
Capítulo 35
La Libertad De Conciencia Amenazada
Las Metas del Papado

Quietamente, hay
potencias en nuestra tierra que están obrando para minar nuestra fe
cristiana. Muy pocos reconocen esto. Las libertades que tomamos por supuestas
no fueron ganadas en un día. Se ganaron después de siglos de lucha, pero se
pueden perder muy rápido.
Hay peligro. La Palabra de Dios lo ha
revelado, la naturaleza mortífera del cual vendrá con poder devastador.

LOS protestantes consideran hoy al romanismo con más favor
que años atrás. En los países donde no predomina y donde los
partidarios del papa siguen una política de conciliación para ganar influjo,
se nota una indiferencia creciente respecto a las doctrinas que separan a
las iglesias reformadas de la jerarquía papal; entre los protestantes
está ganando terreno la opinión de que, al fin y al cabo, en los puntos
vitales las divergencias no son tan grandes como se suponía, y que unas
pequeñas concesiones de su parte los pondrían en mejor inteligencia con
Roma. Tiempo hubo en que los protestantes estimaban altamente la libertad
de conciencia adquirida a costa de tantos sacrificios. Enseñaban a sus hijos
a tener en aborrecimiento al papado y sostenían que tratar de congeniar
con Roma equivaldría a traicionar la causa de Dios. Pero cuán diferentes son
los sentimientos expresados hoy!
Los defensores del papado declaran que la iglesia ha sido calumniada, y el
mundo protestante se inclina a creerlo. Muchos sostienen que es injusto juzgar a
la iglesia de nuestros días por las abominaciones y lo absurdo que la
caracterizaron cuando dominaba en los siglos de ignorancia y de tinieblas. Tratan
de excusar sus horribles crueldades como si fueran resultado de la barbarie de
la época, y arguyen que las influencias de la civilización moderna han
modificado los sentimientos de ella.
¿Habrán olvidado estas personas las pretensiones de
infalibilidad sostenidas durante ochocientos años por tan altanero poder? Lejos
de abandonar este aserto lo ha afirmado en el siglo XIX de un modo más positivo
que nunca antes. Como Roma asegura que la iglesia "nunca erró; ni
errará jamás, según las Escrituras" (Juan L. von Mosheim,
Institutes of Ecclesiastical History, libro 3, siglo XI, parte 2, cap. 2, nota
17), ¿cómo podrá renunciar a los principios que amoldaron su conducta en
las edades pasadas?
La iglesia papal no abandonará nunca su pretensión a la
infalibilidad. Todo lo que ha hecho al perseguir a los que rechazaban sus dogmas
lo da por santo y bueno; ¿y quién asegura que no volvería a las andadas
siempre que se le presentase la oportunidad? Deróguense las medidas
restrictivas impuestas en la actualidad por los gobiernos civiles y déjesele a
Roma que recupere su antiguo poder y se verán resucitar en el acto su tiranía
y sus persecuciones.
Un conocido autor dice, acerca de la actitud de la jerarquía
papal hacia la libertad de conciencia y acerca de los peligros especiales que
corren los Estados Unidos si tiene éxito la política de dicha jerarquía:
"Son muchos los que atribuyen al fanatismo o a la
puerilidad todo temor expresado acerca del catolicismo romano en los Estados
Unidos. Los tales no ven en el carácter y actitud del romanismo nada que sea
hostil a nuestras libres instituciones, y no ven tampoco nada inquietante en el
incremento de aquél. Comparemos, pues, primero, algunos de los principios
fundamentales de nuestro gobierno con los de la iglesia católica.
"La Constitución de los Estados Unidos garantiza la libertad
de conciencia. Nada hay más precioso ni de importancia tan
fundamental. El papa Pío IX, en su encíclica del 15 de agosto de 1854,
dice: ‘Las doctrinas o extravagancias absurdas y erróneas en favor de la
libertad de conciencia, son unos de los errores más pestilentes: una de las
pestes que más se debe temer en un estado.’ El mismo papa, en su
encíclica del 8 de diciembre de 1864, anatematizó ‘a los que sostienen la
libertad de conciencia y de cultos’ como también ‘a cuantos aseveran que la
iglesia no puede emplear la fuerza.’
El tono pacífico que Roma emplea en los Estados Unidos no
implica un cambio de sentimientos. Es tolerante cuando es impotente. El obispo O’Connor
dice: ‘La libertad religiosa se soporta tan sólo hasta que se pueda practicar
lo opuesto sin peligro para el mundo católico.’ . . . El arzobispo de Saint
Louis dijo un día: ‘La herejía y la incredulidad son crímenes; y en los
países cristianos como Italia y España, por ejemplo, donde todo el pueblo es
católico y donde la religión católica es parte esencial de la ley del país,
se las castiga como a los demás crímenes.’ . . .
"Todo cardenal, arzobispo y obispo de la iglesia
católica, presta un juramento de obediencia al papa, en el cual se encuentran
las siguientes palabras: "Me opondré a los herejes, cismáticos y rebeldes
contra nuestro señor (el papa), o sus sucesores y los perseguiré con todo mi
poder.’"—Josías Strong, Our Country, cap. 5, párrs. 2-4.
