
ESTUVE mirando—dice el profeta Daniel—hasta que fueron
puestas sillas: y un Anciano de grande edad se sentó, cuyo vestido era
blanco como la nieve, y el pelo de su cabeza como lana limpia; su silla llama de
fuego, sus ruedas fuego ardiente. Un río de fuego procedía y salía de delante
de el: millares de millares Le servían, y millones de millones asistían
delante de el: el Juez se sentó y los libros se abrieron." Daniel
7:9, 10.
Así se presentó a la visión del profeta el día grande y
solemne en que los caracteres y vidas de los hombres habrán de ser revistados
ante el Juez de toda la tierra, y en que a todos los hombres se les dará
"conforme a sus obras." El Anciano de días es Dios, el Padre. El
salmista dice: "Antes que naciesen los montes, y formases la tierra y el
mundo, y desde el siglo y hasta el siglo, Tú eres Dios." Salmo 90:2. Es
el, Autor de todo ser y de toda ley, quien debe presidir en el juicio. Y
"millares de millares . . . y millones de millones" de santos
ángeles, como ministros y testigos, están presentes en este gran tribunal.
"Y he aquí en las nubes del cielo como un hijo de
hombre que venía, y llegó hasta el Anciano de grande edad, e hiciéronle
llegar delante de el. Y fuele dado señorío, y gloria, y reino; y todos los
pueblos, naciones y lenguas Le sirvieron; su señorío, señorío eterno, que no
será transitorio, y su reino no se corromperá." Daniel 7:13, 14. La
venida de Cristo descrita aquí no es su segunda venida a la tierra. El
viene hacia el Anciano de días en el cielo para recibir el dominio y la gloria,
y un reino, que le será dado a la conclusión de su obra de mediador. Es
esta venida, y no su segundo advenimiento a la tierra, la que la profecía
predijo que había de realizarse al fin de los 2.300 días, en 1,844.
Acompañado por ángeles celestiales, nuestro gran Sumo Sacerdote entra en el
lugar santísimo, y allí, en la presencia de Dios, da principio a los últimos
actos de su ministerio en beneficio del hombre, a saber, cumplir la obra del
juicio y hacer expiación por todos aquellos que resulten tener derecho a ella.
En el rito típico, sólo aquellos que se habían presentado
ante Dios arrepintiéndose y confesando sus pecados, y cuyas iniquidades eran
llevadas al santuario por medio de la sangre del holocausto, tenían
participación en el servicio del día de las expiaciones. Así en el gran
día de la expiación final y del juicio, los únicos casos que se consideran
son los de quienes hayan profesado ser hijos de Dios. El juicio de los impíos
es obra distinta y se verificará en fecha posterior. "Es tiempo de que
el juicio comience de la casa de Dios: y si primero comienza por nosotros,
¿qué será el fin de aquellos que no obedecen al evangelio?" 1 Pedro
4:17.
Los libros del cielo, en los cuales están consignados los
nombres y los actos de los hombres, determinarán los fallos del juicio. El
profeta Daniel dice: "El Juez se sentó, y los libros se abrieron."
Juan, describiendo la misma escena en el Apocalipsis, agrega: "Y otro libro
fue abierto, el cual es de la vida: y fueron juzgados los muertos por las cosas
que estaban escritas en los libros, según sus obras." Apocalipsis 20:12.
El libro de la vida contiene los nombres de todos los que
entraron alguna vez en el servicio de Dios. Jesús dijo a sus discípulos:
"Gozaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos." Lucas
10:20. Pablo habla de sus fieles compañeros de trabajo, "cuyos nombres
están en el libro de la vida." Filipenses 4:3. Daniel, vislumbrando un
"tiempo de angustia, cual nunca fue," declara que el pueblo de Dios
será librado, es decir, "todos los que se hallaren escritos en el
libro." Daniel 12:1. Y Juan dice en el Apocalipsis que sólo entrarán en
la ciudad de Dios aquellos cuyos nombres "están escritos en el libro de la
vida del Cordero." Apocalipsis 21:27.
Delante de Dios está escrito "un libro de
memoria," en el cual quedan consignadas las buenas obras de "los que
temen a Jehová, y de los que piensan en su nombre." Malaquías 3:16.
