

9. El Gozo de la
Colaboración
Dios es la fuente de vida, luz y gozo para el universo. Como
los rayos de la luz del sol, como las corrientes de agua que brotan de un
manantial vivo, las bendiciones descienden de él a todas sus criaturas. Y
dondequiera que la Vida de Dios esté en el corazón de los hombres, inundará a
otros de amor y bendición.
El gozo de nuestro Salvador se cifraba en levantar y redimir
a los hombres caídos. Para lograr este fin no consideró su vida como cosa
preciosa, mas sufrió la cruz menospreciando la ignominia. Así los ángeles
están siempre empeñados en trabajar por la felicidad de otros. Este es su
gozo. Lo que los corazones egoístas considerarían un servicio degradante,
servir a los que son infelices, y bajo todo aspecto inferiores a ellos en
carácter y jerarquía, es la obra de los ángeles exentos de pecado. El
espíritu de amor y abnegación de Cristo es el espíritu que llena los cielos y
es la misma esencia de su gloria. Este es el espíritu que poseerán los
discípulos de Cristo, la obra que harán.
Cuando el amor de Cristo está guardado en el corazón, como
dulce fragancia no puede ocultarse. Su santa influencia será percibida por
todos aquellos con quienes nos relacionemos. El espíritu de Cristo en el
corazón es como un manantial en un desierto, que se derrama para refrescarlo
todo y despertar, en los que ya están por perecer, ansias de beber del agua de
la vida.
El amor a Jesús se manifestará por el deseo de trabajar,
como él trabajó, por la felicidad y elevación de la humanidad. Nos inspirará
amor, ternura y simpatía por todas las criaturas que gozan del cuidado de
nuestro Padre celestial.
La vida terrenal del Salvador no fue una vida de comodidad y
devoción a sí mismo, sino que trabajó con un esfuerzo persistente, ardiente,
infatigable por la salvación de la perdida humanidad. Desde el pesebre hasta el
Calvario, siguió la senda de la abnegación y no procuró estar libre de tareas
arduas, duros viajes y penosísimo cuidado y trabajo. Dijo: "El Hijo del
hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate
por muchos." (San Mateo 20: 28). Tal fue el gran objeto de su vida.
Todo lo demás fue secundario y accesorio. Fue su comida y bebida hacer la
voluntad de Dios y acabar su obra. No había amor propio ni egoísmo en su
trabajo.
Así también los que son participantes de la gracia de
Cristo están dispuestos a hacer cualquier sacrificio a fin de que aquellos por
los cuales él murió tengan parte en el don celestial. Harán cuanto puedan
para que el mundo sea mejor por su permanencia en él. Este espíritu es el
fruto seguro del alma verdaderamente convertida. Tan pronto como viene uno a
Cristo, nace en el corazón un vivo deseo de hacer conocer a otros cuán
precioso amigo ha encontrado en Jesús; la verdad salvadora y santificadora no
puede permanecer encerrada en el corazón. Si estamos revestidos de la justicia
de Cristo y rebosamos de gozo por la presencia de su Espíritu, no podremos
guardar silencio. Si hemos probado y visto que el Señor es bueno, tendremos
algo que decir a otros. Como Felipe cuando encontró al Salvador, invitaremos a
otros a ir a él. Procuraremos hacerles presente los atractivos de Cristo y las
invisibles realidades del mundo venidero. Anhelaremos ardientemente seguir en la
senda que recorrió Jesús y desearemos que los que nos rodean puedan ver al
"...Cordero de Dios que quita el pecado del mundo." (San Juan 1:
29).
Y el esfuerzo por hacer bien a otros se tornará en
bendiciones para nosotros mismos. Este fue el designio de Dios, al darnos una
parte que hacer en el plan de la redención. El ha concedido a los hombres el
privilegio de ser hechos participantes de la naturaleza divina y de difundir a
su vez bendiciones para sus hermanos. Este es el honor más alto y el gozo más
grande que Dios pueda conferir a los hombres. Los que así participan en
trabajos de amor, se acercan más a su Creador.
Dios podría haber encomendado el mensaje del Evangelio, y
toda la obra del ministerio de amor, a los ángeles del cielo. Podría haber
empleado otros medios para llevar a cabo su obra. Pero en su amor infinito quiso
hacernos colaboradores con él, con Cristo y con los ángeles, para que
participásemos de la bendición, del gozo y de la elevación espiritual que
resultan de este abnegado ministerio.
Somos inducidos a simpatizar con Cristo, asociándonos a sus
padecimientos. Cada acto de sacrificio personal por el bien de otros robustece
el espíritu de caridad en el corazón y lo une más fuertemente al Redentor del
mundo, quien, "siendo él rico, por vuestra causa se hizo pobre, para que
vosotros, por medio de su pobreza, llegaseis a ser ricos." (2 Corintios
8: 9 ). Y solamente cuando cumplimos así el designio que Dios tenía al
crearnos, puede la vida ser una bendición para nosotros.
Si trabajáis como Cristo quiere que sus discípulos trabajen
y ganen almas para él, sentiréis la necesidad de una experiencia más profunda
y de un conocimiento más grande de las cosas divinas y tendréis hambre y sed
de justicia. Abogaréis con Dios y vuestra fe se robustecerá; y vuestra alma
beberá en abundancia de la fuente de la salud. El encontrar oposición y
pruebas os llevará a la Biblia y a la oración. Creceréis en la gracia y en el
conocimiento de Cristo y adquiriréis una rica experiencia.
El trabajo desinteresado por otros da al carácter
profundidad, firmeza y amabilidad parecidas a las de Cristo; trae paz y
felicidad al que lo realiza. Las aspiraciones se elevan. No hay lugar para la
pereza o el egoísmo. Los que de esta manera ejerzan las gracias cristianas
crecerán y se harán fuertes para trabajar por Dios. Tendrán claras
percepciones espirituales, una fe firme y creciente y un acrecentado poder en la
oración. El Espíritu de Dios, que mueve su espíritu, pone en juego las
sagradas armonías del alma, en respuesta al toque divino. Los que así se
consagran a un esfuerzo desinteresado por el bien de otros, están obrando
ciertamente su propia salvación.
El único modo de crecer en la gracia es haciendo
desinteresadamente la obra que Cristo ha puesto en nuestras manos:
comprometernos, en la medida de nuestra capacidad, a ayudar y beneficiar a los
que necesitan la ayuda que podemos darles. La fuerza se desarrolla con el
ejercicio; la actividad es la misma condición de la vida. Los que se esfuerzan
en mantener una vida cristiana aceptando pasivamente las bendiciones que vienen
por la gracia, sin hacer nada por Cristo, procuran simplemente vivir comiendo
sin trabajar. Pero el resultado de esto, tanto en el mundo espiritual como en el
temporal, es siempre la degeneración y decadencia.
El hombre que rehusara ejercitar sus miembros pronto
perdería todo el poder de usarlos. También el cristiano que no ejercita las
facultades que Dios le ha dado, no solamente dejará de crecer en Cristo, sino
que perderá la fuerza que tenía.
La iglesia de Cristo es el agente elegido por Dios para la
salvación de los hombres. Su misión es extender el Evangelio por todo el
mundo. Y la obligación recae sobre todos los cristianos. Cada uno de nosotros,
hasta donde lo permitan sus talentos y oportunidades, tiene que cumplir con la
comisión del Salvador. El amor de Cristo que nos ha sido revelado nos hace
deudores a cuantos no lo conocen. Dios nos dio luz no sólo para nosotros sino
para que la derramemos sobre ellos.