Es verdad que hay verdaderos cristianos en la iglesia católica
romana. En ella, millares de personas sirven a Dios según las mejores luces que
tienen. Les es prohibido leer Su Palabra debido a lo cual no pueden discernir la
verdad. Nunca han visto el contraste que existe entre el culto o servicio vivo
rendido con el corazón y una serie de meras formas y ceremonias. Dios mira con
tierna misericordia a esas almas educadas en una fe engañosa e insuficiente.
Hará penetrar rayos de luz a través de las tinieblas que las rodean. Les
revelará la verdad tal cual es en Jesús y muchos se unirán aún a Su pueblo.
Pero el romanismo, como sistema, no está actualmente más en
armonía con el Evangelio de Cristo que en cualquier otro período de su
historia. Las iglesias protestantes se hallan sumidas en grandes tinieblas,
pues de lo contrario discernirían las señales de los tiempos. La iglesia
romana abarca mucho en sus planes y modos de operación. Emplea toda clase de
estratagemas para extender su influencia y aumentar su poder, mientras se
prepara para una lucha violenta y resuelta a fin de recuperar el gobierno del
mundo, restablecer las persecuciones y deshacer todo lo que el protestantismo ha
hecho. El catolicismo está ganando terreno en todas direcciones. Véase el
número creciente de sus iglesias y capillas en los países protestantes.
Nótese en Norteamérica la popularidad de sus colegios y seminarios, tan
patrocinados por los protestantes. Piénsese en la extensión del ritualismo en
Inglaterra y en las frecuentes deserciones a las filas católicas. Estos hechos
deberían inspirar ansiedad a todos los que aprecian los puros principios del
Evangelio.
Los protestantes se han entremetido con el papado y lo han
patrocinado; han hecho transigencias y concesiones que sorprenden a los mismos
papistas y les resultan incomprensibles. Los hombres cierran los ojos ante
el verdadero carácter del romanismo, ante los peligros que hay que temer de su
supremacía. Hay necesidad de despertar al pueblo para hacerle rechazar los
avances de este enemigo peligrosísimo de la libertad civil y religiosa.
Muchos protestantes suponen que la religión católica no es
atractiva y que su culto es una serie de ceremonias áridas y sin significado.
Pero están equivocados. Si bien el romanismo se basa en el engaño, no es
una impostura grosera ni desprovista de arte. El culto de la iglesia romana es
un ceremonial que impresiona profundamente. Lo brillante de sus ostentaciones y
la solemnidad de sus ritos fascinan los sentidos del pueblo y acallan la voz de
la razón y de la conciencia. Todo encanta a la vista. Sus soberbias iglesias,
sus procesiones imponentes, sus altares de oro, sus relicarios de joyas, sus
pinturas escogidas y sus exquisitas esculturas, todo apela al amor de la
belleza. Al oído también se le cautiva. Su música no tiene igual. Los graves
acordes del órgano poderoso, unidos a la melodía de numerosas voces que
resuenan y repercuten por entre las elevadas naves y columnas de sus grandes
catedrales, no pueden dejar de producir en los espíritus impresiones de respeto
y reverencia.
Este esplendor, esta pompa y estas ceremonias exteriores, que
no sirven más que para dejar burlados los anhelos de las almas enfermas de
pecado, son clara evidencia de la corrupción interior. La religión de
Cristo no necesita de tales atractivos para hacerse recomendable. Bajo los
rayos de luz que emite la cruz, el verdadero cristianismo se muestra tan puro y
tan hermoso, que ninguna decoración exterior puede realzar su verdadero valor.
Es la hermosura de la santidad, o sea un espíritu manso y apacible, lo que
tiene valor delante de Dios.
La brillantez del estilo no es necesariamente indicio de
pensamientos puros y elevados. Encuéntranse a menudo conceptos del arte y
refinamientos del gusto en espíritus carnales y sensuales. Satanás suele
valerse a menudo de ellos para hacer olvidar a los hombres las necesidades del
alma, para hacerles perder de vista la vida futura e inmortal, para alejarlos de
su Salvador infinito e inducirlos a vivir para este mundo solamente.
Una religión de ceremonias exteriores es propia para atraer al corazón
irregenerado. La pompa y el ceremonial del culto católico ejercen un poder
seductor, fascinador, que engaña a muchas personas, las cuales llegan a
considerar a la iglesia romana como la verdadera puerta del cielo. Sólo pueden
resistir su influencia los que pisan con pie firme en el fundamento de la verdad
y cuyos corazones han sido regenerados por el Espíritu de Dios. Millares de
personas que no conocen por experiencia a Cristo, serán llevadas a aceptar las
formas de una piedad sin poder. Semejante religión es, precisamente, lo que las
multitudes desean.
El hecho de que la iglesia asevere tener el derecho de perdonar pecados
induce a los romanistas a sentirse libres para pecar; y el mandamiento de la
confesión sin la cual ella no otorga su perdón, tiende además a dar bríos al
mal. El que se arrodilla ante un hombre caído y le expone en la confesión los
pensamientos y deseos secretos de su corazón, rebaja su dignidad y degrada
todos los nobles instintos de su alma. Al descubrir los pecados de su alma a un
sacerdote—mortal desviado y pecador, y demasiado a menudo corrompido por el
vino y la impureza—el hombre rebaja el nivel de su carácter y
consecuentemente se corrompe. La idea que tenía de Dios resulta envilecida a
semejanza de la humanidad caída, pues el sacerdote hace el papel de
representante de Dios. Esta confesión degradante de hombre a hombre es la
fuente secreta de la cual ha brotado gran parte del mal que está corrompiendo
al mundo y lo está preparando para la destrucción final. Sin embargo, para
todo aquel a quien le agrada satisfacer sus malas tendencias, es más fácil
confesarse con un pobre mortal que abrir su alma a Dios. Es más grato a la
naturaleza humana hacer penitencia que renunciar al pecado; es más fácil
mortificar la carne usando cilicios, ortigas y cadenas desgarradoras que
renunciar a los deseos carnales. Harto pesado es el yugo que el corazón carnal
está dispuesto a cargar antes de doblegarse al yugo de Cristo.
