La historia de la iglesia primitiva atestigua que se
cumplieron las palabras del Salvador. Los poderes de la tierra y del infierno se
coligaron para atacar a Cristo en la persona de sus discípulos. El
paganismo previó que de triunfar el Evangelio, sus templos y sus altares
serían derribados, y reunió sus fuerzas para destruir el cristianismo.
Encendióse el fuego de la persecución. Los cristianos fueron despojados de sus
posesiones y expulsados de sus hogares. Todos ellos sufrieron "gran combate
de aflicciones." "Experimentaron vituperios y azotes; y a más de esto
prisiones y cárceles." Hebreos 10:32; 11:36. Muchos sellaron su testimonio
con su sangre. Nobles y esclavos, ricos y pobres, sabios e ignorantes, todos
eran muertos sin misericordia.
Estas persecuciones que empezaron bajo el imperio de Nerón,
cerca del tiempo del martirio de Pablo, continuaron con mayor o menor furia por
varios siglos. Los cristianos eran inculpados calumniosamente de los más
espantosos crímenes y eran señalados como la causa de las mayores calamidades:
hambres, pestes y terremotos. Como eran objeto de los odios y sospechas del
pueblo, no faltaban los delatores que por vil interés estaban listos para
vender a los inocentes. Se los condenaba como rebeldes contra el imperio,
enemigos de la religión y azotes de la sociedad. Muchos eran arrojados a las
fieras o quemados vivos en los anfiteatros. Algunos eran crucificados; a otros
los cubrían con pieles de animales salvajes y los echaban a la arena para ser
despedazados por los perros. Estos suplicios constituían a menudo la principal
diversión en las fiestas populares. Grandes muchedumbres solían reunirse para
gozar de semejantes espectáculos y saludaban la agonía de los moribundos con
risotadas y aplausos.
Doquiera fuesen los discípulos de Cristo en busca de
refugio, se les perseguía como a animales de rapiña. Se vieron pues, obligados
a buscar escondite en lugares desolados y solitarios. Anduvieron
"destituidos, afligidos, maltratados (de los cuales el mundo no era digno),
andando descaminados por los desiertos y por las montañas, y en las cuevas y en
las cavernas de la tierra." Hebreos 11:37, 38. Las catacumbas ofrecieron
refugio a millares de cristianos. Debajo de los cerros, en las afueras de la
ciudad de Roma, se habían cavado a través de tierra y piedra largas galerías
subterráneas, cuya obscura e intrincada red se extendía leguas más allá de
los muros de la ciudad. En estos retiros los discípulos de Cristo sepultaban a
sus muertos y hallaban hogar cuando se sospechaba de ellos y se los proscribía.
Cuando el Dispensador de la vida despierte a los que pelearon la buena batalla,
muchos mártires de la fe de Cristo se levantarán de entre aquellas cavernas
tenebrosas.
En las persecuciones más encarnizadas, estos testigos de
Jesús conservaron su fe sin mancha. A pesar de verse privados de toda
comodidad y aun de la luz del sol mientras moraban en el obscuro pero benigno
seno de la tierra, no profirieron quejas. Con palabras de fe, paciencia y
esperanza, se animaban unos a otros para soportar la privación y la desgracia. La
pérdida de todas las bendiciones temporales no pudo obligarlos a renunciar a su
fe en Cristo. Las pruebas y la persecución no eran sino peldaños que los
acercaban más al descanso y a la recompensa.
Como los siervos de Dios en los tiempos antiguos, muchos
"fueron muertos a palos, no admitiendo la libertad, para alcanzar otra
resurrección mejor" (Vers. 35). Recordaban que su Maestro había dicho que
cuando fuesen perseguidos por causa de Cristo debían regocijarse mucho, pues
grande sería su galardón en los cielos; porque así fueron perseguidos los
profetas antes que ellos. Se alegraban de que se los hallara dignos de sufrir
por la verdad, y entonaban cánticos de triunfo en medio de las crepitantes
hogueras. Mirando hacia arriba por la fe, veían a Cristo y a los ángeles que
desde las almenas del cielo los observaban con el mayor interés y apreciaban y
aprobaban su entereza. Descendía del trono de Dios hasta ellos una voz que
decía: "Sé fiel hasta la muerte, y Yo te daré la corona de la
vida." Apocalipsis 2:10.
