Biblia de Wiclef había sido traducida del texto latino, que
contenía muchos errores. No había sido impresa, y el costo de las copias
manuscritas era tan crecido que, fuera de los ricos y de los nobles, pocos eran
los que podían proporcionárselas, y como, además, la iglesia las proscribía
terminantemente, sólo alcanzaban una circulación muy escasa. En el año
1516, o sea un año antes de que aparecieran las tesis de Lutero, había
publicado Erasmo su versión greco-latina del Nuevo Testamento. Era ésta
la primera vez que la Palabra de Dios se imprimía en el idioma original. En
esta obra fueron corregidos muchos de los errores de que adolecían las
versiones más antiguas, y el sentido de la Escritura era expresado con más
claridad. Comunicó a muchos representantes de las clases educadas un
conocimiento mejor de la verdad, y dio poderoso impulso a la obra de la Reforma.
Pero en su gran mayoría el vulgo permanecía apartado de la Palabra de Dios. Tyndale
iba a completar la obra de Wiclef al dar a sus compatriotas la Biblia en su
propio idioma.
Muy dedicado al estudio y sincero investigador de la verdad,
había recibido el Evangelio por medio del Testamento griego de Erasmo. Exponía
sus convicciones sin temor alguno e insistía en que todas las doctrinas tienen
que ser probadas por las Santas Escrituras. Al aserto papista de que la iglesia
había dado la Biblia y de que sólo la iglesia podía explicarla, contestaba
Tyndale: "¿Sabéis quién enseñó a las águilas a buscarse su presa? Ese
mismo Dios es el que enseña a sus hijos hambrientos a encontrar a su Padre en
su Palabra. Lejos de habernos dado vosotros las Santas Escrituras, las habéis
escondido de nuestra vista, y sois vosotros los que quemáis a los que las
escudriñan; y, si pudierais, quemaríais también las mismas Escrituras."—D’Aubigné,
Histoire de la Réformation du seizieme siecle, lib. 18, cap. 4.
La predicación de Tyndale despertó mucho interés y
numerosas personas aceptaron la verdad. Pero los sacerdotes andaban alerta y no
bien se hubo alejado del campo de sus trabajos cuando ellos, valiéndose de
amenazas y de engaños, se esforzaron en destruir su obra, y con éxito
muchas veces. "¡Ay!—decía él—¿qué hacer? Mientras que yo siembro
en un punto, el enemigo destruye lo que dejé sembrado en otro. No me es posible
estar a la vez en todas partes. ¡Oh! si los cristianos poseyesen la Biblia
en su propio idioma serían capaces de resistir a estos sofistas. Sin las Santas
Escrituras, es imposible confirmar a los legos en la verdad."—Ibid.
Un nuevo propósito surgió entonces en su mente.
"Era en la lengua de Israel—decía—en que se cantaban los salmos en el
templo de Jehová; y ¿no resonará el Evangelio entre nosotros en la lengua de
Inglaterra? . . . ¿Será posible que la iglesia tenga menos luz a mediodía que
al alba? . . . Los cristianos deben leer el Nuevo Testamento en su lengua
materna." Los doctores y maestros de la iglesia estaban en desacuerdo.
Solamente por la Biblia podían los hombres llegar a la verdad. "Uno
sostiene a este doctor, otro a aquél . . . y cada escritor contradice a los
demás.... ¿De qué manera puede uno saber quién dice la verdad y quién
enseña el error?. . . ¿Cómo? . . . En verdad, ello es posible solamente por
medio de la Palabra de Dios."—Ibid.
Fue poco después cuando un sabio doctor papista que
sostenía con él una acalorada controversia, exclamó: "Mejor sería para
nosotros estar sin la ley de Dios que sin la del papa." Tyndale repuso:
"Yo desafío al papa y todas sus leyes; y si Dios me guarda con vida, no
pasarán muchos años sin que haga yo que un muchacho que trabaje en el arado
sepa de las Santas Escrituras más que vos."—Anderson, Annals of
the English Bible, pág. 19.
Así confirmado su propósito de dar a su pueblo el Nuevo
Testamento en su propia lengua, Tyndale puso inmediatamente manos a la obra.
Echado de su casa por la persecución, fuese a Londres y allí, por algún
tiempo, prosiguió sus labores sin interrupción. Pero al fin la saña de los
papistas le obligó a huir. Toda Inglaterra parecía cerrársele y resolvió
buscar refugio en Alemania. Allí dio principio a la publicación del Nuevo
Testamento en inglés. Dos veces su trabajo fue suspendido; pero cuando le
prohibían imprimirlo en una ciudad, se iba a otra. Finalmente se dirigió a
Worms, donde unos cuantos años antes, Lutero había defendido el Evangelio ante
la dieta. En aquella antigua ciudad había muchos amigos de la Reforma, y allí
prosiguió Tyndale sus trabajos sin más trabas. Pronto salieron de la imprenta
tres mil ejemplares del Nuevo Testamento, y en el mismo año se hizo otra
edición.
Con gran concentración de espíritu y perseverancia
prosiguió sus trabajos. A pesar de la vigilancia con que las autoridades de
Inglaterra guardaban los puertos, la Palabra de Dios llegó de varios modos a
Londres y de allí circuló por todo el país. Los papistas trataron de
suprimir la verdad, pero en vano. El obispo de Durham compró de una sola vez a
un librero amigo de Tyndale todo el surtido de Biblias que tenía, para
destruirlas, suponiendo que de esta manera estorbaría en algo la circulación
de las Escrituras; pero, por el contrario, el dinero así conseguido, fue
suficiente para hacer una edición nueva y más elegante, que de otro modo no
hubiera podido publicarse. Cuando Tyndale fue aprehendido posteriormente, le
ofrecieron la libertad a condición de que revelase los nombres de los que le
habían ayudado a sufragar los gastos de impresión de sus Biblias. El contestó
que el obispo de Durham le había ayudado más que nadie, porque al pagar una
gran suma por las Biblias que había en existencia, le había ayudado
eficazmente para seguir adelante con valor.