Hay una semejanza sorprendente entre la iglesia de Roma y la
iglesia judaica del tiempo del primer advenimiento de Cristo. Mientras los
judíos pisoteaban secretamente todos los principios de la ley de Dios, en lo
exterior eran estrictamente rigurosos en la observancia de los preceptos de
ella, recargándola con exacciones y tradiciones que hacían difícil y pesado
el cumplir con ella. Así como los judíos profesaban reverenciar la ley, así
también los romanistas dicen reverenciar la cruz. Exaltan el símbolo de los
sufrimientos de Cristo, al par que niegan con sus vidas a Aquel a quien ese
símbolo representa.
Los papistas colocan la cruz sobre sus iglesias, sobre sus
altares y sobre sus vestiduras. Por todas partes se ve la insignia de la cruz.
Por todas partes se la honra y exalta exteriormente. Pero las enseñanzas de
Cristo están sepultadas bajo un montón de tradiciones absurdas,
interpretaciones falsas y exacciones rigurosas. Las palabras del Salvador
respecto a los judíos hipócritas se aplican con mayor razón aún a los jefes
de la iglesia católica romana: "Atan cargas pesadas y difíciles de
llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos mismos no
quieren moverlas con un dedo suyo." Mateo 23:4. Almas concienzudas quedan
presa constante del terror, temiendo la ira de un Dios ofendido, mientras muchos
de los dignatarios de la iglesia viven en el lujo y los placeres sensuales.
El culto de las imágenes y reliquias, la invocación de los
santos y la exaltación del papa son artificios de Satanás para alejar de Dios
y de Su Hijo el espíritu del pueblo. Para asegurar su ruina, se esfuerza en
distraer su atención del Único que puede asegurarles la salvación. Dirigirá
las almas hacia cualquier objeto que pueda substituir a Aquel que dijo:
"¡Venid a Mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os daré
descanso!" Mateo 11:28.
Satanás se esfuerza siempre en presentar de un modo falso el carácter de
Dios, la naturaleza del pecado y las verdaderas consecuencias que tendrá la
gran controversia. Sus sofismas debilitan el sentimiento de obligación para con
la ley divina y dan a los hombres libertad para pecar. Al mismo tiempo les hace
aceptar falsas ideas acerca de Dios, de suerte que le miran con temor y odio
más bien que con amor. Atribuye al Creador la crueldad inherente a su propio
carácter, la incorpora en sistemas religiosos y le da expresión en diversas
formas de culto. Sucede así que las inteligencias de los hombres son cegadas y
Satanás se vale de ellos como de sus agentes para hacer la guerra a Dios.
Debido a conceptos erróneos de los atributos de Dios, las naciones paganas
fueron inducidas a creer que los sacrificios humanos eran necesarios para
asegurarse el favor divino; y perpetráronse horrendas crueldades bajo las
diversas formas de la idolatría.
La iglesia católica romana, al unir las formas del paganismo
con las del cristianismo, y al presentar el carácter de Dios bajo falsos
colores, como lo presentaba el paganismo, recurrió a prácticas no menos
crueles, horrorosas y repugnantes. En tiempo de la supremacía romana, había
instrumentos de tortura para obligar a los hombres a aceptar sus doctrinas.
Existía la hoguera para los que no querían hacer concesiones a sus exigencias.
Hubo horribles matanzas de tal magnitud que nunca será conocida hasta que sea
manifestada en el día del juicio. Dignatarios de la iglesia, dirigidos por
su maestro Satanás, se afanaban por idear nuevos refinamientos de tortura que
hicieran padecer lo indecible sin poner término a la vida de la víctima. En
muchos casos el proceso infernal se repetía hasta los límites extremos de la
resistencia humana, de manera que la naturaleza quedaba rendida y la víctima
suspiraba por la muerte como por dulce alivio.
Tal era la suerte de los adversarios de Roma. Para sus
adherentes disponía de la disciplina del azote, del tormento del hambre y de la
sed, y de las mortificaciones corporales más lastimeras que se puedan
imaginar. Para asegurarse el favor del cielo, los penitentes violaban las leyes
de Dios al violar las leyes de la naturaleza. Se les enseñaba a disolver los
lazos que Dios instituyó para bendecir y amenizar la estada del hombre en la
tierra. Los cementerios encierran millones de víctimas que se pasaron la vida
luchando en vano para dominar los afectos naturales, para refrenar como
ofensivos a Dios todo pensamiento y sentimiento de simpatía hacia sus
semejantes.
