
UN NUEVO emperador, Carlos V, había ascendido al trono
de Alemania, y los emisarios de Roma se apresuraron a presentarle sus
plácemes, y procuraron que el monarca emplease su poder contra la Reforma.
Por otra parte, el elector de Sajonia, con quien Carlos tenía una gran deuda
por su exaltación al trono, le rogó que no tomase medida alguna contra
Lutero, sin antes haberle oído. De este modo, el emperador se hallaba en
embarazosa situación que le dejaba perplejo. Los papistas no se darían por
contentos sino con un edicto imperial que sentenciase a muerte a Lutero. El
elector había declarado terminantemente "que ni su majestad imperial, ni
otro ninguno había demostrado que los escritos de Lutero hubiesen sido
refutados;" y por este motivo, "pedía que el doctor Lutero provisto
de un salvoconducto, pudiese comparecer ante jueces sabios, piadosos e
imparciales."—D’Aubigné, lib. 6, cap. 11.
La atención general se fijó en la reunión de los estados
alemanes convocada en Worms a poco de haber sido elevado Carlos al trono.
Varios asuntos políticos importantes tenían que ventilarse en dicha dieta,
en que por primera vez los príncipes de Alemania iban a ver a su joven
monarca presidir una asamblea deliberativa. De todas partes del imperio
acudieron los altos dignatarios de la iglesia y del estado. Nobles hidalgos,
señores de elevada jerarquía, poderosos y celosos de sus derechos
hereditarios; representantes del alto clero que ostentaban su categoría y
superioridad; palaciegos seguidos de sus guardias armados, y embajadores de
tierras extrañas y lejanas—todos se juntaron en Worms. Con todo, el
asunto que despertaba más interés en aquella vasta asamblea era la causa del
reformador sajón.
Carlos había encargado ya de antemano al elector que
trajese a Lutero ante la dieta, asegurándole protección, y prometiendo
disponer una discusión libre con gente competente para debatir los motivos de
disidencia. Lutero por su parte ansiaba comparecer ante el monarca. Su
salud por entonces no estaba muy buena; no obstante, escribió al elector:
"Si no puedo ir a Worms bueno y sano, me haré llevar enfermo allá.
Porque si el emperador me llama, no puedo dudar que sea un llamamiento de
Dios. Si quieren usar de violencia contra mí, lo cual parece probable (puesto
que no es para instruirse por lo que me hacen comparecer), lo confío todo en
manos del Señor. Aun vive y reina el que conservó ilesos a los mancebos en
la hornalla. Si no me quiere salvar, poco vale mi vida. Impidamos solamente
que el Evangelio sea expuesto al vilipendio de los impíos, y derramemos
nuestra sangre por él, para que no triunfen. ¿Será acaso mi vida o mi
muerte la que más contribuirá a la salvación de todos? . . . Esperadlo todo
de mí, menos la fuga y la retractación. Huir, no puedo; y retractarme, mucho
menos."—Id., lib. 7, cap. 1.
La noticia de que Lutero comparecería ante la dieta
circuló en Worms y despertó una agitación general. Aleandro a quien, como
legado del papa, se le había confiado el asunto de una manera especial, se
alarmó y enfureció. Preveía que el resultado sería desastroso para la
causa del papado. Hacer investigaciones en un caso sobre el cual el papa
había dictado ya sentencia condenatoria, era tanto como discutir la autoridad
del soberano pontífice. Además de esto, temía que los elocuentes y
poderosos argumentos de este hombre apartasen de la causa del papa a muchos de
los príncipes. En consecuencia, insistió mucho cerca de Carlos en que
Lutero no compareciese en Worms. Por este mismo tiempo se publicó la bula de
excomunión contra Lutero, y esto, unido a las gestiones del legado, hizo
ceder al emperador, quien escribió al elector diciéndole que si Lutero
no quería retractarse debía quedarse en Wittenberg.
No bastaba este triunfo para Aleandro, el cual siguió
intrigando para conseguir también la condenación de Lutero. Con una
tenacidad digna de mejor causa, insistía en presentar al reformador a los
príncipes, a los prelados y a varios miembros de la dieta, "como
sedicioso, rebelde, impío y blasfemo." Pero la vehemencia y la pasión
de que daba pruebas el legado revelaban a las claras el espíritu de que
estaba animado. "Es la ira y el deseo de venganza lo que le excita—decían,—y
no el celo y la piedad."—Ibid. La mayoría de los miembros de la
dieta estaban más dispuestos que nunca a ver con benevolencia la causa del
reformador y a inclinarse en su favor.
Con redoblado celo insistió Aleandro cerca del emperador
para que cumpliese su deber de ejecutar los edictos papales. Esto empero,
según las leyes de Alemania, no podía hacerse sin el consentimiento de los
príncipes, y Carlos V, no pudiendo resistir a las instancias del nuncio, le
concedió que llevara el caso ante la dieta. "Fue éste un día de
orgullo para el nuncio. La asamblea era grande y el negocio era aún mayor.
Aleandro iba a alegar en favor de Roma, . . madre y señora de todas las
iglesias." Iba a defender al primado de Pedro ante los principados de la
cristiandad. "Tenía el don de la elocuencia, y esta vez se elevó a la
altura de la situación. Quiso la Providencia que ante el tribunal más
augusto Roma fuese defendida por el más hábil de sus oradores, antes de ser
condenada."—Wylie, lib. 6, cap. 4. Los que amparaban la
causa de Lutero preveían de antemano, no sin recelo, el efecto que
produciría el discurso del legado. El elector de Sajonia no se hallaba
presente, pero por indicación suya habían concurrido algunos de sus
cancilleres para tomar nota del discurso de Aleandro.
Con todo el poder de la instrucción y la elocuencia se
propuso Aleandro derrocar la verdad. Arrojó contra Lutero cargo sobre cargo
acusándole de ser enemigo de la iglesia y del estado, de vivos y muertos,
de clérigos y laicos, de concilios y cristianos en particular. "Hay—dijo—
en los errores de Lutero motivo para quemar a cien mil herejes."
En conclusión procuró vilipendiar a los adherentes de la
fe reformada, diciendo: "¿Qué son todos estos luteranos? Un puñado
de gramáticos insolentes, de sacerdotes enviciados, de frailes disolutos,
abogados ignorantes, nobles degradados y populacho pervertido y seducido.
¡Cuánto más numeroso, más hábil, más poderoso es el partido católico!
Un decreto unánime de esta ilustre asamblea iluminará a los sencillos,
advertirá a los incautos, decidirá a los que dudan, fortalecerá a los
débiles."—D’Aubigné, lib. 7, cap. 3.
Estas son las armas que en todo tiempo han esgrimido los
enemigos de la verdad. Estos son los mismos argumentos que presentan hoy los
que sostienen el error, para combatir a los que propagan las enseñanzas de la
Palabra de Dios. "Quiénes son estos predicadores de nuevas doctrinas?—exclaman
los que abogan por la religión popular.—Son indoctos, escasos en número, y
los más pobres de la sociedad. Y, con todo, pretenden tener la verdad y ser
el pueblo escogido de Dios. Son ignorantes que se han dejado engañar. ¡Cuán
superior es en número y en influencia nuestra iglesia! ¡Cuántos hombres
grandes e ilustrados hay entre nosotros! ¡Cuánto más grande es el
poder que está de nuestra parte!" Estos son los argumentos que más
sacan a relucir y que parecen tener influencia en el mundo, pero que no
son ahora de más peso que en los días del gran reformador.
