Antes de los tiempos de Hus hubo en Bohemia hombres que se
levantaron para condenar abiertamente la corrupción de la iglesia y el
libertinaje de las masas. Sus trabajos despertaron interés general y
también los temores del clero, el cual inició una encarnizada persecución
contra aquellos discípulos del Evangelio. Obligados a celebrar el culto en
los bosques y en las montañas, los soldados los cazaban y mataron a muchos de
ellos. Transcurrido cierto tiempo, se decretó que todos los que
abandonasen el romanismo morirían en la hoguera. Pero aun mientras que
los cristianos sacrificaban sus vidas, esperaban el triunfo de su causa. Uno
de los que "enseñaban que la salvación se alcanzaba sólo por la fe en
el Salvador crucificado," pronunció al morir estas palabras: "El
furor de los enemigos de la verdad prevalece ahora contra nosotros, pero no
será siempre así, pues de entre el pueblo ha de levantarse uno, sin espada
ni signo de autoridad, contra el cual ellos nada podrán hacer."—Ibid.,
lib. 3, cap. 1. Lejos estaba aún el tiempo de Lutero; pero ya empezaba a
darse a conocer un hombre cuyo testimonio contra Roma conmovería a las
naciones.
Juan Hus era de humilde cuna y había perdido a su padre a
temprana edad. Su piadosa madre, considerando la educación y el temor de Dios
como la más valiosa hacienda, procuró asegurársela a su hijo. Hus
estudió en la escuela de la provincia y pasó después a la universidad de
Praga donde fue admitido por caridad. En su viaje a la ciudad de Praga fue
acompañado por su madre, que, siendo viuda y pobre, no pudo dotar a su hijo
con bienes materiales, pero cuando llegaron a las inmediaciones de la gran
ciudad se arrodilló al lado de su hijo y pidió para él la bendición de su
Padre celestial. Muy poco se figuraba aquella madre de qué modo iba a ser
atendida su plegaria.
En la universidad se distinguió Hus por su aplicación, su
constancia en el estudio y sus rápidos progresos, al par que su conducta
intachable y sus afables y simpáticos modales le granjearon general
estimación. Era un sincero creyente de la iglesia romana y deseaba
ardientemente recibir las bendiciones espirituales que aquélla profesa
conceder. Con motivo de un jubileo, fue él a confesarse, dio a la iglesia las
pocas monedas que llevaba y se unió a las procesiones para poder participar
de la absolución prometida. Terminado su curso de estudios, ingresó en el
sacerdocio, y como lograra en poco tiempo darse a conocer, no tardó en ser
elegido para prestar sus servicios en la corte del rey. Fue también nombrado
catedrático y posteriormente rector de la universidad donde recibiera su
educación. En pocos años el humilde estudiante que fuera admitido por
caridad en las aulas llegó a ser el orgullo de su país y a adquirir fama en
toda Europa.
Mas otro fue el campo en donde Hus principió a trabajar en
busca de reformas. Algunos años después de haber recibido las órdenes
sacerdotales, fue elegido predicador de la capilla llamada de Belén. El
fundador de ésta había abogado, por considerarlo asunto de gran importancia,
en favor de la predicación de las Santas Escrituras en el idioma del pueblo.
No obstante la oposición de Roma, esta práctica no había desaparecido del
todo de Bohemia. Sin embargo, era mucha la ignorancia respecto a la Biblia,
y los peores vicios reinaban en todas las clases de la sociedad. Hus denunció
sin reparo estos males apelando a la Palabra de Dios para reforzar los
principios de verdad y de pureza que procuraba inculcar.
Un vecino de Praga, Jerónimo, que con ulterioridad iba
a colaborar tan estrechamente con Hus, trajo consigo, al regresar de
Inglaterra, los escritos de Wiclef. La reina de Inglaterra, que se había
convertido a las enseñanzas de éste, era una princesa bohemia, y por medio
de su influencia las obras del reformador obtuvieron gran circulación en su
tierra natal. Hus leyó estas obras con interés; tuvo a su autor por
cristiano sincero y se sintió movido a mirar con simpatía las reformas que
él proponía. Aunque sin darse cuenta, Hus había entrado ya en un sendero
que había de alejarle de Roma.
Por aquel entonces llegaron a Praga dos extranjeros
procedentes de Inglaterra, hombres instruídos que habían recibido la luz del
Evangelio y venían a esparcirla en aquellas apartadas regiones.
Comenzaron por atacar públicamente la supremacía del papa, pero pronto las
autoridades les obligaron a guardar silencio; no obstante, como no quisieran
abandonar su propósito, recurrieron a otros medios para realizarlo. Eran
artistas a la vez que predicadores y pusieron en juego sus habilidades. En una
plaza pública dibujaron dos cuadros que representaban, uno la entrada de
Cristo en Jerusalén, "manso y sentado sobre un asno" Mateo 21:5, y
seguido por sus discípulos vestidos con túnicas ajadas por las asperezas del
camino y descalzos; el otro representaba una procesión pontifical, en la cual
se veía al papa adornado con sus ricas vestiduras y con su triple corona,
montado en un caballo magníficamente enjaezado, precedido por clarines y
seguido por cardenales y prelados que ostentaban deslumbrantes galas.
Encerraban estos cuadros todo un sermón que cautivaba la
atención de todas las clases sociales. Las multitudes acudían a mirarlos.
Ninguno dejaba de sacar la moraleja y muchos quedaban hondamente impresionados
por el contraste que resultaba entre la mansedumbre de Cristo, el Maestro, y
el orgullo y la arrogancia del papa que profesaba servirle. Praga se
conmovió mucho y, después de algún tiempo, los extranjeros tuvieron que
marcharse para ponerse a salvo. Pero la lección que habían dado no dejó
de ser aprovechada. Los cuadros hicieron impresión en Hus y le indujeron a
estudiar con más empeño la Biblia y los escritos de Wiclef. Aunque todavía
no estaba convenientemente preparado para aceptar todas las reformas
recomendadas por Wiclef, alcanzó a darse mejor cuenta del verdadero carácter
del papado y con mayor celo denunció el orgullo, la ambición y la
corrupción del clero.
De Bohemia extendióse la luz hasta Alemania. Algunos
disturbios en la universidad de Praga dieron por resultado la separación de
centenares de estudiantes alemanes, muchos de los cuales habían recibido de
Hus su primer conocimiento de la Biblia, y a su regreso esparcieron el
Evangelio en la tierra de sus padres.