Si los discípulos de Cristo comprendiesen su deber, habría
mil heraldos del Evangelio a los gentiles donde hoy hay uno. Y todos los que no
pudieran dedicarse personalmente a la obra, la sostendrían con sus recursos,
simpatías y oraciones. Y habría de seguro más ardiente trabajo por las almas
en los países cristianos.
No necesitamos ir a tierras de paganos, ni aún dejar el
pequeño círculo del hogar, si es ahí a donde el deber nos llama a trabajar
por Cristo. Podemos hacer esto en el seno del hogar, en la iglesia, entre
aquellos con quienes nos asociamos y con quienes negociamos.
Nuestro Salvador pasó la mayor parte de su vida terrenal
trabajando pacientemente en la carpintería de Nazaret. Los ángeles
ministradores servían al Señor de la vida mientras caminaba con campesinos y
labradores, desconocido y no honrado. El estaba cumpliendo su misión tan
fielmente mientras trabajaba en su humilde oficio, como cuando sanaba a los
enfermos o caminaba sobre las olas tempestuosas del mar de Galilea. Así, en los
deberes más humildes y en las posiciones mas bajas de la vida, podemos andar y
trabajar con Jesús.
El apóstol dice: "Cada uno permanezca para con Dios en
aquel estado en que fue llamado." (1 Corintios 7: 24). El hombre de
negocios puede dirigir sus negocios de un modo que glorifique a su Maestro por
su fidelidad. Si es verdadero discípulo de Cristo, pondrá en práctica su
religión en todo lo que haga y revelará a los hombres el espíritu de Cristo.
El obrero manual puede ser un diligente y fiel representante de Aquel que se
ocupó en los trabajos humildes de la vida entre las colinas de Galilea. Todo
aquel que lleva el nombre de Cristo debe obrar de tal modo que los otros, viendo
sus buenas obras, sean inducidos a glorificar a su Creador y Redentor.
Muchos se excusan de poner sus dones al servicio de Cristo
porque otros poseen mejores dotes y ventajas. Ha prevalecido la opinión de que
solamente los que están especialmente dotados tienen que consagrar sus
habilidades al servicio de Dios. Muchos han llegado a la conclusión de que el
talento se da sólo a cierta clase favorecida, excluyendo a otros que, por
supuesto, no son llamados a participar de las faenas ni de los galardones. Mas
no lo indica así la parábola. Cuando el Señor de la casa llamó a sus
siervos, dio a cada uno su trabajo.
Con espíritu amoroso podemos ejecutar los deberes más
humildes de la vida "como para el Señor" (Colosenses 3: 23). Si
tenemos el amor de Dios en nuestro corazón, se manifestará en nuestra vida. El
suave olor de Cristo nos rodeará y nuestra influencia elevará y beneficiará a
otros.
No debéis esperar mejores oportunidades o habilidades
extraordinarias para empezar a trabajar por Dios. No necesitáis preocuparos en
lo más mínimo de lo que el mundo dirá de vosotros. Si vuestra vida diaria es
un testimonio de la pureza y sinceridad de vuestra fe y los demás están
convencidos de vuestros deseos de hacerles bien, vuestros esfuerzos no serán
enteramente perdidos.
Los más humildes y más pobres de los discípulos de Jesús
pueden ser una bendición para otros. Pueden no echar de ver que están haciendo
algún bien especial, pero por su influencia inconsciente pueden derramar
bendiciones abundantes que se extiendan y profundicen, y cuyos benditos
resultados no se conozcan hasta el día de la recompensa final. Ellos no sienten
ni saben que están haciendo alguna cosa grande. No necesitan cargarse de
ansiedad por el éxito. Tienen solamente que seguir adelante con tranquilidad,
haciendo fielmente la obra que la providencia de Dios indique, y su vida no
será inútil. Sus propias almas crecerán cada vez más a la semejanza de
Cristo; son colaboradores de Dios en esta vida, y así se están preparando para
la obra más elevada y el gozo sin sombra de la vida venidera.
"No temas en nada lo que vas a padecer. He aquí, el diablo echará a
algunos de vosotros en la cárcel para que seáis probados, y tendréis
tribulación por diez días. Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona
de la vida."
— Apocalipsis 2:10
"Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti
persevera; porque en ti ha confiado. Confiad en Jehová perpetuamente, porque en
Jehová el Señor está la fortaleza de los siglos."
— Isaías 26:3-4

10.
Los Dos Lenguajes
de la Providencia
Son muchas las formas en que Dios está procurando dársenos
a conocer y ponernos en comunión con él. La naturaleza habla sin cesar a
nuestros sentidos. El corazón que está preparado quedará impresionado por el
amor y la gloria de Dios tal como se revelan en las obras de sus manos. El oído
atento puede escuchar y entender las comunicaciones de Dios por las cosas de la
naturaleza. Los verdes campos, los elevados árboles, los botones y las flores,
la nubecilla que pasa, la lluvia que cae, el arroyo que murmura, las glorias de
los cielos, hablan a nuestro corazón y nos invitan a conocer a Aquel que lo
hizo todo.
Nuestro Salvador entrelazó sus preciosas lecciones con las
cosas de la naturaleza. Los árboles, los pájaros, las flores, los valles, las
colinas, los lagos y los hermosos cielos, así como los incidentes y las
circunstancias de la vida diaria, fueron todos ligados a las palabras de verdad,
a fin de que sus lecciones fuesen así traídas a menudo a la memoria, aún en
medio de los cuidados de la vida de trabajo del hombre.
Dios quiere que sus hijos aprecien sus obras y se deleiten en
la sencilla y tranquila hermosura con que él ha adornado nuestra morada
terrenal. El es amante de lo bello y, sobre todo, ama la belleza del carácter,
que es más atractiva que todo lo externo; y quiere que cultivemos la pureza y
la sencillez, las gracias características de las flores.
Si tan sólo queremos escuchar, las obras que Dios ha hecho
nos enseñarán lecciones preciosas de obediencia y confianza. Desde las
estrellas que en su carrera por el espacio sin huellas siguen de siglo en siglo
sus sendas asignadas, hasta el átomo más pequeño, las cosas de la naturaleza
obedecen a la voluntad del Creador. Y Dios cuida y sostiene todas las cosas que
ha creado. El que sustenta los innumerables mundos diseminados por la
inmensidad, también tiene cuidado del gorrioncillo que entona sin temor su
humilde canto. Cuando los hombres van a su trabajo o están orando; cuando
descansan o se levantan por la mañana; cuando el rico se sacia en el palacio, o
cuando el pobre reúne a sus hijos alrededor de su escasa mesa, el Padre
celestial vigila tiernamente a todos. No se derraman lágrimas sin que él lo
note. No hay sonrisa que para él pase inadvertida.
Si creyéramos plenamente esto, toda ansiedad indebida
desaparecería. Nuestras vidas no estarían tan llenas de desengaños como
ahora; porque cada cosa, grande o pequeña, debe dejarse en las manos de Dios,
quien no se confunde por la multiplicidad de los cuidados, ni se abruma por su
peso. Gozaríamos entonces del reposo del alma al cual muchos han sido por largo
tiempo extraños.
Cuando vuestros sentidos se deleiten en la amena belleza de
la tierra, pensad en el mundo venidero que nunca conocerá mancha de pecado ni
de muerte; donde la faz de la naturaleza no llevará más la sombra de la
maldición. Que vuestra imaginación represente la morada de los justos y
entonces recordad que será más gloriosa que cuanto pueda figurarse la más
brillante imaginación. En los variados dones de Dios en la naturaleza no vemos
sino el reflejo más pálido de su gloria. Está escrito: "¡Cosas que ojo
no vio, ni oído oyó, y que jamás entraron en pensamiento humano, las cosas
grandes que ha preparado Dios para los que le aman!" (1 Corintios 2: 9).