La Reforma no terminó, como muchos lo creen, al
concluir la vida de Lutero. Tiene aún que seguir hasta el fin del mundo.
Lutero tuvo una gran obra que hacer—la de dar a conocer a otros la luz que
Dios hiciera brillar en su corazón; pero él no recibió toda la luz que iba
a ser dada al mundo. Desde aquel tiempo hasta hoy y sin interrupción,
nuevas luces han brillado sobre las Escrituras y nuevas verdades han sido
dadas a conocer.
Honda fue la impresión que produjo en la asamblea el
discurso del legado. No hubo ningún Lutero para refutar los cargos del
campeón papal con las verdades convincentes y sencillas de la Palabra de
Dios. Ningún esfuerzo se hizo para defender al reformador. Se manifestaba una
disposición general no sólo para condenarlo junto con las doctrinas que
enseñaba, sino para arrancar de raíz la herejía. Roma había disfrutado de
la oportunidad más favorable para defender su causa. Se había dicho todo
cuanto pudiera decirse para justificarla. Pero aquella victoria aparente no
fue sino la señal de la derrota. Desde aquel día el contraste entre la
verdad y el error iba a resaltar más y más, porque la lucha entre ambos
quedaba resueltamente empeñada. Nunca desde aquel momento iba a quedar Roma
tan segura como antes lo estuviera.
En tanto que la mayoría de los miembros de la dieta no
hubieran vacilado en entregar a Lutero a la venganza de Roma, no eran pocos
los que echaban de ver con dolor la corrupción que prevalecía en la iglesia,
y deseaban que se concluyera con los abusos que sufría el pueblo alemán como
consecuencia de la degradación e inmoralidad del clero. El legado había
presentado al gobierno del papa del modo más favorable. Pero entonces el
Señor movió a uno de los miembros de la dieta a que hiciese una verdadera
exposición de los efectos de la tiranía papal. Con noble firmeza el
duque Jorge de Sajonia se levantó ante aquella asamblea de príncipes y
expuso con aterradora exactitud los engaños y las abominaciones del papado y
sus fatales consecuencias. En conclusión añadió:
"He aquí indicados algunos de los abusos de que
acusan a Roma. Han echado a un lado la vergüenza, y no se aplican más que a
una cosa: ¡al dinero! ¡siempre más dinero! . . . de modo que los
predicadores que debieran enseñar la verdad, no predican sino la mentira; y
no solamente son tolerados, sino también recompensados, porque cuanto más
mientan, tanto más ganan. De esta fuente cenagosa es de donde dimanan todas
esas aguas corrompidas. El desarreglo conduce a la avaricia.... ¡Ah! es un
escándalo que da el clero, precipitando así tantas almas a una condenación
eterna. Se debe efectuar una reforma universal."—Id., cap. 4.
Lutero mismo no hubiera podido hablar con tanta maestría y
con tanta fuerza contra los abusos de Roma; y la circunstancia de ser el
orador un declarado enemigo del reformador daba más valor a sus palabras.
De haber estado abiertos los ojos de los circunstantes,
habrían visto allí a los ángeles de Dios arrojando rayos de luz para
disipar las tinieblas del error y abriendo las mentes y los corazones de
todos, para que recibiesen la verdad. Era el poder del Dios de verdad y de
sabiduría el que dominaba a los mismos adversarios de la Reforma y preparaba
así el camino para la gran obra que iba a realizarse. Martín Lutero no
estaba presente, pero la voz de Uno más grande que Lutero se había dejado
oír en la asamblea.
La dieta nombró una comisión encargada de sacar una lista
de todas las opresiones papales que agobiaban al pueblo alemán. Esta lista,
que contenía ciento una especificaciones, fue presentada al emperador,
acompañada de una solicitud en que se le pedía que tomase medidas
encaminadas a reprimir estos abusos. "¡Cuántas almas cristianas se
pierden!—decían los solicitantes—¡cuántas rapiñas! ¡cuántas
exacciones exorbitantes! ¡y de cuántos escándalos está rodeado el jefe de
la cristiandad! Es menester precaver la ruina y el vilipendio de nuestro
pueblo. Por esto unánimemente os suplicamos sumisos, pero con las más vivas
instancias, que ordenéis una reforma general, que la emprendáis, y la
acabéis."—Ibid.
El concilio pidió entonces que compareciese ante él el
reformador. A pesar de las intrigas, protestas y amenazas de Aleandro, el
emperador consintió al fin, y Lutero fue citado a comparecer ante la dieta.
Con la notificación se expidió también un salvoconducto que garantizaba al
reformador su regreso a un lugar seguro. Ambos documentos le fueron llevados
por un heraldo encargado de conducir a Lutero de Wittenberg a Worms.
Los amigos de Lutero estaban espantados y desesperados.
Sabedores del prejuicio y de la enemistad que contra él reinaban, pensaban
que ni aun el salvoconducto sería respetado, y le aconsejaban que no
expusiese su vida al peligro. Pero él replicó: "Los papistas . . . no
deseaban que yo fuese a Worms, pero sí, mi condenación y mi muerte. ¡No
importa! rogad, no por mí, sino por la Palabra de Dios.... Cristo me dará Su
Espíritu para vencer a estos ministros del error. Yo los desprecio durante mi
vida, y triunfaré de ellos con mi muerte. En Worms se agitan para hacer
que me retracte. He aquí cuál será mi retractación: Antes decía que el
papa era el vicario de Cristo; ahora digo que es el adversario del Señor, y
el apóstol del diablo."—Id., cap. 6.
Lutero no iba a emprender solo su peligroso viaje.
Además del mensajero imperial, se decidieron a acompañarle tres de sus más
fieles amigos. Melanchton deseaba ardientemente unirse con ellos. Su corazón
estaba unido con el de Lutero y se desvivía por seguirle, aun hasta la
prisión o la muerte. Pero sus ruegos fueron inútiles. Si sucumbía Lutero,
las esperanzas de la Reforma quedarían cifradas en los esfuerzos de su joven
colaborador. Al despedirse de él, díjole el reformador: "Si yo no
vuelvo, caro hermano, y mis enemigos me matan, no ceses de enseñar la verdad
y permanecer firme en ella.... Trabaja en mi lugar. Si tú vives, poco importa
que yo perezca."—Id., cap. 7. Los estudiantes y los vecinos que
se habían reunido para ver partir a Lutero estaban hondamente conmovidos. Una
multitud de personas cuyos corazones habían sido tocados por el Evangelio le
despidieron con llantos. Así salieron de Wittenberg el reformador y sus
acompañantes.
En el camino notaron que siniestros presentimientos
embargaban los corazones de cuantos hallaban al paso. En algunos puntos no les
mostraron atención alguna. En uno de ellos donde pernoctaron, un sacerdote
amigo manifestó sus temores al reformador, enseñándole el retrato de un
reformador italiano que había padecido el martirio. A la mañana siguiente
se supo que los escritos de Lutero habían sido condenados en Worms. Los
pregoneros del emperador publicaban su decreto y obligaban al pueblo a que
entregase a los magistrados las obras del reformador. El heraldo, temiendo
por la seguridad de Lutero en la dieta y creyendo que ya empezaba a cejar en
su propósito de acudir a la dieta, le preguntó si estaba aún resuelto a
seguir adelante. Lutero contestó: "¡Aunque se me ha puesto entredicho
en todas las ciudades, continuaré! "—Ibid .