Las noticias de la obra hecha en Praga llegaron a Roma y
pronto fue citado Hus a comparecer ante el papa. Obedecer habría sido
exponerse a una muerte segura. El rey y la reina de Bohemia, la universidad,
miembros de la nobleza y altos dignatarios dirigieron una solicitud general al
pontífice para que le fuera permitido a Hus permanecer en Praga y contestar a
Roma por medio de una diputación. En lugar de acceder a la súplica, el
papa procedió a juzgar y condenar a Hus, y, por añadidura, declaró a la
ciudad de Praga en entredicho.
En aquellos tiempos, siempre que se pronunciaba tal
sentencia, la alarma era general. Las ceremonias que la acompañaban
estaban bien calculadas para producir terror entre el pueblo, que veía en el
papa el representante de Dios mismo, y el que tenía las llaves del cielo y
del infierno y el poder para invocar juicios temporales lo mismo que
espirituales. Creían que las puertas del cielo se cerraban contra los lugares
condenados por el entredicho y que entretanto que el papa no se dignaba
levantar la excomunión, los difuntos no podían entrar en la mansión de los
bienaventurados. En señal de tan terrible calamidad se suspendían todos los
servicios religiosos, las iglesias eran clausuradas, las ceremonias del
matrimonio se verificaban en los cementerios; a los muertos se les negaba
sepultura en los camposantos, y se los enterraba sin ceremonia alguna en las
zanjas o en el campo. Así pues, valiéndose de medios que influían en la
imaginación, procuraba Roma dominar la conciencia de los hombres.
La ciudad de Praga se amotinó. Muchos opinaron que Hus
tenía la culpa de todas estas calamidades y exigieron que fuese entregado a
la vindicta de Roma. Para que se calmara la tempestad, el reformador se
retiró por algún tiempo a su pueblo natal. Escribió a los amigos que
había dejado en Praga: "Si me he retirado de entre vosotros es para
seguir los preceptos y el ejemplo de Jesucristo, para no dar lugar a que los
mal intencionados se expongan a su propia condenación eterna y para no ser
causa de que se moleste y persiga a los piadosos. Me he retirado, además, por
temor de que los impíos sacerdotes prolonguen su prohibición de que se
predique la Palabra de Dios entre vosotros; mas no os he dejado para negar la
verdad divina por la cual, con la ayuda de Dios, estoy pronto a morir."—E.
de Bonnechose, Les Réformateurs avant la Réforme, lib. 1, págs. 94, 95
(París, 1845). Hus no cesó de trabajar; viajó por los países vecinos
predicando a las muchedumbres que le escuchaban con ansia. De modo que las
medidas de que se valiera el papa para suprimir el Evangelio, hicieron que se
extendiera en más amplia esfera. "Nada podemos hacer contra la verdad,
sino a favor de la verdad." 2 Corintios 13:8.
"El espíritu de Hus parece haber sido en aquella
época de su vida el escenario de un doloroso conflicto. Aunque la iglesia
trataba de aniquilarle lanzando sus rayos contra él, él no desconocía la
autoridad de ella, sino que seguía considerando a la iglesia católica
romana como a la esposa de Cristo y al papa como al representante y vicario de
Dios. Lo que Hus combatía era el abuso de autoridad y no la autoridad misma. Esto
provocó un terrible conflicto entre las convicciones más íntimas de su
corazón y los dictados de su conciencia. Si la autoridad era justa e
infalible como él la creía, ¿por qué se sentía obligado a desobedecerla? Acatarla,
era pecar; pero, ¿por qué se sentía obligado a pecar si prestaba obediencia
a una iglesia infalible? Este era el problema que Hus no podía resolver, y la
duda le torturaba hora tras hora. La solución que por entonces le parecía
más plausible era que había vuelto a suceder lo que había sucedido en los
días del Salvador, a saber, que los sacerdotes de la iglesia se habían
convertido en impíos que usaban de su autoridad legal con fines inicuos. Esto
le decidió a adoptar para su propio gobierno y para el de aquellos a quienes
siguiera predicando, la máxima aquella de que los preceptos de la Santas
Escrituras transmitidos por el entendimiento han de dirigir la conciencia, o
en otras palabras, que Dios hablando en la Biblia, y no la iglesia hablando
por medio de los sacerdotes, era el único guía infalible."—Wylie,
lib. 3, cap. 3.
Cuando, transcurrido algún tiempo, se hubo calmado la
excitación en Praga, volvió Hus a su capilla de Belén para reanudar, con
mayor valor y celo, la predicación de la Palabra de Dios. Sus enemigos eran
activos y poderosos, pero la reina y muchos de los nobles eran amigos suyos y
gran parte del pueblo estaba de su lado. Comparando sus enseñanzas puras
y elevadas y la santidad de su vida con los dogmas degradantes que predicaban
los romanistas y con la avaricia y el libertinaje en que vivían, muchos
consideraban que era un honor pertenecer al partido del reformador.
Hasta aquí Hus había estado solo en sus labores, pero
entonces Jerónimo, que durante su estada en Inglaterra había hecho suyas las
doctrinas enseñadas por Wiclef, se unió con él en la obra de reforma.
Desde aquel momento ambos anduvieron juntos y ni la muerte había de
separarlos.
Jerónimo poseía en alto grado lucidez genial, elocuencia
e ilustración, y estos dones le conquistaban el favor popular, pero en las
cualidades que constituyen verdadera fuerza de carácter, sobresalía Hus. El
juicio sereno de éste restringía el espíritu impulsivo de Jerónimo, el
cual reconocía con verdadera humildad el valer de su compañero y aceptaba
sus consejos. Mediante los esfuerzos unidos de ambos la reforma progresó con
mayor rapidez.
Si bien es verdad que Dios se dignó iluminar a estos Sus
siervos derramando sobre ellos raudales de luz que les revelaron muchos de los
errores de Roma, también lo es que ellos no recibieron toda la luz que debía
ser comunicada al mundo. Por medio de estos hombres, Dios sacaba a Sus
hijos de las tinieblas del romanismo; pero tenían que arrostrar muchos y muy
grandes obstáculos, y El los conducía por la mano paso a paso según lo
permitían las fuerzas de ellos. No estaban preparados para recibir de pronto
la luz en su plenitud. Ella los habría hecho retroceder como habrían
retrocedido, con la vista herida, los que, acostumbrados a la obscuridad,
recibieran la luz del mediodía. Por consiguiente, Dios reveló Su luz a los
guías de Su pueblo poco a poco, como podía recibirla este último. De siglo
en siglo otros fieles obreros seguirían conduciendo a las masas y avanzando
más cada vez en el camino de las reformas.
