
LA obra de Dios en la tierra presenta, siglo tras siglo,
sorprendente analogía en cada gran movimiento reformatorio o religioso. Los
principios que rigen el trato de Dios con los hombres son siempre los mismos.
Los movimientos importantes del presente concuerdan con los del pasado, y la
experiencia de la iglesia en tiempos que fueron encierra lecciones de gran valor
para los nu©estros.
Ninguna verdad se enseña en la Biblia con mayor claridad que
aquella de que por medio de su Santo Espíritu Dios dirige especialmente a sus
siervos en la tierra en los grandes movimientos en pro del adelanto de la obra
de salvación. Los hombres son en mano de Dios instrumentos de los que él
se vale para realizar sus fines de gracia y misericordia. Cada cual tiene su
papel que desempeñar; a cada cual le ha sido concedida cierta medida de luz
adecuada a las necesidades de su tiempo y suficiente para permitirle cumplir la
obra que Dios le asignó. Sin embargo, ningún hombre, por mucho que le haya
honrado el Cielo, alcanzó jamás a comprender completamente el gran plan de la
redención, ni siquiera a apreciar debidamente el propósito divino en la obra
para su propia época. Los hombres no entienden por completo lo que Dios
quisiera cumplir por medio de la obra que les da que hacer; no entienden, en
todo su alcance, el mensaje que proclaman en su nombre.
"¿Puedes tú descubrir las cosas recónditas de Dios?
¿puedes hasta lo sumo llegar a conocer al Todopoderoso?" "Mis
pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos,
dice Jehová. Porque como los cielos son más altos que la tierra, así mis
caminos son más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos que vuestros
pensamientos." "Yo soy Dios, . . . y no hay ninguno como yo, que
declaro el fin desde el principio, y desde la antigüedad cosas aún no
hechas." Job 11:7; Isaías 55:8, 9; 46:9, 10.
Ni siquiera los profetas que fueron favorecidos por la
iluminación especial del Espíritu comprendieron del todo el alcance de las
revelaciones que les fueron concedidas. Su significado debía ser aclarado,
de siglo en siglo, a medida que el pueblo de Dios necesitase la instrucción
contenida en ellas.
Escribiendo Pedro acerca de la salvación dada a conocer por
el Evangelio, dice: "Respecto de la cual salvación, buscaron e inquirieron
diligentemente los profetas, que profetizaron de la gracia que estaba reservada
para vosotros: inquiriendo qué cosa, o qué manera de tiempo indicaba el
Espíritu de Cristo que estaba en ellos, cuando de antemano daba testimonio de
los padecimientos que durarían hasta Cristo, y de las glorias que los
seguirían. A quienes fue revelado que no para sí mismos, sino para nosotros,
ministraban estas cosas." 1 Pedro 1:10-12.
No obstante, a pesar de no haber sido dado a los profetas que
comprendiesen enteramente las cosas que les fueron reveladas, procuraron con
fervor toda la luz que Dios había tenido a bien manifestar. "Buscaron
e inquirieron diligentemente," "inquiriendo qué cosa o qué manera de
tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos." ¡Qué
lección para el pueblo de Dios en la era cristiana, para cuyo beneficio estas
profecías fueron dadas a sus siervos! "A quienes fue revelado que no para
sí mismos, sino para nosotros, ministraban estas cosas." Considerad a esos
santos hombres de Dios que "buscaron e inquirieron diligentemente"
tocante a las revelaciones que les fueron dadas para generaciones que aún no
habían nacido. Comparad su santo celo con la indiferencia con que los
favorecidos en edades posteriores trataron este don del cielo. ¡Qué censura
contra la apatía, amiga de la comodidad y de la mundanalidad, que se contenta
con declarar que no se pueden entender las profecías!
Si bien es cierto que la inteligencia de los hombres no es
capaz de penetrar en los consejos del Infinito, ni de comprender enteramente el
modo en que se cumplen sus designios, el hecho de que le resulten tan vagos los
mensajes del cielo se debe con frecuencia a algún error o descuido de su parte.
A menudo la mente del pueblo—y hasta de los siervos de Dios—es confundida
por las opiniones humanas, las tradiciones y las falsas enseñanzas de los
hombres, de suerte que no alcanzan a comprender más que parcialmente las
grandes cosas que Dios reveló en su Palabra. Así les pasó a los
discípulos de Cristo, cuando el mismo Señor estaba con ellos en persona. Su
espíritu estaba dominado por la creencia popular de que el Mesías sería un
príncipe terrenal, que exaltaría a Israel a la altura de un imperio universal,
y no pudieron comprender el significado de sus palabras cuando les anunció sus
padecimientos y su muerte.