En Erfurt, Lutero fue recibido con honra. Rodeado por
multitudes que le admiraban, cruzó aquellas mismas calles que antes
recorriera tan a menudo con su bolsa de limosnero. Visitó la celda de su
convento y meditó en las luchas mediante las cuales la luz que ahora inundaba
Alemania había penetrado en su alma. Deseaban oírle predicar. Esto le era
prohibido, pero el heraldo dio su consentimiento y el mismo que había sido
fraile sirviente del convento ocupó ahora el púlpito.
Habló a la vasta concurrencia de las palabras de Cristo:
"La paz sea con vosotros." "Los filósofos—dijo—doctores
y escritores han intentado demostrar cómo puede el hombre alcanzar la vida
eterna, y no lo han conseguido. Yo os lo explicaré ahora.... Dios resucitó a
un Hombre, a Jesucristo nuestro Señor, por quien anonada la muerte, destruye
el pecado y cierra las puertas del infierno. He aquí la obra de
salvación.... ¡Jesucristo venció! ¡he aquí la grata nueva! y somos
salvos por Su obra, y no por las nuestras.... Nuestro Señor Jesucristo dice:
‘¡La paz sea con vosotros! mirad mis manos;’ es decir: Mira, ¡oh hombre!
yo soy, yo solo soy quien he borrado tus pecados y te he rescatado. ¡Por esto
tienes ahora la paz! dice el Señor."
Y siguió explicando cómo la verdadera fe se manifiesta en
una vida santa: "Puesto que Dios nos ha salvado, obremos de un modo
digno de Su aprobación. ¿Eres rico? Sirvan tus bienes a los pobres. ¿Eres
pobre? Tu labor sirva a los ricos. Si tu trabajo no es útil más que para ti
mismo, el servicio que pretendes hacer a Dios no es más que mentira,"—Ibid.
El pueblo escuchaba embelesado. El pan de vida fue
repartido a aquellas almas hambrientas. Cristo fue ensalzado ante ellas por
encima de papas, legados, emperadores y reyes. No dijo Lutero una palabra
tocante a su peligrosa situación. No quería hacerse objeto de los
pensamientos y de las simpatías. En la contemplación de Cristo se perdía de
vista a sí mismo. Se ocultaba detrás del Hombre del Calvario y sólo
procuraba presentar a Jesús como Redentor de los pecadores.
El reformador prosiguió su viaje siendo agasajado en
todas partes y considerado con grande interés. Las gentes salían
presurosas a su encuentro, y algunos amigos le ponían en guardia contra el
propósito hostil que respecto de él acariciaban los romanistas. "Os
echarán en una hoguera—le decían,— y os reducirán a cenizas como lo
hicieron con Juan Hus." El contestaba: "Aun cuando encendiesen un
fuego que se extendiera desde Worms hasta Wittenberg, y se elevara hasta el
cielo, lo atravesaría en nombre del Señor; compareceré ante ellos, entraré
en la boca de ese Behemoth, romperé sus dientes, y confesaré a nuestro
Señor Jesucristo."—Ibid.
Al tener noticias de que se aproximaba a Worms, el pueblo
se conmovió. Sus amigos temblaron recelando por su seguridad; los enemigos
temblaron porque desconfiaban del éxito de su causa. Se hicieron los últimos
esfuerzos para disuadir a Lutero de entrar en la ciudad. Por instigación
de los papistas se le instó a hospedarse en el castillo de un caballero
amigo, en donde, se aseguraba, todas las dificultades podían arreglarse
pacíficamente. Sus amigos se esforzaron por despertar temores en él
describiéndole los peligros que le amenazaban. Todos sus esfuerzos
fracasaron. Lutero sin inmutarse, dijo: "Aunque haya tantos diablos en
Worms cuantas tejas hay en los techos entraré allí."—Ibid.
Cuando llegó a Worms una enorme muchedumbre se agolpó a
las puertas de la ciudad para darle la bienvenida. No se había reunido un
concurso tan grande para saludar la llegada del emperador mismo. La agitación
era intensa, y de en medio del gentío se elevó una voz quejumbrosa que
cantaba una endecha fúnebre, como tratando de avisar a Lutero de la suerte
que le estaba reservada. "Dios será mi defensa," dijo él al
apearse de su carruaje.
Los papistas no creían que Lutero se atrevería a
comparecer en Worms, y su llegada a la ciudad fue para ellos motivo de
profunda consternación. El emperador citó inmediatamente a sus consejeros
para acordar lo que debía hacerse. Uno de los obispos, fanático papista,
dijo: "Mucho tiempo hace que nos hemos consultado sobre este asunto.
Deshágase pronto de ese hombre vuestra majestad imperial. ¿No hizo quemar
Segismundo a Juan Hus? Nadie está obligado a conceder ni a respetar un
salvoconducto dado a un hereje." "No—dijo el emperador;—lo que
uno ha prometido es menester cumplirlo."—Id., cap. 8. Se convino
entonces en que el reformador sería oído.
Todos ansiaban ver a aquel hombre tan notable, y en inmenso
número se agolparon junto a la casa en donde se hospedaba. Hacía poco
que Lutero se había repuesto de la enfermedad que poco antes le aquejara;
estaba debilitado por el viaje que había durado dos semanas enteras; debía
prepararse para los animados acontecimientos del día siguiente y necesitaba
quietud y reposo. Era tan grande la curiosidad que tenían todos por verlo,
que no bien había descansado unas pocas horas cuando llegaron a la posada de
Lutero condes, barones, caballeros, hidalgos, eclesiásticos y ciudadanos que
ansiaban ser recibidos por él. Entre estos visitantes se contaban algunos de
aquellos nobles que con tanta bizarría pidieran al emperador que emprendiera
una reforma de los abusos de la iglesia, y que, decía Lutero, "habían
sido libertados por mi evangelio." —Martyn, pág. 393. Todos,
amigos como enemigos, venían a ver al monje indómito, que los recibía con
inalterable serenidad y a todos contestaba con saber y dignidad. Su porte era
distinguido y resuelto. Su rostro delicado y pálido dejaba ver huellas de
cansancio y enfermedad, a la vez que una mezcla de bondad y gozo. Sus
palabras, impregnadas de solemnidad y profundo fervor, le daban un poder que
sus mismos enemigos no podían resistir. Amigos y enemigos estaban
maravillados. Algunos estaban convencidos de que le asistía una fuerza
divina; otros decían de él lo que los fariseos decían de Cristo:
"Demonio tiene."
Al día siguiente de su llegada Lutero fue citado a
comparecer ante la dieta. Se nombró a un dignatario imperial para que lo
condujese a la sala de audiencias, a la que llegaron no sin dificultad.
Todas las calles estaban obstruidas por el gentío que se agolpaba en todas
partes, curioso de conocer al monje que se había atrevido a resistir la
autoridad del papa.