Mientras tanto, un gran cisma asolaba a la iglesia. Tres
papas se disputaban la supremacía, y esta contienda llenaba los dominios de
la cristiandad de crímenes y revueltas. No satisfechos los tres papas con
arrojarse recíprocamente violentos anatemas, decidieron recurrir a las armas
temporales. Cada uno se propuso hacer acopio de armamentos y reclutar
soldados. Por supuesto, necesitaban dinero, y para proporcionárselo, todos
los dones, oficios y beneficios de la iglesia fueron puestos en venta.
Asimismo los sacerdotes, imitando a sus superiores, apelaron a la simonía y a
la guerra para humillar a sus rivales y para aumentar su poderío. Con una
intrepidez que iba cada día en aumento, protestó Hus enérgicamente contra
las abominaciones que se toleraban en nombre de la religión, y el pueblo
acusó abiertamente a los jefes papales de ser causantes de las miserias que
oprimían a la cristiandad.
La ciudad de Praga se vio nuevamente amenazada por un
conflicto sangriento. Como en los tiempos antiguos, el siervo de Dios fue
acusado de ser el "perturbador de Israel." 1 Reyes 18:17. La
ciudad fue puesta por segunda vez en entredicho, y Hus se retiró a su pueblo
natal. Terminó el testimonio que había dado él tan fielmente en su
querida capilla de Belén, y ahora iba a hablar al mundo cristiano desde un
escenario más extenso antes de rendir su vida como último homenaje a la
verdad.
Con el propósito de contener los males que asolaban a
Europa, fue convocado un concilio general que debía celebrarse en Constanza.
Esta cita fue preparada, a solicitud del emperador Segismundo, por Juan XXIII,
uno de los tres papas rivales. El deseo de reunir un concilio distaba
mucho de ser del agrado del papa Juan, cuyo carácter y política poco se
prestaban a una investigación aun cuando ésta fuera hecha por prelados de
tan escasa moralidad como lo eran los eclesiásticos de aquellos tiempos. Pero
no pudo, sin embargo, oponerse a la voluntad de Segismundo.
Los fines principales que debía procurar el concilio eran
poner fin al cisma de la iglesia y arrancar de raíz la herejía. En
consecuencia los dos antipapas fueron citados a comparecer ante la asamblea, y
con ellos Juan Hus, el principal propagador de las nuevas ideas. Los dos
primeros, considerando que había peligro en presentarse, no lo hicieron, sino
que mandaron sus delegados. El papa Juan, aun cuando era quien ostensiblemente
había convocado el concilio, acudió con mucho recelo, sospechando la
intención secreta del emperador de destituirle, y temiendo ser llamado a
cuentas por los vicios con que había desprestigiado la tiara y por los
crímenes de que se había valido para apoderarse de ella. Sin embargo, hizo
su entrada en la ciudad de Constanza con gran pompa, acompañado de los
eclesiásticos de más alta categoría y de un séquito de cortesanos. El
clero y los dignatarios de la ciudad, con un gentío inmenso, salieron a
recibirle. Venía debajo de un dosel dorado sostenido por cuatro de los
principales magistrados. La hostia iba delante de él, y las ricas vestiduras
de los cardenales daban un aspecto imponente a la procesión.
Entre tanto, otro viajero se acercaba a Constanza. Hus
se daba cuenta del riesgo que corría. Se había despedido de sus amigos como
si ya no pensara volverlos a ver, y había emprendido el viaje presintiendo
que remataría en la hoguera. A pesar de haber obtenido un salvoconducto
del rey de Bohemia, y otro que, estando ya en camino, recibió del emperador
Segismundo, arregló bien todos sus asuntos en previsión de su muerte
probable.
En una carta dirigida a sus amigos de Praga, les decía:
"Hermanos míos ... me voy llevando un salvoconducto del rey para
hacer frente a mis numerosos y mortales enemigos ... Me encomiendo de todo
corazón al Dios todopoderoso, mi Salvador; confío en que El escuchará
vuestras ardientes súplicas; que pondrá Su prudencia y Su sabiduría en mi
boca para que yo pueda resistir a los adversarios, y que me asistirá el
Espíritu Santo para confirmarme en la verdad, a fin de que pueda arrostrar
con valor las tentaciones, la cárcel y si fuese necesario, una muerte cruel.
Jesucristo sufrió por Sus muy amados, y, por tanto ¿habremos de extrañar
que nos haya dejado Su ejemplo a fin de que suframos con paciencia todas las
cosas para nuestra propia salvación? El es Dios y nosotros somos Sus
criaturas; El es el Señor y nosotros Sus siervos; El es el Dueño del mundo y
nosotros somos viles mortales, ¡y sin embargo sufrió! ¿Por qué, entonces,
no habríamos de padecer nosotros también, y más cuando sabemos que la
tribulación purifica? Por lo tanto, amados míos, si mi muerte ha de
contribuir a Su gloria, rogad que ella venga pronto y que El me dé fuerzas
para soportar con serenidad todas las calamidades que me esperan. Empero, si
es mejor que yo regrese para vivir otra vez entre vosotros, pidamos a Sábado
que yo vuelva sin mancha, es decir, que no suprima un tilde de la verdad del
Evangelio, para poder dejar a mis hermanos un buen ejemplo que imitar. Es muy
probable que nunca más volváis a ver mi cara en Praga; pero si fuese la
voluntad del Dios todopoderoso traerme de nuevo a vosotros, avanzaremos con un
corazón más firme en el conocimiento y en el amor de Su ley."—Bonnechose,
lib. 2, págs. 162, 163.