Sus palabras de fe, sus actos de amor, están registrados en el cielo. A esto se
refiere Nehemías cuando dice: "¡Acuérdate de mí, oh Dios mío, . . . y
no borres mis obras piadosas que he hecho por la Casa de mi Dios!"
Nehemías 13:14. En el "libro de memoria" de Dios, todo acto de
justicia está inmortalizado. Toda tentación resistida, todo pecado vencido,
toda palabra de tierna compasión, están fielmente consignados, y apuntados
también todo acto de sacrificio, todo padecimiento y todo pesar sufridos por
causa de Cristo. El salmista dice: "Tú cuentas los pasos de mi vida
errante: pon mis lágrimas en Tu redoma: ¿no están en Tu libro?" Salmo
56:8.
Hay además un registro en el cual figuran los pecados de los
hombres. "Pues que Dios traerá toda obra a juicio juntamente con toda
cosa encubierta, sea buena o sea mala." Eclesiastés 12:14. "De toda
palabra ociosa que hablaren los hombres, darán cuenta en el día del
juicio." Dice el Salvador: "Por tus palabras serás justificado, y por
tus palabras serás condenado." Mateo 12:36, 37. Los propósitos y motivos
secretos aparecen en el registro infalible, pues Dios "sacará a luz las
obras encubiertas de las tinieblas, y pondrá de manifiesto los propósitos de
los corazones." 1 Corintios 4:5. "He aquí que esto está escrito
delante de Mí: . . . vuestras iniquidades y las iniquidades de vuestros padres
juntamente dice Jehová." Isaías 65:6, 7.
La obra de cada uno pasa bajo la mirada de Dios, y es
registrada e imputada ya como señal de fidelidad ya de infidelidad. Frente
a cada nombre, en los libros del cielo, aparecen, con terrible exactitud, cada
mala palabra, cada acto egoísta, cada deber descuidado, y cada pecado secreto,
con todas las tretas arteras. Las admoniciones o reconvenciones divinas
despreciadas, los momentos perdidos, las oportunidades desperdiciadas, la
influencia ejercida para bien o para mal, con sus abarcantes resultados, todo
fue registrado por el ángel anotador.
La ley de Dios es la regla por la cual los caracteres y las
vidas de los hombres serán probados en el juicio. Salomón dice: "Teme
a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es la suma del deber humano. Pues
que Dios traerá toda obra a juicio." Eclesiastés 12:13, 14. El apóstol
Santiago amonesta a sus hermanos diciéndoles: "Así hablad pues, y así
obrad, como hombres que van a ser juzgados por la ley de libertad."
Santiago 2:12.
Los que en el juicio "serán tenidos por
dignos," tendrán parte en la resurrección de los justos. Jesús dijo:
"Los que serán tenidos por dignos de alcanzar aquel siglo venidero, y la
resurrección de entre los muertos, . . . son iguales a los ángeles, y son
hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección." Lucas 20:35, 36. Y
además declara que "los que hicieron bien saldrán a resurrección de
vida." Juan 5:29. Los justos ya muertos no serán resucitados más que
después del juicio en el cual habrán sido juzgados dignos de la
"resurrección de vida." No estarán pues presentes en persona ante el
tribunal cuando sus registros sean examinados y sus causas falladas.
Jesús aparecerá como el abogado de ellos, para interceder
en su favor ante Dios. "Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para
con el Padre, a saber Jesucristo el justo." 1 Juan 2:1. "Porque no
entró Cristo en un lugar santo hecho de mano, que es una mera representación
del verdadero, sino en el cielo mismo, para presentarse ahora delante de Dios
por nosotros." "Por lo cual también, puede salvar hasta lo sumo a los
que se acercan a Dios por medio de el, viviendo siempre para interceder por
ellos." Hebreos 9:24; 7:25.
A medida que los libros de memoria se van abriendo en el
juicio, las vidas de todos los que hayan creído en Jesús pasan ante Dios para
ser examinadas por el. Empezando con los primeros que vivieron en la tierra,
nuestro Abogado presenta los casos de cada generación sucesiva, y termina con
los vivos. Cada nombre es mencionado, cada caso cuidadosamente investigado.