El mismo Cristo los envió con el mensaje: "Se ha
cumplido el tiempo, y se ha acercado el reino de Dios: arrepentíos, y creed el
evangelio." Marcos 1:15. El mensaje se fundaba en la profecía del
capítulo noveno de Daniel. El ángel había declarado que las sesenta y
nueve semanas alcanzarían "hasta el Mesías Príncipe," y con grandes
esperanzas y gozo anticipado los discípulos anhelaban que se estableciera en
Jerusalén el reino del Mesías que debía extenderse por toda la tierra.
Predicaron el mensaje que Cristo les había confiado aun
cuando ellos mismos entendían mal su significado. Aunque su mensaje se
basaba en Daniel 9:25, no notaron que, según el versículo siguiente del
mismo capítulo, el Mesías iba a ser muerto. Desde su más tierna edad la
esperanza de su corazón se había cifrado en la gloria de un futuro imperio
terrenal, y eso les cegaba la inteligencia con respecto tanto a los datos de la
profecía como a las palabras de Cristo.
Cumplieron su deber presentando a la nación judaica el
llamamiento misericordioso, y luego, en el momento mismo en que esperaban ver a
su Señor ascender al trono de David, le vieron aprehendido como un malhechor,
azotado, escarnecido y condenado, y elevado en la cruz del Calvario. ¡Qué
desesperación y qué angustia no desgarraron los corazones de esos discípulos
durante los días en que su Señor dormía en la tumba!
Cristo había venido al tiempo exacto y en la manera que
anunciara la profecía. La declaración de las Escrituras se había cumplido
en cada detalle de su ministerio. Había predicado el mensaje de salvación, y
"su palabra era con autoridad." Los corazones de sus oyentes
habían atestiguado que el mensaje venía del cielo. La Palabra y el Espíritu
de Dios confirmaban el carácter divino de la misión de su Hijo.
Los discípulos seguían aferrándose a su amado Maestro con
afecto indisoluble. Y sin embargo sus espíritus estaban envueltos en la
incertidumbre y la duda. En su angustia no recordaron las palabras de Cristo
que aludían a sus padecimientos y a su muerte. Si Jesús de Nazaret hubiese
sido el verdadero Mesías, ¿habríanse visto ellos sumidos así en el dolor y
el desengaño? Tal era la pregunta que les atormentaba el alma mientras el
Salvador descansaba en el sepulcro durante las horas desesperanzadas de aquel
Sábado que medió entre su muerte y su resurrección.
Aunque el tétrico dolor dominaba a estos discípulos de
Jesús, no por eso fueron abandonados. El profeta dice: "¡Aunque more
en tinieblas, Jehová será mi luz! . . . El me sacará a luz; veré su
justicia." "Aun las tinieblas no encubren de Ti, y la noche
resplandece como el día: lo mismo Te son las tinieblas que la luz." Dios
había dicho: "Para el recto se levanta luz en medio de tinieblas."
"Y conduciré a los ciegos por un camino que no conocen; por senderos que
no han conocido los guiaré; tornaré tinieblas en luz delante de ellos, y los
caminos torcidos en vías rectas. Estas son mis promesas; las he cumplido, y no
las he dejado sin efecto." Miqueas 7:8, 9; Salmo 139:12; 112:4; Isaías
42:16.