Vanos eran los esfuerzos de Satanás para destruir la iglesia
de Cristo por medio de la violencia. La gran lucha en que los discípulos de
Jesús entregaban la vida, no cesaba cuando estos fieles portaestandartes caían
en su puesto. Triunfaban por su derrota. Los siervos de Dios eran
sacrificados, pero su obra seguía siempre adelante. El Evangelio cundía más y
más, y el número de sus adherentes iba en aumento. Alcanzó hasta las regiones
inaccesibles para las águilas de Roma. Dijo un cristiano, reconviniendo a los
jefes paganos que atizaban la persecución: "Atormentadnos, condenadnos,
desmenuzadnos, que vuestra maldad es la prueba de nuestra inocencia.. . . De
nada os vale . . . vuestra crueldad." No era más que una instigación más
poderosa para traer a otros a su fe. "Más somos cuanto derramáis más
sangre; que la sangre de los cristianos es semilla."—Tertuliano,
Apología, párr. 50.
Miles de cristianos eran encarcelados y muertos, pero otros
los reemplazaban. Y los que sufrían el martirio por su fe quedaban asegurados
para Cristo y tenidos por él como conquistadores. Habían peleado la buena
batalla y recibirían la corona de gloria cuando Cristo viniese. Los
padecimientos unían a los cristianos unos con otros y con su Redentor. El
ejemplo que daban en vida y su testimonio al morir eran una constante
atestación de la verdad; y donde menos se esperaba, los súbditos de Satanás
abandonaban su servicio y se alistaban bajo el estandarte de Cristo.
En vista de esto Satanás se propuso oponerse con más éxito
al gobierno de Dios implantando su bandera en la iglesia cristiana. Si
podía engañar a los discípulos de Cristo e inducirlos a ofender a Dios,
decaerían su resistencia, su fuerza y su estabilidad y ellos mismos vendrían a
ser presa fácil.
El gran adversario se esforzó entonces por obtener con
artificios lo que no consiguiera por la violencia. Cesó la persecución y la
reemplazaron las peligrosas seducciones de la prosperidad temporal y del honor
mundano. Los idólatras fueron inducidos a aceptar parte de la fe cristiana, al
par que rechazaban otras verdades esenciales. Profesaban aceptar a Jesús
como Hijo de Dios y creer en su muerte y en su resurrección, pero no eran
convencidos de pecado ni sentían necesidad de arrepentirse o de cambiar su
corazón. Habiendo hecho algunas concesiones, propusieron que los cristianos
hicieran las suyas para que todos pudiesen unirse en el terreno común de la fe
en Cristo.
La iglesia se vió entonces en gravísimo peligro, y en
comparación con él, la cárcel, las torturas, el fuego y la espada, eran
bendiciones. Algunos cristianos permanecieron firmes, declarando que no
podían transigir. Otros se declararon dispuestos a ceder o a modificar en
algunos puntos su confesión de fe y a unirse con los que habían aceptado parte
del cristianismo, insistiendo en que ello podría llevarlos a una conversión
completa. Fue un tiempo de profunda angustia para los verdaderos discípulos de
Cristo. Bajo el manto de un cristianismo falso, Satanás se introducía en la
iglesia para corromper la fe de los creyentes y apartarlos de la Palabra de
verdad.
La mayoría de los cristianos consintieron al fin en arriar
su bandera, y se realizó la unión del cristianismo con el paganismo. Aunque
los adoradores de los ídolos profesaban haberse convertido y unido con la
iglesia, seguían aferrándose a su idolatría, y sólo habían cambiado los
objetos de su culto por imágenes de Jesús y hasta de María y de los santos.
La levadura de la idolatría, introducida de ese modo en la iglesia, prosiguió
su funesta obra. Doctrinas falsas, ritos supersticiosos y ceremonias
idolátricas se incorporaron en la fe y en el culto cristiano. Al unirse los
discípulos de Cristo con los idólatras, la religión cristiana se corrompió y
la iglesia perdió su pureza y su fuerza. Hubo sin embargo creyentes que no
se dejaron extraviar por esos engaños y adorando sólo a Dios, se mantuvieron
fieles al Autor de la verdad.