En otra carta que escribió a un sacerdote que se había
convertido al Evangelio, Hus habló con profunda humildad de sus propios
errores, acusándose "de haber sido afecto a llevar hermosos trajes y de
haber perdido mucho tiempo en cosas frívolas." Añadía después estas
conmovedoras amonestaciones: "Que tu espíritu se preocupe de la gloria
de Dios y de la salvación de las almas y no de las comodidades y bienes
temporales. Cuida de no adornar tu casa más que tu alma; y sobre todo cuida
del edificio espiritual. Sé humilde y piadoso con los pobres; no gastes tu
hacienda en banquetes; si no te perfeccionas y no te abstienes de
superfluidades temo que seas severamente castigado, como yo lo soy.... Conoces
mi doctrina porque de ella te he instruido desde que eras niño; es inútil,
pues, que te escriba más. Pero te ruego encarecidamente, por la misericordia
de nuestro Señor, que no me imites en ninguna de las vanidades en que me has
visto caer." En la cubierta de la carta, añadió: "Te ruego mucho,
amigo mío, que no rompas este sello sino cuando tengas la seguridad de que yo
haya muerto."—Id., págs. 163, 164.
En el curso de su viaje vio Hus por todas partes señales
de la propagación de sus doctrinas y de la buena acogida de que gozaba su
causa. Las gentes se agolpaban para ir a su encuentro, y en algunos
pueblos le acompañaban los magistrados por las calles.
Al llegar a Constanza, Hus fue dejado en completa libertad.
Además del salvoconducto del emperador, se le dio una garantía personal que
le aseguraba la protección del papa. Pero esas solemnes y repetidas
promesas de seguridad fueron violadas, y pronto el reformador fue arrestado
por orden del pontífice y de los cardenales, y encerrado en un inmundo
calabozo. Más tarde fue transferido a un castillo feudal, al otro lado
del Rin, donde se le tuvo preso. Pero el papa sacó poco provecho de su
perfidia, pues fue luego encerrado en la misma cárcel. (Id. pág.
269.) Se le probó ante el concilio que, además de homicidios, simonía y
adulterio, era culpable de los delitos más viles, "pecados que no se
pueden mencionar." Así declaró el mismo concilio y finalmente se le
despojó de la tiara y se le arrojó en un calabozo. Los antipapas fueron
destituídos también y un nuevo pontífice fue elegido.
Aunque el mismo papa se había hecho culpable de crímenes
mayores que aquellos de que Hus había acusado a los sacerdotes, y por los
cuales exigía que se hiciese una reforma, con todo, el mismo concilio que
degradara al pontífice, procedió a concluir con el reformador. El
encarcelamiento de Hus despertó grande indignación en Bohemia. Algunos
nobles poderosos se dirigieron al concilio protestando contra tamaño ultraje.
El emperador, que de mala gana había consentido en que se violase su
salvoconducto, se opuso a que se procediera contra él. Pero los enemigos del
reformador eran malévolos y resueltos. Apelaron a las preocupaciones del
emperador, a sus temores y a su celo por la iglesia. Le presentaron argumentos
muy poderosos para convencerle de que "no había que guardar la palabra
empeñada con herejes, ni con personas sospechosas de herejía, aun cuando
estuvieran provistas de salvoconductos del emperador y de reyes."—Jacques
Lenfant, "Histoire du Concile de Constance," tomo 1 pág. 493
(Amsterdam, 1727). De ese modo se salieron con la suya.
Debilitado por la enfermedad y por el encierro, pues el
aire húmedo y sucio del calabozo le ocasionó una fiebre que estuvo a punto
de llevarle al sepulcro, Hus fue al fin llevado ante el concilio. Cargado
de cadenas se presentó ante el emperador que empeñara su honor y buena fe en
protegerle. Durante todo el largo proceso sostuvo Hus la verdad con firmeza, y
en presencia de los dignatarios de la iglesia y del estado allí reunidos
elevó una enérgica y solemne protesta contra la corrupción del clero.
Cuando se le exigió que escogiese entre retractarse o sufrir la muerte,
eligió la suerte de los mártires.
El Señor le sostuvo con Su gracia. Durante las semanas de
padecimientos que sufrió antes de su muerte, la paz del cielo inundó su
alma. "Escribo esta carta—decía a un amigo—en la cárcel, y con
la mano encadenada, esperando que se cumpla mañana mi sentencia de muerte....
En el día aquél en que por la gracia del Señor nos encontremos otra vez
gozando de la paz deliciosa de ultratumba, sabrás cuán misericordioso ha
sido Dios conmigo y de qué modo tan admirable me ha sostenido en medio de mis
pruebas y tentaciones."—Bonnechose, lib. 3, pág. 74.
En la obscuridad de su calabozo previó el triunfo de la fe
verdadera. Volviendo en sueños a su capilla de Praga donde había predicado
el Evangelio, vio al papa y a sus obispos borrando los cuadros de Cristo que
él había pintado en sus paredes. "Este sueño le aflige; pero el día
siguiente ve muchos pintores ocupados en restablecer las imágenes en mayor
número y colores más brillantes. Conchudo este trabajo, los pintores,
rodeados de un gentío inmenso, exclaman: ‘¡Que vengan ahora papas y
obispos! ya no las borrarán jamás.’" Al referir el reformador su
sueño añadió: "Tengo por cierto, que la imagen de Cristo no será
borrada jamás. Ellos han querido destruirla; pero será nuevamente pintada en
los corazones, por unos predicadores que valdrán más que yo."—D’Aubigné,
lib. 1, cap. 7.
Por última vez fue llevado Hus ante el concilio. Era ésta
una asamblea numerosa y deslumbradora: el emperador, los príncipes del
imperio, delegados reales, cardenales, obispos y sacerdotes, y una inmensa
multitud de personas que habían acudido a presenciar los acontecimientos
del día. De todas partes de la cristiandad se habían reunido los testigos de
este gran sacrificio, el primero en la larga lucha entablada para asegurar la
libertad de conciencia.
Instado Hus para que manifestara su decisión final,
declaró que se negaba a abjurar, y fijando su penetrante mirada en el
monarca que tan vergonzosamente violara la palabra empeñada, dijo:
"Resolví, de mi propia y espontánea libertad, comparecer ante este
concilio, bajo la fe y la protección pública del emperador aquí
presente."—Bonnechose, lib. 3, pág. 94. El bochorno se le
subió a la cara al monarca Segismundo al fijarse en él las miradas de todos
los circunstantes.
Habiendo sido pronunciada la sentencia, se dio principio
a la ceremonia de la degradación. Los obispos vistieron a su prisionero
el hábito sacerdotal, y al recibir éste la vestidura dijo: "A nuestro
Señor Jesucristo se le vistió con una túnica blanca con el fin de
insultarle, cuando Herodes le envió a Pilato."—Id., págs. 95, 96.