Si deseamos comprender la resuelta crueldad de Satanás,
manifestada en el curso de los siglos, no entre los que jamás oyeron hablar de
Dios, sino en el corazón mismo de la cristiandad y por toda su extensión, no
tenemos más que echar una mirada en la historia del romanismo. Por medio de
ese gigantesco sistema de engaño, el príncipe del mal consigue su objeto de
deshonrar a Dios y de hacer al hombre miserable. Y si consideramos lo bien
que logra enmascararse y hacer su obra por medio de los jefes de la iglesia, nos
daremos mejor cuenta del motivo de su antipatía por la Biblia. Siempre que sea
leído este libro, la misericordia y el amor de Dios saltarán a la vista, y se
echará de ver que Dios no impone a los hombres ninguna de aquellas pesadas
cargas. Todo lo que El pide es un corazón contrito y un espíritu humilde y
obediente.
Cristo no dio en Su vida ningún ejemplo que autorice a los
hombres y mujeres a encerrarse en monasterios so pretexto de prepararse para el
cielo. Jamás enseñó que debían mutilarse los sentimientos de amor y
simpatía. El corazón del Salvador rebosaba de amor. Cuanto más se acerca el
hombre a la perfección moral, tanto más delicada es su sensibilidad, tanto
más vivo su sentimiento del pecado y tanto más profunda su simpatía por los
afligidos. El papa dice ser el vicario de Cristo; ¿pero puede compararse su
carácter con el de nuestro Salvador? ¿Vióse jamás a Cristo condenar hombres
a la cárcel o al tormento porque se negaran a rendirle homenaje como Rey del
cielo? ¿Acaso se Le oyó condenar a muerte a los que no Le aceptaban? Cuando
fue menospreciado por los habitantes de un pueblo samaritano, el apóstol Juan
se llenó de indignación y dijo: "Señor, ¿quieres que mandemos que
descienda fuego del cielo, y los consuma, como hizo Elías?" Jesús miró a
Su discípulo con compasión y le reprendió por su aspereza, diciendo: "El
Hijo del hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para
salvarlas." Lucas 9:54, 56. ¡Cuán diferente del de Su pretendido vicario
es el espíritu manifestado por Cristo!
La iglesia católica le pone actualmente al mundo una cara apacible, y
presenta disculpas por sus horribles crueldades. Se ha puesto vestiduras como
las de Cristo, pero en realidad no ha cambiado. Todos los principios formulados
por el papismo en edades pasadas subsisten en nuestros días. Las doctrinas
inventadas en los siglos más tenebrosos siguen profesándose aún. Nadie se
engañe. El papado que los protestantes están ahora tan dispuestos a honrar, es
el mismo que gobernaba al mundo en tiempos de la Reforma, cuando se levantaron
hombres de Dios con peligro de sus vidas para denunciar la iniquidad de él.
El romanismo sostiene las mismas orgullosas pretensiones con que supo dominar
sobre reyes y príncipes y arrogarse las prerrogativas de Dios. Su espíritu
no es hoy menos cruel ni despótico que cuando destruía la libertad humana y
mataba a los santos del Altísimo.
El papado es precisamente lo que la profecía declaró que
sería: la apostasía de los postreros días. 2 Tesalonicenses 2:3, 4. Forma
parte de su política asumir el carácter que le permita realizar mejor sus
fines; pero bajo la apariencia variable del camaleón oculta el mismo veneno de
la serpiente. Declara: "No hay que guardar la palabra empeñada con
herejes, ni con personas sospechosas de herejía."—Lenfant, Histoire
du Concile de Constance, tomo 1, pág. 493. ¿Será posible que este poder
cuya historia se escribió durante mil años con la sangre de los santos, sea
ahora reconocido como parte de la iglesia de Cristo?
No sin razón se ha asegurado que en los países protestantes
el catolicismo no difiere ya tanto del protestantismo como antes. Se ha
verificado un cambio; pero no es el papado el que ha cambiado. El
catolicismo se parece mucho en verdad al protestantismo de hoy día debido a lo
mucho que éste ha degenerado desde los días de los reformadores.
Mientras las iglesias protestantes han estado buscando el favor del mundo,
una falsa caridad las ha cegado. Se figuran que es justo pensar bien de todo
mal; y el resultado inevitable será que al fin pensarán mal de todo bien. En
lugar de salir en defensa de la fe que fue dada antiguamente a los santos, no
parecen sino disculparse ante Roma por haberla juzgado con tan poca caridad y
pedirle perdón por la estrechez de miras que manifestaron.
Muchos, aun entre los que no favorecen al romanismo, se
dan poca cuenta del peligro con que les amenaza el poder y la influencia de
Roma. Insisten en que las tinieblas intelectuales y morales que prevalecían
en la Edad Media favorecían la propagación de sus dogmas y supersticiones
junto con la opresión, y que el mayor caudal de inteligencia de los tiempos
modernos, la difusión general de conocimientos y la libertad siempre mayor en
materia de religión, impiden el reavivamiento de la intolerancia y de la
tiranía. Se ridiculiza la misma idea de que pudiera volver un estado de cosas
semejante en nuestros tiempos de luces. Es verdad que sobre esta generación
brilla mucha luz intelectual, moral y religiosa. De las páginas abiertas de la
Santa Palabra de Dios, ha brotado luz del cielo sobre la tierra. Pero no hay
que olvidar que cuanto mayor sea la luz concedida, tanto más densas también
son las tinieblas de aquellos que la pervierten o la rechazan.
Un estudio de la Biblia hecho con oración mostraría a
los protestantes el verdadero carácter del papado y se lo haría aborrecer y
rehuir; pero muchos son tan sabios en su propia opinión que no sienten
ninguna necesidad de buscar humildemente a Dios para ser conducidos a la verdad.