Lo que los discípulos habían anunciado en nombre de su
Señor, era exacto en todo sentido, y los acontecimientos predichos estaban
realizándose en ese mismo momento. "Se ha cumplido el tiempo, y se ha
acercado el reino de Dios," había sido el mensaje de ellos. Transcurrido
"el tiempo"—las sesenta y nueve semanas del capítulo noveno de
Daniel, que debían extenderse hasta el Mesías, "el Ungido"—Cristo
había recibido la unción del Espíritu después de haber sido bautizado por
Juan en el Jordán, y el "reino de Dios" que habían declarado estar
próximo, fue establecido por la muerte de Cristo. Este reino no era un imperio
terrenal como se les había enseñado a creer. No era tampoco el reino venidero
e inmortal que se establecerá cuando "el reino, y el dominio, y el
señorío de los reinos por debajo de todos los cielos, será dado al pueblo de
los santos del Altísimo;" ese reino eterno en que "todos los dominios
le servirán y le obedecerán a él." Daniel 7:27. La expresión
"reino de Dios," tal cual la emplea la Biblia, significa tanto el
reino de la gracia como el de la gloria. El reino de la gracia es presentado
por Pablo en la Epístola a los Hebreos. Después de haber hablado de Cristo
como del intercesor que puede "compadecerse de nuestras flaquezas," el
apóstol dice: "Lleguémonos pues confiadamente al trono de la gracia,
para alcanzar misericordia, y hallar gracia." Hebreos 4:16. El trono de la
gracia representa el reino de la gracia; pues la existencia de un trono envuelve
la existencia de un reino. En muchas de sus parábolas, Cristo emplea la
expresión, "el reino de los cielos," para designar la obra de la
gracia divina en los corazones de los hombres.
Asimismo el trono de la gloria representa el reino de la
gloria y es a este reino al que se refería el Salvador en las palabras:
"Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles
con él, entonces se sentará sobre el trono de su gloria; y serán reunidas
delante de él todas las gentes." Mateo 25:31, 32. Este reino está aún
por venir. No quedará establecido sino en el segundo advenimiento de Cristo.
El reino de la gracia fue instituido inmediatamente después
de la caída del hombre, cuando se ideó un plan para la redención de la raza
culpable. Este reino existía entonces en el designio de Dios y por su
promesa; y mediante la fe los hombres podían hacerse sus súbditos. Sin
embargo, no fue establecido en realidad hasta la muerte de Cristo. Aun
después de haber iniciado su misión terrenal, el Salvador, cansado de la
obstinación e ingratitud de los hombres, habría podido retroceder ante el
sacrificio del Calvario. En Getsemaní la copa del dolor le tembló en la mano.
Aun entonces, hubiera podido enjugar el sudor de sangre de su frente y dejar que
la raza culpable pereciese en su iniquidad. Si así lo hubiera hecho no habría
habido redención para la humanidad caída. Pero cuando el Salvador hubo rendido
la vida y exclamado en su último aliento: "Consumado es," entonces el
cumplimiento del plan de la redención quedó asegurado. La promesa de
salvación hecha a la pareja culpable en el Edén quedó ratificada. El reino de
la gracia, que hasta entonces existiera por la promesa de Dios, quedó
establecido.
Así, la muerte de Cristo—el acontecimiento mismo que
los discípulos habían considerado como la ruina final de sus esperanzas—fue
lo que las aseguró para siempre. Si bien es verdad que esa misma muerte
fuera para ellos cruel desengaño, no dejaba de ser la prueba suprema de que su
creencia había sido bien fundada. El acontecimiento que los había llenado de
tristeza y desesperación, fue lo que abrió para todos los hijos de Adán la
puerta de la esperanza, en la cual se concentraban la vida futura y la felicidad
eterna de todos los fieles siervos de Dios en todas las edades.
Los designios de la misericordia infinita alcanzaban a
cumplirse, hasta por medio del desengaño de los discípulos. Si bien sus
corazones habían sido ganados por la gracia divina y el poder de las
enseñanzas de Aquel que hablaba como "jamás habló hombre alguno,"
conservaban, mezclada con el oro puro de su amor a Jesús, la liga vil del
orgullo humano y de las ambiciones egoístas. Hasta en el aposento de la cena
pascual, en aquella hora solemne en que su Maestro estaba entrando ya en las
sombras de Getsemaní, "hubo también entre ellos una contienda sobre
quién de ellos debía estimarse como el mayor." Lucas 22:24. No veían
más que el trono, la corona y la gloria, cuando lo que tenían delante era el
oprobio y la agonía del huerto, el pretorio y la cruz del Calvario. Era el
orgullo de sus corazones, la sed de gloria mundana lo que les había inducido a
adherirse tan tenazmente a las falsas doctrinas de su tiempo, y a no tener en
cuenta las palabras del Salvador que exponían la verdadera naturaleza de su
reino y predecían su agonía y muerte. Y estos errores remataron en prueba—dura
pero necesaria—que Dios permitió para corregirlos. Aunque los discípulos
comprendieron mal el sentido del mensaje y vieron frustrarse sus esperanzas,
habían predicado la amonestación que Dios les encomendara, y el Señor iba a
recompensar su fe y honrar su obediencia confiándoles la tarea de proclamar a
todas las naciones el glorioso Evangelio del Señor resucitado. Y a fin de
prepararlos para esta obra, había permitido que pasaran por la experiencia que
tan amarga les pareciera.