En el momento en que entraba en la presencia de sus jueces,
un viejo general, héroe de muchas batallas, le dijo en tono bondadoso:
"¡Frailecito! ¡frailecito! ¡haces frente a una empresa tan ardua, que
ni yo ni otros capitanes hemos visto jamás tal en nuestros más sangrientos
combates! Pero si tu causa es justa, y si estás convencido de ello, ¡avanza
en nombre de Dios, y nada temas! ¡Dios no te abandonará!"—D’Aubigné
lib. 7, cap. 8.
Abriéronse por fin ante él las puertas del concilio. El
emperador ocupaba el trono, rodeado de los más ilustres personajes del
imperio. Ningún hombre compareció jamás ante una asamblea tan imponente
como aquella ante la cual compareció Martín Lutero para dar cuenta de su fe.
"Esta comparecencia era ya un manifiesto triunfo conseguido sobre el
papismo. El papa había condenado a este hombre; y él se hallaba ante un
tribunal que se colocaba así sobre el papa. El papa le había puesto en
entredicho y expulsado de toda sociedad humana, y sin embargo se le había
convocado con términos honrosos, e introducido ante la más augusta asamblea
del universo. El papa le había impuesto silencio, él iba a hablar delante de
miles de oyentes reunidos de los países más remotos de la cristiandad. Una
revolución sin límites se había cumplido así por medio de Lutero. Roma
bajaba ya de su trono, y era la palabra de un fraile la que la hacía
descender."—Ibid.
Al verse ante tan augusta asamblea, el reformador de
humilde cuna pareció sentirse cohibido. Algunos de los príncipes, observando
su emoción, se acercaron a él y uno de ellos le dijo al oído: "No
temáis a aquellos que no pueden matar más que el cuerpo y que nada pueden
contra el alma." Otro añadió también: "Cuando os entregaren ante
los reyes y los gobernadores, no penséis cómo o qué habéis de hablar; el
Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros." Así fueron recordadas
las palabras de Cristo por los grandes de la tierra para fortalecer al siervo
fiel en la hora de la prueba.
Lutero fue conducido hasta un lugar situado frente al trono
del emperador. Un profundo silencio reinó en la numerosa asamblea. En seguida
un alto dignatario se puso en pie y señalando una colección de los escritos
de Lutero, exigió que el reformador contestase dos preguntas: Si reconocía
aquellas obras como suyas, y si estaba dispuesto a retractar el contenido de
ellas. Habiendo sido leídos los títulos de los libros, Lutero dijo que
sí los reconocía como suyos. "Tocante a la segunda pregunta"
añadió, "atendido que concierne a la fe y a la salvación de las almas,
en la que se halla interesada la Palabra de Dios, a saber el más grande y
precioso tesoro que existe en los cielos y en la tierra, obraría yo
imprudentemente si respondiera sin reflexión. Pudiera afirmar menos de lo que
se me pide, o más de lo que exige la verdad, y hacerme así culpable contra
esta palabra de Cristo: ‘Cualquiera que me negare delante de los hombres, le
negaré yo también delante de mi Padre que está en los cielos.’ [Mateo
10:33.] Por esta razón, suplico a su majestad imperial, con toda
sumisión, se digne concederme tiempo, para que pueda yo responder sin manchar
la Palabra de Dios."—Ibid.
Lutero obró discretamente al hacer esta súplica.
Sus palabras convencieron a la asamblea de que él no hablaba movido por
pasión ni arrebato. Esta reserva, esta calma tan sorprendente en semejante
hombre, acreció su fuerza, y le preparó para contestar más tarde con una
sabiduría, una firmeza y una dignidad que iban a frustrar las esperanzas de
sus adversarios y confundir su malicia y su orgullo.
Al día siguiente debía comparecer de nuevo para dar su
respuesta final. Por unos momentos, al verse frente a tantas fuerzas que
hacían causa común contra la verdad, sintió desmayar su corazón. Flaqueaba
su fe; sintióse presa del temor y horror. Los peligros se multiplicaban ante
su vista y parecía que sus enemigos estaban cercanos al triunfo, y que las
potestades de las tinieblas iban a prevalecer. Las nubes se amontonaban sobre
su cabeza y le ocultaban la faz de Dios. Deseaba con ansia estar seguro de que
el Señor de los ejércitos le ayudaría. Con el ánimo angustiado se
postró en el suelo, y con gritos entrecortados que sólo Dios podía
comprender, exclamó:
"¡Dios todopoderoso! ¡Dios eterno! ¡cuán terrible
es el mundo! ¡cómo abre la boca para tragarme! ¡y qué débil es la
confianza que tengo en Ti! . . . Si debo confiar en lo que es poderoso según
el mundo, ¡estoy perdido! ¡Está tomada la última resolución, y está
pronunciada la sentencia! . . . ¡Oh Dios mío! ¡Asísteme contra toda la
sabiduría del mundo! Hazlo ... Tú solo ... porque no es obra mía sino Tuya.
¡Nada tengo que hacer aquí, nada tengo que combatir contra estos grandes del
mundo! . . . ¡Mas es Tuya la causa, y ella es justa y eterna! ¡Oh Señor!
¡sé mi ayuda! ¡Dios fiel, Dios inmutable! ¡No confío en ningún hombre,
pues sería en vano! por cuanto todo lo que procede del hombre fallece.... Me
elegiste para esta empresa.... Permanece a mi lado en nombre de Tu Hijo muy
amado, Jesucristo, el cual es mi defensa, mi escudo y mi fortaleza."—Ibid.
Una sabia providencia permitió a Lutero apreciar
debidamente el peligro que le amenazaba, para que no confiase en su propia
fuerza y se arrojase al peligro con temeridad y presunción. Sin embargo
no era el temor del dolor corporal, ni de las terribles torturas que le
amenazaban, ni la misma muerte que parecía tan cercana, lo que le abrumaba y
le llenaba de terror. Había llegado al momento crítico y no se sentía capaz
de hacerle frente. Temía que por su debilidad la causa de la verdad se
malograra. No suplicaba a Dios por su propia seguridad, sino por el triunfo
del Evangelio. La angustia que sintiera Israel en aquella lucha nocturna
que sostuviera a orillas del arroyo solitario, era la que él sentía en su
alma. Y lo mismo que Israel, Lutero prevaleció con Dios. En su desamparo su
fe se cifró en Cristo el poderoso libertador. Sintióse fortalecido con la
plena seguridad de que no comparecería solo ante el concilio. La paz
volvió a su alma e inundóse de gozo su corazón al pensar que iba a ensalzar
a Cristo ante los gobernantes de la nación.
Con el ánimo puesto en Dios se preparó Lutero para la
lucha que le aguardaba. Meditó un plan de defensa, examinó pasajes de
sus propios escritos y sacó pruebas de las Santas Escrituras para sustentar
sus proposiciones. Luego, colocando la mano izquierda sobre la Biblia que
estaba abierta delante de él, alzó la diestra hacia el cielo y juró
"permanecer fiel al Evangelio, y confesar libremente su fe, aunque
tuviese que sellar su confesión con su sangre."—Ibid.