Aunque se enorgullecen de su ilustración, desconocen tanto las Sagradas
Escrituras como el poder de Dios. Necesitan algo para calmar sus conciencias, y
buscan lo que es menos espiritual y humillante. Lo que desean es un modo de
olvidar a Dios, pero que parezca recordarlo. El papado responde perfectamente a
las necesidades de todas esas personas. Es adecuado a dos clases de seres
humanos que abarcan casi a todo el mundo: los que quisieran salvarse por sus
méritos, y los que quisieran salvarse en sus pecados. Tal es el secreto de
su poder.
Ha quedado probado cuánto favorecieron el éxito del papado los períodos de
tinieblas intelectuales. También quedará demostrado que una época de grandes
luces intelectuales es igualmente favorable a su triunfo. En otro tiempo,
cuando los hombres no poseían la Palabra de Dios ni conocían la verdad, sus
ojos estaban vendados y miles cayeron en la red que no veían tendida ante sus
pies. En esta generación, son muchos aquellos cuyos ojos están ofuscados por
el brillo de las especulaciones humanas, o sea por la "falsamente llamada
ciencia;" no alcanzan a ver la red y caen en ella tan fácilmente como si
tuviesen los ojos vendados. Dios dispuso que las facultades intelectuales del
hombre fuesen consideradas como don de su Creador y que fuesen empleadas en
provecho de la verdad y de la justicia; pero cuando se fomenta el orgullo y la
ambición y los hombres exaltan sus propias teorías por encima de la Palabra de
Dios, entonces la inteligencia puede causar mayor perjuicio que la ignorancia.
Por esto, la falsa ciencia de nuestros días, que mina la fe en la Biblia,
preparará tan seguramente el camino para el triunfo del papado con su
formalismo agradable, como el obscurantismo lo preparó para su engrandecimiento
en la Edad Media.
En los movimientos que se realizan actualmente en los Estados
Unidos de Norteamérica para asegurar el apoyo del estado a las instituciones y
prácticas de la iglesia, los protestantes están siguiendo las huellas de los
papistas. Más aún, están abriendo la puerta para que el papado recobre en
la América protestante la supremacía que perdió en el Viejo Mundo. Y lo
que da más significado a esta tendencia es la circunstancia de que el objeto
principal que se tiene en vista es imponer la observancia del domingo,
institución que vio la luz en Roma y que el papado proclama como signo de su
autoridad. Es el espíritu del papado, es decir, el espíritu de conformidad
con las costumbres mundanas, la mayor veneración por las tradiciones humanas
que por los mandamientos de Dios, el que está penetrando en las iglesias
protestantes e induciéndolas a hacer la misma obra de exaltación del domingo
que el papado hizo antes que ellas.
Si el lector quiere saber cuáles son los medios que se
emplearán en la contienda por venir, no tiene más que leer la descripción de
los que Roma empleó con el mismo fin en siglos pasados. Si desea saber cómo
los papistas unidos a los protestantes procederán con los que rechacen sus
dogmas, considere el espíritu que Roma manifestó contra el Sábado y sus
defensores.
Edictos reales, concilios generales y ordenanzas de la
iglesia sostenidos por el poder civil fueron los peldaños por medio de los
cuales el día de fiesta pagano alcanzó su puesto de honor en el mundo
cristiano. La primera medida pública que impuso la observancia del domingo
fue la ley promulgada por Constantino. Dicho edicto requería que los habitantes
de las ciudades descansaran en "el venerable día del sol," pero
permitía a los del campo que prosiguiesen sus faenas agrícolas. A pesar de ser
en realidad ley pagana, fue impuesta por el emperador después que hubo aceptado
nominalmente el cristianismo.
Como el mandato real no parecía substituir de un modo
suficiente la autoridad divina, Eusebio, obispo que buscó el favor de los
príncipes y amigo íntimo y adulador especial de Constantino, aseveró que
Cristo había transferido el día de reposo del Sábado al domingo. No se pudo
aducir una sola prueba de las Santas Escrituras en favor de la nueva doctrina.
Eusebio mismo reconoce involuntariamente la falsedad de ella y señala a los
verdaderos autores del cambio. "Nosotros hemos transferido al
domingo, día del Señor—dice—todas las cosas que debían hacerse en el
Sábado."—Roberto Cox, Sabbath Laws and Sabbath Duties, pág. 538.
Pero por infundado que fuese el argumento en favor del domingo, sirvió para
envalentonar a los hombres y animarlos a pisotear el Sábado del Señor. Todos
los que deseaban ser honrados por el mundo aceptaron el día festivo popular.
Con el afianzamiento del papado fue enalteciéndose más y
más la institución del domingo. Por algún tiempo el pueblo siguió
ocupándose en los trabajos agrícolas fuera de las horas de culto, y el
séptimo día, o Sábado, siguió siendo considerado como el día de reposo.
Pero lenta y seguramente fue efectuándose el cambio. Se prohibió a los
magistrados que fallaran en lo civil los domingos. Poco después se dispuso que
todos sin distinción de clase social se abstuviesen del trabajo ordinario so
pena de multa para los señores y de azotes para los siervos. Mas tarde se
decretó que los ricos serían castigados con la pérdida de la mitad de sus
bienes y que finalmente, si se obstinaban en desobedecer, se les hiciese
esclavos. Los de las clases inferiores debían sufrir destierro perpetuo.