Después de su resurrección, Jesús apareció a sus
discípulos en el camino de Emaús, y "comenzando desde Moisés y todos los
profetas, les iba interpretando en todas las Escrituras las cosas referentes a
él mismo." Lucas 24:27. Los corazones de los discípulos se conmovieron.
Su fe se reavivó. Fueron reengendrados "en esperanza viva," aun antes
de que Jesús se revelase a ellos. El propósito de éste era iluminar sus
inteligencias y fundar su fe en la "palabra profética" "más
firme." Deseaba que la verdad se arraigase firmemente en su espíritu, no
sólo porque era sostenida por su testimonio personal sino a causa de las
pruebas evidentes suministradas por los símbolos y sombras de la ley típica, y
por las profecías del Antiguo Testamento. Era necesario que los discípulos
de Cristo tuviesen una fe inteligente, no sólo en beneficio propio, sino para
comunicar al mundo el conocimiento de Cristo. Y como primer paso en la
comunicación de este conocimiento, Jesús dirigió a sus discípulos a
"Moisés y todos los profetas." Tal fue el testimonio dado por el
Salvador resucitado en cuanto al valor e importancia de las Escrituras del
Antiguo Testamento.
¡Qué cambio el que se efectuó en los corazones de los
discípulos cuando contemplaron una vez más el amado semblante de su Maestro!
Lucas 24:32. En un sentido más completo y perfecto que nunca antes, habían
hallado "a Aquel, de quien escribió Moisés en la ley, y asimismo los
profetas." La incertidumbre, la angustia, la desesperación, dejaron lugar
a una seguridad perfecta, a una fe serena. Qué maravilla pues, que después de
su ascensión ellos "estaban siempre en el templo, alabando y bendiciendo a
Dios". Lucas 24:53. El pueblo, que no tenía conocimiento sino de la muerte
ignominiosa del Salvador, miraba para descubrir en sus semblantes una expresión
de dolor, confusión y derrota; pero sólo veía en ellos alegría y triunfo. ¡Qué
preparación la que habían recibido para la obra que les esperaba! Habían
pasado por la prueba más grande que les fuera dable experimentar, y habían
visto cómo, cuando a juicio humano todo estaba perdido, la Palabra de Dios se
había cumplido y había salido triunfante. En lo sucesivo ¿qué podría hacer
vacilar su fe, o enfriar el ardor de su amor? En sus penas más amargas ellos
tuvieron "poderoso consuelo," una esperanza que era "como ancla
del alma, segura y firme." Hebreos 6:18, 19. Habían comprobado la
sabiduría y poder de Dios, y estaban persuadidos de "que ni la muerte, ni
la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni poderes, ni cosas presentes, ni
cosas por venir, ni lo alto, ni lo bajo, ni ninguna otra cosa creada"
podría apartarlos "del amor de Dios, que es en Cristo Jesús nuestro
Señor." "En todas estas cosas—decían —somos vencedores, y
más aún, por medio de Aquel que nos amó." "La Palabra del Señor
permanece para siempre." Y "¿quién es el que condena? ¡Cristo
Jesús es el que murió; más el que fue levantado de entre los muertos; el que
está a la diestra de Dios; el que también intercede por nosotros!"
Romanos 8:38, 39, 37; 1 Pedro 1:25; Romanos 8:34.