El poeta y el naturalista tienen muchas cosas que decir
acerca de la naturaleza, pero es el cristiano el que más goza de la belleza de
la tierra, porque reconoce la obra de la mano de su Padre y percibe su amor en
la flor, el arbusto y el árbol. Nadie que no los mire como una expresión del
amor de Dios al hombre puede apreciar plenamente la significación de la colina
ni del valle, del río ni del mar.
Dios nos habla mediante sus obras providenciales y por la
influencia de su Espíritu Santo en el corazón. En nuestras circunstancias y
ambiente, en los cambios que suceden diariamente en torno nuestro, podemos
encontrar preciosas lecciones, si tan sólo nuestros corazones están abiertos
para recibirlas. El salmista, trazando la obra de la Providencia divina, dice:
"La tierra está llena de la misericordia de Jehová." (Salmo 33 :
5). "¡Quien sea sabio, observe estas cosas; y consideren todos la
misericordia de Jehová!" (Salmo 107:43).
Dios nos habla también en su Palabra. En ella tenemos en
líneas más claras la revelación de su carácter, de su trato con los hombres
y de la gran obra de la redención. En ella se nos presenta la historia de los
patriarcas y profetas y de otros hombres santos de la antigüedad. Ellos eran
hombres sujetos "a las mismas debilidades que nosotros" (Santiago
5: 17). Vemos cómo lucharon entre descorazonamientos como los nuestros,
cómo cayeron bajo tentaciones como hemos caído nosotros y, sin embargo,
cobraron nuevo valor y vencieron por la gracia de Dios; y recordándolos, nos
animamos en nuestra lucha por la justicia.
Al leer el relato de los preciosos sucesos que se les
permitió experimentar, la luz, el amor y la bendición que les tocó gozar y la
obra que hicieron por la gracia a ellos dada, el espíritu que los inspiró
enciende en nosotros un fuego de santo celo y un deseo de ser como ellos en
carácter y de andar con Dios como ellos.
Jesús dijo de las Escrituras del Antiguo Testamento—y
¡cuánto más cierto es esto acerca del Nuevo! "Ellas son las que dan
testimonio de mí" (San Juan 5: 39), el Redentor, Aquel en quien
vuestras esperanzas de vida eterna se concentran. Sí, la Biblia entera nos
habla de Cristo. Desde el primer relato de la creación, de la cual se dice:
"Sin él nada de lo que es hecho, fue hecho" (San Juan 1:3), hasta
la última promesa: "¡He aquí, yo vengo presto!" (Apocalipsis 22:
12). leemos acerca de sus obras y escuchamos su voz. Si deseáis conocer al
Salvador, estudiad las Santas Escrituras.
Llenad vuestro corazón de las palabras de Dios. Son el agua
viva que apaga vuestra sed. Son el pan vivo que descendió del cielo. Jesús
declara: "A menos que comáis la carne del Hijo del hombre, y bebáis su
sangre, no tendréis vida en vosotros." Y al explicarse, dice: "Las
palabras que yo os he hablado espíritu y vida son" (San Juan 6: 53,
63). Nuestros cuerpos viven de lo que comemos y bebemos; y lo que sucede en
la vida natural sucede en la espiritual: lo que meditamos es lo que da tono y
vigor a nuestra naturaleza espiritual.
El tema de la redención es un tema que los ángeles desean
escudriñar; será la ciencia y el canto de los redimidos durante las
interminables edades de la eternidad. ¿No es un pensamiento digno de atención
y estudio ahora? La Infinita misericordia y el amor de Jesús, el sacrificio
hecho en nuestro favor, demandan de nosotros la más seria y solemne reflexión.
Debemos espaciarnos en el carácter de nuestro querido Redentor e Intercesor.
Debemos meditar sobre la misión de Aquel que vino a salvar a su pueblo de sus
pecados. Cuando contemplemos así los asuntos celestiales, nuestra fe y amor
serán más fuertes y nuestras oraciones más aceptables a Dios, porque se
elevarán siempre con más fe y amor. Serán inteligentes y fervientes. Habrá
una confianza constante en Jesús y una experiencia viva y diaria en su poder de
salvar completamente a todos los que van a Dios por medio de él.
A medida que meditemos en la perfección del Salvador,
desearemos ser enteramente transformados y renovados conforme a la imagen de su
pureza. Nuestra alma tendrá hambre y sed de ser hecha como Aquel a quien
adoramos. Mientras más concentremos nuestros pensamientos en Cristo, más
hablaremos de él a otros y lo representaremos ante el mundo.
La Biblia no fue escrita solamente para el hombre erudito; al
contrario, fue destinada a la gente común. Las grandes verdades necesarias para
la salvación están presentadas con tanta claridad como la luz del mediodía; y
nadie equivocará o perderá el camino, salvo los que sigan su juicio privado en
vez de la voluntad divina tan claramente revelada.
No debemos conformarnos con el testimonio de ningún hombre
en cuanto a lo que enseñan las Santas Escrituras, sino que debemos estudiar las
palabras de Dios por nosotros mismos. Si dejamos que otros piensen por nosotros,
nuestra energía quedará mutilada y limitadas nuestras aptitudes. Las nobles
facultades del alma pueden perder tanto por no ejercitarse en temas dignos de su
concentración, que lleguen a ser incapaces de penetrar la profunda
significación de la Palabra de Dios. La inteligencia se desarrollará si se
emplea en investigar la relación de los asuntos de la Biblia, comparando texto
con texto y lo espiritual con lo espiritual.
No hay ninguna cosa mejor para fortalecer la inteligencia que
el estudio de las Santas Escrituras. Ningún libro es tan potente para elevar
los pensamientos, para dar vigor a las facultades, como las grandes y
ennoblecedoras verdades de la Biblia. Si se estudiara la Palabra de Dios como se
debe, los hombres tendrían una grandeza de espíritu, una nobleza de carácter
y una firmeza de propósito, que raramente pueden verse en estos tiempos.
No se saca sino un beneficio muy pequeño de una lectura
precipitada de las Sagradas Escrituras. Uno puede leer toda la Biblia y
quedarse, sin embargo, sin ver su belleza o comprender su sentido profundo y
oculto. Un pasaje estudiado hasta que su significado nos parezca claro y
evidentes sus relaciones con el plan de la salvación, es de mucho más valor
que la lectura de muchos capítulos sin un propósito determinado y sin obtener
ninguna instrucción positiva. Tened vuestra Biblia a mano, para que cuando
tengáis oportunidad la leáis; retened los textos en vuestra memoria. Aún al
ir por la calle, podéis leer un pasaje y meditar en él hasta que se grabe en
la mente.
No podemos obtener sabiduría sin una atención verdadera y
un estudio con oración. Algunas porciones de la Santa Escritura son en verdad
demasiado claras para que se puedan entender mal; pero hay otras cuyo
significado no es superficial, para que se vea a primera vista. Se debe comparar
pasaje con pasaje. De haber un escudriñamiento cuidadoso y una reflexión
acompañada de oración. Y tal estudio será abundantemente recompensado. Como
el minero descubre vetas de precioso metal ocultas debajo de la superficie de la
tierra, así también el que perseverantemente escudriña la Palabra de Dios
buscando sus tesoros ocultos, encontrará verdades del mayor valor, que se
ocultan de la vista del investigador descuidado. Las palabras de la
inspiración, examinadas en el alma, serán como ríos de agua que manan de la
fuente de la vida.