Habrá nombres que serán aceptados, y otros rechazados. En caso de que alguien
tenga en los libros de memoria pecados de los cuales no se haya arrepentido y
que no hayan sido perdonados, su nombre será borrado del libro de la vida, y la
mención de sus buenas obras será borrada de los registros de Dios. El
Señor declaró a Moisés: "Al que haya pecado contra Mí, a éste borraré
de mi libro." Éxodo 32:33. Y el profeta Ezequiel dice: "Si el justo
se apartare de su justicia, y cometiere maldad, . . . todas las justicias que
hizo no vendrán en memoria." Ezequiel 18:4.
A todos los que se hayan arrepentido verdaderamente de su
pecado, y que hayan aceptado con fe la sangre de Cristo como su sacrificio
expiatorio, se les ha inscrito el perdón frente a sus nombres en los libros del
cielo; como llegaron a ser partícipes de la justicia de Cristo y su carácter
está en armonía con la ley de Dios, sus pecados serán borrados, y ellos
mismos serán juzgados dignos de la vida eterna. El Señor declara por el
profeta Isaías: "yo, yo Soy aquel que borro tus transgresiones a causa de
Mí mismo, y no Me acordaré más de tus pecados." Isaías 43:25. Jesús
dijo: "El que venciere, será así revestido de ropas blancas; y no
borraré su nombre del libro de la vida, sino confesaré su nombre delante de mi
Padre, y delante de sus santos ángeles." "A todo aquel, pues, que Me
confesare delante de los hombres, Le confesaré yo también delante de mi Padre
que está en los cielos. Pero a cualquiera que me negare delante de los hombres,
le negaré yo también delante de mi Padre que está en los cielos."
Apocalipsis 3:5; Mateo 10:32, 33.
El más profundo interés manifestado entre los hombres por
los fallos de los tribunales terrenales no representa sino débilmente el
interés manifestado en los atrios celestiales cuando los nombres inscritos en
el libro de la vida desfilen ante el Juez de toda la tierra. El divino
Intercesor aboga por que a todos los que han vencido por la fe en su sangre se
les perdonen sus transgresiones, a fin de que sean restablecidos en su morada
edénica y coronados con el coherederos del "señorío primero."
Miqueas 4:8. Con sus esfuerzos para engañar y tentar a nuestra raza, Satanás
había pensado frustrar el plan que Dios tenía al crear al hombre, pero Cristo
pide ahora que este plan sea llevado a cabo como si el hombre no hubiese caído
jamás. Pide para su pueblo, no solo el perdón y la justificación, plenos y
completos, sino además participación en su gloria y un asiento en su trono.
Mientras Jesús intercede por los súbditos de su gracia,
Satanás los acusa ante Dios como transgresores. El gran seductor procuró
arrastrarlos al escepticismo, hacerles perder la confianza en Dios, separarse de
su amor y transgredir su ley. Ahora él señala la historia de sus vidas, los
defectos de carácter, la falta de semejanza con Cristo, lo que deshonró a su
Redentor, todos los pecados que les indujo a cometer, y a causa de éstos los
reclama como sus súbditos.
Jesús no disculpa sus pecados, pero muestra su
arrepentimiento y su fe, y, reclamando el perdón para ellos, levanta sus manos
heridas ante el Padre y los santos ángeles, diciendo: Los conozco por sus
nombres. Los he grabado en las palmas de Mis manos. "Los sacrificios de
Dios son el espíritu quebrantado: al corazón contrito y humillado no
despreciarás Tú, oh Dios." Salmo 51:17. Y al acusador de su pueblo le
dice: "Jehová te reprenda, oh Satán; Jehová, que ha escogido a
Jerusalem, te reprenda. ¿No es éste un tizón arrebatado del incendio?"
Zacarías 3:2. Cristo revestirá a sus fieles con su propia justicia, para
presentarlos a su Padre como una "iglesia gloriosa, no teniendo mancha, ni
arruga, ni otra cosa semejante." Efesios 5:27. Sus nombres están inscritos
en el libro de la vida, y de estos escogidos está escrito: "Andarán
conmigo en vestiduras blancas; porque son dignos." Apocalipsis 3:4.