Cuando fue llevado nuevamente ante la dieta, no revelaba su
semblante sombra alguna de temor ni de cortedad. Sereno y manso, a la vez que
valiente y digno, presentóse como testigo de Dios entre los poderosos de la
tierra. El canciller le exigió que dijese si se retractaba de sus doctrinas.
Lutero respondió del modo más sumiso y humilde, sin violencia ni
apasionamiento. Su porte era correcto y respetuoso si bien revelaba en sus
modales una confianza y un gozo que llenaban de sorpresa a la asamblea.
"¡Serenísimo emperador!. ¡ilustres príncipes,
benignísimos señores!" dijo Lutero. "Comparezco humildemente hoy
ante vosotros, según la orden que se me comunicó ayer, suplicando por la
misericordia de Dios, a vuestra majestad y a vuestras augustas altezas, se
dignen escuchar bondadosamente la defensa de una causa acerca de la cual tengo
la convicción que es justa y verdadera. Si falto por ignorancia a los usos y
conveniencias de las cortes, perdonádmelo; pues no he sido educado en los
palacios de los reyes, sino en la obscuridad del claustro."—Ibid.
Entrando luego en el asunto pendiente, hizo constar que sus
escritos no eran todos del mismo carácter. En algunos había tratado de la fe
y de las buenas obras y aun sus enemigos los declaraban no sólo inofensivos,
sino hasta provechosos. Retractarse de ellos, dijo, sería condenar verdades
que todo el mundo se gozaba en confesar. En otros escritos exponía los abusos
y la corrupción del papado. Revocar lo que había dicho sobre el particular
equivaldría a infundir nuevas fuerzas a la tiranía de Roma y a abrir a tan
grandes impiedades una puerta aun más ancha. Finalmente había una tercera
categoría de escritos en que atacaba a simples particulares que querían
defender los males reinantes. En cuanto a esto confesó francamente que los
había atacado con más acritud de lo debido. No se declaró inocente, pero
tampoco podía retractar dichos libros, sin envalentonar a los enemigos de la
verdad, dándoles ocasión para despedazar con mayor crueldad al pueblo de
Dios.
"Sin embargo—añadió,—soy un simple hombre, y no
Dios; por consiguiente me defenderé como lo hizo Jesucristo al decir: ‘Si
he hablado mal, dadme testimonio del mal.’. . . Os conjuro por el Dios de
las misericordias, a vos, serenísimo emperador y a vosotros, ilustres
príncipes, y a todos los demás, de alta o baja graduación, a que me
probéis, por los escritos de los profetas y de los apóstoles, que he errado.
Así que me hayáis convencido, retractaré todos mis errores y seré el
primero en echar mano de mis escritos para arrojarlos a las llamas.
"Lo que acabo de decir muestra claramente que he
considerado y pesado bien los peligros a que me expongo; pero lejos de
acobardarme, es para mí motivo de gozo ver que el Evangelio es hoy día lo
que antes, una causa de disturbio y de discordia. Este es el carácter y el
destino de la Palabra de Dios. ‘No vine a traeros paz, sino guerra,’ dijo
Jesucristo. Dios es admirable y terrible en Sus juicios; temamos que al
pretender reprimir las discordias, persigamos la Palabra de Dios, y hagamos
caer sobre nosotros un diluvio de irresistibles peligros, desastres presentes
y desolaciones eternas.... Yo pudiera citar ejemplos sacados de la Sagrada
Escritura, y hablaros de Faraón, de los reyes de Babilonia y de los de
Israel, quienes jamás obraron con más eficacia para su ruina, que cuando por
consejos en apariencia muy sabios, pensaban consolidar su imperio. Dios ‘remueve
las montañas y las derriba antes que lo perciban.’ "—Ibid.
Lutero había hablado en alemán; se le pidió que
repitiera su discurso en latín. Y aunque rendido por el primer esfuerzo, hizo
lo que se le pedía y repitió su discurso en latín, con la misma energía y
claridad que la primera vez. La providencia de Dios dirigió este asunto.
La mente de muchos de los príncipes estaba tan cegada por el error y la
superstición que la primera vez no apreciaron la fuerza de los argumentos de
Lutero; pero al repetirlos el orador pudieron darse mejor cuenta de los puntos
desarrollados por él.
Aquellos que cerraban obstinadamente los ojos para no ver
la luz, resueltos ya a no aceptar la verdad, se llenaron de ira al oír las
poderosas palabras de Lutero. Tan luego como hubo dejado de hablar, el que
tenía que contestar en nombre de la dieta le dijo con indignación: "No
has respondido a la pregunta que se te ha hecho.... Se exige de ti una
respuesta clara y precisa. ¿Quieres retractarte, sí o no?"
El reformador contestó: "Ya que su serenísima
majestad y sus altezas exigen de mí una respuesta sencilla, clara y precisa,
voy a darla, y es ésta: Yo no puedo someter mi fe ni al papa ni a los
concilios, porque es tan claro como la luz del día que ellos han caído
muchas veces en el error así como en muchas contradicciones consigo mismos.
Por lo cual, si no se me convence con testimonios bíblicos, o con razones
evidentes, y si no se me persuade con los mismos textos que yo he citado, y si
no sujetan mi conciencia a la Palabra de Dios, yo no puedo ni quiero
retractar nada, por no ser digno de un cristiano hablar contra su
conciencia. Heme aquí; no me es dable hacerlo de otro modo. ¡Que Dios me
ayude! ¡Amén!"—Ibid.
Así se mantuvo este hombre recto en el firme fundamento de
la Palabra de Dios. La luz del cielo iluminaba su rostro. La grandeza y
pureza de su carácter, el gozo y la paz de su corazón eran manifiestos a
todos los que le oían dar su testimonio contra el error, y veían en él esa
fe que vence al mundo.
La asamblea entera quedó un rato muda de asombro. La
primera vez había hablado Lutero en tono respetuoso y bajo, en actitud casi
sumisa. Los romanistas habían interpretado todo esto como prueba evidente de
que el valor empezaba a faltarle. Se habían figurado que la solicitud de un
plazo para dar su contestación equivalía al preludio de su retractación.
Carlos mismo, al notar no sin desprecio el hábito raído del fraile, su
actitud tan llana, la sencillez de su oración, había exclamado: "Por
cierto no será este monje el que me convierta en hereje." Empero el
valor y la energía que esta vez desplegara, así como la fuerza y la claridad
de sus argumentaciones, los dejaron a todos sorprendidos. El emperador,
lleno de admiración, exclamó entonces: "El fraile habla con un corazón
intrépido y con inmutable valor." Muchos de los príncipes alemanes
veían con orgullo y satisfacción a este representante de su raza.
Los partidarios de Roma estaban derrotados; su causa
ofrecía un aspecto muy desfavorable. Procuraron conservar su poderío, no por
medio de las Escrituras, sino apelando a las amenazas, como lo hace siempre
Roma en semejantes casos. El orador de la dieta dijo: "Si no te
retractas, el emperador y los estados del imperio verán lo que debe hacerse
con un hereje obstinado."
Los amigos de Lutero, que habían oído su noble defensa,
poseídos de sincero regocijo, temblaron al oír las palabras del orador
oficial; pero el doctor mismo, con toda calma, repuso: "¡Dios me ayude!
porque de nada puedo retractarme."—Ibid.
Se indicó a Lutero que se retirase mientras los príncipes
deliberaban. Todos se daban cuenta de que era un momento de gran crisis.