La traición entregó a Tyndale a sus enemigos, y quedó
preso por muchos meses. Finalmente dio testimonio de su fe por el martirio,
pero las armas que él había preparado sirvieron para ayudar a otros soldados a
seguir batallando a través de los siglos hasta el día de hoy.
Látimer sostuvo desde el púlpito que la Biblia debía
ser leída en el lenguaje popular. El Autor de las Santas Escrituras, decía
él, "es Dios mismo," y ellas participan del poder y de la eternidad
de su Autor. "No hay rey, ni emperador, ni magistrado, ni gobernador . . .
que no esté obligado a obedecer . . . su santa Palabra." "Cuidémonos
de las sendas laterales y sigamos el camino recto de la Palabra de Dios. No
andemos como andaban . . . nuestros padres, ni tratemos de saber lo que hicieron
sino lo que hubieran debido hacer."—H. Látimer, "First Sermon
Preached before King Edward VI."
Barnes y Frith, fieles amigos de Tyndale, se levantaron en
defensa de la verdad. Siguieron después Cranmer y los Ridley. Estos
caudillos de la Reforma inglesa eran hombres instruídos, y casi todos habían
sido muy estimados por su fervor y su piedad cuando estuvieron en la comunión
de la iglesia romana. Su oposición al papado fue resultado del conocimiento que
tuvieron de los errores de la "santa sede." Por estar familiarizados
con los misterios de Babilonia, tuvieron más poder para alegar contra ella.
"Ahora voy a hacer una pregunta peregrina decía
Látimer,—¿sabéis cuál es el obispo y prelado más diligente de toda
Inglaterra? ... Veo que escucháis y que deseáis conocerle.... Pues, os diré
quién es. Es el diablo.... Nunca está fuera de su diócesis; . . . id a
verle cuando queráis, siempre está en casa; ... siempre está con la mano en
el arado.... Os aseguro que nunca lo encontraréis ocioso. En donde el diablo
vive, . . . abajo los libros, vivan los cirios; mueran las Biblias y vivan los
rosarios; abajo la luz del Evangelio y viva la de los cirios, aun a mediodía; .
. . afuera con la cruz de Cristo y vivan los rateros del purgatorio; . . . nada
de vestir a los desnudos, a los pobres, a los desamparados, y vamos adornando
imágenes y ataviando alegremente piedras y palos; arriba las tradiciones y
leyes humanas, abajo Dios y su santísima Palabra.... ¡Mal haya que no sean
nuestros prelados tan diligentes en sembrar buenas doctrinas como Satanás lo es
para sembrar abrojos y cizaña!"—Id., "Sermon of the Plough."
El gran principio que sostenían estos reformadores—el
mismo que sustentaron los valdenses, Wiclef, Juan Hus, Lutero, Zuinglio y los
que se unieron a ellos—era la infalible autoridad de las Santas Escrituras
como regla de fe y práctica. Negaban a los papas, a los concilios, a los padres
y a los reyes todo derecho para dominar las conciencias en asuntos de religión.
La Biblia era su autoridad y por las enseñanzas de ella juzgaban todas las
doctrinas y exigencias. La fe en Dios y en su Palabra era la que sostenía a
estos santos varones cuando entregaban su vida en la hoguera. "Ten buen
ánimo—decía Látimer a su compañero de martirio cuando las llamas estaban a
punto de acallar sus voces,—que en este día encenderemos una luz tal en
Inglaterra, que, confío en la gracia de Dios, jamás se apagará."—Works
of Hugh Latimer, tomo 1, pág. 13.
En Escocia la semilla de la verdad esparcida por Colombano
y sus colaboradores no se había malogrado nunca por completo. Centenares de
años después que las iglesias de Inglaterra se hubieron sometido al papa, las
de Escocia conservaban aún su libertad. En el siglo XII, sin embargo, se
estableció en ella el romanismo, y en ningún otro país ejerció un dominio
tan absoluto. En ninguna parte fueron más densas las tinieblas. Con todo, rayos
de luz penetraron la obscuridad trayendo consigo la promesa de un día por
venir. Los lolardos, que vinieron de Inglaterra con la Biblia y las enseñanzas
de Wiclef, hicieron mucho por conservar el conocimiento del Evangelio, y cada
siglo tuvo sus confesores y sus mártires.
Con la iniciación de la gran Reforma vinieron los
escritos de Lutero y luego el Nuevo Testamento inglés de Tyndale. Sin
llamar la atención del clero, aquellos silenciosos mensajeros cruzaban
montañas y valles, reanimando la antorcha de la verdad que parecía estar a
punto de extinguirse en Escocia, y deshaciendo la obra que Roma realizara en los
cuatro siglos de opresión que ejerció en el país.
Entonces la sangre de los mártires dio nuevo impulso al
movimiento de la Reforma. Los caudillos papistas despertaron repentinamente
ante el peligro que amenazaba su causa, y llevaron a la hoguera a algunos de los
más nobles y más honorables hijos de Escocia. Pero con esto no hicieron
más que cambiar la hoguera en púlpito, desde el cual las palabras dichas por
esos mártires al morir resonaron por toda la tierra escocesa y crearon en el
alma del pueblo el propósito bien decidido de libertarse de los grillos de
Roma.