Habiéndosele exhortado otra vez a que se retractara, replicó mirando al
pueblo: "Y entonces, ¿con qué cara me presentaría en el cielo? ¿cómo
miraría a las multitudes de hombres a quienes he predicado el Evangelio puro?
No; estimo su salvación más que este pobre cuerpo destinado ya a
morir." Las vestiduras le fueron quitadas una por una, pronunciando cada
obispo una maldición cuando le tocaba tomar parte en la ceremonia. Por
último, "colocaron sobre su cabeza una gorra o mitra de papel en forma
de pirámide, en la que estaban pintadas horribles figuras de demonios, y en
cuyo frente se destacaba esta inscripción: ‘El archi hereje.’ ‘Con gozo—dijo
Hus—llevaré por ti esta corona de oprobio, oh Jesús, que llevaste por mí
una de espinas.’ "
Acto continuo, "los prelados dijeron: ‘Ahora
dedicamos tu alma al diablo.’ `Y yo—dijo Hus, levantando sus ojos al cielo
—en tus manos encomiendo mi espíritu, oh Señor Jesús, porque tú me
redimiste.’ "—Wylie, lib. 3, cap. 7.
Fue luego entregado a las autoridades seculares y conducido
al lugar de la ejecución. Iba seguido por inmensa procesión formada por
centenares de hombres armados, sacerdotes y obispos que lucían sus ricas
vestiduras, y por el pueblo de Constanza. Cuando lo sujetaron a la estaca y
todo estuvo dispuesto para encender la hoguera, se instó una vez más al
mártir a que se salvara retractándose de sus errores. "¿A cuáles
errores—dijo Hus—debo renunciar? De ninguno me encuentro culpable. Tomo a
Dios por testigo de que todo lo que he escrito y predicado ha sido con el fin
de rescatar a las almas del pecado y de la perdición; y, por consiguiente,
con el mayor gozo confirmaré con mi sangre aquella verdad que he anunciado
por escrito y de viva voz."—Ibid. Cuando las llamas
comenzaron a arder en torno suyo, principió a cantar: "Jesús, Hijo
de David, ten misericordia de mí," y continuó hasta que su voz
enmudeció para siempre.
Sus mismos enemigos se conmovieron frente a tan heroica
conducta. Un celoso partidario del papa, al referir el martirio de Hus y
de Jerónimo que murió poco después, dijo: "Ambos se portaron como
valientes al aproximarse su última hora. Se prepararon para ir a la hoguera
como se hubieran preparado para ir a una boda; no dejaron oír un grito de
dolor. Cuando subieron las llamas, entonaron himnos y apenas podía la
vehemencia del fuego acallar sus cantos."—Ibid.
Cuando el cuerpo de Hus fue consumido por completo,
recogieron sus cenizas, las mezclaron con la tierra donde yacían y las
arrojaron al Rin, que las llevó hasta el océano. Sus perseguidores se
figuraban en vano que habían arrancado de raíz las verdades que predicara.
No soñaron que las cenizas que echaban al mar eran como semilla esparcida en
todos los países del mundo, y que en tierras aún desconocidas darían mucho
fruto en testimonio por la verdad. La voz que había hablado en la sala del
concilio de Constanza había despertado ecos que resonarían a través de las
edades futuras. Hus ya no existía, pero las verdades por las cuales había
muerto no podían perecer. Su ejemplo de fe y perseverancia iba a animar a las
muchedumbres a mantenerse firmes por la verdad frente al tormento y a la
muerte. Su ejecución puso de manifiesto ante el mundo entero la pérfida
crueldad de Roma. Los enemigos de la verdad, aunque sin saberlo, no hacían
más que fomentar la causa que en vano procuraban aniquilar.
Una estaca más iba a levantarse en Constanza. La
sangre de otro mártir iba a testificar por la misma verdad. Jerónimo al
decir adiós a Hus, cuando éste partiera para el concilio, le exhortó a ser
valiente y firme, declarándole que si caía en algún peligro él mismo
volaría en su auxilio. Al saber que el reformador se hallaba encarcelado, el
fiel discípulo se dispuso inmediatamente a cumplir su promesa. Salió para
Constanza con un solo compañero y sin proveerse de salvoconducto. Al llegar a
la ciudad, se convenció de que sólo se había expuesto al peligro, sin que
le fuera posible hacer nada para libertar a Hus. Huyó entonces pero fue
arrestado en el camino y devuelto a la ciudad cargado de cadenas, bajo la
custodia de una compañía de soldados. En su primera comparecencia ante
el concilio, sus esfuerzos para contestar los cargos que le arrojaban se
malograban entre los gritos: "¡A la hoguera con él! ¡A las
llamas!"—Bonnechose, lib. 2, pág. 256. Fue arrojado en un
calabozo, lo encadenaron en una postura muy penosa y lo tuvieron a pan y agua.
Después de algunos meses, las crueldades de su prisión causaron a Jerónimo
una enfermedad que puso en peligro su vida, y sus enemigos, temiendo que se
les escapase, le trataron con menos severidad aunque dejándole en la cárcel
por un año.
La muerte de Hus no tuvo el resultado que esperaban los
papistas. La violación del salvoconducto que le había sido dado al
reformador, levantó una tempestad de indignación, y como medio más seguro,
el concilio resolvió que en vez de quemar a Jerónimo se le obligaría, si
posible fuese, a retractarse. Fue llevado ante el concilio y se le instó
para que escogiera entre la retractación o la muerte en la hoguera. Haberle
dado muerte al principio de su encarcelamiento hubiera sido un acto de
misericordia en comparación con los terribles sufrimientos a que le
sometieron; pero después de esto, debilitado por su enfermedad y por los
rigores de su prisión, detenido en aquellas mazmorras y sufriendo torturas y
angustias, separado de sus amigos y herido en el alma por la muerte de Hus, el
ánimo de Jerónimo decayó y consintió en someterse al concilio. Se
comprometió a adherirse a la fe católica y aceptó el auto de la asamblea
que condenaba las doctrinas de Wiclef y de Hus, exceptuando, sin embargo, las
"santas verdades" que ellos enseñaron.—Id., lib. 3, pág. 156.