Nunca se debe estudiar la Biblia sin oración. Antes de abrir
sus páginas debemos pedir la iluminación del Espíritu Santo, y ésta nos
será dada. Cuando Natanael vino a Jesús, el Salvador exclamó: "He aquí
verdaderamente un israelita, en quien no hay engaño. Dícele Natanael: ¿De
dónde me conoces? Jesús respondió y dijo: Antes que Felipe te llamara, cuando
estabas debajo de la higuera, te vi." (San Juan 1: 47, 48). Así
también nos verá Jesús en los lugares secretos de oración, si lo buscamos
para que nos dé luz para saber lo que es la verdad. Los ángeles del mundo de
luz estarán con los que busquen con humildad de corazón la dirección divina.
El Espíritu Santo exalta y glorifica al Salvador. Es su
oficio presentar a Cristo, la pureza de su justicia y la gran salvación que
tenemos por él. Jesús dice: Él "tomará de lo mío, y os lo
anunciará." (San Juan 16: 14). El Espíritu de verdad es el único
maestro eficaz de la verdad divina. ¡Cuánto no estimará Dios a la raza
humana, siendo que dio a su Hijo para que muriese por ella y manda su Espíritu
para que sea el maestro y continuo guía del hombre!.
"Del trabajo de su alma verá y será saciado; con su conocimiento
justificará mi siervo justo a muchos, y él llevará las iniquidades de
ellos." —Isaías 53:11

11.
¿Podemos Comunicarnos
con Dios?
Dios nos habla por la naturaleza y por la revelación, por su
providencia y por la influencia de su Espíritu. Pero esto no es suficiente,
necesitamos abrirle nuestro corazón. Para tener vida y energía espirituales
debemos tener verdadero intercambio con nuestro Padre celestial. Puede ser
nuestra mente atraída hacia él; podemos meditar en sus obras, sus
misericordias, sus bendiciones; pero esto no es, en el sentido pleno de la
palabra, estar en comunión con él. Para ponernos en comunión con Dios,
debemos tener algo que decirle tocante a nuestra vida real.
Orar es el acto de abrir nuestro corazón a Dios como a un
amigo. No es que se necesite esto para que Dios sepa lo que somos, sino a fin de
capacitarnos para recibirlo. La oración no baja a Dios hasta nosotros, antes
bien nos eleva a él.
Cuando Jesús estuvo sobre la tierra, enseñó a sus
discípulos a orar. Les enseñó a presentar Dios sus necesidades diarias y a
echar toda su solicitud sobre él. Y la seguridad que les dio de que sus
oraciones serían oídas, nos es dada también a nosotros.
Jesús mismo, cuando habitó entre los hombres, oraba
frecuentemente. Nuestro Salvador se identificó con nuestras necesidades y
flaquezas convirtiéndose en un suplicante que imploraba de su Padre nueva
provisión de fuerza, para avanzar fortalecido para el deber y la prueba. El es
nuestro ejemplo en todas las cosas. Es un hermano en nuestras debilidades,
"tentado en todo así como nosotros", pero como ser inmaculado,
rehuyó el mal; sufrió las luchas y torturas de alma de un mundo de pecado.
Como humano, la oración fue para él una necesidad y un privilegio. Encontraba
consuelo y gozo en estar en comunión con su Padre. Y si el Salvador de los
hombres, el Hijo de Dios, sintió la necesidad de orar, ¡cuánto más nosotros,
débiles mortales, manchados por el pecado, debemos sentir la necesidad de orar
con fervor y constancia!
Nuestro Padre celestial está esperando para derramar sobre
nosotros la plenitud de sus bendiciones. Es privilegio nuestro beber
abundantemente en la fuente de amor infinito. ¡Qué extraño que oremos tan
poco! Dios está pronto y dispuesto a oír la oración sincera del más humilde
de sus hijos y, sin embargo, hay de nuestra parte mucha cavilación para
presentar nuestras necesidades delante de Dios. ¿Qué pueden pensar los
ángeles del cielo de los pobres y desvalidos seres humanos, que están sujetos
a la tentación, cuando el gran Dios lleno de infinito amor se compadece de
ellos y está pronto para darles más de lo que pueden pedir o pensar y que, sin
embargo, oran tan poco y tienen tan poca fe? Los ángeles se deleitan en
postrarse delante de Dios, se deleitan en estar cerca de él. Es su mayor
delicia estar en comunión con Dios; y con todo, los hijos de los hombres, que
tanto necesitan la ayuda que Dios solamente puede dar, parecen satisfechos
andando sin la luz del Espíritu ni la compañía de su presencia.
Las tinieblas del malo cercan a aquellos que descuidan la
oración. Las tentaciones secretas del enemigo los incitan al pecado; y todo
porque no se valen del privilegio que Dios les ha concedido de la bendita
oración. ¿Por qué han de ser los hijos e hijas de Dios tan remisos para orar,
cuando la oración es la llave en la mano de la fe para abrir el almacén del
cielo, en donde están atesorados los recursos infinitos de la Omnipotencia? Sin
oración incesante y vigilancia diligente, corremos el riesgo de volvernos
indiferentes y de desviarnos del sendero recto.
Nuestro adversario procura constantemente obstruir el camino
al propiciatorio, para que, no obtengamos mediante ardiente súplica y fe,
gracia y poder para resistir a la tentación.
Hay ciertas condiciones según las cuales Podemos esperar que
Dios oiga y conteste nuestras oraciones. Una de las primeras es que sintamos
necesidad de su ayuda. El nos ha hecho esta promesa: "Porque derramaré
aguas sobre la tierra sedienta, y corrientes sobre el sequedal." (Isaías
44: 3). Los que tienen hambre y sed de justicia, los que suspiran por Dios,
pueden estar seguros de que serán hartos. El corazón debe estar abierto a la
influencia del Espíritu; de otra manera no puede recibir las bendiciones de
Dios.
Nuestra gran necesidad es en sí misma un argumento y habla
elocuentemente en nuestro favor. Pero se necesita buscar al Señor para que haga
estas cosas por nosotros. Pues dice: "Pedid, y se os dará" (San
Mateo 7: 7 ). Y "el que ni aún a su propio Hijo perdonó, sino que le
entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos ha de dar también de pura gracia,
todas las cosas juntamente con él?" (Romanos 8: 32).
Si toleramos la iniquidad en nuestro corazón, si estamos
apegados a algún pecado conocido, el Señor no nos oirá; mas la oración del
alma arrepentida y contrita será siempre aceptada. Cuando hayamos confesado con
corazón contrito todos nuestros pecados conocidos, podremos esperar que Dios
conteste nuestras peticiones. Nuestros propios méritos nunca nos recomendarán
a la gracia de Dios. Es el mérito de Jesús lo que nos salva y su sangre lo que
nos limpia; sin embargo, nosotros tenemos una obra que hacer para cumplir las
condiciones de la aceptación. La oración eficaz tiene otro elemento: la fe.
"Porque es preciso que el que viene a Dios, crea que existe, y que se ha
constituido remunerador de los que le buscan" (Hebreos 11: 6 ). Jesús
dijo a sus discípulos: "Todo cuanto pidiereis en la oración, creed que lo
recibisteis ya; y lo tendréis." (San Marcos 11: 24). ¿Creemos al
pie de la letra todo lo que nos dice?