Hamilton y Wishart, príncipes por su carácter y por su
nacimiento, y con ellos un largo séquito de más humildes discípulos,
entregaron sus vidas en la hoguera. Empero, de la ardiente pira de Wishart
volvió uno a quien las llamas no iban a consumir, uno que bajo la dirección de
Jehová iba a hacer oír el toque de difuntos por el papado en Escocia.
Juan Knox se había apartado de las tradiciones y de los
misticismos de la iglesia para nutrirse de las verdades de la Palabra de Dios,
y las enseñanzas de Wishart le confirmaron en la resolución de abandonar la
comunión de Roma y unirse con los perseguidos reformadores.
Solicitado por sus compañeros para que desempeñase el cargo
de predicador, rehuyó temblando esta responsabilidad y sólo después de unos
días de meditación y lucha consigo mismo consintió en llevarla. Pero una vez
aceptado el puesto siguió adelante con inquebrantable resolución y con valor a
toda prueba por toda la vida. Este sincero reformador no tuvo jamás miedo de
los hombres. El resplandor de las hogueras no hizo más que dar a su fervor
mayor intensidad. Con el hacha del tirano pendiente sobre su cabeza y
amenazándole de muerte, permanecía firme y asestando golpes a diestra y a
siniestra para demoler la idolatría.
Cuando lo llevaron ante la reina de Escocia, en cuya
presencia flaqueó el valor de más de un caudillo protestante, Juan Knox
testificó firme y denodadamente por la verdad. No podían ganarlo con
halagos, ni intimidarlo con amenazas. La reina le culpó de herejía. Había
enseñado al pueblo una religión que estaba prohibida por el estado y con ello,
añadía ella, transgredía el mandamiento de Dios que ordena a los súbditos
obedecer a sus gobernantes. Knox respondió con firmeza:
"Como la religión verdadera no recibió de los
gobernantes su fuerza original ni su autoridad, sino sólo del eterno Dios, así
tampoco deben los súbditos amoldar su religión al gusto de sus reyes. Porque
muy a menudo son los príncipes los más ignorantes de la religión
verdadera.... Si toda la simiente de Abrahán hubiera sido de la religión del
faraón del cual fueron súbditos por largo tiempo, os pregunto, señora, ¿qué
religión habría hoy en el mundo? Y si en los días de los apóstoles todos
hubieran sido de la religión de los emperadores de Roma, decidme, señora,
¿qué religión habría hoy en el mundo? . . . De esta suerte, señora, podéis
comprender que los súbditos no están obligados a sujetarse a la religión de
sus príncipes si bien les está ordenado obedecerles."
María respondió: "Vos interpretáis las Escrituras de
un modo, y ellos [los maestros romanistas] las interpretan de otro, ¿a quién
creeré y quién será juez en este asunto?"
"Debéis creer en Dios, que habla con sencillez en su
Palabra—contestó el reformador,—y más de lo que ella os diga no debéis
creer ni de unos ni de otros. La Palabra de Dios es clara; y si parece haber
obscuridad en algún pasaje, el Espíritu Santo, que nunca se contradice a sí
mismo, se explica con más claridad en otros pasajes, de modo que no queda lugar
a duda sino para el ignorante."—David Laing, Works of John Knox, tomo
2, págs. 281, 284.
Tales fueron las verdades que el intrépido reformador, con
peligro de su vida, dirigió a los oídos reales. Con el mismo valor indómito
se aferró a su propósito y siguió orando y combatiendo como fiel soldado del
Señor hasta que Escocia quedó libre del papado.
En Inglaterra el establecimiento del protestantismo como
religión nacional, hizo menguar la persecución, pero no la hizo cesar por
completo. Aunque muchas de las doctrinas de Roma fueron suprimidas, se
conservaron muchas de sus formas de culto. La supremacía del papa fue
rechazada, pero en su lugar se puso al monarca como cabeza de la iglesia.
Mucho distaban aún los servicios de la iglesia de la pureza y sencillez del
Evangelio. El gran principio de la libertad religiosa no era aún entendido. Si
bien es verdad que pocas veces apelaron los gobernantes protestantes a las
horribles crueldades de que se valía Roma contra los herejes, no se reconocía
el derecho que tiene todo hombre de adorar a Dios según los dictados de su
conciencia. Se exigía de todos que aceptaran las doctrinas y observaran las
formas de culto prescritas por la iglesia establecida. Aún se siguió
persiguiendo a los disidentes por centenares de años con mayor o menor
encarnizamiento.
En el siglo XVII millares de pastores fueron depuestos de
sus cargos. Se le prohibió al pueblo so pena de fuertes multas, prisión y
destierro, que asistiera a cualesquiera reuniones religiosas que no fueran las
sancionadas por la iglesia. Los que no pudieron dejar de reunirse para
adorar a Dios, tuvieron que hacerlo en callejones obscuros, en sombrías
buhardillas y, en estaciones propicias, en los bosques a medianoche. En la
protectora espesura de la floresta, como en templo hecho por Dios mismo,
aquellos esparcidos y perseguidos hijos del Señor, se reunían para derramar
sus almas en plegarias y alabanzas. Pero a despecho de todas estas precauciones
muchos sufrieron por su fe. Las cárceles rebosaban. Las familias eran
divididas. Muchos fueron desterrados a tierras extrañas. Sin embargo; Dios
estaba con su pueblo y la persecución no podía acallar su testimonio. Muchos
cruzaron el océano y se establecieron en Norteamérica, donde echaron los
cimientos de la libertad civil y religiosa que fueron baluarte y gloria de los
Estados Unidos.