Por medio de semejante expediente Jerónimo trató de
acallar la voz de su conciencia y librarse de la condena; pero, vuelto al
calabozo, a solas consigo mismo percibió la magnitud de su acto. Comparó el
valor y la fidelidad de Hus con su propia retractación. Pensó en el divino
Maestro a quien él se había propuesto servir y que por causa suya sufrió la
muerte en la cruz. Antes de su retractación había hallado consuelo en medio
de sus sufrimientos, seguro del favor de Dios; pero ahora, el remordimiento y
la duda torturaban su alma. Harto sabía que tendría que hacer otras
retractaciones para vivir en paz con Roma. El sendero que empezaba a
recorrer le llevaría infaliblemente a una completa apostasía. Resolvió no
volver a negar al Señor para librarse de un breve plazo de padecimientos.
Pronto fue llevado otra vez ante el concilio, pues sus
declaraciones no habían dejado satisfechos a los jueces. La sed de sangre
despertada por la muerte de Hus, reclamaba nuevas víctimas. Sólo la completa
abjuración podía salvar de la muerte al reformador. Pero éste había
resuelto confesar su fe y seguir hasta la hoguera a su hermano mártir.
Desvirtuó su anterior retractación, y a punto de morir,
exigió que se le diera oportunidad para defenderse. Temiendo los prelados
el efecto de sus palabras, insistieron en que él se limitara a afirmar o
negar lo bien fundado de los cargos que se le hacían. Jerónimo protestó
contra tamaña crueldad e injusticia "Me habéis tenido encerrado—dijo,—durante
trescientos cuarenta días, en una prisión horrible, en medio de inmundicias,
en un sitio malsano y pestilente, y falto de todo en absoluto. Me traéis hoy
ante vuestra presencia y tras de haber prestado oídos a mis acérrimos
enemigos, os negáis a oírme.... Si en verdad sois sabios, y si sois la luz
del mundo, cuidaos de pecar contra la justicia. En cuanto a mí, no soy más
que un débil mortal; mi vida es de poca importancia, y cuando os exhorto a no
dar una sentencia injusta, hablo más por vosotros que por mí."—Id.,
págs. 162, 163.
Al fin le concedieron a Jerónimo lo que pedía. Se
arrodilló en presencia de sus jueces y pidió que el Espíritu divino guiara
sus pensamientos y le diese palabras para que nada de lo que iba a decir fuese
contrario a la verdad e indigno de su Maestro. En aquel día se cumplió en su
favor la promesa del Señor a los primeros discípulos: "Seréis llevados
ante gobernadores y reyes por mi causa.... Cuando os entregaren, no os
afanéis sobre cómo o qué habéis de decir; porque en aquella misma hora os
será dado lo que habéis de decir; porque no sois vosotros quienes habláis,
sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros. Mateo 10:18-20.
Las palabras de Jerónimo produjeron sorpresa y admiración
aun a sus enemigos. Por espacio de todo un año había estado encerrado en un
calabozo, sin poder leer ni ver la luz siquiera, sufriendo físicamente a la
vez que dominado por terrible ansiedad mental; y no obstante, supo presentar
sus argumentos con tanta claridad y con tanta fuerza como si hubiera podido
estudiar constantemente. Llamó la atención de sus oyentes a la larga lista
de santos varones que habían sido condenados por jueces injustos. En casi
todas las generaciones hubo hombres que por más que procuraban levantar el
nivel moral del pueblo de su época, eran despreciados y rechazados, pero que
en tiempos ulteriores fueron reconocidos dignos de recibir honor. Cristo mismo
fue condenado como malhechor, por un tribunal inicuo.
Al retractarse Jerónimo había declarado justa la
sentencia condenatoria que el concilio lanzara contra Hus; pero esta vez
declaró que se arrepentía de ello y dio un valiente testimonio a la
inocencia y santidad del mártir. Expresóse en estos términos: "Conocí
a Juan Hus desde su niñez. Era el hombre más excelente, justo y santo; pero
no por eso dejó de ser condenado ... Y ahora yo también estoy listo para
morir. No retrocederé ante los tormentos que hayan preparado para mí mis
enemigos, los testigos falsos, los cuales tendrán que ser llamados un día a
cuentas por sus imposturas, ante el gran Dios a quien nadie puede
engañar."—Bonnechose, lib. 3, pág. 167.
Al censurarse a sí mismo por haber negado la verdad, dijo
Jerónimo: "De todos los pecados que he cometido desde mi juventud,
ninguno pesa tanto sobre mí ni me causa tan acerbos remordimientos, como el
que cometí en este funesto lugar, cuando aprobé la inicua sentencia
pronunciada contra Wiclef y contra el santo mártir, Juan Hus, maestro y amigo
mío. Sí, lo confieso de todo corazón, y declaro con verdadero horror que
desgraciadamente me turbé cuando, por temor a la muerte, condené las
doctrinas de ellos. Por tanto, ruego ... al Dios todopoderoso se digne
perdonarme mis pecados y éste en particular, que es el más monstruoso de
todos." Señalando a los jueces, dijo con entereza: "Vosotros
condenasteis a Wiclef y a Juan Hus no porque hubieran invalidado las doctrinas
de la iglesia, sino sencillamente por haber denunciado los escándalos
provenientes del clero—su pompa, su orgullo y todos los vicios de los
prelados y sacerdotes. Las cosas que aquéllos afirmaron y que son
irrefutables, yo también las creo y las proclamo."
Sus palabras fueron interrumpidas. Los prelados, temblando
de ira, exclamaron: "¿Qué necesidad hay de mayores pruebas?
¡Contemplamos con nuestros propios ojos el más obstinado de los
herejes!"
Sin conmoverse ante la tempestad, repuso Jerónimo: "
¡Qué! ¿imagináis que tengo miedo de morir? Por un año me habéis tenido
encadenado, encerrado en un calabozo horrible, más espantoso que la misma
muerte. Me habéis tratado con más crueldad que a un turco, judío o
pagano, y mis carnes se han resecado hasta dejar los huesos descubiertos; pero
no me quejo, porque las lamentaciones sientan mal en un hombre de corazón y
de carácter; pero no puedo menos que expresar mi asombro ante tamaña
barbarie con que habéis tratado a un cristiano."—Ibid., págs. 168
169.
Volvió con esto a estallar la tempestad de ira y Jerónimo
fue devuelto en el acto a su calabozo. A pesar de todo, hubo en la
asamblea algunos que quedaron impresionados por sus palabras y que desearon
salvarle la vida. Algunos dignatarios de la iglesia le visitaron y le
instaron a que se sometiera al concilio. Se le hicieron las más brillantes
promesas si renunciaba a su oposición contra Roma. Pero, a semejanza de su
Maestro, cuando le ofrecieron la gloria del mundo, Jerónimo se mantuvo firme.