Se recurrió también a los milagros. Entre otros casos
maravillosos, se refería que un campesino que iba a labrar su campo en día
domingo limpió su arado con un hierro que le penetró en la mano, y por dos
años enteros no lo pudo sacar, "sufriendo con ello mucho dolor y
vergüenza."—Francisco West, Historical and Practical Discourse on the
Lord’s Day, pág. 174.
Más tarde, el papa ordenó que los sacerdotes del campo
amonestasen a los que violasen el domingo y los indujeran a venir a la
iglesia para rezar, no fuese que atrajesen alguna gran calamidad sobre sí
mismos y sobre sus vecinos. Un concilio eclesiástico adujo el argumento tan
frecuentemente empleado desde entonces, y hasta por los protestantes, de que en
vista de que algunas personas habían sido muertas por el rayo mientras
trabajaban en día domingo, ése debía ser el día de reposo. "Es evidente—decían
los prelados—cuán grande era el desagrado de Dios al verlos despreciar ese
día." Luego se dirigió un llamamiento para que los sacerdotes y
ministros, reyes y príncipes y todos los fieles "hicieran cuanto les fuera
posible para que ese día fuese repuesto en su honor y para que fuese más
devotamente observado en lo por venir, para honra de la cristiandad."—Tomás
Morer, Discourse in Six Dialogues on the Name, Notion, and Observation of the
Lord’s Day, pág. 271.
Como los decretos de los concilios resultaran insuficientes,
se instó a las autoridades civiles a promulgar un edicto que inspirase terror
al pueblo y le obligase a abstenerse de trabajar el domingo. En un sínodo
reunido en Roma, todos los decretos anteriores fueron confirmados con mayor
fuerza y solemnidad, incorporados en la ley eclesiástica y puestos en vigencia
por las autoridades civiles en casi toda la cristiandad. (Véase Heylyn,
History of the Sabbath, parte 2, cap. 5, sec. 7.)
A pesar de esto la falta de autoridad bíblica en favor de la
observancia del domingo no originaba pocas dificultades. El pueblo ponía en
tela de juicio el derecho de sus maestros para echar a un lado la declaración
positiva de Jehová: "El séptimo día Sábado es del Señor tu Dios"
a fin de honrar el día del sol. Se necesitaban otros expedientes para suplir la
falta de testimonios bíblicos. Un celoso defensor del domingo que visitó a
fines del siglo XII las iglesias de Inglaterra, encontró resistencia por parte
de testigos fieles de la verdad; sus esfuerzos resultaron tan inútiles que
abandonó el país por algún tiempo en busca de medios que le permitiesen
apoyar sus enseñanzas. Cuando regresó, la falta había sido suplida y entonces
tuvo mayor éxito. Había traído consigo un rollo que presentaba como del mismo
Dios, y que contenía el mandamiento que se necesitaba para la observancia del
domingo, con terribles amenazas para aterrar a los desobedientes. Se afirmaba
que ese precioso documento, fraude tan vil como la institución misma que
pretendía afianzar, había caído del cielo y había sido encontrado en
Jerusalén sobre el altar de Simeón, en el Gólgota. Pero en realidad, de donde
procedía era del palacio pontifical de Roma. La jerarquía papal consideró
siempre como legítimos los fraudes y las adulteraciones que favoreciesen el
poder y la prosperidad de la iglesia.
El rollo prohibía trabajar desde la hora novena (3 de la tarde) del Sábado
hasta la salida del sol el lunes; y su autoridad se declaraba confirmada por
muchos milagros. Se decía que personas que habían trabajado más allá de la
hora señalada habían sufrido ataques de parálisis. Un molinero que intentó
moler su trigo vio salir en vez de harina un chorro de sangre y la rueda del
molino se paró a pesar del buen caudal de agua. Una mujer que había puesto
masa en el horno la encontró cruda al sacarla, no obstante haber estado el
horno muy caliente. Otra que había preparado su masa para cocer el pan a la
hora novena, pero resolvió ponerla a un lado hasta el lunes, la encontró
convertida en panes y cocida por el poder divino. Un hombre que coció pan
después de la novena hora del Sábado, encontró, al partirlo por la mañana
siguiente, que salía sangre de él. Mediante tales invenciones absurdas y
supersticiosas fue cómo los abogados del domingo trataron de hacerlo sagrado.
(Véase Rogelio de Hoveden, Annals, tomo 2, págs. 528-530.)
Tanto en Escocia como en Inglaterra se logró hacer
respetar mejor el domingo mezclándolo en parte con el Sábado antiguo. Pero
variaba el tiempo que se debía guardar como sagrado. Un edicto del rey de
Escocia declaraba que "se debía considerar como santo el Sábado a partir
del medio día" y que desde ese momento hasta el lunes nadie debía
ocuparse en trabajos mundanos.—Morer, págs. 290, 291.
Pero a pesar de todos los esfuerzos hechos para establecer la
santidad del domingo, los mismos papistas confesaban públicamente la autoridad
divina del Sábado y el origen humano de la institución que lo había
suplantado. En el siglo XVI un concilio papal ordenó explícitamente:
"Recuerden todos los cristianos que el séptimo día fue consagrado por
Dios y aceptado y observado no sólo por los judíos, sino también por todos
los que querían adorar a Dios; no obstante nosotros los cristianos hemos
cambiado el Sábado de ellos en el día del Señor, domingo."—Id.,
págs. 281, 282. Los que estaban pisoteando la ley divina no ignoraban el
carácter de la obra que estaban realizando. Se estaban colocando
deliberadamente por encima de Dios.