El Señor dice: "Nunca jamás será mi pueblo
avergonzado." Joel 2:26. "Una noche podrá durar el lloro, mas a la
mañana vendrá la alegría." Salmo 30:5. Cuando en el día de su
resurrección estos discípulos encontraron al Salvador, y sus corazones
ardieron al escuchar sus palabras; cuando miraron su cabeza, sus manos y sus
pies que habían sido heridos por ellos; cuando antes de su ascensión, Jesús
les llevara hasta cerca de Betania y, levantando sus manos para bendecirlos, les
dijera: "Id por todo el mundo; predicad el evangelio a toda
criatura," y agregara: "He aquí, yo estoy con vosotros todos los
días, hasta el fin del mundo" Marcos 16:15; Mateo 28:20; cuando en el
día de Pentecostés descendió el Consolador prometido, y por el poder de lo
alto que les fue dado las almas de los creyentes se estremecieron con el
sentimiento de la presencia de su Señor que ya había ascendido al cielo,—entonces,
aunque la senda que seguían, como la que siguiera su Maestro, fuera la senda
del sacrificio y del martirio, ¿habrían ellos acaso cambiado el ministerio del
Evangelio de gracia, con la "corona de justicia" que habían de
recibir a su venida, por la gloria de un trono mundano que había sido su
esperanza en los comienzos de su discipulado? Aquel "que es poderoso para
hacer infinitamente más de todo cuanto podemos pedir, y aun pensar," les
había concedido con la participación en sus sufrimientos, la comunión de su
gozo—el gozo de "llevar muchos hijos a la gloria," dicha indecible,
"un peso eterno de gloria," al que, dice Pablo, nuestra "ligera
aflicción que no dura sino por un momento," no es "digna de ser
comparada."
Lo que experimentaron los discípulos que predicaron el
"evangelio del reino" cuando vino Cristo por primera vez tuvo su
contraparte en lo que experimentaron los que proclamaron el mensaje de su
segundo advenimiento. Así como los discípulos fueron predicando: "Se
ha cumplido el tiempo, y se ha acercado el reino de Dios," así también
Miller y sus asociados proclamaron que estaba a punto de terminar el período
profético más largo y último de que habla la Biblia, que el juicio era
inminente y que el reino eterno iba a ser establecido. La predicación de los
discípulos en cuanto al tiempo se basaba en las setenta semanas del capítulo
noveno de Daniel. El mensaje proclamado por Miller y sus colaboradores anunciaba
la conclusión de los 2.300 días de Daniel 8:14, de los cuales las setenta
semanas forman parte. En cada caso la predicación se fundaba en el cumplimiento
de una parte diferente del mismo gran período profético.
Como los primeros discípulos, Guillermo Miller y sus
colaboradores no comprendieron ellos mismos enteramente el alcance del mensaje
que proclamaban. Los errores que existían desde hacía largo tiempo en la
iglesia les impidieron interpretar correctamente un punto importante de la
profecía. Por eso si bien proclamaron el mensaje que Dios les había confiado
para que lo diesen al mundo, sufrieron un desengaño debido a un falso concepto
de su significado.
Al explicar Daniel 8:14: "Hasta dos mil y trescientas
tardes y mañanas; entonces será purificado el santuario," Miller, como
ya lo hemos dicho, aceptó la creencia general de que la tierra era el
santuario, y creyó que la purificación del santuario representaba la
purificación de la tierra por el fuego a la venida del Señor. Por
consiguiente, cuando echó de ver que el fin de los 2.300 días estaba predicho
con precisión, sacó la conclusión de que esto revelaba el tiempo del segundo
advenimiento. Su error provenía de que había aceptado la creencia popular
relativa a lo que constituye el santuario.
En el sistema típico—que era sombra del sacrificio y del
sacerdocio de Cristo—la purificación del santuario era el último servicio
efectuado por el sumo sacerdote en el ciclo anual de su ministerio. Era
el acto final de la obra de expiación— una remoción o apartamiento del
pecado de Israel. Prefiguraba la obra final en el ministerio de nuestro Sumo
Sacerdote en el cielo, en el acto de borrar los pecados de su pueblo, que están
consignados en los libros celestiales. Este servicio envuelve una obra de
investigación, una obra de juicio, y precede inmediatamente la venida de Cristo
en las nubes del cielo con gran poder y gloria, pues cuando él venga, la causa
de cada uno habrá sido fallada. Jesús dice: "Mi galardón está
conmigo, para dar la recompensa a cada uno según sea su obra." Apocalipsis
22:12. Esta obra de juicio, que precede inmediatamente al segundo
advenimiento, es la que se anuncia en el primer mensaje angelical de Apocalipsis
14:7: "¡Temed a Dios y dadle honra; porque ha llegado la hora de su
juicio!"
Los que proclamaron esta amonestación dieron el debido
mensaje a su debido tiempo. Pero así como los primitivos discípulos
declararan: "Se ha cumplido el tiempo, y se ha acercado el reino de
Dios," fundándose en la profecía de Daniel 9, sin darse cuenta de que la
muerte del Mesías estaba anunciada en el mismo pasaje bíblico, así también Miller
y sus colaboradores predicaron el mensaje fundado en Daniel 8:14 y Apocalipsis
14:7 sin echar de ver que el capítulo 14 del Apocalipsis encerraba aún otros
mensajes que debían ser también proclamados antes del advenimiento del Señor.