Otra vez, como en los tiempos apostólicos, la persecución
contribuyó al progreso del Evangelio. En una asquerosa mazmorra atestada de
reos y libertinos, Juan Bunyan respiró el verdadero ambiente del cielo y
escribió su maravillosa alegoría del viaje del peregrino de la ciudad de
destrucción a la ciudad celestial. Por más de doscientos años aquella voz
habló desde la cárcel de Bedford con poder penetrante a los corazones de los
hombres. El Viador y La gracia abundante para el mayor de los
pecadores han guiado a muchos por el sendero de la vida eterna.
Baxter, Flavel, Alleine y otros hombres de talento, de
educación y de profunda experiencia cristiana, se mantuvieron firmes
defendiendo valientemente la fe que en otro tiempo fuera entregada a los santos.
La obra que ellos hicieron y que fue proscrita y anatematizada por los reyes
de este mundo, es imperecedera. La fuente de la vida y el método de la
gracia de Flavel enseñaron a millares el modo de confiar al Señor la
custodia de sus almas.
El pastor reformado, de Baxter, fue una verdadera
bendición para muchos que deseaban un avivamiento de la obra de Dios, y su Descanso
eterno de los santos cumplió su misión de llevar almas "al descanso
que queda para el pueblo de Dios."
Cien años más tarde, en tiempos de tinieblas espirituales,
aparecieron Whitefield y los Wesley como portadores de la luz de Dios. Bajo
el régimen de la iglesia establecida, el pueblo de Inglaterra había llegado a
un estado tal de decadencia, que apenas podía distinguirse del paganismo. La
religión natural era el estudio favorito del clero y en él iba incluida casi
toda su teología. La aristocracia hacía escarnio de la piedad y se jactaba de
estar por sobre lo que llamaba su fanatismo, en tanto que el pueblo bajo vivía
en la ignorancia y el vicio, y la iglesia no tenía valor ni fe para seguir
sosteniendo la causa de la verdad ya decaída.
La gran doctrina de la justificación por la fe, tan
claramente enseñada por Lutero, se había perdido casi totalmente de vista, y
ocupaban su lugar los principios del romanismo de confiar en las buenas obras
para obtener la salvación. Whitefield y los Wesley, miembros de la iglesia
establecida, buscaban con sinceridad el favor de Dios, que, según se les había
enseñado, se conseguía por medio de una vida virtuosa y por la observancia de
los ritos religiosos.
En cierta ocasión en que Carlos Wesley cayó enfermo y
pensaba que estaba próximo su fin, se le preguntó en qué fundaba su esperanza
de la vida eterna. Su respuesta fue: "He hecho cuanto he podido por servir
a Dios." Pero como el amigo que le dirigiera la pregunta no parecía
satisfecho con la contestación, Wesley pensó: "¡Qué! ¿No son
suficientes mis esfuerzos para fundar mi esperanza? ¿Me privaría de mis
esfuerzos? No tengo otra cosa en que confiar."—Juan Whitehead, Life of
the Rev. Charles Wesley, pág. 102. Tales eran las tinieblas que habían
caído sobre la iglesia, y ocultaban la expiación, despojaban a Cristo de su
gloria y desviaban la mente de los hombres de su única esperanza de salvación:
la sangre del Redentor crucificado.
Wesley y sus compañeros fueron inducidos a reconocer que la
religión verdadera tiene su asiento en el corazón y que la ley de Dios abarca
los pensamientos lo mismo que las palabras y las obras. Convencidos de la
necesidad de tener santidad en el corazón, así como de conducirse
correctamente, decidieron seriamente iniciar una vida nueva. Por medio de
esfuerzos diligentes acompañados de fervientes oraciones, se empeñaban en
vencer las malas inclinaciones del corazón natural. Llevaban una vida de
abnegación, de amor y de humillación, y observaban rigurosamente todo aquello
que a su parecer podría ayudarles a alcanzar lo que más deseaban: una santidad
que pudiese asegurarles el favor de Dios. Pero no lograban lo que buscaban.
Vanos eran sus esfuerzos para librarse de la condenación del pecado y para
quebrantar su poder. Era la misma lucha que había tenido que sostener Lutero en
su celda del convento en Erfurt. Era la misma pregunta que le había atormentado
el alma: "¿Cómo puede el hombre ser justo para con Dios?" Job 9:2.
El fuego de la verdad divina que se había extinguido casi
por completo en los altares del protestantismo, iba a prender de nuevo al
contacto de la antorcha antigua que a través de los siglos había quedado firme
en manos de los cristianos de Bohemia. Después de la Reforma, el
protestantismo había sido pisoteado en Bohemia por las hordas de Roma. Los
que no quisieron renunciar a la verdad tuvieron que huir. Algunos de ellos que
se refugiaron en Sajonia guardaron allí la antigua fe, y de los
descendientes de estos cristianos provino la luz que iluminó a Wesley y a sus
compañeros.
Después de haber sido ordenados para el ministerio, Juan y
Carlos Wesley fueron enviados como misioneros a América. Iba también a bordo
un grupo de moravos. Durante el viaje se desencadenaron violentas tempestades, y
Juan Wesley, viéndose frente a la muerte, no se sintió seguro de estar en paz
con Dios. Los alemanes, por el contrario, manifestaban una calma y una confianza
que él no conocía.
"Ya mucho antes—dice él,—había notado yo el
carácter serio de aquella gente. De su humildad habían dado pruebas
manifiestas, al prestarse a desempeñar en favor de los otros pasajeros las
tareas serviles que ninguno de los ingleses quería hacer, y al no querer
recibir paga por estos servicios, declarando que era un beneficio para sus
altivos corazones y que su amante Salvador había hecho más por ellos. Y día
tras día manifestaban una mansedumbre que ninguna injuria podía alterar. Si
eran empujados, golpeados o derribados, se ponían en pie y se marchaban a otro
lugar; pero sin quejarse. Ahora se presentaba la oportunidad de probar si
habían quedado tan libres del espíritu de temor como del de orgullo, ira y
venganza. Cuando iban a la mitad del salmo que estaban entonando al comenzar
su culto, el mar embravecido desgarró la vela mayor, anegó la embarcación, y
penetró de tal modo por la cubierta que parecía que las tremendas
profundidades nos habían tragado ya. Los ingleses se pusieron a gritar
desaforadamente. Los alemanes siguieron cantando con serenidad. Más tarde,
pregunté a uno de ellos: ‘¿No tuvisteis miedo?’ Y me dijo: ‘No; gracias
a Dios.’ Volví a preguntarle: ‘¿No tenían temor las mujeres y los niños?’