Un ejemplo sorprendente de la política de Roma contra los
que no concuerdan con ella se encuentra en la larga y sangrienta persecución de
los valdenses, algunos de los cuales observaban el Sábado. Otros sufrieron de
modo parecido por su fidelidad al cuarto mandamiento. La historia de las
iglesias de Etiopía, o Abisinia, es especialmente significativa. En medio de
las tinieblas de la Edad Media, se perdió de vista a los cristianos del Africa
central, quienes, olvidados del mundo, gozaron de plena libertad en el ejercicio
de su fe. Pero al fin Roma descubrió su existencia y el emperador de Abisinia
fue pronto inducido a reconocer al papa como vicario de Cristo. Esto fue
principio de otras concesiones. Se proclamó un edicto que prohibía la
observancia del Sábado, bajo las penas más severas. (Véase Miguel Geddes,
Church History of Ethiopia, págs. 311, 312.) Pero la tiranía
papal se convirtió luego en yugo tan amargo que los abisinios resolvieron
sacudirlo. Después de una lucha terrible, los romanistas fueron expulsados de
Abisinia y la antigua fe fue restablecida. Las iglesias se regocijaron en su
libertad y no olvidaron jamás la lección que habían aprendido respecto al
engaño, al fanatismo y al poder despótico de Roma. En medio de su reino
aislado se sintieron felices de permanecer desconocidos para el resto de la
cristiandad.
Las iglesias de Africa observaban el Sábado como lo había
observado la iglesia papal antes de su completa apostasía. Al mismo tiempo que
guardaban el séptimo día en obediencia al mandamiento de Dios, se abstenían
de trabajar el domingo conforme a la costumbre de la iglesia. Al lograr el poder
supremo, Roma había pisoteado el día de reposo de Dios para enaltecer el suyo
propio; pero las iglesias de Africa, desconocidas por cerca de mil años, no
participaron de esta apostasía. Cuando cayeron bajo el cetro de Roma, fueron
forzadas a dejar a un lado el verdadero día de reposo y a exaltar el falso;
pero apenas recobraron su independencia volvieron a obedecer el cuarto
mandamiento.
Estos recuerdos de lo pasado ponen claramente de manifiesto la enemistad de
Roma contra el verdadero día de reposo y sus defensores, y los medios que
emplea para honrar la institución creada por ella. La Palabra de Dios nos
enseña que estas escenas han de repetirse cuando los católicos romanos y los
protestantes se unan para exaltar el domingo.
La profecía del capítulo 13 del Apocalipsis declara que el
poder representado por la bestia de cuernos semejantes a los de un cordero
haría "que la tierra y los que en ella habitan" adorasen al papado—que
está simbolizado en ese capítulo por una bestia "parecida a un
leopardo." La bestia de dos cuernos dirá también "a los que habitan
sobre la tierra, que hagan una imagen de la bestia;" y además mandará que
"todos, pequeños y grandes, así ricos como pobres, así libres como
esclavos," tengan la marca de la bestia. Apocalipsis 13:11-16. Se ha
demostrado que los Estados Unidos de Norteamérica es el poder representado por
la bestia de dos cuernos semejantes a los de un cordero, y que esta profecía se
cumplirá cuando los Estados Unidos hagan obligatoria la observancia del
domingo, que Roma declara ser el signo característico de su supremacía.
Pero los Estados Unidos no serán los únicos que rindan homenaje al papado.
La influencia de Roma en los países que en otro tiempo reconocían su dominio,
dista mucho de haber sido destruida. Y la profecía predice la restauración de
su poder. "Y vi una de sus cabezas como si hubiese sido herida de
muerte; y su herida mortal fue sanada; y toda la tierra maravillóse, yendo en
pos de la bestia." (Vers. 3.) La herida mortal que le fue ocasionada se
refiere a la caída del papado en 1798. Después de eso, dice el profeta,
"su herida mortal fue sanada; y toda la tierra maravillóse, yendo en pos
de la bestia." Pablo dice claramente que el hombre de pecado subsistirá
hasta el segundo advenimiento. 2 Tesalonicenses 2:8. Proseguirá su obra de
engaño hasta el mismo fin del tiempo, y el revelador declara refiriéndose
también al papado: "Todos los que moran en la tierra le adoraron, cuyos
nombres no están escritos en el libro de la vida." Apocalipsis 13:8. Tanto
en el Viejo como en el Nuevo Mundo se le tributará homenaje al papado por medio
del honor que se conferirá a la institución del domingo, la cual descansa
únicamente sobre la autoridad de la iglesia romana.
Desde mediados del siglo XIX, los que estudian la profecía
en los Estados Unidos han presentado este testimonio ante el mundo. En los
acontecimientos que están desarrollándose actualmente, especialmente en dicho
país, se ve un rápido avance hacia el cumplimiento de dichas predicciones.
Los maestros protestantes presentan los mismos asertos de autoridad divina en
favor de la observancia del domingo y adolecen de la misma falta de evidencias
bíblicas que los dirigentes papales cuando fabricaban milagros para suplir la
falta de un mandamiento de Dios. Se repetirá el aserto de que los juicios
de Dios caerán sobre los hombres en castigo por no haber observado el domingo
como día de reposo. Ya se oyen voces en este sentido. Y un movimiento en favor
de la observancia obligatoria del domingo está ganando cada vez más terreno.