"Probadme con las Santas Escrituras que estoy en error—
dijo él—y abjuraré de él."
"¡Las Santas Escrituras!—exclamó uno de sus
tentadores, —¿todo debe ser juzgado por ellas? ¿Quién puede comprenderlas
si la iglesia no las interpreta?"
"¿Son las tradiciones de los hombres más dignas de
fe que el Evangelio de nuestro Salvador?—replicó Jerónimo.— Pablo no
exhortó a aquellos a quienes escribía a que escuchasen las tradiciones de
los hombres, sino que les dijo: ‘Escudriñad las Escrituras.’"
"¡Hereje!" fue la respuesta," me arrepiento
de haber estado alegando contigo tanto tiempo. Veo que es el diablo el que te
impulsa."—Wylie, lib. 3, cap. 10.
En breve se falló sentencia de muerte contra él. Le
condujeron en seguida al mismo lugar donde Hus había dado su vida. Fue al
suplicio cantando, iluminado el rostro de gozo y paz. Fijó en Cristo su
mirada y la muerte ya no le infundía miedo alguno. Cuando el verdugo, a
punto de prender la hoguera, se puso detrás de él, el mártir exclamó:
"Ven por delante, sin vacilar. Prende la hoguera en mi presencia. Si yo
hubiera tenido miedo, no estaría aquí."
Las últimas palabras que pronunció cuando las llamas le
envolvían fueron una oración. Dijo: "Señor, Padre todopoderoso, ten
piedad de mí y perdóname mis pecados, porque tú sabes que siempre he amado
tu verdad."—Bonnechose, lib. 3, págs. 185, 186. Su voz dejó de
oírse, pero sus labios siguieron murmurando la oración. Cuando el fuego
hubo terminado su obra, las cenizas del mártir fueron recogidas juntamente
con la tierra donde estaban esparcidas y, como las de Hus, fueron arrojadas al
Rin.
Así murieron los fieles siervos que derramaron la luz de
Dios. Pero la luz de las verdades que proclamaron—la luz de su heroico
ejemplo—no pudo extinguirse. Antes podían los hombres intentar hacer
retroceder al sol en su carrera que apagar el alba de aquel día que vertía
ya sus fulgores sobre el mundo.
La ejecución de Hus había encendido llamas de
indignación y horror en Bohemia. La nación entera se conmovió al reconocer
que había caído víctima de la malicia de los sacerdotes y de la traición
del emperador. Se le declaró fiel maestro de la verdad, y el concilio que
decretó su muerte fue culpado del delito de asesinato. Como consecuencia de
esto las doctrinas del reformador llamaron más que nunca la atención. Los
edictos del papa condenaban los escritos de Wiclef a las llamas, pero las
obras que habían escapado a dicha sentencia fueron sacadas de donde habían
sido escondidas para estudiarlas comparándolas con la Biblia o las porciones
de ella que el pueblo podía conseguir, y muchos fueron inducidos así a
aceptar la fe reformada.
Los asesinos de Hus no permanecieron impasibles al ser
testigos del triunfo de la causa de aquél. El papa y el emperador se unieron
para sofocar el movimiento, y los ejércitos de Segismundo fueron despachados
contra Bohemia.
Pero surgió un libertador. Ziska, que poco después de
empezada la guerra quedó enteramente ciego, y que fue no obstante uno de los
más hábiles generales de su tiempo, era el que guiaba a los bohemios.
Confiando en la ayuda de Dios y en la justicia de su causa, aquel pueblo
resistió a los más poderosos ejércitos que fueron movilizados contra él.
Vez tras vez el emperador, suscitando nuevos ejércitos, invadió a Bohemia,
tan sólo para ser rechazado ignominiosamente. Los husitas no le tenían miedo
a la muerte y nada les podía resistir. A los pocos años de empeñada la
lucha, murió el valiente Ziska; pero le reemplazó Procopio, general
igualmente arrojado y hábil, y en varios respectos jefe más capaz.
Los enemigos de los bohemios, sabiendo que había fallecido
el guerrero ciego, creyeron llegada la oportunidad favorable para recuperar lo
que habían perdido. El papa proclamó entonces una cruzada contra los
husitas, y una vez más se arrojó contra Bohemia una fuerza inmensa, pero
sólo para sufrir terrible descalabro. Proclamóse otra cruzada. En todas
las naciones de Europa que estaban sujetas al papa se reunió dinero, se hizo
acopio de armamentos y se reclutaron hombres. Muchedumbres se reunieron bajo
el estandarte del papa con la seguridad de que al fin acabarían con los
herejes husitas. Confiando en la victoria, un inmenso número de soldados
invadió a Bohemia. El pueblo se reunió para defenderse. Los dos ejércitos
se aproximaron uno al otro, quedando separados tan solo por un río que
corría entre ellos. "Los cruzados eran muy superiores en número, pero
en vez de arrojarse a cruzar el río y entablar batalla con los husitas a
quienes habían venido a atacar desde tan lejos, permanecieron absortos y en
silencio mirando a aquellos guerreros."—Wylie, lib. 3, cap. 17.
Repentinamente un terror misterioso se apoderó de ellos. Sin asestar un solo
golpe, esa fuerza irresistible se desbandó y se dispersó como por un poder
invisible. Las tropas husitas persiguieron a los fugitivos y mataron a gran
número de ellos, y un rico botín quedó en manos de los vencedores, de modo
que, en lugar de empobrecer a los bohemios, la guerra los enriqueció.
Pocos años después, bajo un nuevo papa, se preparó otra
cruzada. Como anteriormente, se volvió a reclutar gente y a allegar medios de
entre los países papales de Europa. Se hicieron los más halagüeños
ofrecimientos a los que quisiesen tomar parte en esta peligrosa empresa. Se
daba indulgencia plenaria a los cruzados aunque hubiesen cometido los más
monstruosos crímenes. A los que muriesen en la guerra se les aseguraba
hermosa recompensa en el cielo, y los que sobreviviesen cosecharían honores y
riquezas en el campo de batalla. Así se logró reunir un inmenso ejército
que cruzó la frontera y penetró en Bohemia. Las fuerzas husitas se retiraron
ante el enemigo y atrajeron así a los invasores al interior del país
dejándoles creer que ya habían ganado la victoria. Finalmente, el ejército
de Procopio se detuvo y dando frente al enemigo se adelantó al combate. Los
cruzados descubrieron entonces su error y esperaron el ataque en sus reales.