La persistente negativa de Lutero a someterse podía afectar la historia de la
iglesia por muchos siglos. Se acordó darle otra oportunidad para retractarse.
Por última vez le hicieron entrar de nuevo en la sala. Se le volvió a
preguntar si renunciaba a sus doctrinas. Contestó: "No tengo otra
respuesta que dar, que la que he dado." Era ya bien claro y evidente que
no podrían inducirle a ceder, ni de grado ni por fuerza, a las exigencias de
Roma.
Los caudillos papales estaban acongojados porque su poder,
que había hecho temblar a los reyes y a los nobles, era así despreciado por
un pobre monje, y se propusieron hacerle sentir su ira, entregándole al
tormento. Pero, reconociendo Lutero el peligro que corría, había hablado
a todos con dignidad y serenidad cristiana. Sus palabras habían estado
exentas de orgullo, pasión o falsedad. Se había perdido de vista a sí mismo
y a los grandes hombres que le rodeaban, y sólo sintió que se hallaba en
presencia de Uno que era infinitamente superior a los papas, a los prelados, a
los reyes y a los emperadores. Cristo mismo había hablado por medio del
testimonio de Lutero con tal poder y grandeza, que tanto en los amigos como en
los adversarios despertó pavor y asombro. El Espíritu de Dios había estado
presente en aquel concilio impresionando vivamente los corazones de los jefes
del imperio. Varios príncipes reconocieron sin embozo la justicia de la
causa del reformador. Muchos se convencieron de la verdad; pero en algunos
la impresión no fue duradera. Otros aún hubo que en aquel momento no
manifestaron sus convicciones, pero que, habiendo estudiado las Escrituras
después, llegaron a ser intrépidos sostenedores de la Reforma.
El elector Federico había aguardado con ansiedad la
comparecencia de Lutero ante la dieta y escuchó su discurso con profunda
emoción. Experimentó regocijo y orgullo al presenciar el valor del
fraile, su firmeza y el modo en que se mostraba dueño de sí mismo, y
resolvió defenderle con mayor firmeza que antes. Comparó entre sí a ambas
partes contendientes, y vio que la sabiduría de los papas, de los reyes y de
los prelados había sido anulada por el poder de la verdad. El papado había
sufrido una derrota que iba a dejarse sentir en todas las naciones a través
de los siglos.
Al notar el legado el efecto que produjeran las palabras
de Lutero, temió, como nunca había temido, por la seguridad del poder papal,
y resolvió echar mano de todos los medios que estuviesen a su alcance para
acabar con el reformador. Con toda la elocuencia y la habilidad
diplomática que le distinguían en gran manera, le pintó al joven emperador
la insensatez y el peligro que representaba el sacrificar, en favor de un
insignificante fraile, la amistad y el apoyo de la poderosa sede de Roma.
Sus palabras no fueron inútiles. El día después de la
respuesta de Lutero, Carlos mandó a la dieta un mensaje en que manifestaba su
determinación de seguir la política de sus antecesores de sostener y
proteger la religión romana. Ya que Lutero se negaba a renunciar a sus
errores, se tomarían las medidas más enérgicas contra él y contra las
herejías que enseñaba. "Un solo fraile, extraviado por su propia
locura, se levanta contra la fe de la cristiandad. Sacrificaré mis reinos mi
poder, mis amigos, mis tesoros, mi cuerpo, mi sangre, mi espíritu y mi vida
para contener esta impiedad. Voy a despedir al agustino Lutero,
prohibiéndole causar el más leve tumulto entre el pueblo; en seguida
procederé contra él y sus secuaces, como contra herejes declarados, por
medio de la excomunión de la suspensión y por todos los medios convenientes
para destruirlos. Pido a los miembros de los estados que se conduzcan como
fieles cristianos."—Id., cap. 9. No obstante el emperador
declaró que el salvoconducto de Lutero debía ser respetado y que antes de
que se pudiese proceder contra él, debía dejársele llegar a su casa sano y
salvo.
Dos opiniones encontradas fueron entonces propuestas por
los miembros de la dieta. Los emisarios y representantes del papa solicitaron
que el salvoconducto del reformador fuera violado. "El Rin—decían—debe
recibir sus cenizas, como recibió hace un siglo las de Juan Hus."—Ibid.
Pero los príncipes alemanes, si bien papistas y enemigos jurados de Lutero,
se opusieron a que se violara así la fe pública, alegando que aquello sería
un baldón en el honor de la nación. Recordaron las calamidades que habían
sobrevenido por la muerte de Juan Hus y declararon que ellos no se atrevían a
acarrearlas a Alemania ni a su joven emperador.
Carlos mismo dijo, en respuesta a la vil propuesta:
"Aun cuando la buena fe y la fidelidad fuesen desterradas del universo,
deberían hallar refugio en el corazón de los príncipes."—Ibid.
Pero los enemigos más encarnizados de Lutero siguieron hostigando al monarca
para que hiciera con el reformador lo que Segismundo hiciera con Hus:
abandonarle a la misericordia de la iglesia; pero Carlos V evocó la escena en
que Hus, señalando las cadenas que le aherrojaban, le recordó al monarca su
palabra que había sido quebrantada, y contestó: "Yo no quiero
sonrojarme como Segismundo."—Lenfant, tomo 1, pág. 422.
Carlos empero había rechazado deliberadamente las verdades
expuestas por Lutero. El emperador había declarado: "Estoy firmemente
resuelto a seguir el ejemplo de mis antepasados." —D’Aubigné,
lib. 7, cap. 9. Estaba decidido a no salirse del sendero de la costumbre,
ni siquiera para ir por el camino de la verdad y de la rectitud. Por la razón
de que sus padres lo habían sostenido, él también sostendría al papado y
toda su crueldad y corrupción. De modo que se dispuso a no aceptar más luz
que la que habían recibido sus padres y a no hacer cosa que ellos no hubiesen
hecho.
Son muchos los que en la actualidad se aferran a las
costumbres y tradiciones de sus padres. Cuando el Señor les envía alguna
nueva luz se niegan a aceptarla porque sus padres, no habiéndola
conocido, no la recibieron. No estamos en la misma situación que nuestros
padres, y por consiguiente nuestros deberes y responsabilidades no son los
mismos tampoco. No nos aprobará Dios si miramos el ejemplo de nuestros
padres para determinar lo que es nuestro deber, en vez de escudriñar la
Biblia por nosotros mismos. Nuestra responsabilidad es más grande que la de
nuestros antepasados. Somos deudores por la luz que recibieron ellos y que nos
entregaron como herencia, y deudores por la mayor luz que nos alumbra hoy
procedente de la Palabra de Dios.
Cristo dijo a los incrédulos judíos: "Si yo no
hubiera venido y les hubiera hablado, no hubieran tenido pecado; mas ahora no
tienen excusa por su pecado." Juan 15:22. El mismo poder divino habló
por boca de Lutero al emperador y a los príncipes de Alemania. Y mientras la
luz resplandecía procedente de la Palabra de Dios, su Espíritu alegó por
última vez con muchos de los que se hallaban en aquella asamblea. Así como
Pilato, siglos antes, permitiera que el orgullo y la popularidad le cerraran
el corazón para que no recibiera al Redentor del mundo; y así como el
cobarde Félix rechazara el mensaje de verdad, diciendo: "Ahora vete; mas
en teniendo oportunidad te llamaré," y así como el orgulloso Agripa
confesara: "Por poco me persuades a ser Cristiano" Hechos 24:25;
26:28, pero rechazó el mensaje que le era enviado del cielo, así también
Carlos V, cediendo a las instancias del orgullo y de la política del mundo,
decidió rechazar la luz de la verdad.