La seguridad es amplia e ilimitada, y fiel es el que ha
prometido. Cuando no recibimos precisamente las cosas que pedimos y al instante,
debemos creer aún que el Señor oye y que contestará nuestras oraciones. Somos
tan cortos de vista y propensos a errar, que algunas veces pedimos cosas que no
serían una bendición para nosotros, y nuestro Padre celestial contesta con
amor nuestras oraciones dándonos aquello que es para nuestro más alto bien,
aquello que nosotros mismos desearíamos si, alumbrados de celestial saber,
pudiéramos ver todas las cosas como realmente son. Cuando nos parezca que
nuestras oraciones no son contestadas, debemos aferrarnos a la promesa; porque
el tiempo de recibir contestación seguramente vendrá y recibiremos las
bendiciones que más necesitamos. Por supuesto, pretender que nuestras oraciones
sean siempre contestadas en la misma forma y según la cosa particular que
pidamos, es presunción. Dios es demasiado sabio para equivocarse y demasiado
bueno para negar un bien a los que andan en integridad. Así que no temáis
confiar en él, aunque no veáis la inmediata respuesta de vuestras oraciones.
Confiad en la seguridad de su promesa: "Pedid, y se os dará."
Si consultamos nuestras dudas y temores, o procuramos
resolver cada cosa que no veamos claramente, antes de tener fe, solamente se
acrecentarán y profundizarán las perplejidades. Mas si venimos a Dios
sintiéndonos desamparados y necesitados, como realmente somos, si venimos con
humildad y con la verdadera certidumbre de la fe le presentamos nuestras
necesidades a Aquel cuyo conocimiento es infinito, a quien nada se le oculta y
quien gobierna todas las cosas por su voluntad y palabra, él puede y quiere
atender nuestro clamor y hacer resplandecer su luz en nuestro corazón. Por la
oración sincera nos ponemos en comunicación con la mente del Infinito. Quizás
no tengamos al instante ninguna prueba notable de que el rostro de nuestro
Redentor está inclinado hacia nosotros con compasión y amor; sin embargo es
así. No podemos sentir su toque manifiesto, mas su mano nos sustenta con amor y
piadosa ternura.
Cuando imploramos misericordia y bendición de Dios, debemos
tener un espíritu de amor y perdón en nuestro propio corazón. ¿Cómo podemos
orar: "Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a
nuestros deudores" (San Mateo 6:12) y abrigar, sin embargo, un
espíritu que no perdona? Si esperamos que nuestras oraciones sean oídas,
debemos perdonar a otros como esperamos ser perdonados nosotros.
La perseverancia en la oración ha sido constituida en
condición para recibir. Debemos orar siempre si queremos crecer en fe y en
experiencia. Debemos ser "perseverantes en la oración" (Romanos
12: 12). "Perseverad en la oración, velando en ella, con acciones de
gracia." (Colosenses 4: 2).
El apóstol Pedro exhorta a los cristianos a que sean
"sobrios, y vigilantes en las oraciones" (1 San Pedro 4: 7). San
Pablo ordena: "En todas las circunstancias, por medio de la oración y la
plegaria, con acciones de gracias, dense a conocer vuestras peticiones a
Dios." (Filipenses 4: 6). "Vosotros empero, hermanos,... dice
Judas, orando en el Espíritu Santo, guardaos en el amor de Dios." (San
Judas 20, 21). Orar sin cesar es mantener una unión no interrumpida del
alma con Dios, de modo que la vida de Dios fluya a la nuestra; y de nuestra vida
la pureza y la santidad refluyan a Dios.
Es necesario ser diligentes en la oración; ninguna cosa os
lo impida. Haced cuanto podáis para que haya una comunión continua entre
Jesús y vuestra alma. Aprovechad toda oportunidad de ir donde se suela orar.
Los que están realmente procurando estar en comunión con Dios, asistirán a
los cultos de oración, fieles en cumplir su deber, ávidos y ansiosos de
cosechar todos los beneficios que puedan alcanzar. Aprovecharán toda
oportunidad de colocarse donde puedan recibir rayos de luz celestial.
Debemos también orar en el círculo de nuestra familia; y
sobre todo no descuidar la oración privada, porque ésta es la vida del alma.
Es imposible que el alma florezca cuando se descuida la oración. La sola
oración pública o con la familia no es suficiente. En medio de la soledad
abrid vuestra alma al ojo penetrante de Dios. La oración secreta sólo debe ser
oída del que escudriña los corazones: Dios. Ningún oído curioso debe recibir
el peso de tales peticiones. En la oración privada el alma esta libre de las
influencias del ambiente, libre de excitación. Tranquila pero fervientemente se
extenderá la oración hacia Dios. Dulce y permanente será la influencia que
dimana de Aquel que ve en lo secreto, cuyo oído está abierto a la oración que
sale de lo profundo del alma. Por una fe sencilla y tranquila el alma se
mantiene en comunión con Dios y recoge los rayos de la luz divina para
fortalecerse y sostenerse en la lucha contra Satanás. Dios es el castillo de
nuestra fortaleza.
Orad en vuestro gabinete; y al ir a vuestro trabajo
cotidiano, levantad a menudo vuestro corazón a Dios. De este modo anduvo Enoc
con Dios. Esas oraciones silenciosas llegan como precioso incienso al trono de
la gracia. Satanás no puede vencer a aquel cuyo corazón esta así apoyado en
Dios. No hay tiempo o lugar en que sea impropio orar a Dios. No hay nada que
pueda impedirnos elevar nuestro corazón en ferviente oración. En medio de las
multitudes y del afán de nuestros negocios, podemos ofrecer a Dios nuestras
peticiones e implorar la divina dirección, como lo hizo Nehemías cuando hizo
la petición delante del rey Artajerjes. En dondequiera que estemos podemos
estar en comunión con él. Debemos tener abierta continuamente la puerta del
corazón, e invitar siempre a Jesús a venir y morar en el alma como huésped
celestial.
Aunque estemos rodeados de una atmósfera corrompida y
manchada, no necesitamos respirar sus miasmas, antes bien podemos vivir en la
atmósfera limpia del cielo. Podemos cerrar la entrada a toda imaginación
impura y a todo pensamiento perverso, elevando el alma a Dios mediante la
oración sincera. Aquellos cuyo corazón esté abierto para recibir el apoyo y
la bendición de Dios, andarán en una atmósfera más santa que la del mundo y
tendrán constante comunión con el cielo.
Necesitamos tener ideas más claras de Jesús y una
comprensión más completa de las realidades eternas. La hermosura de la
santidad ha de consolar el corazón de los hijos de Dios: y para que esto se
lleve a cabo, debemos buscar las revelaciones divinas de las cosas celestiales.
Extiéndase y elévese el alma para que Dios pueda
concedernos respirar la atmósfera celestial. Podemos mantenernos tan cerca de
Dios que en cualquier prueba inesperada nuestros pensamientos se vuelvan a él
tan naturalmente como la flor se vuelve al sol.
Presentad a Dios vuestras necesidades, gozos, tristezas,
cuidados y temores. No podéis agobiarlo ni cansarlo. El que tiene contados los
cabellos de vuestra cabeza, no es indiferente a las necesidades de sus hijos.
"Porque el Señor es muy misericordioso y compasivo." (Santiago 5:
11). Su amoroso corazón se conmueve por nuestras tristezas y aún por
nuestra presentación de ellas. Llevadle todo lo que confunda vuestra mente.
Ninguna cosa es demasiado grande para que él no la pueda soportar; él sostiene
los mundos y gobierna todos los asuntos del universo. Ninguna cosa que de alguna
manera afecte nuestra paz es tan pequeña que él no la note.