Al oír el ejército que se aproximaba contra ellos y aun antes de que vieran
a los husitas, el pánico volvió a apoderarse de los cruzados. Los
príncipes, los generales y los soldados rasos, arrojando sus armas, huyeron
en todas direcciones. En vano el legado papal que guiaba la invasión se
esforzó en reunir aquellas fuerzas aterrorizadas y dispersas. A pesar de su
decididísimo empeño, él mismo se vio precisado a huir entre los fugitivos.
La derrota fue completa y otra vez un inmenso botín cayó en manos de los
vencedores.
De esta manera por segunda vez un gran ejército despachado
por las más poderosas naciones de Europa, una hueste de valientes guerreros,
disciplinados y bien pertrechados, huyó sin asestar un solo golpe, ante los
defensores de una nación pequeña y débil. Era una manifestación del poder
divino. Los invasores fueron heridos por un terror sobrenatural. El que
anonadó los ejércitos de Faraón en el Mar Rojo, e hizo huir a los
ejércitos de Madián ante Gedeón y los trescientos, y en una noche abatió
las fuerzas de los orgullosos asirios, extendió una vez más Su mano para
destruir el poder del opresor. "Allí se sobresaltaron de pavor donde no
había miedo; porque Dios ha esparcido los huesos del que asentó campo contra
ti: los avergonzaste, porque Dios los desechó." Salmo 53:5.
Los caudillos papales desesperaron de conseguir nada por
la fuerza y se resolvieron a usar de diplomacia. Se adoptó una transigencia
que, aparentando conceder a los bohemios libertad de conciencia, los entregaba
al poder de Roma. Los bohemios habían especificado cuatro puntos como
condición para hacer la paz con Roma, a saber: La predicación libre de la
Biblia; el derecho de toda la iglesia a participar de los elementos del pan y
vino en la comunión, y el uso de su idioma nativo en el culto divino; la
exclusión del clero de los cargos y autoridad seculares; y en casos de
crímenes, su sumisión a la jurisdicción de las cortes civiles que tendrían
acción sobre clérigos y laicos. Al fin, las autoridades papales
"convinieron en aceptar los cuatro artículos de los husitas, pero
estipularon que el derecho de explicarlos, es decir, de determinar su exacto
significado, pertenecía al concilio o, en otras palabras, al papa y al
emperador."—Wylie, lib. 3, cap. 18. Sobre estas bases se
ajustó el tratado y Roma ganó por medio de disimulos y fraudes lo que no
había podido ganar en los campos de batalla; porque, imponiendo su propia
interpretación de los artículos de los husitas y de la Biblia, pudo
adulterar su significado y acomodarlo a sus propias miras.
En Bohemia, muchos, al ver así defraudada la libertad que
ya disfrutaban, no aceptaron el convenio. Surgieron disensiones y divisiones
que provocaron contiendas y derramamiento de sangre entre ellos mismos. En
esta lucha sucumbió el noble Procopio y con él sucumbieron también las
libertades de Bohemia.
Por aquel tiempo, Segismundo, el traidor de Hus y de
Jerónimo, llegó a ocupar el trono de Bohemia, y a pesar de su juramento de
respetar los derechos de los bohemios, procedió a imponerles el papismo. Pero
muy poco sacó con haberse puesto al servicio de Roma. Por espacio de veinte
años su vida no había sido más que un cúmulo de trabajos y peligros. Sus
ejércitos y sus tesoros se habían agotado en larga e infructuosa contienda;
y ahora, después de un año de reinado murió dejando el reino en vísperas
de la guerra civil y a la posteridad un nombre manchado de infamia.
Continuaron mucho tiempo las contiendas y el derramamiento
de sangre. De nuevo los ejércitos extranjeros invadieron a Bohemia y las
luchas intestinas debilitaron y arruinaron a la nación. Los que
permanecieron fieles al Evangelio fueron objeto de encarnizada persecución.
En vista de que, al transigir con Roma, sus antiguos
hermanos habían aceptado sus errores, los que se adherían a la vieja fe se
organizaron en iglesia distinta, que se llamó de "los Hermanos
Unidos." Esta circunstancia atrajo sobre ellos toda clase de maldiciones;
pero su firmeza era inquebrantable. Obligados a refugiarse en los bosques y
las cuevas, siguieron reuniéndose para leer la Palabra de Dios y para
celebrar culto.
Valiéndose de mensajeros secretos que mandaron a varios
países, llegaron a saber que había, diseminados en varias partes,
"algunos sostenedores de la verdad, unos en ésta, otros en aquella
ciudad, siendo como ellos, objeto de encarnizada persecución; supieron
también que entre las montañas de los Alpes había una iglesia antigua que
se basaba en las Sagradas Escrituras, y que protestaba contra la idólatra
corrupción de Roma." —Ibid., cap. 19. Recibieron estos datos
con gran regocijo e iniciaron relaciones por correspondencia con los
cristianos valdenses.
Permaneciendo firmes en el Evangelio, los bohemios, a
través de las tinieblas de la persecución y aun en la hora más
sombría, volvían la vista hacia el horizonte como quien espera el rayar del
alba. "Les tocó vivir en días malos, pero . . . recordaban las palabras
pronunciadas por Hus y repetidas por Jerónimo, de que pasaría un siglo antes
de que se viera despuntar la aurora. Estas palabras eran para los husitas lo
que para las tribus esclavas en la tierra de servidumbre aquellas palabras de
José: ‘Yo me muero, mas Dios ciertamente os visitará, y os hará subir de
aquesta tierra.’"—Ibid. "La última parte del siglo XV
vio el crecimiento lento pero seguro de las iglesias de los Hermanos. Aunque
distaban mucho de no ser molestados, gozaron sin embargo de relativa
tranquilidad. A principios del siglo XVI se contaban doscientas de sus
iglesias en Bohemia y en Moravia."—T. H. Gilett, Life and Times of
John Hus, tomo 2, pág. 570. "Tan numeroso era el residuo, que
sobrevivió a la furia destructora del fuego y de la espada y pudo ver la
aurora de aquel día que Hus había predicho."—Wylie, lib. 3, cap.
19.