Corrían por todas partes muchos rumores de los proyectos
hostiles a Lutero y despertaban gran agitación en la ciudad. Lutero se
había conquistado muchos amigos que, conociendo la traidora crueldad de Roma
para con los que se atrevían a sacar a luz sus corrupciones, resolvieron
evitar a todo trance que él fuese sacrificado. Centenares de nobles se
comprometieron a protegerle. No pocos denunciaban públicamente el mensaje
imperial como prueba evidente de humillante sumisión al poder de Roma. Se
fijaron pasquines en las puertas de las casas y en las plazas públicas, unos
contra Lutero y otros en su favor. En uno de ellos se leían sencillamente
estas enérgicas palabras del sabio: "¡Ay de ti, oh tierra, cuyo rey es
un niño!" Eclesiastés 10:16. El entusiasmo que el pueblo manifestaba
en favor de Lutero en todas partes del imperio, dio a conocer a Carlos y a la
dieta que si se cometía una injusticia contra él bien podrían quedar
comprometidas la paz del imperio y la estabilidad del trono.
Federico de Sajonia observó una bien estudiada reserva,
ocultando cuidadosamente sus verdaderos sentimientos para con el reformador, y
al mismo tiempo lo custodiaba con incansable vigilancia, observando todos
sus movimientos y los de sus adversarios. Pero había muchos que no se
cuidaban de ocultar su simpatía hacia Lutero. Era éste visitado por
príncipes, condes, barones y otras personas de distinción, clérigos y
laicos. "El pequeño cuarto del doctor— escribía Spalatino— no
podía contener a todos los que acudían a verle."—Martyn, tomo 1,
pág. 404. El pueblo le miraba como si fuese algo más que humano. Y aun
los que no creían en sus enseñanzas, no podían menos que admirar en él la
sublime integridad que le hacía desafiar la muerte antes que violar los
dictados de su conciencia.
Se hicieron esfuerzos supremos para conseguir que Lutero
consintiera en transigir con Roma. Príncipes y nobles le manifestaron que
si persistía en sostener sus opiniones contra la iglesia y los concilios,
pronto se le desterraría del imperio y entonces nadie le defendería. A esto
respondió el reformador: "El Evangelio de Cristo no puede ser predicado
sin escándalo. . . . ¿Cómo es posible que el temor o aprensión de los
peligros me desprenda del Señor y de Su Palabra divina, que es la única
verdad? ¡No; antes daré mi cuerpo, mi sangre y mi vida!"—D’Aubigné,
lib. 7, cap. 10.
Se le instó nuevamente a someterse al juicio del
emperador, pues entonces no tendría nada que temer. "Consiento de
veras —dijo—en que el emperador, los príncipes y aun los más humildes
cristianos, examinen y juzguen mis libros; pero bajo la condición de que
tomarán por norma la Sagrada Escritura. Los hombres no tienen más que
someterse a ella. Mi conciencia depende de ella, y soy esclavo de su
observancia."—Ibid.
En respuesta a otra instancia, dijo: "Consiento en
renunciar al salvoconducto. Abandono mi persona y mi vida entre las manos del
emperador, pero la Palabra de Dios, ¡nunca!"— Ibid. Expresó que
estaba dispuesto a someterse al fallo de un concilio general, pero con la
condición expresa de que el concilio juzgara según las Escrituras. "En
lo que se refiere a la Palabra de Dios y a la fe—añadió—cada cristiano
es tan buen juez como el mismo papa secundado por un millón de
concilios."—Martyn, tomo 1 pág. 410. Finalmente los amigos y
los enemigos de Lutero se convencieron de que todo esfuerzo encaminado
a una reconciliación sería inútil.
Si el reformador hubiera cedido en un solo punto, Satanás
y sus ejércitos habrían ganado la victoria. Pero la inquebrantable
firmeza de él fue el medio de emancipar a la iglesia y de iniciar una era
nueva y mejor. La influencia de este solo hombre que se atrevió a pensar y
a obrar por sí mismo en materia de religión, iba a afectar a la iglesia y al
mundo, no sólo en aquellos días sino en todas las generaciones futuras. Su
fidelidad y su firmeza fortalecerían la resolución de todos aquellos que, a
través de los tiempos, pasaran por experiencia semejante. El poder y la
majestad de Dios prevalecieron sobre los consejos de los hombres y sobre el
gran poder de Satanás.
Pronto recibió Lutero orden del emperador de volver al
lugar de su residencia, y comprendió que aquello era un síntoma precursor de
su condenación. Nubes amenazantes se cernían sobre su camino, pero, al
salir de Worms, su corazón rebosaba de alegría y de alabanza. "El mismo
diablo—dijo él —custodiaba la ciudadela del papa; mas Cristo abrió en
ella una ancha brecha y Satanás vencido se vio precisado a confesar que el
Señor es más poderoso que él."—D’Aubigné, lib. 7, cap. 11.
Después de su partida, deseoso aún de manifestar que su
firmeza no había que tomarla por rebelión, escribió Lutero al emperador,
diciendo entre otras cosas: "Dios, que es el que lee en el interior de
los corazones, me es testigo de que estoy pronto a obedecer con diligencia a
vuestra majestad, así en lo próspero como en lo adverso; ya por la vida, ya
por la muerte; exceptuando sólo la Palabra de Dios por la que el hombre
existe. En todas las cosas relativas al tiempo presente, mi fidelidad será
perenne, puesto que en la tierra ganar o perder son cosas indiferentes a la
salvación. Pero Dios prohíbe que en las cosas concernientes a los bienes
eternos, el hombre se someta al hombre. En el mundo espiritual la sumisión es
un culto verdadero que no debe rendirse sino al Creador."—Ibid.
En su viaje de regreso fue recibido en los pueblos del
tránsito con más agasajos que los que se le tributaran al ir a Worms.
Príncipes de la iglesia daban la bienvenida al excomulgado monje, y
gobernantes civiles tributaban honores al hombre a quien el monarca había
despreciado. Se le instó a que predicase, y a despecho de la prohibición
imperial volvió a ocupar el púlpito. Dijo: "Nunca me comprometí a
encadenar la Palabra de Dios, y nunca lo haré."—Martyn, tomo 1,
pág. 420.
No hacía mucho que el reformador dejara a Worms cuando los
papistas consiguieron que el emperador expidiera contra él un edicto en
el cual se le denunciaba como "el mismo Satanás bajo la figura humana y
envuelto con hábito de fraile."— D’Aubigné, lib. 7, cap. 11. Se
ordenaba que tan pronto como dejara de ser valedero su salvoconducto, se
tomaran medidas para detener su obra. Se prohibía guarecerle, suministrarle
alimento, bebida o socorro alguno, con obras o palabras, en público o en
privado. Debía apresársele en cualquier parte donde se le hallara y
entregársele a las autoridades. Sus adeptos debían ser encarcelados también
y sus bienes confiscados. Los escritos todos de Lutero debían ser destruídos
y, finalmente, cualquiera que osara obrar en contradicción con el decreto
quedaba incluido en las condenaciones del mismo. El elector de Sajonia y
los príncipes más adictos a Lutero habían salido ya de Worms, y el decreto
del emperador recibió la sanción de la dieta. Los romanistas no cabían
de gozo. Consideraban que la suerte de la Reforma estaba ya sellada.