Entre los que profesan el cristianismo ha habido siempre dos
categorías de personas: la de los que estudian la vida del Salvador y se
afanan por corregir sus defectos y asemejarse al que es nuestro modelo; y la de
aquellos que rehuyen las verdades sencillas y prácticas que ponen de manifiesto
sus errores. Aun en sus mejores tiempos la iglesia no contó exclusivamente con
fieles verdaderos, puros y sinceros. Nuestro Salvador enseñó que no se debe
recibir en la iglesia a los que pecan voluntariamente; no obstante, unió
consigo mismo a hombres de carácter defectuoso y les concedió el beneficio de
sus enseñanzas y de su ejemplo, para que tuviesen oportunidad de ver sus faltas
y enmendarlas. Entre los doce apóstoles hubo un traidor. Judas fue
aceptado no a causa de los defectos de su carácter, sino a pesar de ellos.
Estuvo unido con los discípulos para que, por la instrucción y el ejemplo de
Cristo, aprendiese lo que constituye el carácter cristiano y así pudiese ver
sus errores, arrepentirse y, con la ayuda de la gracia divina, purificar su alma
obedeciendo "a la verdad." Pero Judas no anduvo en aquella luz que tan
misericordiosamente le iluminó; antes bien, abandonándose al pecado atrajo las
tentaciones de Satanás. Los malos rasgos de su carácter llegaron a predominar;
entregó su mente al dominio de las potestades tenebrosas; se airó cuando sus
fallas fueron reprendidas, y fue inducido a cometer el espantoso crimen de
vender a su Maestro. Así también obran todos los que acarician el mal
mientras hacen profesión de piedad y aborrecen a quienes les perturban la paz
condenando su vida de pecado. Como Judas, en cuanto se les presente la
oportunidad, traicionarán a los que para su bien les han amonestado.
Los apóstoles se opusieron a los miembros de la iglesia que,
mientras profesaban tener piedad, daban secretamente cabida a la iniquidad.
Ananías y Safira fueron engañadores que pretendían hacer un sacrificio
completo delante de Dios, cuando en realidad guardaban para sí con avaricia
parte de la ofrenda. El Espíritu de verdad reveló a los apóstoles el
carácter verdadero de aquellos engañadores, y el juicio de Dios libró a la
iglesia de aquella inmunda mancha que empañaba su pureza. Esta señal evidente
del discernimiento del Espíritu de Cristo en los asuntos de la iglesia, llenó
de terror a los hipócritas y a los obradores de maldad. No podrán éstos
seguir unidos a los que eran, en hábitos y en disposición, fieles
representantes de Cristo; y cuando las pruebas y la persecución vinieron sobre
éstos, sólo los que estaban resueltos a abandonarlo todo por amor a la verdad,
quisieron ser discípulos de Cristo. De modo que mientras continuó la
persecución la iglesia permaneció relativamente pura; pero al cesar aquélla
se adhirieron a ésta conversos menos sinceros y consagrados, y quedó preparado
el terreno para la penetración de Satanás.
Pero no hay unión entre el Príncipe de luz y el príncipe
de las tinieblas, ni puede haberla entre los adherentes del uno y los del otro.
Cuando los cristianos consintieron en unirse con los paganos que sólo se
habían convertido a medias, entraron por una senda que les apartó más y más
de la verdad. Satanás se alegró mucho de haber logrado engañar a tan crecido
número de discípulos de Cristo; luego ejerció aun más su poder sobre ellos y
los indujo a perseguir a los que permanecían fieles a Dios. Los que habían
sido una vez defensores de la fe cristiana eran los que mejor sabían cómo
combatirla y estos cristianos apóstatas, junto con sus compañeros
semipaganos, dirigieron sus ataques contra los puntos más esenciales de las
doctrinas de Cristo.
Fue necesario sostener una lucha desesperada por parte de los
que deseaban ser fieles y firmes, contra los engaños y las abominaciones
que, envueltos en las vestiduras sacerdotales se introducían en la iglesia. La
Biblia no fue aceptada como regla de fe. A la doctrina de la libertad
religiosa se la llamó herejía, y sus sostenedores fueron aborrecidos y
proscritos.
Tras largo y tenaz conflicto, los pocos que permanecían
fieles resolvieron romper toda unión con la iglesia apóstata si ésta rehusaba
aún desechar la falsedad y la idolatría. Y es que vieron que dicho
rompimiento era de todo punto necesario si querían obedecer la Palabra de Dios.
No se atrevían a tolerar errores fatales para sus propias almas y dar así un
ejemplo que ponía en peligro la fe de sus hijos y la de los hijos de sus hijos.