Y me contestó con calma: ‘No; nuestras mujeres y nuestros niños no tienen
miedo de morir.’ "—Whitehead, op. cit., pág. 10.
Al arribar a Savannah vivió Wesley algún tiempo con los
moravos y quedó muy impresionado por su comportamiento cristiano. Refiriéndose
a uno de sus servicios religiosos que contrastaba notablemente con el formalismo
sin vida de la iglesia anglicana, dijo: "La gran sencillez y solemnidad del
acto entero casi me hicieron olvidar los diecisiete siglos transcurridos, y me
parecía estar en una de las asambleas donde no había fórmulas ni jerarquía,
sino donde presidía Pablo, el tejedor de tiendas, o Pedro, el pescador, y donde
se manifestaba el poder del Espíritu."—Id., págs. 11, 12.
Al regresar a Inglaterra, Wesley, bajo la dirección de un
predicador moravo llegó a una inteligencia más clara de la fe bíblica.
Llegó al convencimiento de que debía renunciar por completo a depender de sus
propias obras para la salvación, y confiar plenamente en el "Cordero de
Dios, que quita el pecado del mundo." En una reunión de la sociedad
morava, en Londres, se leyó una declaración de Lutero que describía el cambio
que obra el Espíritu de Dios en el corazón del creyente. Al escucharlo Wesley,
se encendió la fe en su alma. "Sentí— dice—calentarse mi corazón de
un modo extraño." "Sentí entrar en mí la confianza en Cristo y en
Cristo sólo, para mi salvación; y fueme dada plena seguridad de que había
quitado mis pecados, sí, los míos, y de que me
había librado a mí de la ley del pecado y de la muerte."—Id.,
pág. 52.
Durante largos años de arduo y enojoso trabajo, de rigurosa
abnegación, de censuras y de humillación, Wesley se había sostenido firme en
su propósito de buscar a Dios. Al fin le encontró y comprobó que la gracia
que se había empeñado en ganar por medio de oraciones y ayunos, de limosnas y
sacrificios, era un don "sin dinero y sin precio."
Una vez afirmado en la fe de Cristo, ardió su alma en
deseos de esparcir por todas partes el conocimiento del glorioso Evangelio de la
libre gracia de Dios. "Considero el mundo entero como mi parroquia—decía
él,—y dondequiera que esté, encuentro oportuno, justo y de mi deber declarar
a todos los que quieran oírlas, las alegres nuevas de la salvación."—
Id., pág 74
Siguió llevando una vida de abnegación y rigor, ya no como base
sino como resultado de la fe; no como raíz sino como fruto
de la santidad. La gracia de Dios en Cristo es el fundamento de la esperanza del
cristiano, y dicha gracia debe manifestarse en la obediencia. Wesley
consagró su vida a predicar las grandes verdades que había recibido: la
justificación por medio de la fe en la sangre expiatoria de Cristo, y el poder
regenerador del Espíritu Santo en el corazón, que lleva fruto en una vida
conforme al ejemplo de Cristo.
Whitefield y los Wesley habían sido preparados para su obra
por medio de un profundo sentimiento de su propia perdición; y para poder
sobrellevar duras pruebas como buenos soldados de Jesucristo, se habían visto
sometidos a una larga serie de escarnios, burlas y persecución, tanto en la
universidad, como al entrar en el ministerio. Ellos y otros pocos que
simpatizaban con ellos fueron llamados despectivamente "metodistas"
por sus condiscípulos incrédulos, pero en la actualidad el apodo es
considerado como honroso por una de las mayores denominaciones de Inglaterra y
América.
Como miembros de la iglesia de Inglaterra estaban muy
apegados a sus formas de culto, pero el Señor les había señalado en su
Palabra un estandarte perfecto. El Espíritu Santo les constriñó a predicar a
Cristo y a éste crucificado. El poder del Altísimo acompañó sus labores.
Millares fueron convencidos y verdaderamente convertidos. Había que proteger de
los lobos rapaces a estas ovejas. Wesley no había pensado formar una nueva
denominación, pero organizó a los convertidos en lo que se llamó en aquel
entonces la Unión Metodista.
Misteriosa y ruda fue la oposición que estos predicadores
encontraron por parte de la iglesia establecida; y sin embargo, Dios, en su
sabiduría, ordenó las cosas de modo que la reforma se inició dentro de la
misma iglesia. Si hubiera venido por completo de afuera, no habría podido
penetrar donde tanto se necesitaba. Pero como los predicadores del reavivamiento
eran eclesiásticos, y trabajaban dentro del jirón de la iglesia dondequiera
que encontraban oportunidad para ello, la verdad entró donde las puertas
hubieran de otro modo quedado cerradas. Algunos de los clérigos despertaron de
su sopor y se convirtieron en predicadores activos de sus parroquias. Iglesias
que habían sido petrificadas por el formalismo fueron de pronto devueltas a la
vida.