No hay en nuestra experiencia ningún pasaje tan oscuro que
él no pueda leer, ni perplejidad tan grande que él no pueda desenredar.
Ninguna calamidad puede acaecer al más pequeño de sus hijos, ninguna ansiedad
puede asaltar el alma, ningún gozo alegrar, ninguna oración sincera escaparse
de los labios, sin que el Padre celestial esté al tanto de ello, sin que tome
en ello un interés inmediato. Él "sana a los quebrantados de corazón, y
venda sus heridas." (Salmo 147: 3). Las relaciones entre Dios y cada
una de las almas son tan claras y plenas como si no hubiese otra alma por la
cual hubiera dado a su Hijo amado.
Jesús decía: "Pediréis en mi nombre; y no os digo que
yo rogaré al Padre por vosotros; porque el Padre mismo os ama." (San
Juan 16: 26, 27). "Yo os elegí a vosotros... para que cuanto pidiereis
al Padre en mi nombre, él os lo dé." (San Juan 15: 16). Orar en
nombre de Jesús es más que una mera mención de su nombre al principio y al
fin de la oración. Es orar con los sentimientos y el espíritu de Jesús,
creyendo en sus promesas, confiando en su gracia y haciendo sus obras.
Dios no pretende que algunos de nosotros nos hagamos
ermitaños o monjes, ni que nos retiremos del mundo a fin de consagrarnos a los
actos de adoración. Nuestra vida debe ser como la vida de Cristo, que estaba
repartida entre la montaña y la multitud. El que no hace nada más que orar,
pronto dejará de hacerlo o sus oraciones llegarán a ser una rutina formal.
Cuando los hombres se alejan de la vida social, de la esfera del deber cristiano
y de la obligación de llevar su cruz; cuando dejan de trabajar ardientemente
por el Maestro que trabajaba con ardor por ellos, pierden lo esencial de la
oración y no tienen ya estímulo para la devoción. Sus oraciones llegan a ser
personales y egoístas. No pueden orar por las necesidades de la humanidad o la
extensión del reino de Cristo, ni pedir fuerza con que trabajar.
Sufrimos una pérdida cuando descuidamos la oportunidad de
asociarnos para fortalecernos y edificarnos mutuamente en el servicio de Dios.
Las verdades de su Palabra pierden en nuestras almas su vivacidad e importancia.
Nuestros corazones dejan de ser alumbrados y vivificados por la influencia
santificadora y declinamos en espiritualidad. En nuestra asociación como
cristianos perdemos mucho por falta de simpatías mutuas. El que se encierra
completamente dentro de sí mismo no esta ocupando la posición que Dios le
señaló. El cultivo apropiado de los elementos sociales de nuestra naturaleza
nos hace simpatizar con otros y es para nosotros un medio de desarrollarnos y
fortalecernos en el servicio de Dios.
Si todos los cristianos se asociaran, hablando entre ellos
del amor de Dios y de las preciosas verdades de la redención, su corazón se
robustecería y se edificarían mutuamente. Aprendamos diariamente más de
nuestro Padre celestial, obteniendo una nueva experiencia de su gracia, y
entonces desearemos hablar de su amor; así nuestro propio corazón se
encenderá y reanimará. Si pensáramos y habláramos más de Jesús y menos de
nosotros mismos, tendríamos mucho más de su presencia.
Si tan sólo pensáramos en él tantas veces como tenemos
pruebas de su cuidado por nosotros, lo tendríamos siempre presente en nuestros
pensamientos y nos deleitaríamos en hablar de él y en alabarle. Hablamos de
las cosas temporales porque tenemos interés en ellas. Hablamos de nuestros
amigos porque los amamos; nuestras tristezas y alegrías están ligadas con
ellos. Sin embargo, tenemos razones infinitamente mayores para amar a Dios que
para amar a nuestros amigos terrenales, y debería ser la cosa más natural del
mundo tenerlo como el primero en todos nuestros pensamientos, hablar de su
bondad y alabar su poder. Los ricos dones que ha derramado sobre nosotros no
estaban destinados a absorber nuestros pensamientos y amor de tal manera que
nada tuviéramos que dar a Dios; antes bien, debieran hacernos acordar
constantemente de él y unirnos por medio de los vínculos del amor y gratitud a
nuestro celestial Benefactor. Vivimos demasiado apegados a lo terreno.
Levantemos nuestros ojos hacia la puerta abierta del santuario celestial, donde
la luz de la gloria de Dios resplandece en el rostro de Cristo, quien
"también puede salvar hasta lo sumo a los que se acercan a Dios por medio
de él." (Hebreos 7: 25).
Debemos alabar más a Dios por su misericordia "y sus
maravillas para con los hijos de Adán." (Salmo 107: 8). Nuestros
ejercicios de devoción no deben consistir enteramente en pedir y recibir. No
estemos pensando siempre en nuestras necesidades y nunca en las bendiciones que
recibimos. No oramos nunca demasiado, pero somos muy parcos en dar gracias.
Somos diariamente los recipientes de las misericordias de Dios y, sin embargo,
¡cuán poca gratitud expresamos, cuán poco lo alabamos por lo que ha hecho por
nosotros!
Antiguamente el Señor ordenó esto a Israel, para cuando se
congregara para su servicio: "Y los comeréis allí delante de Jehová
vuestro Dios; y os regocijaréis vosotros y vuestras familias en toda empresa de
vuestra mano, en que os habrá bendecido Jehová vuestro Dios." (Deuteronomio
12: 7). Aquello que se hace para la gloria de Dios debe hacerse con
alegría, con cánticos de alabanza y acción de gracias, no con tristeza y
semblante adusto.
Nuestro Dios es un Padre tierno y misericordioso. Su servicio
no debe mirarse como una cosa que entristece, como un ejercicio que desagrada.
Debe ser un placer adorar al Señor y participar en su obra. Dios no quiere que
sus hijos, a los cuales proporcionó una salvación tan grande, trabajen como si
él fuera un amo duro y exigente. El es nuestro mejor amigo, y cuando lo
adoramos, quiere estar con nosotros para bendecirnos y confortarnos, llenando
nuestro corazón de alegría y amor. El Señor quiere que sus hijos se consuelen
en su servicio y hallen más placer que penalidad en el trabajo. El quiere que
los que lo adoran saquen pensamientos preciosos de su cuidado y amor, para que
estén siempre contentos y tengan gracia para conducirse honesta y fielmente en
todas las cosas.
Es preciso juntarnos en torno de la cruz. Cristo, y Cristo
crucificado, debe ser el tema de nuestra meditación, conversación y más
gozosa emoción. Debemos tener presentes todas las bendiciones que recibimos de
Dios, y al darnos cuenta de su gran amor, debiéramos estar prontos a confiar
todas las cosas a la mano que fue clavada en la cruz por nosotros.
El alma puede elevarse hasta el cielo en las alas de la
alabanza. Dios es adorado con cánticos y música en las mansiones celestiales,
y al expresarle nuestra gratitud, nos aproximamos al culto de los habitantes del
cielo. "El que ofrece sacrificio de alabanza me glorificará." (Salmo
50: 23). Presentémonos, pues, con gozo reverente delante de nuestro Creador
con "acciones de gracias y voz de melodía" (Isaías 51: 3).
"Por cuanto todos
pecaron, y están distituídos de la gloria de Dios; Siendo justificados
gratuitamente por su gracia por la redención que es en Cristo Jesús." —Romanos
3:23-24

12.
¿Qué Debe Hacerse
con la Duda?