Pero Dios había provisto un medio de escape para su
siervo en aquella hora de peligro. Un ojo vigilante había seguido los
movimientos de Lutero y un corazón sincero y noble se había resuelto a
ponerle a salvo. Fácil era echar de ver que Roma no había de quedar
satisfecha sino con la muerte del reformador y sólo ocultándose podía éste
burlar las garras del león. Dios dio sabiduría a Federico de Sajonia para
idear un plan que salvara la vida de Lutero. Ayudado por varios amigos
verdaderos se llevó a cabo el propósito del elector, y Lutero fue
efectivamente sustraído a la vista de amigos y enemigos. Mientras
regresaba a su residencia, se vio rodeado de repente, separado de sus
acompañantes y llevado por fuerza a través de los bosques al castillo de
Wartburg, fortaleza que se alzaba sobre una montaña aislada. Tanto su
secuestro como su escondite fueron rodeados de tanto misterio, que Federico
mismo por mucho tiempo no supo dónde se hallaba el reformador. Esta
ignorancia tenía un propósito, pues mientras el elector no conociera el
paradero del reformador, no podía revelar nada. Se aseguró de que Lutero
estuviera protegido, y esto le bastaba.
Pasaron así la primavera, el verano y el otoño, y llegó
el invierno, y Lutero seguía aún secuestrado. Ya exultaban Aleandro y sus
partidarios al considerar casi apagada la luz del Evangelio. Pero, en vez
de ser esto así, el reformador estaba llenando su lámpara en los almacenes
de la verdad y su luz iba a brillar con deslumbrantes fulgores.
En la amigable seguridad que disfrutaba en la Wartburg
congratulábase Lutero por haber sido sustraído por algún tiempo al calor y
al alboroto del combate. Pero no podía encontrar satisfacción en prolongado
descanso. Acostumbrado a la vida activa y al rudo combate, no podía quedar
mucho tiempo ocioso. En aquellos días de soledad, tenía siempre presente la
situación de la iglesia, y exclamaba desesperado: "¡Ay! ¡y que no haya
nadie en este último día de su ira, que quede en pie delante del Señor como
un muro, para salvar a Israel!"—Id., lib. 9, cap. 2. También
pensaba en sí mismo y tenía miedo de ser tachado de cobardía por haber
huido de la lucha. Se reprochaba su indolencia y la indulgencia con que se
trataba a sí mismo. Y no obstante esto, estaba haciendo diariamente más
de lo que hubiera podido hacer un hombre solo. Su pluma no permanecía nunca
ociosa. En el momento en que sus enemigos se lisonjeaban de haberle
acallado, los asombraron y confundieron las pruebas tangibles de su actividad.
Un sinnúmero de tratados, provenientes de su pluma, circulaban por toda
Alemania. También prestó entonces valioso servicio a sus compatriotas al
traducir al alemán el Nuevo Testamento. Desde su Patmos perdido entre riscos
siguió casi un año proclamando el Evangelio y censurando los pecados y los
errores de su tiempo.
Pero no fue únicamente para preservar a Lutero de la ira
de sus enemigos, ni para darle un tiempo de descanso en el que pudiese hacer
estos importantes trabajos, para lo que Dios separó a Su siervo del escenario
de la vida pública. Había otros resultados más preciosos que alcanzar. En
el descanso y en la obscuridad de su montaña solitaria, quedó Lutero sin
auxilio humano y fuera del alcance de las alabanzas y de la admiración de los
hombres. Así fue salvado del orgullo y de la confianza en sí mismo, que a
menudo son frutos del éxito. Por medio del sufrimiento y de la
humillación fue preparado para andar con firmeza en las vertiginosas alturas
adonde había sido llevado de repente.
A la vez que los hombres se regocijan en la libertad que
les da el conocimiento de la verdad, se sienten inclinados a ensalzar a
aquellos de quienes Dios se ha valido para romper las cadenas de la
superstición y del error. Satanás procura distraer de Dios los pensamientos
y los afectos de los hombres y hacer que se fijen en los agentes humanos;
induce a los hombres a dar honra al mero instrumento, ocultándole la Mano que
dirige todos los sucesos de la providencia. Con demasiada frecuencia
acontece que los maestros religiosos así alabados y reverenciados, pierden de
vista su dependencia de Dios y sin sentirlo empiezan a confiar en sí mismos.
Resulta entonces que quieren gobernar el espíritu y la conciencia del pueblo,
el cual está dispuesto a considerarlos como guías en vez de mirar a la
Palabra de Dios. La obra de reforma ve así frenada su marcha por el
espíritu que domina a los que la sostienen. Dios quiso evitar este peligro a
la Reforma. Quiso que esa obra recibiese, no la marca de los hombres, sino la
impresión de Dios. Los ojos de los hombres estaban fijos en Lutero como en el
expositor de la verdad; pero él fue arrebatado de en medio de ellos para que
todas las miradas se dirigieran al eterno Autor de la verdad.
LA IMPORTANCIA DE LA ORACION
"Orad sin cesar." 1 Tesalonicenses 5:17
"Mi Dios, pues, suplirá toda necesidad vuestra,
conforme a su gloriosa riqueza en Cristo Jesús." Filipenses 4:19
"Pedid, y os darán; buscad, y hallaréis; llamad, y
os abrirán. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que
llama, le abren." Mateo 7:7-8
"Sin fe es imposible agradar a Dios, porque el que se
acerca a Dios, necesita creer que existe, y que recompensa a quien lo
busca." Hebreos 11:6
"El que no eximió ni aun a su propio Hijo, sino que
lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él
gratuitamente, todas las cosas?" Romanos 8:32
"Si alguno necesita sabiduría, pídala a Dios, quien
da a todos generosamente, y sin reprochar." Y le será dada. Santiago
1:5
"Pero pida con fe, sin dudar; porque el que duda es
semejante a la ola del mar," Santiago 1:6
"El que aparta su oído para no oír la Ley, hasta su
oración es abominable." Proverbios 28:9
"Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a
los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que
maltratan y persiguen." Mateo 5:44
"Y cuando estéis orando, si tenéis algo contra
alguien, perdonadlo, para que vuestro Padre que está en los cielos, perdone
también vuestras ofensas." Marcos 11:25
"Mas el fin de todas las cosas se acerca: sed pues
templados, y velad en oración." 1 Pedro 4:7
"Mas los que esperan á Jehová tendrán nuevas
fuerzas; levantarán las alas como águilas, correrán, y no se cansarán,
caminarán, y no se fatigarán." Isaías 40:31.
"Velad pues, orando en todo tiempo, que seáis tenidos
por dignos de evitar todas estas cosas que han de venir, y de estar en pie
delante del Hijo del hombre." Lucas 21:36