Así se cumplirá de un modo completo la promesa del nuevo
pacto: "Perdonaré su iniquidad, y no me acordaré más de sus pecados."
"En aquellos días y en ese tiempo, dice Jehová, será buscada la
iniquidad de Israel, y no la habrá, y los pecados de Judá, mas no podrán ser
hallados." "En aquel día el Vástago de Jehová será espléndido y
glorioso, y el fruto de la tierra excelente y hermoso, para los escapados de
Israel. Y será que los que fueren dejados en Sión, y los que quedaren en
Jerusalem, serán llamados santos; es decir, todo aquel que está inscrito para
la vida en Jerusalem." Jeremías 31:34; 50:20; Isaías 4:2, 3.
La obra del juicio investigador y el acto de borrar los
pecados deben realizarse antes del segundo advenimiento del Señor. En vista de
que los muertos han de ser juzgados según las cosas escritas en los libros, es
imposible que los pecados de los hombres sean borrados antes del fin del juicio
en que sus vidas han de ser examinadas. Pero el apóstol Pedro dice
terminantemente que los pecados de los creyentes serán borrados "cuando
vendrán los tiempos del refrigerio de la presencia del Señor, y enviará a
Jesucristo." Hechos 3:19, 20. Cuando el juicio investigador haya concluido,
Cristo vendrá con su recompensa para dar a cada cual según sus obras.
En el servicio ritual típico el sumo sacerdote, hecha la
propiciación por Israel, salía y bendecía a la congregación. Así también
Cristo, una vez terminada su obra de mediador, aparecerá "sin pecado . . .
para la salvación" Hebreos 9:28, para bendecir con el don de la vida
eterna a su pueblo que le espera. Así como, al quitar los pecados del
santuario, el sacerdote los confesaba sobre la cabeza del macho cabrío
emisario, así también Cristo colocará todos estos pecados sobre Satanás,
autor e instigador del pecado. El macho cabrío emisario, que cargaba con los
pecados de Israel, era enviado "a tierra inhabitada" Levítico 16:22;
así también Satanás, cargado con la responsabilidad de todos los pecados que
ha hecho cometer al pueblo de Dios, será confinado durante mil años en la
tierra entonces desolada y sin habitantes, y sufrirá finalmente la entera
penalidad del pecado en el fuego que destruirá a todos los impíos. Así el
gran plan de la redención alcanzará su cumplimiento en la extirpación final
del pecado y la liberación de todos los que estuvieron dispuestos a renunciar
al mal.
En el tiempo señalado para el juicio—al fin de los 2300
días, en 1,844-- empezó la obra de investigación y el acto de borrar los
pecados. Todos los que hayan profesado el nombre de Cristo deben pasar por ese
riguroso examen. Tanto los vivos como los muertos deben ser juzgados
"de acuerdo con las cosas escritas en los libros, según sus obras."
Los pecados que no hayan inspirado arrepentimiento y que
no hayan sido abandonados, no serán perdonados ni borrados de los libros de
memoria, sino que permanecerán como testimonio contra el pecador en el día de
Dios. Puede el pecador haber cometido sus malas acciones a la luz del día o
en la obscuridad de la noche; eran conocidas y manifiestas para Aquel a quien
tenemos que dar cuenta. Hubo siempre ángeles de Dios que fueron testigos de
cada pecado, y lo registraron en los libros infalibles. El pecado puede ser
ocultado, negado, encubierto para un padre, una madre, una esposa, o para los
hijos y los amigos; nadie, fuera de los mismos culpables tendrá tal vez la más
mínima sospecha del mal; no deja por eso de quedar al descubierto ante los
seres celestiales. La obscuridad de la noche más sombría, el misterio de todas
las artes engañosas, no alcanzan a velar un solo pensamiento para el
conocimiento del Eterno. Dios lleva un registro exacto de todo acto injusto e
ilícito. No se deja engañar por una apariencia de piedad. No se equivoca en su
apreciación del carácter. Los hombres pueden ser engañados por entes de
corazón corrompido, pero Dios penetra todos los disfraces y lee la vida
interior.