En los tiempos de Wesley, como en todas las épocas de la
historia de la iglesia, hubo hombres dotados de diferentes dones que hicieron
cada uno la obra que les fuera señalada. No estuvieron de acuerdo en todos los
puntos de doctrina, pero todos fueron guiados por el Espíritu de Dios y unidos
en el absorbente propósito de ganar almas para Cristo. Las diferencias que
mediaron entre Whitefield y los Wesley estuvieron en cierta ocasión a punto de
separarlos; pero habiendo aprendido a ser mansos en la escuela de Cristo, la
tolerancia y el amor fraternal los reconciliaron. No tenían tiempo para
disputarse cuando en derredor suyo abundaban el mal y la iniquidad y los
pecadores iban hacia la ruina.
Los siervos de Dios tuvieron que recorrer un camino duro.
Hombres de saber y de talento empleaban su influencia contra ellos. Al cabo
de algún tiempo muchos de los eclesiásticos manifestaron hostilidad resuelta y
las puertas de la iglesia se cerraron a la fe pura y a los que la proclamaban.
La actitud adoptada por los clérigos al denunciarlos desde el púlpito
despertó los elementos favorables a las tinieblas, la ignorancia y la
iniquidad. Una y otra vez, Wesley escapó a la muerte por algún milagro de la
misericordia de Dios. Cuando la ira de las turbas rugía contra él y
parecía no haber ya modo de escapar, un ángel en forma de hombre se le ponía
al lado, la turba retrocedía, y el siervo de Cristo salía ileso del lugar
peligroso.
Hablando él de cómo se salvó de uno de estos lances dijo: "Muchos
trataron de derribarme mientras descendíamos de una montaña por una senda
resbalosa que conducía a la ciudad, porque suponían, y con razón, que una vez
caído allí me hubiera sido muy difícil levantarme. Pero no tropecé ni una
vez, ni resbalé en la pendiente, hasta lograr ponerme fuera de sus manos....
Muchos quisieron sujetarme por el cuello o tirarme de los faldones para hacerme
caer, pero no lo pudieron, si bien hubo uno que alcanzó a asirse de uno de los
faldones de mi chaleco, el cual se le quedó en la mano, mientras que el otro
faldón, en cuyo bolsillo guardaba yo un billete de banco, no fue desgarrado
más que a medias.... Un sujeto fornido que venía detrás de mí me dirigió
repetidos golpes con un garrote de encina. Si hubiera logrado pegarme una sola
vez en la nuca, se habría ahorrado otros esfuerzos. Pero siempre se le desviaba
el golpe, y no puedo explicar el porqué, pues me era imposible moverme hacia la
derecha ni hacia la izquierda.... Otro vino corriendo entre el tumulto y
levantó el brazo para descargar un golpe sobre mí, se detuvo de pronto y sólo
me acarició la cabeza, diciendo: ‘¡Qué cabello tan suave tiene!’ . . .
Los primeros que se convirtieron fueron los héroes del pueblo, los que en todas
las ocasiones capitanean a la canalla, uno de los cuales había ganado un premio
peleando en el patio de los osos....
"¡Cuán suave y gradualmente nos prepara Dios para
hacer su voluntad! Dos años ha, pasó rozándome el hombro un pedazo de
ladrillo. Un año después recibí una pedrada en la frente. Hace un mes que me
asestaron un golpe y hoy por la tarde, dos; uno antes de que entrara en el
pueblo y otro después de haber salido de él; pero fue como si no me hubieran
tocado; pues si bien un desconocido me dio un golpe en el pecho con todas sus
fuerzas y el otro en la boca con tanta furia que la sangre brotó
inmediatamente, no sentí más dolor que si me hubieran dado con una paja."—Juan
Wesley, Works, tomo 3, págs- 297, 298.
Los metodistas de aquellos días—tanto el pueblo como
los predicadores—eran blanco de escarnios y persecuciones, tanto por parte de
los miembros de la iglesia establecida como de gente irreligiosa excitada por
las calumnias inventadas por esos miembros. Se les arrastraba ante los
tribunales de justicia, que lo eran sólo de nombre, pues la justicia en
aquellos días era rara en las cortes. Con frecuencia eran atacados por sus
perseguidores. La turba iba de casa en casa y les destruía los muebles y lo que
encontraban, llevándose lo que les parecía y ultrajando brutalmente a hombres,
mujeres y niños. En ocasiones se fijaban avisos en las calles convocando a los
que quisiesen ayudar a quebrar ventanas y saquear las casas de los metodistas,
dándoles cita en lugar y hora señalados. Estos atropellos de las leyes divinas
y humanas se dejaban pasar sin castigo. Se organizó una persecución en
forma contra gente cuya única falta consistía en que procuraban apartar a los
pecadores del camino de la perdición y llevarlos a la senda de la santidad.
Refiriéndose Juan Wesley a las acusaciones dirigidas contra
él y sus compañeros, dijo: "Algunos sostienen que las doctrinas de estos
hombres son falsas, erróneas e hijas del entusiasmo; que son cosa nueva y
desconocida hasta últimamente; que son cuaquerismo, fanatismo o romanismo.
Todas estas pretensiones han sido cortadas de raíz y ha quedado bien probado
que cada una de dichas doctrinas es sencillamente doctrina de las Escrituras,
interpretada por nuestra propia iglesia. De consiguiente no pueden ser falsas ni
erróneas, si es que la Escritura es verdadera." "Otros sostienen que
las doctrinas son demasiado estrictas; que hacen muy estrecho el camino del
cielo, y ésta es en verdad la objeción fundamental (pues durante un tiempo fue
casi la única) y en realidad se basan implícitamente en ella otras más que se
presentan en varias formas. Sin embargo, ¿hacen el camino del cielo más
estrecho de lo que fue hecho por el Señor y sus apóstoles? ¿Son sus doctrinas
más estrictas que las de la Biblia? Considerad sólo unos cuantos textos: ‘Amarás
pues al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y de toda tu
mente, y de todas tus fuerzas.... Amarás a tu prójimo como a ti mismo.’ ‘Mas
yo os digo, que toda palabra ociosa que hablaren los hombres, de ella darán
cuenta en el día del juicio.’ ‘Si pues coméis, o bebéis, o hacéis otra
cosa, hacedlo todo a gloria de Dios.’