Muchos, especialmente los que son nuevos en la vida
cristiana, se sienten a veces turbados con las sugestiones del escepticismo. Hay
muchas cosas en la Biblia que no pueden explicar y ni siquiera entender, y
Satanás las emplea para hacer vacilar su fe en las Santas Escrituras como
revelación de Dios. Preguntan: "¿Cómo sabré cuál es el buen camino? Si
la Biblia es en verdad la Palabra de Dios, ¿cómo puedo librarme de estas dudas
y perplejidades?"
Dios nunca nos exige que creamos sin darnos suficiente
evidencia sobre la cual fundar nuestra fe. Su existencia, su carácter, la
veracidad de su Palabra, todas estas cosas están establecidas por abundantes
testimonios que excitan nuestra razón. Sin embargo, Dios no ha quitado nunca
toda posibilidad de duda. Nuestra fe debe reposar sobre evidencias, no sobre
demostraciones. Los que quieran dudar tendrán oportunidad; al paso que los que
realmente deseen conocer la verdad, encontrarán abundante evidencia sobre la
cual basar su fe.
Es imposible para el espíritu finito del hombre comprender
plenamente el carácter o las obras del Infinito. Para la inteligencia mas
perspicaz, para el espíritu más ilustrado, aquel santo Ser debe siempre
permanecer envuelto en el misterio. "¿Puedes tú descubrir las cosas
recónditas de Dios? ¿puedes hasta lo sumo llegar a conocer al Todopoderoso?
Ello es alto como el cielo, ¿qué podrás hacer? más hondo es que el infierno,
¿que podrás saber?" (Job 11: 7, 8).
El apóstol Pablo exclama: "¡Oh profundidad de las
riquezas, así de la sabiduría como de la ciencia de Dios! ¡cuán
inescrutables son sus juicios, e ininvestigables sus caminos!" (Romanos
11: 33). Mas aunque "nubes y tinieblas están alrededor de él;
justicia y juicio son el asiento de su trono." (Salmo 97: 2). Pero
donde comprendemos su modo de obrar con nosotros y los motivos que lo mueven,
descubrimos su amor y misericordia sin límites unidos a su infinito poder.
Podemos entender de sus designios cuanto es bueno para nosotros saber, y más
allá de esto debemos confiar todavía en la mano omnipotente y en el corazón
lleno de amor.
La Palabra de Dios, como el carácter de su divino Autor,
presenta misterios que nunca podrán ser plenamente comprendidos por seres
finitos. La entrada del pecado en el mundo, la encarnación de Cristo, la
regeneración y otros muchos asuntos que se presentan en la Biblia, son
misterios demasiado profundos para que la mente humana los explique, o para que
los comprenda siquiera plenamente. Pero no tenemos razón para dudar de la
Palabra de Dios porque no podamos entender los misterios de su providencia. En
el mundo natural estamos siempre rodeados de misterios que no podemos sondear.
Aun las formas más humildes de la vida presentan un problema
que el más sabio de los filósofos es incapaz de explicar. Por todas partes se
presentan maravillas que superan nuestro conocimiento. ¿Debemos sorprendernos
de que en el mundo espiritual haya también misterios que no podamos sondear? La
dificultad está únicamente en la debilidad y estrechez del espíritu humano.
Dios nos ha dado en las Santas Escrituras pruebas suficientes de su carácter
divino y no debemos dudar de su Palabra porque no podamos entender los misterios
de su providencia.
El apóstol Pedro dice que hay en las Escrituras "cosas
difíciles de entender, que los ignorantes e inconstantes tuercen, . . . para su
propia destrucción." (2 San Pedro 3: 16). Los incrédulos han
presentado las dificultades de las Sagradas Escrituras como un argumento en
contra de la Biblia; pero muy lejos de ello, éstas constituyen una fuerte
prueba de su divina inspiración. Si no contuvieran acerca de Dios sino aquello
que fácilmente pudiéramos comprender, si su grandeza y majestad pudieran ser
abarcadas por inteligencias finitas, entonces la Biblia no llevaría las
credenciales inequívocas de la autoridad divina. La misma grandeza y los mismos
misterios de los temas presentados, deben inspirar fe en ella como Palabra de
Dios.
La Biblia presenta la verdad con una sencillez y una
adaptación tan perfecta a las necesidades y anhelos del corazón humano, que ha
asombrado y encantado a los espíritus más cultivados, al mismo tiempo que
capacita al humilde e inculto para discernir el camino de la salvación. Sin
embargo, estas verdades sencillamente declaradas tratan de asuntos tan elevados,
de tan grande trascendencia, tan infinitamente fuera del alcance de la
comprensión humana, que sólo podemos aceptarlos porque Dios nos lo ha
declarado.
Así está patente el plan de la redención delante de
nosotros, de modo que cualquiera pueda ver el camino que ha de tomar a fin de
arrepentirse para con Dios y tener fe en nuestro Señor Jesucristo, a fin de que
sea salvo de la manera señalada por Dios. Sin embargo, bajo estas verdades tan
fácilmente entendibles, existen misterios que son el escondedero de su gloria;
misterios que abruman la mente investigadora y que, sin embargo, inspiran fe y
reverencia al sincero investigador de la verdad. Cuanto más escudriña éste la
Biblia tanto más profunda es su convicción de que es la Palabra del Dios vivo,
y la razón humana se postra ante la majestad de la revelación divina.
Reconocer que no podemos entender plenamente las grandes
verdades de la Biblia, es solamente admitir que la mente finita es insuficiente
para abarcar lo infinito; que el hombre, con su limitado conocimiento humano, no
puede entender los designios de la Omnisciencia.
Por cuanto no pueden sondear todos los misterios de la
Palabra de Dios, los escépticos y los incrédulos la rechazan; y no todos los
que profesan creer en la Biblia están libres de este peligro. El apóstol dice:
"Mirad, pues, hermanos, no sea que acaso haya en alguno de vosotros un
corazón malo de incredulidad, en apartarse del Dios vivo." (Hebreos 3:
12). Es bueno estudiar detenidamente las enseñanzas de la Biblia, e
investigar "las profundidades de Dios", hasta donde se revelan en las
Santas Escrituras. Porque aunque "las cosas secretas pertenecen a Jehová
nuestro Dios", "las reveladas nos pertenecen a nosotros." (Deuteronomio
29: 29).
Mas es la obra de Satanás pervertir las facultades de
investigación del entendimiento. Cierto orgullo se mezcla en la consideración
de la verdad bíblica, de modo que cuando los hombres no pueden explicar todas
sus partes como quieren, se impacientan y se sienten derrotados. Es para ellos
demasiado humillante reconocer que no pueden entender las palabras inspiradas.
No están dispuestos a esperar pacientemente hasta que Dios juzgue oportuno
revelarles la verdad. Creen que su sabiduría humana sin auxilio es suficiente
para hacerles entender las Santas Escrituras y, cuando no pueden hacerlo, niegan
virtualmente su autoridad.
Es verdad que muchas teorías y doctrinas que se consideran
generalmente derivadas de la Biblia no tienen fundamento en ella y, a la verdad,
son contrarias a todo el tenor de la inspiración. Estas cosas han sido motivo
de duda y perplejidad para muchos espíritus. No son, sin embargo, imputables a
la Palabra de Dios, sino a la perversión que los hombres han hecho de ella.