¡Qué pensamiento tan solemne! Cada día que transcurre
lleva consigo su caudal de apuntes para los libros del cielo. Una palabra
pronunciada, un acto cometido, no pueden ser jamás retirados. Los ángeles
tomaron nota tanto de lo bueno como de lo malo. El más poderoso
conquistador de este mundo no puede revocar el registro de un solo día
siquiera. Nuestros actos, nuestras palabras, hasta nuestros más secretos
motivos, todo tiene su peso en la decisión de nuestro destino para dicha o
desdicha. Podremos olvidarlos, pero no por eso dejarán de testificar en nuestro
favor o contra nosotros.
Así como los rasgos de la fisonomía son reproducidos con
minuciosa exactitud sobre la pulida placa del artista, así también está el
carácter fielmente delineado en los libros del cielo. No obstante ¡cuán poca
preocupación se siente respecto a ese registro que debe ser examinado por los
seres celestiales! Si se pudiese descorrer el velo que separa el mundo visible
del invisible, y los hijos de los hombres pudiesen ver a un ángel apuntar cada
palabra y cada acto que volverán a encontrar en el día del juicio, ¡cuántas
palabras de las que se pronuncian cada día no se dejarían de pronunciar;
cuántos actos no se dejarían sin realizar!
En el juicio se examinará el empleo que se haya hecho de
cada talento. ¿Cómo hemos empleado el capital que el cielo nos concediera?
A su venida ¿recibirá el Señor lo que es Suyo con interés? ¿Hemos
perfeccionado las facultades que fueran confiadas a nuestras manos, a nuestros
corazones y a nuestros cerebros para la gloria de Dios y provecho del mundo?
¿Cómo hemos empleado nuestro tiempo, nuestra pluma, nuestra voz, nuestro
dinero, nuestra influencia? ¿Qué hemos hecho por Cristo en la persona de los
pobres, de los afligidos, de los huérfanos o de las viudas? Dios nos hizo
depositarios de su santa Palabra; ¿qué hemos hecho con la luz y la verdad que
se nos confió para hacer a los hombres sabios para la salvación? No se da
ningún valor a una mera profesión de fe en Cristo; sólo se tiene por genuino
el amor que se muestra en las obras. Con todo, el amor es lo único que ante
los ojos del Cielo da valor a un acto cualquiera. Todo lo que se hace por amor,
por insignificante que aparezca en opinión de los hombres, es aceptado y
recompensado por Dios.
El egoísmo escondido de los hombres aparece en los libros
del cielo. Allí está el registro de los deberes que no cumplieron para con el
prójimo, el de su olvido de las exigencias del Señor. Allí se verá cuán
a menudo fueron dados a Satanás tiempo, pensamientos y energías que
pertenecían a Cristo. Harto tristes son los apuntes que los ángeles llevan al
cielo. Seres inteligentes que profesan ser discípulos de Cristo están
absorbidos por la adquisición de bienes mundanos, o por el goce de los placeres
terrenales. El dinero, el tiempo y las energías son sacrificados a la
ostentación y al egoísmo; pero pocos son los momentos dedicados a orar, a
estudiar las Sagradas Escrituras, a humillar el alma y a confesar los pecados.
Satanás inventa innumerables medios de distraer nuestras
mentes de la obra en que precisamente deberíamos estar más ocupados. El
archi seductor aborrece las grandes verdades que hacen resaltar la importancia
de un sacrificio expiatorio y de un Mediador todopoderoso. Sabe que su éxito
estriba en distraer las mentes de Jesús y de su obra.
Los que desean participar de los beneficios de la mediación
del Salvador no deben permitir que cosa alguna les impida cumplir su deber de
perfeccionarse en la santificación en el temor de Dios. En vez de dedicar horas
preciosas a los placeres, a la ostentación o a la búsqueda de ganancias, las
consagrarán a un estudio serio y con oración de la Palabra de verdad. El
pueblo de Dios debería comprender claramente el asunto del santuario y del
juicio investigador. Todos necesitan conocer por sí mismos el ministerio y la
obra de su gran Sumo Sacerdote. De otro modo, les será imposible ejercitar
la fe tan esencial en nuestros tiempos, o desempeñar el puesto al que Dios los
llama. Cada cual tiene un alma que salvar o que perder. Todos tienen una causa
pendiente ante el tribunal de Dios. Cada cual deberá encontrarse cara a cara
con el gran Juez. ¡Cuán importante es, pues, que cada uno contemple a
menudo de antemano la solemne escena del juicio en sesión, cuando serán
abiertos los libros, cuando con Daniel, cada cual tendrá que estar en pie al
fin de los días!