Para asegurar la paz y la unidad estaban dispuestos a cualquier concesión que
no contrariase su fidelidad a Dios, pero les parecía que sacrificar un
principio por amor a la paz era pagar un precio demasiado alto. Si no se podía
asegurar la unidad sin comprometer la verdad y la justicia, más valía que
siguiesen las diferencias y aun la guerra.
Bueno sería para la iglesia y para el mundo que los
principios que aquellas almas vigorosas sostuvieron revivieran hoy en los
corazones de los profesos hijos de Dios. Nótase hoy una alarmante indiferencia
respecto de las doctrinas que son como las columnas de la fe cristiana. Está
ganando más y más terreno la opinión de que, al fin y al cabo, dichas
doctrinas no son de vital importancia. Semejante degeneración del
pensamiento fortalece las manos de los agentes de Satanás, de modo que las
falsas teorías y los fatales engaños que en otros tiempos eran rebatidos por
los fieles que exponían la vida para resistirlos, encuentran ahora aceptación
por parte de miles y miles que declaran ser discípulos de Cristo.
No hay duda de que los cristianos primitivos fueron un pueblo
peculiar. Su conducta intachable y su fe inquebrantable constituían un reproche
continuo que turbaba la paz del pecador. Aunque pocos en número, escasos de
bienes, sin posición ni títulos honoríficos, aterrorizaban a los obradores de
maldad dondequiera que fueran conocidos su carácter y sus doctrinas. Por eso
los odiaban los impíos, como Abel fue aborrecido por el impío Caín. Por
el mismo motivo que tuvo Caín para matar a Abel, los que procuraban librarse de
la influencia refrenadora del Espíritu Santo daban muerte a los hijos de Dios.
Por ese mismo motivo los judíos habían rechazado y crucificado al Salvador, es
a saber, porque la pureza y la santidad del carácter de éste constituían una
reprensión constante para su egoísmo y corrupción. Desde el tiempo de Cristo
hasta hoy, sus verdaderos discípulos han despertado el odio y la oposición de
los que siguen con deleite los senderos del mal.
¿Cómo pues, puede llamarse el Evangelio un mensaje de
paz? Cuando Isaías predijo el nacimiento del Mesías, le confirió el
título de "Príncipe de Paz." Cuando los ángeles anunciaron a los
pastores que Cristo había nacido, cantaron sobre los valles de Belén:
"Gloria en las alturas a Dios, y en la tierra paz, buena voluntad para con
los hombres." Lucas 2:14. Hay contradicción aparente entre estas
declaraciones proféticas y las palabras de Cristo: "No vine a traer paz,
sino espada." Mateo 10:34. Pero si se las entiende correctamente, se nota
armonía perfecta entre ellas. El Evangelio es un mensaje de paz. El
cristianismo es un sistema que, de ser recibido y practicado, derramaría paz,
armonía y dicha por toda la tierra. La religión de Cristo unirá en
estrecha fraternidad a todos los que acepten sus enseñanzas. La misión de
Jesús consistió en reconciliar a los hombres con Dios, y así a unos con
otros; pero el mundo en su mayoría se halla bajo el dominio de Satanás, el
enemigo más encarnizado de Cristo. El Evangelio presenta a los hombres
principios de vida que contrastan por completo con sus hábitos y deseos, y por
esto se rebelan contra él. Aborrecen la pureza que pone de manifiesto y
condena sus pecados, y persiguen y dan muerte a quienes los instan a reconocer
sus sagrados y justos requerimientos. Por esto, es decir, por los odios y
disensiones que despiertan las verdades que trae consigo, el Evangelio se llama
una espada.
La providencia misteriosa que permite que los justos sufran
persecución por parte de los malvados, ha sido causa de gran perplejidad para
muchos que son débiles en la fe. Hasta los hay que se sienten tentados a
abandonar su confianza en Dios porque él permite que los hombres más viles
prosperen, mientras que los mejores y los más puros sean afligidos y
atormentados por el cruel poderío de aquéllos. ¿Cómo es posible, dicen
ellos, que Uno que es todo justicia y misericordia y cuyo poder es infinito
tolere tanta injusticia y opresión? Es una cuestión que no nos incumbe. Dios
nos ha dado suficientes evidencias de su amor, y no debemos dudar de su bondad
porque no entendamos los actos de su providencia. Previendo las dudas que
asaltarían a sus discípulos en días de pruebas y obscuridad, el Salvador les
dijo: "Acordaos de la palabra que yo os he dicho: No es el siervo mayor
que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros
perseguirán." Juan 15:20. Jesús sufrió por nosotros más de lo que
cualquiera de sus discípulos pueda sufrir al ser víctima de la crueldad de los
malvados. Los que son llamados a sufrir la tortura y el martirio, no hacen más
que seguir las huellas del amado Hijo de Dios.