Como los discípulos se equivocaron en cuanto al reino que debía establecerse
al fin de las setenta semanas, así también los adventistas se equivocaron
en cuanto al acontecimiento que debía producirse al fin de los 2.300 días. En
ambos casos la circunstancia de haber aceptado errores populares, o mejor dicho
la adhesión a ellos, fue lo que cerró el espíritu a la verdad. Ambas
escuelas cumplieron la voluntad de Dios, proclamando el mensaje que él deseaba
fuese proclamado, y ambas, debido a su mala comprensión del mensaje, sufrieron
desengaños.
Sin embargo, Dios cumplió su propósito misericordioso
permitiendo que el juicio fuese proclamado precisamente como lo fue. El gran
día estaba inminente, y en la providencia de Dios el pueblo fue probado tocante
a un tiempo fijo a fin de que se les revelase lo que había en sus corazones.
El mensaje tenía por objeto probar y purificar la iglesia. Los hombres
debían ser inducidos a ver si sus afectos pendían de las cosas de este mundo o
de Cristo y del cielo. Ellos profesaban amar al Salvador; debían pues
probar su amor. ¿Estarían dispuestos a renunciar a sus esperanzas y ambiciones
mundanas, para saludar con gozo el advenimiento de su Señor? El mensaje tenía
por objeto hacerles ver su verdadero estado espiritual; fue enviado
misericordiosamente para despertarlos a fin de que buscasen al Señor con
arrepentimiento y humillación.
Además, si bien el desengaño era resultado de una
comprensión errónea del mensaje que anunciaban, Dios iba a predominar para
bien sobre las circunstancias. Los corazones de los que habían profesado
recibir la amonestación iban a ser probados. En presencia de su desengaño,
¿se apresurarían ellos a renunciar a su experiencia y a abandonar su confianza
en la Palabra de Dios o con oración y humildad procurarían discernir en qué
puntos no habían comprendido el significado de la profecía? ¿Cuántos habían
obrado por temor o por impulso y arrebato? ¿Cuántos eran de corazón indeciso
e incrédulo? Muchos profesaban anhelar el advenimiento del Señor. Al ser
llamados a sufrir las burlas y el oprobio del mundo, y la prueba de la dilación
y del desengaño, ¿renunciarían a su fe? Porque no pudieran comprender
luego los caminos de Dios para con ellos, ¿rechazarían verdades confirmadas
por el testimonio más claro de su Palabra?
Esta prueba revelaría la fuerza de aquellos que con
verdadera fe habían obedecido a lo que creían ser la enseñanza de la Palabra
y del Espíritu de Dios. Ella les enseñaría, como sólo tal experiencia podía
hacerlo, el peligro que hay en aceptar las teorías e interpretaciones de los
hombres, en lugar de dejar la Biblia interpretarse a sí misma. La perplejidad y
el dolor que iban a resultar de su error, producirían en los hijos de la fe el
escarmiento necesario. Los inducirían a profundizar aún más el estudio de la
palabra profética. Aprenderían a examinar más detenidamente el fundamento de
su fe, y a rechazar todo lo que no estuviera fundado en la verdad de las
Sagradas Escrituras, por muy amplia que fuese su aceptación en el mundo
cristiano.
A estos creyentes les pasó lo que a los primeros
discípulos: lo que en la hora de la prueba pareciera obscuro a su inteligencia,
les fue aclarado después. Cuando vieron el "fin que vino del
Señor," supieron que a pesar de la prueba que resultó de sus errores, los
propósitos del amor divino para con ellos no habían dejado de seguir
cumpliéndose. Merced a tan bendita experiencia llegaron a saber que el
"Señor es muy misericordioso y compasivo;" que todos sus caminos
"son misericordia y verdad, para los que guardan su pacto y sus
testimonios."

ESPERANDO EL RETORNO DE CRISTO
"No
se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí.En la casa de
mi Padre muchas moradas hay: de otra manera os lo hubiera dicho: voy, pues, a
preparar lugar para vosotros.Y si me fuere, y os aparejare lugar, vendré otra
vez, y os tomaré a mí mismo: para que donde yo estoy, vosotros también
estéis." Juan:14:1-3.