Todos los que han recibido la luz sobre estos asuntos debe
dar testimonio de las grandes verdades que Dios les ha confiado. El santuario en
el cielo es el centro mismo de la obra de Cristo en favor de los hombres.
Concierne a toda alma que vive en la tierra. Nos revela el plan de la
redención, nos conduce hasta el fin mismo del tiempo y anuncia el triunfo final
de la lucha entre la justicia y el pecado. Es de la mayor importancia que todos
investiguen a fondo estos asuntos, y que estén siempre prontos a dar respuesta
a todo aquel que les pidiere razón de la esperanza que hay en ellos.
La intercesión de Cristo por el hombre en el santuario
celestial es tan esencial para el plan de la salvación como lo fue su muerte en
la cruz. Con su muerte dio principio a aquella obra para cuya conclusión
ascendió al cielo después de su resurrección. Por la fe debemos entrar velo
adentro, "donde entró por nosotros como precursor Jesús." Hebreos
6:20. Allí se refleja la luz de la cruz del Calvario; y allí podemos obtener
una comprensión más clara de los misterios de la redención. La salvación del
hombre se cumple a un precio infinito para el cielo; el sacrificio hecho
corresponde a las más amplias exigencias de la ley de Dios quebrantada. Jesús
abrió el camino que lleva al trono del Padre, y por su mediación pueden ser
presentados ante Dios los deseos sinceros de todos los que a el se allegan con
fe.
"El que encubre sus transgresiones, no prosperará; mas
el que las confiesa y las abandona, alcanzará misericordia." Proverbios
28:13. Si los que esconden y disculpan sus faltas pudiesen ver cómo Satanás
se alegra de ello, y los usa para desafiar a Cristo y sus santos ángeles, se
apresurarían a confesar sus pecados y a renunciar a ellos. De los defectos de
carácter se vale Satanás para intentar dominar toda la mente, y sabe muy
bien que si se conservan estos defectos, lo logrará. De ahí que trate
constantemente de engañar a los discípulos de Cristo con su fatal sofisma de
que les es imposible vencer. Pero Jesús aboga en su favor con sus manos
heridas, su cuerpo quebrantado, y declara a todos los que quieran seguirle:
"Bástate mi gracia." 2 Corintios 12:9. "Llevad mi yugo sobre
vosotros, y aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis
descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga."
Mateo 11:29, 30. Nadie considere, pues, sus defectos como incurables. Dios
concederá fe y gracia para vencerlos.
Estamos viviendo ahora en el gran día de la expiación.
Cuando en el servicio simbólico el sumo sacerdote hacía la propiciación por
Israel, todos debían afligir sus almas arrepintiéndose de sus pecados y
humillándose ante el Señor, si no querían verse separados del pueblo. De la
misma manera, todos los que desean que sus nombres sean conservados en el libro
de la vida, deben ahora, en los pocos días que les quedan de este tiempo de
gracia, afligir sus almas ante Dios con verdadero arrepentimiento y dolor por
sus pecados. Hay que escudriñar honda y sinceramente el corazón. Hay que
deponer el espíritu liviano y frívolo al que se entregan tantos cristianos de
profesión. Empeñada lucha espera a todos aquellos que quieran subyugar las
malas inclinaciones que tratan de dominarlos. La obra de preparación es
obra individual. No somos salvados en grupos. La pureza y la devoción de uno no
suplirá la falta de estas cualidades en otro. Si bien todas las naciones
deben pasar en juicio ante Dios, sin embargo El examinará el caso de cada
individuo de un modo tan rígido y minucioso como si no hubiese otro ser en la
tierra. Cada cual tiene que ser probado y encontrado sin mancha, ni arruga,
ni cosa semejante.