La sagacidad y astucia de la iglesia romana asombran. Puede
leer el porvenir. Se da tiempo viendo que las iglesias protestantes le están
rindiendo homenaje con la aceptación del falso día de reposo y que se preparan
a imponerlo con los mismos medios que ella empleó en tiempos pasados. Los
que rechazan la luz de la verdad buscarán aún la ayuda de este poder que se
titula infalible, a fin de exaltar una institución que debe su origen a Roma. No
es difícil prever cuán apresuradamente ella acudirá en ayuda de los
protestantes en este movimiento ¿Quién mejor que los jefes papistas para
saber cómo entendérselas con los que desobedecen a la iglesia?
La iglesia católica romana, con todas sus ramificaciones en el mundo entero,
forma una vasta organización dirigida por la sede papal, y destinada a servir
los intereses de ésta. Instruye a sus millones de adeptos en todos los
países del globo, para que se consideren obligados a obedecer al papa. Sea
cual fuere la nacionalidad o el gobierno de éstos, deben considerar la
autoridad de la iglesia como por encima de todas las demás. Aunque juren
fidelidad al estado, siempre quedará en el fondo el voto de obediencia a Roma
que los absuelve de toda promesa contraria a los intereses de ella.
La historia prueba lo astuta y persistente que es en sus
esfuerzos por inmiscuirse en los asuntos de las naciones, y para favorecer sus
propios fines, aun a costa de la ruina de príncipes y pueblos, una vez que
logró entrar. En el año 1204, el papa Inocencio III arrancó de Pedro II, rey
de Aragón, este juramento extraordinario: "Yo, Pedro, rey de los
aragoneses, declaro y prometo ser siempre fiel y obediente a mi señor, el papa
Inocencio, a sus sucesores católicos y a la iglesia romana, y conservar mi
reino en su obediencia, defendiendo la religión católica y persiguiendo la
perversidad herética."—Juan Dowling, The History of Romanism, lib. 5,
cap. 6, sec. 55. Esto está en armonía con las pretensiones del pontífice
romano con referencia al poder, de que "él tiene derecho de deponer
emperadores" y de que "puede desligar a los súbditos de la lealtad
debida a gobernantes perversos."—Mosheim, lib. 3, siglo II, parte 2,
cap. 2, sec. 2, nota 17.
Y téngase presente que Roma se jacta de no variar jamás. Los
principios de Gregorio VII y de Inocencio III son aún los principios de la
iglesia católica romana; y si sólo tuviese el poder, los pondría en vigor con
tanta fuerza hoy como en siglos pasados. Poco saben los protestantes lo que
están haciendo al proponerse aceptar la ayuda de Roma en la tarea de exaltar el
domingo. Mientras ellos tratan de realizar su propósito, Roma tiene su mira
puesta en el restablecimiento de su poder, y tiende a recuperar su supremacía
perdida. Establézcase en los Estados Unidos el principio de que la iglesia
puede emplear o dirigir el poder del estado; que las leyes civiles pueden hacer
obligatorias las observancias religiosas; en una palabra, que la autoridad de la
iglesia con la del estado debe dominar las conciencias, y el triunfo de Roma
quedará asegurado en la gran República de la América del Norte.
La Palabra de Dios ha dado advertencias respecto a tan inminente peligro;
descuide estos avisos y el mundo protestante sabrá cuáles son los verdaderos
propósitos de Roma, pero ya será tarde para salir de la trampa. Roma está
aumentando sigilosamente su poder. Sus doctrinas están ejerciendo su influencia
en las cámaras legislativas, en las iglesias y en los corazones de los hombres.
Ya está levantando sus soberbios e imponentes edificios en cuyos secretos
recintos reanudará sus antiguas persecuciones. Está acumulando ocultamente sus
fuerzas y sin despertar sospechas para alcanzar sus propios fines y para dar el
golpe en su debido tiempo. Todo lo que Roma desea es asegurarse alguna
ventaja, y ésta ya le ha sido concedida. Pronto veremos y palparemos los
propósitos del romanismo. Cualquiera que crea u obedezca a la Palabra de
Dios incurrirá en oprobio y persecución.
DIA DEL SEÑOR
"Edificados sobre
el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del
ángulo Jesucristo mismo;" Eph:2:20:
"Y de aclarar á
todos cuál sea la dispensación del misterio escondido desde los siglos
en Dios, que crió todas las cosas." Efesios 3:9:
"Y acabó Dios en
el día séptimo su obra que hizo, y reposó el día séptimo de toda su
obra que había hecho.Y bendijo Dios al día séptimo, y santificólo,
porque en él reposó de toda su obra que había Dios criado y
hecho." Génesis 2:2-3
"Mas el séptimo
día será reposo para Jehová tu Dios. Exodo 20:10.
"Empero más
fácil cosa es pasar el cielo y la tierra, que frustrarse un tilde de la
ley." Lucas16:17.
Yo fuí en el
Espíritu en el día del Señor." Apocalipsis 1:10.
"Y vino á
Nazaret, donde había sido criado; y entró, conforme á su costumbre, el
día del sábado en la sinagoga, y se levantó á leer." Lucas 4:16.
Orad, pues, que
vuestra huída no sea en invierno ni en sábado; Mateo 24:20.
CAPÍTULO 36
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