"El Señor no tarda su promesa." 2 Pedro 3:9. El no
se olvida de sus hijos ni los abandona, pero permite a los malvados que pongan
de manifiesto su verdadero carácter para que ninguno de los que quieran hacer
la voluntad de Dios sea engañado con respecto a ellos. Además, los rectos
pasan por el horno de la aflicción para ser purificados y para que por su
ejemplo otros queden convencidos de que la fe y la santidad son realidades, y
finalmente para que su conducta intachable condene a los impíos y a los
incrédulos.
Dios permite que los malvados prosperen y manifiesten su
enemistad contra él, para que cuando hayan llenado la medida de su iniquidad,
todos puedan ver la justicia y la misericordia de Dios en la completa
destrucción de aquéllos. Pronto llega el día de la venganza del Señor,
cuando todos los que hayan transgredido su ley y oprimido a su pueblo recibirán
la justa recompensa de sus actos; cuando todo acto de crueldad o de injusticia
contra los fieles de Dios será castigado como si hubiera sido hecho contra
Cristo mismo.
Otro asunto hay de más importancia aún, que debería llamar
la atención de las iglesias en el día de hoy. El apóstol Pablo declara
que "todos los que quieren vivir píamente en Cristo Jesús, padecerán
persecución." 2 Timoteo 3:12. ¿Por qué, entonces, parece adormecida
la persecución en nuestros días? El único motivo es que la iglesia se ha
conformado a las reglas del mundo y por lo tanto no despierta oposición. La
religión que se profesa hoy no tiene el carácter puro y santo que distinguiera
a la fe cristiana en los días de Cristo y sus apóstoles. Si el cristianismo
es aparentemente tan popular en el mundo, ello se debe tan sólo al espíritu de
transigencia con el pecado, a que las grandes verdades de la Palabra de Dios son
miradas con indiferencia, y a la poca piedad vital que hay en la iglesia.
Revivan la fe y el poder de la iglesia primitiva, y el espíritu de persecución
revivirá también y el fuego de la persecución volverá a encenderse.
"1. Una gran señal apareció en el cielo. Una mujer (la
Iglesia verdadera) vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y sobre su cabeza
una corona de doce estrellas.
2. Estaba encinta, (primera venida de Cristo) y clamaba con
dolores, porque estaba por dar a luz.
3. Entonces apareció otra señal en el cielo. Un gran
dragón rojo, (Satanás) . . Y el dragón se paró ante la mujer que estaba por
dar a luz, a fin de devorar a su Hijo en cuanto naciera.
5. Y ella dió a luz un Hijo varón, que había de regir a
todas las naciones con vara de hierro. Y su Hijo fue arrebatado para Dios y para
su trono.
6. Y la mujer huyó al desierto, a un lugar preparado por
Dios, para que allí la sustenten durante 1.260 días . .
11. Ellos lo han vencido por la sangre del Cordero y por la
palabra del testimonio de ellos, y no amaron su propia vida ni aun ante la
muerte. Por eso, ¡alegraos, cielos, y los que habitáis en ellos!
12. ¡Ay de la tierra y el mar! Porque el diablo ha
descendido a vosotros, con gran furor, al saber que le queda poco tiempo . .
13. Cuando el dragón vió que él había sido arrojado a la
tierra, persiguió a la mujer que había dado a luz al varón.
14. Pero le fueron dadas a la mujer dos alas de una gran
águila, para que volara de la presencia de la serpiente, al desierto, a su
lugar, donde es sustentada por un tiempo, tiempos, y medio tiempo.
15. Entonces la serpiente echó de su boca tras la mujer,
agua como un río, para que fuese arrastrada por el río.
16. Pero la tierra ayudó a la mujer. La tierra abrió su
boca y sorbió el río que el dragón había arrojado de su boca.
17. Entonces el dragón se airó contra la mujer, y fue a
combatir al resto de sus hijos, los que guardan los Mandamientos de Dios y
tienen el testimonio de Jesús."
Apocalipsis 12:1-17
CAPÍTULO 3
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