Si fuera posible para los seres terrenales obtener un pleno
conocimiento de Dios y de sus obras, no habría ya para ellos, después de
lograrlo, ni descubrimiento de nuevas verdades, ni crecimiento en conocimiento,
ni desarrollo ulterior del espíritu o del corazón. Dios no sería ya supremo,
y el hombre, habiendo alcanzado el límite del conocimiento y progreso, dejaría
de adelantar. Demos gracias a Dios de que no sea así. Dios es infinito;
"en él están todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia." (Colosenses
2: 3). Y por toda la eternidad los hombres podrán estar siempre
escudriñando, siempre aprendiendo sin poder agotar nunca, sin embargo, los
tesoros de la sabiduría, la bondad y el poder.
Dios quiere que aun en esta vida las verdades de su Palabra
continúen siempre revelándose a su pueblo. Y hay sólo un modo para obtener
este conocimiento. No podemos llegar a entender la Palabra de Dios sino por la
iluminación del Espíritu por el cual fue dada la Palabra. "Las cosas de
Dios nadie las conoce, sino el Espíritu de Dios," (1 Corintios 2: 11) ;
"porque el Espíritu escudriña todas las cosas, y aun las cosas profundas
de Dios" (1 Corintios 2: 10). Y la promesa del Salvador a sus
discípulos fue: "Mas cuando viniere Aquel, el Espíritu de verdad, él os
guiará al conocimiento de toda la verdad; ... porque tomará de lo mío, y os
lo anunciará’ (San Juan 16: 13, 14).
Dios quiere que el hombre haga uso de la facultad de razonar
que le ha dado; y el estudio de la Biblia fortalece y eleva la mente como
ningún otro estudio puede hacerlo. Con todo, debemos cuidarnos de no deificar
la razón, porque está sujeta a las debilidades y flaquezas de la humanidad. Si
no queremos que las Sagradas Escrituras estén veladas para nuestro
entendimiento, de modo que no podamos comprender ni las verdades más sencillas,
debemos tener la sencillez y la fe de un niño, estar dispuestos a aprender, e
implorar la ayuda del Espíritu Santo.
El conocimiento del poder y la sabiduría de Dios y la
conciencia de nuestra incapacidad para comprender su grandeza, debe inspirarnos
humildad, y debemos abrir su Palabra con santo temor, como si compareciéramos
ante él. Cuando tomamos la Biblia, nuestra razón debe reconocer una autoridad
superior a ella misma y el corazón y la inteligencia deben postrarse ante el
gran YO SOY. Hay muchas cosas aparentemente difíciles u oscuras, que Dios hará
claras y sencillas para los que así procuren entenderlas. Mas sin la dirección
del Espíritu Santo, estaremos continuamente expuestos a torcer las Sagradas
Escrituras o a interpretarlas mal. Hay muchas maneras de leer la Biblia que no
aprovechan y que causan en algunos casos un daño positivo.
Cuando el Libro de Dios se abre sin oración y reverencia;
cuando los pensamientos y afectos no están fijos en Dios, o en armonía con su
voluntad, el corazón está envuelto en la duda; y entonces, con el mismo
estudio de la Biblia, se fortalece el escepticismo. El enemigo se posesiona de
los pensamientos y sugiere interpretaciones incorrectas. Cuando los hombres no
procuran estar en armonía con Dios en obras y en palabras, por instruidos que
sean, están expuestos a errar en su modo de entender las Santas Escrituras y no
es seguro confiar en sus explicaciones. Los que escudriñan las Escrituras para
buscar contradicciones, no tienen penetración espiritual. Con vista perturbada
encontrarán muchas razones para dudar y no creer en cosas realmente claras y
sencillas.
Pero, disfráceselo como se quiera, el amor al pecado es casi
siempre la causa real de la duda y el escepticismo. Las enseñanzas y
restricciones de la Palabra de Dios no agradan al corazón orgulloso, lleno de
pecado; y los que no quieren obedecer sus mandamientos, fácilmente dudan de su
autoridad. Para llegar al conocimiento de la verdad, debemos tener un deseo
sincero de conocer la verdad y buena voluntad en el corazón para obedecerla.
Todos los que estudien la Biblia con este espíritu, encontrarán en abundancia
pruebas de que es la Palabra de Dios y pueden obtener un conocimiento de sus
verdades que los hará sabios para la salvación.
Cristo dijo: "Si alguno quisiere hacer su voluntad,
conocerá de mi enseñanza." (San Juan 7: 17). En vez de discutir y
cavilar tocante a aquello que no entendáis, aprovechad la luz que ya brilla
sobre vosotros y recibiréis mayor luz. Mediante la gracia de Cristo, cumplid
todos los deberes que hayáis llegado a entender y seréis capaces de entender y
cumplir aquellos de los cuales todavía dudáis.
Hay una prueba que está al alcance de todos, del más
educado y del más ignorante, la prueba de la experiencia. Dios nos invita a
probar por nosotros mismos la realidad de su Palabra, la verdad de sus promesas.
El nos dice: "Gustad y ved que Jehová es bueno." (Salmo 34: 8). En
vez de depender de las palabras de otro, tenemos que probar por nosotros mismos.
Dice: "Pedid, y recibiréis." (San Juan 16: 24). Sus promesas
se cumplirán. Nunca han faltado; nunca pueden faltar. Y cuando seamos atraídos
a Jesús y nos regocijemos en la plenitud de su amor, nuestras dudas y tinieblas
desaparecerán ante la luz de su presencia.
El apóstol Pablo dice que Dios "nos ha libertado de la
potestad de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino del Hijo de su
amor." (Colosenses 1: 13). Y todo aquel que ha pasado de muerte a
vida "ha puesto su sello a esto, que Dios es veraz." (San Juan 3:
33). Puede testificar: "Necesitaba auxilio y lo he encontrado en
Jesús. Fueron suplidas todas mis necesidades, fue satisfecha el hambre de mi
alma y ahora la Biblia es para mí la revelación de Jesucristo. ¿Me
preguntáis por qué creo en Jesús? Porque es para mí un Salvador divino.
¿Por qué creo en la Biblia? Porque he hallado que es la voz de Dios para mi
alma". Podemos tener en nosotros mismos el testimonio de que la Biblia es
verdadera y de que Cristo es el Hijo de Dios. Sabemos que no estamos siguiendo
fábulas astutamente imaginadas.
San Pedro exhorta a los hermanos a crecer "en la gracia,
y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo." (2 San
Pedro 3: 18). Cuando el pueblo de Dios crece en la gracia, obtiene
constantemente un conocimiento más claro de su Palabra. Contempla nueva luz y
belleza en sus sagradas verdades. Esto es lo que ha sucedido en la historia de
la iglesia en todas las edades y continuará sucediendo hasta el fin. "Pero
la senda de los justos es como la luz de la aurora, que se va aumentando en
resplandor hasta que el día es perfecto." (Proverbios 4: 18).
Por medio de la fe podemos mirar lo futuro y confiar en las
promesas de Dios respecto al desarrollo de la inteligencia, a la unión de las
facultades humanas con las divinas y al contacto directo de todas las potencias
del alma con la Fuente de Luz. Podemos regocijarnos de que todas las cosas que
nos han confundido en las providencias de Dios serán entonces aclaradas; las
cosas difíciles de entender serán entonces reveladas; y donde nuestro
entendimiento finito veía solamente confusión y desorden, veremos la más
perfecta y hermosa armonía. "Porque ahora vemos oscuramente, como por
medio de un espejo, mas entonces, cara a cara; ahora conozco en parte, pero
entonces conoceré así como también soy conocido." (1 Corintios 13:
12).
"Y no entres en
juicio con tu siervo; Porque no se justificará delante de ti ningún
viviente." —Salmos 143:2
CAPÍTULO
13

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