"Si su doctrina es más estricta que esto, son dignos de
censura; pero en conciencia bien sabéis que no lo es. Y ¿quién puede ser
menos estricto sin corromper la Palabra de Dios? ¿Podría algún mayordomo de
los misterios de Dios ser declarado fiel si alterase parte siquiera de tan
sagrado depósito? — No; nada puede quitar; nada puede suavizar; antes está
en la obligación de manifestar a todos: ‘No puedo rebajar las Escrituras a
vuestro gusto. Tenéis que elevaros vosotros mismos hasta ellas o morir para
siempre.’ El grito general es ‘¡Qué faltos de caridad son estos
hombres!’ ¿Que no tienen caridad? ¿En qué respecto? ¿No dan de comer al
hambriento y no visten al desnudo? ‘No; no es éste el asunto, que en esto no
faltan; donde les falta caridad es en su modo de juzgar, pues creen que ninguno
puede ser salvo a no ser que siga el camino de ellos.’ "—Id., tomo
3, págs. 152, 153.
El decaimiento espiritual que se había dejado sentir en
Inglaterra poco antes del tiempo de Wesley, era debido en gran parte a las
enseñanzas contrarias a la ley de Dios, o antinomianismo. Muchos afirmaban que
Cristo había abolido la ley moral y que los cristianos no tenían obligación
de observarla; que el creyente está libre de la "esclavitud de las buenas
obras." Otros, si bien admitían la perpetuidad de la ley, declaraban
que no había necesidad de que los ministros exhortaran al pueblo a que
obedeciera los preceptos de ella, puesto que los que habían sido elegidos por
Dios para ser salvos eran "llevados por el impulso irresistible de la
gracia divina, a practicar la piedad y la virtud," mientras los
sentenciados a eterna perdición, "no tenían poder para obedecer a la ley
divina."
Otros, que también sostenían que "los elegidos no
pueden ser destituídos de la gracia ni perder el favor divino" llegaban a
la conclusión aun más horrenda de que "sus malas acciones no son en
realidad pecaminosas ni pueden ser consideradas como casos de violación de la
ley divina, y que en consecuencia los tales no tienen por qué confesar sus
pecados ni romper con ellos por medio del arrepentimiento."—McClintock
and Strong, Cyclopedia, art. Antinomians. Por lo tanto, declaraban que aun
uno de los pecados más viles "considerado universalmente como enorme
violación de la ley divina, no es pecado a los ojos de Dios," siempre que
lo hubiera cometido uno de los elegidos, "porque es característica
esencial y distintiva de éstos que no pueden hacer nada que desagrade a Dios ni
que sea contrario a la ley."
Estas monstruosas doctrinas son esencialmente lo mismo que
la enseñanza posterior de los educadores y teólogos populares, quienes dicen
que no existe ley divina como norma inmutable de lo que es recto, y que más
bien la norma de la moralidad es indicada por la sociedad y que ha estado
siempre sujeta a cambios. Todas estas ideas son inspiradas por el mismo
espíritu maestro: por aquel que, hasta entre los seres impecables de los
cielos, comenzó su obra de procurar suprimir las justas restricciones de la ley
de Dios.
La doctrina de los decretos divinos que fija de una manera
inalterable el carácter de los hombres, había inducido a muchos a rechazar
virtualmente la ley de Dios. Wesley se oponía tenazmente a los errores de
los maestros del antinomianismo y probaba que son contrarios a las Escrituras.
"Porque la gracia de Dios que trae salvación a todos los hombres,
se manifestó." "Porque esto es bueno y agradable delante de Dios
nuestro Salvador; el cual quiere que todos los hombres sean salvos, y que
vengan al conocimiento de la verdad. Porque hay un Dios, asimismo un mediador
entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre; el cual se dio a sí mismo en
precio del rescate por todos." Tito 2:11; 1 Timoteo 2:3-6. El
Espíritu de Dios es concedido libremente para que todos puedan echar mano de
los medios de salvación. Así es como Cristo "la Luz verdadera,"
"alumbra a todo hombre que viene a este mundo." Juan 1:9.
Los hombres se privan de la salvación porque rehúsan
voluntariamente la dádiva de vida.
En contestación al aserto de que a la muerte de Cristo
quedaron abolidos los preceptos del Decálogo juntamente con los de la ley
ceremonial, decía Wesley: "La ley moral contenida en los diez mandamientos
y sancionada por los profetas, Cristo no la abolió. Al venir al mundo, no se
propuso suprimir parte alguna de ella. Esta es una ley que jamás puede ser
abolida, pues permanece firme como fiel testigo en los cielos.... Existía
desde el principio del mundo, habiendo sido escrita no en tablas de piedra sino
en el corazón de todos los hijos de los hombres al salir de manos del Creador.
Y no obstante estar ahora borradas en gran manera por el pecado las letras
tiempo atrás escritas por el dedo de Dios, no pueden serlo del todo mientras
tengamos conciencia alguna del bien y del mal. Cada parte de esta ley ha de
seguir en vigor para toda la humanidad y por todos los siglos; porque no depende
de ninguna consideración de tiempo ni de lugar ni de ninguna otra circunstancia
sujeta a alteración, sino que depende de la naturaleza de Dios mismo, de la del
hombre y de la invariable relación que existe entre uno y otro.