Solemnes son las escenas relacionadas con la obra final de la
expiación. Incalculables son los intereses que ésta envuelve. El juicio se
lleva ahora adelante en el santuario celestial. Esta obra se viene realizando
desde hace muchos años. Pronto—nadie sabe cuándo—les tocará ser juzgados
a los vivos. En la augusta presencia de Dios nuestras vidas deben ser
pasadas en revista. En éste más que en cualquier otro tiempo conviene que toda
alma preste atención a la amonestación del Señor: "Velad y orad: porque
no sabéis cuándo será el tiempo." "Y si no velares, vendré a ti
como ladrón, y no sabrás en qué hora vendré a ti." Marcos 13:33;
Apocalipsis 3:3.
Cuando quede concluida la obra del juicio investigador,
quedará también decidida la suerte de todos para vida o para muerte. El tiempo
de gracia terminará poco antes de que el Señor aparezca en las nubes del
cielo. Al mirar hacia ese tiempo, Cristo declara en el Apocalipsis:
"¡El que es injusto, sea injusto aún; y el que es sucio, sea sucio aún;
y el que es justo, sea justo aún; y el que es santo, sea aún santo! He aquí,
yo vengo presto, y mi galardón está conmigo, para dar la recompensa a cada uno
según sea su obra." Apocalipsis 22:11, 12.
Los justos y los impíos continuarán viviendo en la tierra
en su estado mortal,—los hombres seguirán plantando y edificando, comiendo y
bebiendo, inconscientes todos ellos de que la decisión final e irrevocable ha
sido pronunciada en el santuario celestial. Antes del diluvio, después que
Noé hubo entrado en el arca, Dios le encerró en ella, dejando fuera a los
impíos; pero por espacio de siete días el pueblo, no sabiendo que su suerte
estaba decidida, continuó en su indiferente búsqueda de placeres y se mofó de
las advertencias del juicio que le amenazaba. "Así—dice el Salvador—será
también la venida del Hijo del Hombre." Mateo 24:39. Inadvertida como
ladrón a medianoche, llegará la hora decisiva que fija el destino de cada uno,
cuando será retirado definitivamente el ofrecimiento de la gracia que se
dirigiera a los culpables.
"¡Velad pues; ... no sea que viniendo de repente, os
halle dormidos!" Marcos 13:35, 36. Peligroso es el estado de aquellos
que cansados de velar, se vuelven a los atractivos del mundo. Mientras que
el hombre de negocios está absorto en el afán de lucro, mientras el amigo de
los placeres corre tras ellos, mientras la esclava de la moda está
ataviándose, —puede llegar el momento en que el Juez de toda la tierra
pronuncie la sentencia: "Has sido pesado en la balanza y has sido hallado
falto." Daniel 5:27.

EL DIA DEL JUICIO
"Porque es menester que todos nosotros parezcamos ante
el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que hubiere hecho por
medio del cuerpo, ora sea bueno o malo." 2 Corintios 5:10.
"Y de la manera que está establecido a los hombres que
mueran una vez, y después el juicio." Hebreos 9:27.
"Empero Dios, habiendo disimulado los tiempos de esta
ignorancia, ahora denuncia a todos los hombres en todos los lugares que se
arrepientan: Por cuanto ha establecido un día, en el cual ha de juzgar al mundo
con justicia, por aquel varón al cual determinó; dando fe a todos con haberle
levantado de los muertos." Hechos 17:30-31.
"Al justo y al impío juzgará Dios" Eclesiastés
3:17.
"El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios,
y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre." Eclesiastés
12:13.
"El que venciere, ... no borraré su nombre del libro de
la vida." Apocalipsis 3:5.
"Porque Dios traerá toda obra a juicio, el cual se
hará sobre toda cosa oculta, buena o mala." Eclesiastés 12:14.
"Y disertando él de la justicia, y de la continencia, y
del juicio venidero, espantado Félix, respondió: Ahora vete, mas en teniendo
oportunidad te llamaré." Hechos 24:25.
"Y vi los muertos, grandes y pequeños, que estaban
delante de Dios; y los libros fueron abiertos: y otro libro fue abierto, el cual
es de la vida: y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas
en los libros, según sus obras." Apocalipsis 20:12.