" ‘No he venido para abrogar, sino a cumplir.’ . . .
Sin duda quiere [el Señor] dar a entender en este pasaje—según se colige por
el contexto—que vino a establecerla en su plenitud a despecho de cómo puedan
interpretarla los hombres; que vino a aclarar plenamente lo que en ella pudiera
haber de obscuro; vino para poner de manifiesto la verdad y la importancia de
cada una de sus partes; para demostrar su longitud y su anchura, y la medida
exacta de cada mandamiento que la ley contiene y al mismo tiempo la altura y la
profundidad, la inapreciable pureza y la espiritualidad de ella en todas sus
secciones."—Wesley, sermón 25.
Wesley demostró la perfecta armonía que existe entre la
ley y el Evangelio. "Existe, pues, entre la ley y el Evangelio la
relación más estrecha que se pueda concebir. Por una parte, la ley nos abre
continuamente paso hacia el Evangelio y nos lo señala; y por otra, el Evangelio
nos lleva constantemente a un cumplimiento exacto de la ley. La ley, por
ejemplo, nos exige que amemos a Dios y a nuestro prójimo, y que seamos mansos,
humildes y santos. Nos sentimos incapaces de estas cosas y aun más, sabemos que
‘a los hombres esto es imposible;’ pero vemos una promesa de Dios de darnos
ese amor y de hacernos humildes, mansos y santos; nos acogemos a este Evangelio
y a estas alegres nuevas; se nos da conforme a nuestra fe; y ‘la justicia de
la ley se cumple en nosotros por medio de la fe que es en Cristo Jesús ...
"Entre los más acérrimos enemigos del Evangelio de
Cristo —dijo Wesley,—se encuentran aquellos que ‘juzgan la ley’ misma
abierta y explícitamente y ‘hablan mal de ella;’ que enseñan a los hombres
a quebrantar (a disolver, o anular la obligación que impone no sólo uno de los
mandamientos de la ley, ya sea el menor o el mayor, sino todos ellos de una vez.
... La más sorprendente de todas las circunstancias que acompañan a este
terrible engaño, consiste en que los que se entregan a él creen que realmente
honran a Cristo cuando anulan su ley, y que ensalzan su carácter mientras
destruyen su doctrina. Sí, le honran como le honró Judas cuando le dijo: ‘Salve,
Maestro. Y le besó.’ Y él podría decir también a cada uno de ellos: ‘¿Con
beso entregas al Hijo del hombre?’ No es otra cosa que entregarle con un beso
hablar de su sangre y despojarle al mismo tiempo de su corona; despreciar una
parte de sus preceptos, con el pretexto de hacer progresar su Evangelio. Y en
verdad nadie puede eludir el cargo, si predica la fe de una manera que directa o
indirectamente haga caso omiso de algún aspecto de la obediencia: si predica a
Cristo de un modo que anule o debilite en algo el más pequeño de los
mandamientos de Dios."—Id., sermón 35.
Y a los que insistían en que "la predicación del
Evangelio satisface todas las exigencias de la ley," Wesley replicaba:
"Lo negamos rotundamente. No satisface ni siquiera el primer fin de la ley
que es convencer a los hombres de su pecado, despertar a los que duermen aún al
borde del infierno." El apóstol Pablo dice que "por medio de la
ley es el conocimiento del pecado," "y mientras no esté el hombre
completamente convencido de sus pecados, no puede sentir verdaderamente la
necesidad de la sangre expiatoria de Cristo.... Como lo dijo nuestro Señor, ‘los
sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos.’ Es por lo tanto
absurdo ofrecerle médico al que está sano o que cuando menos cree estarlo.
Primeramente tenéis que convencerle de que está enfermo; de otro modo no os
agradecerá la molestia que por él os dais. Es igualmente absurdo ofrecer a
Cristo a aquellos cuyo corazón no ha sido quebrantado todavía."—Ibid.
De modo que, al predicar el Evangelio de la gracia de
Dios, Wesley, como su Maestro, procuraba "engrandecer" la ley y
hacerla "honorable." Hizo fielmente la obra que Dios le encomendara y
gloriosos fueron los resultados que le fue dado contemplar. Hacia el fin de
su larga vida de más de ochenta años—de los cuales consagró más de medio
siglo a su ministerio itinerante—sus fieles adherentes sumaban más de medio
millón de almas. Pero las multitudes que por medio de sus trabajos fueron
rescatadas de la ruina y de la degradación del pecado y elevadas a un nivel
más alto de pureza y santidad, y el número de los que por medio de sus
enseñanzas han alcanzado una experiencia más profunda y más rica, nunca se
conocerán hasta que toda la familia de los redimidos sea reunida en el reino de
Dios. La vida de Wesley encierra una lección de incalculable valor para cada
cristiano. ¡Ojalá que la fe y la humildad, el celo incansable, la abnegación
y el desprendimiento de este siervo de Cristo se reflejasen en las iglesias de
hoy!

DIOS GUIA LOS HUMILDES
"Encaminará á los humildes por el juicio, Y enseñará
á los mansos su carrera." Salmos 25:9.
"Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que
soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras
almas." Mateo 11:29.
"Y aquel varón Moisés era muy manso, más que todos
los hombres que había sobre la tierra," Numeros 12:3.
"Profeta les suscitaré de en medio de sus hermanos,
como tú; y pondré mis palabras en su boca, y él les hablará todo lo que yo
le mandare." Deuteronomio 18:18.
" Fíate de Jehová de todo tu corazón, Y no estribes
en tu prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, Y él enderezará tus
veredas." Proverbios 3:5-6.
"Y sabemos que á los que á Dios aman, todas las cosas
les ayudan á bien, es á saber, á los que conforme al propósito son
llamados." Rom:8:28: