
Capítulo 18
Abriendo las Profecías
Un Reformador Americano

Qué verdad puede ser más obvia que la
que es repetida vez tras vez en la Biblia? Con
todo esto, el pronto regreso de Jesús a esta tierra es una de las verdades que
muchos no conocen.
Miremos lo que la
Escritura dice acerca de ese glorioso día que está a las puertas, el
día en que Cristo regresará a este planeta a recoger a los suyos.

Un agricultor íntegro y de corazón recto, que había llegado a dar de la
autoridad divina de las Santas Escrituras, pero que deseaba sinceramente conocer
la verdad, fue el hombre especialmente escogido por Dios para dar principio a la
proclamación de la segunda venida de Cristo. Como otros muchos reformadores,
Guillermo Miller había batallado con la pobreza en su juventud, y así había
aprendido grandes lecciones de energía y abnegación.
Los miembros de la familia de que descendía se habían distinguido por un
espíritu independiente y amante de la libertad, por su capacidad de resistencia
y ardiente patriotismo; y estos rasgos sobresalían también en el carácter de
Guillermo. Su padre fue capitán en la guerra de la independencia norteamericana,
y a los sacrificios que hizo durante las luchas de aquella época tempestuosa
pueden achacarse las circunstancias apremiantes que rodearon la juventud de
Miller.
Poseía una robusta constitución, y ya desde su niñez dio pruebas de una
inteligencia poco común, que se fue acentuando con la edad. Su espíritu era
activo y bien desarrollado, y ardiente su sed de saber. Aunque no gozara de las
ventajas de una instrucción académica, su amor al estudio y el hábito de
reflexionar cuidadosamente, junto con su agudo criterio, hacían de él un hombre
de sano juicio y de vasta comprensión. Su carácter moral era irreprochable, y
gozaba de envidiable reputación, siendo generalmente estimado por su integridad,
su frugalidad y su benevolencia.
A fuerza de energía y aplicación no tardó en adquirir bienestar, si bien
conservó siempre sus hábitos de estudio. Desempeñó con éxito varios cargos
civiles y militares, y el camino hacia la riqueza y los honores parecía estarle
ampliamente abierto.
Su madre era mujer de verdadera piedad, de modo que durante su infancia estuvo
sujeto a influencias religiosas. Sin embargo, siendo aún niño tuvo trato con
deístas, cuya influencia fue reforzada por el hecho de que la mayoría de
ellos eran buenos ciudadanos y hombres de disposiciones humanitarias y
benévolas. Viviendo como vivían en medio de instituciones cristianas, sus
caracteres habían sido modelados hasta cierto punto por el medio ambiente.
Debían a la Biblia las cualidades que les granjeaban respeto y confianza; y no
obstante, tan hermosas dotes se habían malogrado hasta ejercer influencia contra
la Palabra de Dios.
Al rozarse con esos hombres Miller llegó a adoptar sus opiniones. Las
interpretaciones corrientes de las Sagradas Escrituras presentaban dificultades
que le parecían insuperables; pero como, al paso que sus nuevas creencias le
hacían rechazar la Biblia no le ofrecían nada mejor con que substituirla,
distaba mucho de estar satisfecho.
Sin embargo conservó esas ideas cerca de doce años. Pero a la edad de treinta
y cuatro, el Espíritu Santo obró en su corazón y le hizo sentir su condición de
pecador. No hallaba en su creencia anterior seguridad alguna de dicha para más
allá de la tumba. El porvenir se le presentaba sombrío y tétrico.
Refiriéndose años después a los sentimientos que le embargaban en aquel
entonces, dijo:
“El pensar en el aniquilamiento me helaba y me estremecía, y el tener que dar
cuenta me parecía entrañar destrucción segura para todos. El cielo antojábaseme
de bronce sobre mi cabeza, y la tierra hierro bajo mis pies. La eternidad—¿qué
era? y la muerte ¿por qué existía? Cuanto más discurría, tanto más lejos estaba
de la demostración. Cuanto más pensaba, tanto más divergentes eran las
conclusiones a que llegaba. Traté de no pensar más; pero ya no era dueño de mis
pensamientos. Me sentía verdaderamente desgraciado, pero sin saber por qué.
Murmuraba y me quejaba, pero no sabía de quién. Sabía que algo andaba mal, pero
no sabía ni dónde ni cómo encontrar lo correcto y justo. Gemía, pero lo hacía
sin esperanza.”
En ese estado permaneció varios meses. “De pronto—dice,—el carácter de un
Salvador se grabó hondamente en mi espíritu. Me pareció que bien podía existir
un Ser tan bueno y compasivo que expiara nuestras transgresiones, y nos librara
así de sufrir la pena del pecado. Sentí inmediatamente cuán amable había de
ser este Alguien, y me imaginé que podría yo echarme en sus brazos y confiar en
su misericordia. Pero surgió la pregunta: ¿cómo se puede probar la existencia
de tal Ser? Encontré que, fuera de la Biblia, no podía obtener prueba alguna de
la existencia de semejante Salvador, o siquiera de una existencia futura....
“Discerní que la Biblia presentaba precisamente un Salvador como el que yo
necesitaba; pero no veía cómo un libro no inspirado pudiera desarrollar
principios tan perfectamente adaptados a las necesidades de un mundo caído.
Me vi obligado a admitir que las Sagradas Escrituras debían ser una revelación
de Dios. Llegaron a ser mi deleite; y encontré en Jesús un amigo. El Salvador
vino a ser para mí el más señalado entre diez mil; y las Escrituras, que antes
eran obscuras y contradictorias, se volvieron entonces antorcha a mis pies y luz
a mi senda. Mi espíritu obtuvo calma y satisfacción.
Encontré que el Señor Dios
era una Roca en medio del océano de la vida. La Biblia llegó a ser entonces mi
principal objeto de estudio, y puedo decir en verdad que la escudriñaba con gran
deleite.
Encontré que no se me había dicho nunca ni la mitad de lo que contenía. Me
admiraba de que no hubiese visto antes su belleza y magnificencia, y de que
hubiese podido rechazarla. En ella encontré revelado todo lo que mi corazón
podía desear, y un remedio para toda enfermedad del alma. Perdí enteramente el
gusto por otra lectura, y me apliqué de corazón a adquirir sabiduría de Dios.”—S.
Bliss, Memoirs of Wm. Miller, págs. 65-67.
Miller hizo entonces pública profesión de fe en la religión que había
despreciado antes. Pero sus compañeros incrédulos no tardaron en aducir todos
aquellos argumentos de que él mismo había echado mano a menudo contra la
autoridad divina de las Santas Escrituras.
El no estaba todavía preparado para contestarles; pero se dijo que si la Biblia
es una revelación de Dios, debía ser consecuente consigo misma; y que habiendo
sido dada para instrucción del hombre, debía estar adaptada a su inteligencia.
Resolvió estudiar las Sagradas Escrituras por su cuenta, y averiguar si toda
contradicción aparente no podía armonizarse.
Procurando poner a un lado toda opinión preconcebida y prescindiendo de todo
comentario, comparó pasaje con pasaje con la ayuda de las referencias marginales
y de la concordancia. Prosiguió su estudio de un modo regular y metódico;
empezando con el Génesis y leyendo versículo por versículo, no pasaba adelante
sino cuando el que estaba estudiando quedaba aclarado, dejándole libre de toda
perplejidad. Cuando encontraba algún pasaje obscuro, solía compararlo con
todos los demás textos que parecían tener alguna referencia con el asunto en
cuestión. Reconocía a cada palabra el sentido que le correspondía en el tema
de que trataba el texto, y si la idea que de él se formaba armonizaba con cada
pasaje colateral, la dificultad desaparecía. Así, cada vez que daba con un
pasaje difícil de comprender, encontraba la explicación en alguna otra parte de
las Santas Escrituras. A medida que estudiaba y oraba fervorosamente para que
Dios le alumbrara, lo que antes le había parecido obscuro se le aclaraba.
Experimentaba la verdad de las palabras del salmista: “El principio de tus
palabras alumbra; hace entender a los simples.” Salmo 119:130.
Con profundo interés estudió los libros de Daniel y el Apocalipsis, siguiendo
los mismos principios de interpretación que en los demás libros de la Biblia, y
con gran gozo comprobó que los símbolos proféticos podían ser comprendidos.
Vio que, en la medida en que se habían cumplido, las profecías lo habían hecho
literalmente; que todas las diferentes figuras, metáforas, parábolas,
similitudes, etc., o estaban explicadas en su contexto inmediato, o los términos
en que estaban expresadas eran definidos en otros pasajes; y que cuando eran así
explicados debían ser entendidos literalmente. “Así me convencí—dice— de que la
Biblia es un sistema de verdades reveladas dadas con tanta claridad y sencillez,
que el que anduviere en el camino trazado por ellas, por insensato que fuere, no
tiene por qué extraviarse.”—Bliss, pág. 70.
Eslabón tras eslabón de la cadena de la verdad descubierta vino a recompensar
sus esfuerzos, a medida que paso a paso seguía las grandes líneas de la
profecía. Angeles del cielo dirigían sus pensamientos y descubrían las
Escrituras a su inteligencia.
Tomando por criterio el modo en que las profecías se habían cumplido en lo
pasado, para considerar el modo en que se cumplirían las que quedaban aún por
cumplirse, se convenció de que el concepto popular del reino espiritual de
Cristo—un milenio temporal antes del fin del mundo—no estaba fundado en la
Palabra de Dios. Esta doctrina que indicaba mil años de justicia y de paz
antes de la venida personal del Señor, difería para un futuro muy lejano los
terrores del día de Dios. Pero, por agradable que ella sea, es contraria a las
enseñanzas de Cristo y de sus apóstoles, quienes declaran que el trigo y la
cizaña crecerán juntos hasta la siega al fin del mundo; que “los malos hombres y
los engañadores, irán de mal en peor;” que “en los postreros días vendrán
tiempos peligrosos;” y que el reino de las tinieblas subsistirá hasta el
advenimiento del Señor y será consumido por el espíritu de su boca y destruido
con el resplandor de su venida. Mateo 13:30, 38-41; 2 Timoteo 3:13, 1; 2
Tesalonicenses 2:8.
La doctrina de la conversión del mundo y del reino espiritual de Cristo no era
sustentada por la iglesia apostólica. No fue generalmente aceptada por los
cristianos hasta casi a principios del siglo XVIII. Como todos los demás
errores, éste también produjo malos resultados. Enseñó a los hombres a dejar
para un remoto porvenir la venida del Señor y les impidió que dieran importancia
a las señales de su cercana llegada. Infundía un sentimiento de confianza y
seguridad mal fundado, y llevó a muchos a descuidar la preparación necesaria
para ir al encuentro de su Señor.
Miller encontró que la venida verdadera y personal de Cristo está claramente
enseñada en las Santas Escrituras. Pablo dice: “El Señor mismo descenderá
del cielo con mandato soberano, con la voz del arcángel y con trompeta de Dios.”
Y el Salvador declara que “verán al Hijo del hombre viniendo sobre las
nubes del cielo, con poder y grande gloria.”
“Porque como el relámpago sale del oriente, y se ve lucir hasta el occidente,
así será la venida del Hijo del hombre.” Será acompañado por todas las huestes
del cielo, pues “el Hijo del hombre” vendrá “en su gloria, y todos los ángeles
con él.”
“Y enviará sus ángeles con grande estruendo de trompeta, los cuales juntarán a
sus escogidos.” 1 Tesalonicenses 4:16; Mateo 24:30, 27, 31; 25:31.
A su venida los justos muertos resucitarán, y los justos que estuvieren aún
vivos serán cambiados. “No todos dormiremos— dice Pablo,—pero todos seremos
transformados en un instante, en un abrir y cerrar de ojos, a la trompeta final.
Porque sonará la trompeta, y los muertos serán resucitados sin corrupción; y
nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible sea
vestido de incorrupción, y que esto mortal sea vestido de inmortalidad. 1
Corintios 15:51-53. Y en 1 Tesalonicenses 4:16, 17, después de describir la
venida del Señor, dice: ”Los muertos en Cristo se levantarán primero; luego,
nosotros los vivientes, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente
con ellos a las nubes, al encuentro del Señor, en el aire; y así estaremos
siempre con el Señor.”
El pueblo de Dios no puede recibir el reino antes que se realice el advenimiento
personal de Cristo. El Señor había dicho: “Cuando el Hijo del hombre venga en su
gloria, y todos los ángeles con él, entonces se sentará sobre el trono de su
gloria; y delante de él serán juntadas todas las naciones; y apartará a los
hombres unos de otros, como el pastor aparta las ovejas de las cabras: y pondrá
las ovejas a su derecha, y las cabras a la izquierda. Entonces dirá el Rey a los
que estarán a su derecha: ¡Venid, benditos de mi Padre, poseed el reino
destinado para vosotros desde la fundación del mundo!” Mateo 25:31-34.
Hemos visto por los pasajes que acabamos de citar que cuando venga el Hijo
del hombre, los muertos serán resucitados incorruptibles, y que los vivos serán
mudados. Este gran cambio los preparará para recibir el reino; pues Pablo
dice: “La carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción
hereda la incorrupción.” 1 Corintios 15:50. En su estado presente el hombre es
mortal, corruptible; pero el reino de Dios será incorruptible y sempiterno. Por
lo tanto, en su estado presente el hombre no puede entrar en el reino de Dios.
Pero cuando venga Jesús, concederá la inmortalidad a su pueblo; y luego los
llamará a poseer el reino, del que hasta aquí sólo han sido presuntos herederos.
Estos y otros pasajes bíblicos probaron claramente a Miller que los
acontecimientos que generalmente se esperaba que se verificasen antes de la
venida de Cristo, tales como el reino universal de la paz y el establecimiento
del reino de Dios en la tierra, debían realizarse después del segundo
advenimiento.
Además, todas las señales de los tiempos y el estado del mundo correspondían a
la descripción profética de los últimos días. Por el solo estudio de las
Sagradas Escrituras, Miller tuvo que llegar a la conclusión de que el período
fijado para la subsisten
cia de la tierra en
su estado actual estaba por terminar.
“Otra clase de evidencia que afectó vitalmente mi espíritu— dice él—fue la
cronología de las Santas Escrituras.... Encontré que los acontecimientos
predichos, que se habían cumplido en lo pasado, se habían desarrollado muchas
veces dentro de los límites de un tiempo determinado.
Los ciento y veinte años
hasta el diluvio Génesis 6:3; los siete días que debían precederlo, con el
anuncio de cuarenta días de lluvia Génesis 7:4; los cuatrocientos años de la
permanencia de la posteridad de Abrahán en Egipto Génesis 15:13; los tres días
de los sueños del copero y del panadero Génesis 40:12-20; los siete años de
Faraón Génesis 41:28-54; los cuarenta años en el desierto Números 14:34; los
tres años y medio de hambre 1 Reyes 17:1 [véase Lucas 4:25];...los setenta años
del cautiverio en Babilonia Jeremías 25:11; los siete tiempos de Nabucodonosor
Daniel 4:13-16; y las siete semanas, sesenta y dos semanas, y la una semana, que
sumaban setenta semanas determinadas sobre los judíos Daniel 9:24-27; todos los
acontecimientos limitados por estos períodos no fueron una vez más que asunto
profético, pero se cumplieron de acuerdo con las predicciones.”—Bliss, págs.
74, 75.
Por consiguiente, al encontrar en su estudio de la Biblia varios períodos
cronológicos, que, según su modo de entenderlos, se extendían hasta la segunda
venida de Cristo, no pudo menos que considerarlos como los “tiempos señalados,”
que Dios había revelado a sus siervos. “Las cosas secretas—dice
Moisés—pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas nos pertenecen a
nosotros y a nuestros hijos para siempre,” y el Señor declara por el profeta
Amós que “no hará nada sin que revele su secreto a sus siervos los profetas.”
Deuteronomio 29:29; Amós 3:7.
Así que los que estudian la Palabra de Dios pueden confiar que encontrarán
indicado con claridad en las Escrituras el acontecimiento más estupendo que debe
realizarse en la historia de la humanidad.
“Estando completamente convencido—dice Miller—de que toda Escritura divinamente
inspirada es útil [2 Timoteo 3:16]; que en ningún tiempo fue dada por voluntad
de hombre, sino que fue escrita por hombres santos inspirados del Espíritu Santo
[2 Pedro 1:21], y esto ‘para nuestra enseñanza’ ‘para que por la paciencia, y
por la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza’ [Romanos 15:4], no
pude menos que considerar las partes cronológicas de la Biblia tan pertinentes a
la palabra de Dios y tan acreedoras a que las tomáramos en cuenta como
cualquiera otra parte de las Sagradas Escrituras. Pensé por consiguiente que al
tratar de comprender lo que Dios, en su misericordia, había juzgado conveniente
revelarnos, yo no tenía derecho para pasar por alto los períodos proféticos.”—Bliss,
pág. 75.
La profecía que parecía revelar con la mayor claridad el tiempo del segundo
advenimiento, era la de Daniel 8:14: “Hasta dos mil y trescientas tardes y
mañanas; entonces será purificado el Santuario.” Siguiendo la regla que se
había impuesto, de dejar que las Sagradas Escrituras se interpretasen a sí
mismas, Miller llegó a saber que un día en la profecía simbólica representa
un año Números 14:34; Ezequiel 4:6; vio que el período de los 2.300 días
proféticos, o años literales, se extendía mucho más allá del fin de la era
judaica, y que por consiguiente no podía referirse al santuario de aquella
economía. Miller aceptaba la creencia general de que durante la era cristiana la
tierra es el santuario, y dedujo por consiguiente que la purificación del
santuario predicha en Daniel 8:14 representaba la purificación de la tierra con
fuego en el segundo advenimiento de Cristo. Llegó pues a la conclusión de que si
se podía encontrar el punto de partida de los 2.300 días, sería fácil fijar el
tiempo del segundo advenimiento. Así quedaría revelado el tiempo de aquella
gran consumación, “el tiempo en que concluiría el presente estado de cosas, con
todo su orgullo y poder, su pompa y vanidad, su maldad y opresión, . . . el
tiempo en que la tierra dejaría de ser maldita, en que la muerte sería destruida
y se daría el galardón a los siervos de Dios, a los profetas y santos, y a todos
los que temen su nombre, el tiempo
en que serían
destruídos los que destruyen la tierra.”—Bliss, pág. 76.
Miller siguió escudriñando las profecías con más empeño y fervor que nunca,
dedicando noches y días enteros al estudio de lo que resultaba entonces de tan
inmensa importancia y absorbente interés. En el capítulo octavo de Daniel no
pudo encontrar guía para el punto de partida de los 2.300 días. Aunque se le
mandó que hiciera comprender la visión a Daniel, el ángel Gabriel sólo le dio a
éste una explicación parcial. Cuando el profeta vio las terribles persecuciones
que sobrevendrían a la iglesia, desfallecieron sus fuerzas físicas. No pudo
soportar más, y el ángel le dejó por algún tiempo. Daniel quedó “sin
fuerzas,” y estuvo “enfermo algunos días.” “Estaba asombrado de la
visión—dice;—mas no hubo quien la explicase.”
Y sin embargo Dios había mandado a su mensajero: “Haz que este entienda la
visión.” Esa orden debía ser ejecutada. En obedecimiento a ella, el ángel,
poco tiempo después, volvió hacia Daniel, diciendo: “Ahora he salido para
hacerte sabio de entendimiento;” “entiende pues la palabra, y alcanza
inteligencia de la visión.” Daniel 8:27, 16; 9:22, 23. Había un punto
importante en la visión del capítulo octavo, que no había sido explicado, a
saber, el que se refería al tiempo: el período de los 2.300 días; por
consiguiente, el ángel, reanudando su explicación, se espacia en la cuestión del
tiempo:
“Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa
ciudad.... Sepas pues y entiendas, que desde la salida de la palabra para
restaurar y edificar a Jerusalem hasta el Mesías Príncipe, habrá siete
semanas, y sesenta y dos semanas; tornaráse a edificar la plaza y el muro en
tiempos angustiosos. Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida
al Mesías, y no por sí.... Y en otra semana confirmará el pacto a muchos, y a la
mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda.” Daniel 9:24-27.
El ángel había sido enviado a Daniel con el objeto expreso de que le explicara
el punto que no había logrado comprender en la visión del capítulo octavo, el
dato relativo al tiempo:
“Hasta dos mil y
trescientas tardes y mañanas; entonces será purificado el Santuario.”
Después de mandar a Daniel que “entienda” “la palabra” y que alcance
inteligencia de “la visión,” las primeras palabras del ángel son: “Setenta
semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad.” La
palabra traducida aquí por “determinadas,” significa literalmente “descontadas.”
El ángel declara que setenta semanas, que representaban 490 años, debían ser
descontadas por pertenecer especialmente a los judíos. ¿Pero de dónde fueron
descontadas? Como los 2.300 días son el único período de tiempo mencionado en el
capítulo octavo, deben constituir el período del que fueron descontadas las
setenta semanas; las setenta semanas deben por consiguiente formar parte de
los 2.300 días, y ambos períodos deben comenzar juntos. El ángel declaró que
las setenta semanas datan del momento en que salió el edicto para reedificar a
Jerusalén. Si se puede encontrar la fecha de aquel edicto, queda fijado el punto
de partida del gran período de los 2.300 días.
Ese decreto se encuentra en el capítulo séptimo de Esdras (Vers. 12-26.) Fue
expedido en su forma más completa por Artajerjes, rey de Persia. en el año ant.
de J. C. Pero en Esdras 6:14 se dice que la casa del Señor fue edificada en
Jerusalén “por mandamiento de Ciro, y de Darío y de Artajerjes rey de Persia.”
Estos tres reyes, al expedir el decreto y al confirmarlo y completarlo, lo
pusieron en la condición requerida por la profecía para que marcase el principio
de los 2.300 años. Tomando el año 457 ant. de J. C. en que el decreto fue
completado, como fecha de la orden, se comprobó que cada especificación de la
profecía referente a las setenta semanas se había cumplido.
“Desde la salida de la palabra para restaurar y edificar a Jerusalem hasta el
Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas” es decir sesenta
y nueve semanas, o sea 483 años. El decreto de Artajerjes fue puesto en
vigencia en el otoño del año 457 ant. de J. C. Partiendo de esta fecha, los 483
años alcanzan al otoño del año 27 de J. C. Entonces fue cuando esta profecía
se cumplió. La palabra “Mesías” significa “el Ungido.” En el otoño del año 27 de
J. C., Cristo fue bautizado por Juan y recibió la unción del Espíritu Santo. El
apóstol Pedro testifica que “a Jesús de Nazaret: . . . Dios le ungió con el
Espíritu Santo y con poder.” Hechos 10:38. Y el mismo Salvador declara: “El
Espíritu del Señor está sobre mí; por cuanto me ha ungido para anunciar buenas
nuevas a los pobres.” Después de su bautismo, Jesús volvió a Galilea,
“predicando el evangelio de Dios, y diciendo: Se ha cumplido el tiempo.
Lucas 4:18; Marcos 1:14,15.
“Y en otra semana confirmará el pacto a muchos.” La semana de la cual se
habla aquí es la última de las setenta. Son los siete últimos años del
período concedido especialmente a los judíos. Durante ese plazo, que se
extendió del año 27 al año 34 de J. C., Cristo, primero en persona y luego
por intermedio de sus discípulos, presentó la invitación del Evangelio
especialmente a los judíos. Cuando los apóstoles salieron para proclamar las
buenas nuevas del reino, las instrucciones del Salvador fueron: “Por el camino
de los Gentiles no iréis, y en ciudad de Samaritanos no entréis.” Mateo 10:5, 6.
“A la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda.” En el año 31 de
J. C., tres años y medio después de su bautismo, nuestro Señor fue crucificado.
Con el gran sacrificio ofrecido en el Calvario, terminó aquel sistema de
ofrendas que durante cuatro mil años había prefigurado al Cordero de Dios. El
tipo se encontró con el antitipo, y todos los sacrificios y oblaciones del
sistema ceremonial debían cesar.
Las setenta semanas, o 490 años concedidos a los judíos, terminaron, como lo
vimos, en el año 34 de J. C. En dicha fecha, por auto del Sanedrín judaico,
la nación selló su rechazamiento del Evangelio con el martirio de Esteban y la
persecución de los discípulos de Cristo. Entonces el mensaje de salvación, no
estando más reservado exclusivamente para el pueblo elegido, fue dado al mundo.
Los discípulos, obligados por la persecución a huir de Jerusalén, “andaban por
todas partes, predicando la Palabra.”
“Felipe, descendiendo a la ciudad de Samaria, les proclamó el Cristo.” Pedro,
guiado por Dios, dio a conocer el Evangelio al centurión de Cesarea, el piadoso
Cornelio; el ardiente Pablo, ganado a la fe de Cristo, fue comisionado para
llevar las alegres nuevas “lejos. . . a los gentiles.” Hechos 8:4, 5; 22:21.
Hasta aquí cada uno de los detalles de las profecías se ha cumplido de una
manera sorprendente, y el principio de las setenta semanas queda establecido
irrefutablemente en el año 457 ant. de J.C. y su fin en el año 34 de J.C.
Partiendo de esta fecha no es difícil encontrar el término de los 2.300 días.
Las setenta semanas— 490 días—descontadas de los 2.300 días, quedaban 1.810
días. Concluídos los 490 días, quedaban aún por cumplirse los 1.810 días.
Contando desde 34 de J.C., los 1.810 años alcanzan al año 1844. Por
consiguiente los 2.300 días de Daniel 8:14 terminaron en 1844. Al fin de este
gran período profético, según el testimonio del ángel de Dios, “el santuario”
debía ser “purificado.” De este modo la fecha de la purificación del
santuario—la cual se creía casi universalmente que se verificaría en el segundo
advenimiento de Cristo—quedó definitivamente establecida.
Miller y sus colaboradores creyeron primero que los 2.300 días terminarían en la
primavera de 1844, mientras que la profecía señala el otoño de ese
mismo año. La
equivocación de este punto fue causa de desengaño y perplejidad para los que
habían fijado para la primavera de dicho año el tiempo de la venida del Señor.
Pero esto no afectó en lo más mínimo la fuerza de la argumentación que demuestra
que los 2.300 días terminaron en el año 1844 y que el gran acontecimiento
representado por la purificación del santuario debía verificarse entonces.
Al empezar a estudiar las Sagradas Escrituras como lo hizo, para probar que son
una revelación de Dios, Miller no tenía la menor idea de que llegaría a la
conclusión a que había llegado.
Apenas podía él mismo
creer en los resultados de su investigación. Pero las pruebas de la Santa
Escritura eran demasiado evidentes y concluyentes para rechazarlas.
Había dedicado dos años al estudio de la Biblia, cuando, en 1818, llegó a tener
la solemne convicción de que unos veinticinco años después aparecería Cristo
para redimir a su pueblo. “No necesito hablar—dice Miller—del gozo que llenó
mi corazón ante tan embelesadora perspectiva, ni de los ardientes anhelos de mi
alma para participar del júbilo de los redimidos. La Biblia fue para mí entonces
un libro nuevo. Era esto en verdad una fiesta de la razón; todo lo que para mí
había sido sombrío, místico u obscuro en sus enseñanzas, había desaparecido de
mi mente ante la clara luz que brotaba de sus sagradas páginas; y ¡oh! ¡cuán
brillante y gloriosa aparecía la verdad! Todas las contradicciones y disonancias
que había encontrado antes en la Palabra desaparecieron; y si bien quedaban
muchas partes que no comprendía del todo, era tanta la luz que de las Escrituras
manaba para alumbrar mi inteligencia obscurecida que al estudiarlas sentía un
deleite que nunca antes me hubiera figurado que podría sacar de sus
enseñanzas.”—Bliss, págs. 76, 77.
“Solemnemente convencido de que las Santas Escrituras anunciaban el cumplimiento
de tan importantes acontecimientos en tan corto espacio de tiempo, surgió con
fuerza en mi alma la cuestión de saber cuál era mi deber para con el mundo, en
vista de la evidencia que había conmovido mi propio espíritu.”—Id., pág. 81.
No pudo menos que sentir que era deber suyo impartir a otros la luz que había
recibido.
Esperaba encontrar oposición de parte de los impíos, pero estaba seguro de que
todos los cristianos se alegrarían en la esperanza de ir al encuentro del
Salvador a quien profesaban amar. Lo único que temía era que en su gran júbilo
por la perspectiva de la gloriosa liberación que debía cumplirse tan pronto,
muchos recibiesen la doctrina sin examinar detenidamente las Santas Escrituras
para ver si era la verdad.
De aquí que vacilara en
presentarla, por temor de estar errado y de hacer descarriar a otros. Esto le
indujo a revisar las pruebas que apoyaban las conclusiones a que había llegado,
y a considerar cuidadosamente cualquiera dificultad que se presentase a su
espíritu.
Encontró que las
objeciones se desvanecían ante la luz de la Palabra de Dios como la neblina ante
los rayos del sol. Los cinco años que dedicó a esos estudios le dejaron
enteramente convencido de que su manera de ver era correcta. El deber de hacer
conocer a otros lo que él creía estar tan claramente enseñado en las Sagradas
Escrituras, se le impuso entonces con nueva fuerza.
“Cuando estaba ocupado en
mi trabajo—explicó,—sonaba continuamente en mis oídos el mandato: Anda y haz
saber al mundo el peligro que corre. Recordaba constantemente este pasaje:
‘Diciendo yo al impío: Impío, de cierto morirás; si tú no hablares para que se
guarde el impío de su camino, el impío morirá por su pecado, mas su sangre yo la
demandaré de tu mano. Y si tú avisares al impío de su camino para que de él se
aparte, y él no se apartare de su camino, por su pecado morirá él, y tú libraste
tu vida.” Ezequiel 33:8, 9. Me parecía que si los impíos podían ser amonestados
eficazmente, multitudes de ellos se arrepentirían; y que si no eran amonestados,
su sangre podía ser demandada de mi mano.”—Bliss, pág. 92.
Empezó a presentar sus ideas en círculo privado siempre que se le ofrecía la
oportunidad, rogando a Dios que algún ministro sintiese la fuerza de ellas y se
dedicase a proclamarlas. Pero no podía librarse de la convicción de que
tenía un deber personal que cumplir dando el aviso. De continuo se presentaban a
su espíritu las siguientes palabras: “Anda y anúncialo al mundo; su sangre
demandaré de tu mano.” Esperó nueve años; y la carga continuaba pesando sobre
su alma, hasta que en 1831 expuso por primera vez en público las razones de la
fe que tenía.
Así como Eliseo fue llamado cuando seguía a sus bue
yes en el
campo, para recibir el manto de la consagración al ministerio profético, así
también Guillermo Miller fue llamado a dejar su arado y revelar al pueblo los
misterios del reino de Dios. Con temblor dio principio a su obra de conducir
a sus oyentes paso a paso a través de los períodos proféticos hasta el segundo
advenimiento de Cristo.
Con cada esfuerzo cobraba más energía y valor al ver el marcado interés que
despertaban sus palabras. A la solicitación de sus hermanos, en cuyas
palabras creyó oír el llamamiento de Dios, se debió que Miller consintiera en
presentar sus opiniones en público. Tenía ya cincuenta años, y no estando
acostumbrado a hablar en público, se consideraba incapaz de hacer la obra que de
él se esperaba. Pero desde el principio sus labores fueron notablemente
bendecidas para la salvación de las almas. Su primera conferencia fue
seguida de un despertamiento religioso, durante el cual treinta familias
enteras, menos dos personas, fueron convertidas. Se le instó inmediatamente a
que hablase en otros lugares, y casi en todas partes su trabajo tuvo por
resultado un avivamiento de la obra del Señor. Los pecadores se convertían, los
cristianos renovaban su consagración a Dios, y los deístas e incrédulos eran
inducidos a reconocer la verdad de la Biblia y de la religión cristiana. El
testimonio de aquellos entre quienes trabajara fue: “Consigue ejercer una
influencia en una clase de espíritus a la que no afecta la influencia de otros
hombres.”—Id., pág. 138. Su predicación era para despertar interés en los
grandes asuntos de la religión y contrarrestar la mundanalidad y sensualidad
crecientes de la época.
En casi todas las ciudades se convertían los oyentes por docenas y hasta por
centenares. En muchas poblaciones se le abrían de par en par las iglesias
protestantes de casi todas las denominaciones, y las invitaciones para trabajar
en ellas le llegaban generalmente de los mismos ministros de diversas
congregaciones. Tenía por regla invariable no trabajar donde no hubiese sido
invitado. Sin embargo pronto vio que no le era posible atender siquiera la mitad
de los llamamientos que se le dirigían.
Muchos que no aceptaban su modo de ver en cuanto a la fecha exacta del segundo
advenimiento, estaban convencidos de la seguridad y proximidad de la venida de
Cristo y de que necesitaban prepararse para ella. En algunas de las grandes
ciudades, sus labores hicieron extraordinaria impresión. Hubo taberneros que
abandonaron su tráfico y convirtieron sus establecimientos en salas de culto;
los garitos eran abandonados; incrédulos, deístas, universalistas y hasta
libertinos de los más perdidos—algunos de los cuales no habían entrado en ningún
lugar de culto desde hacía años—se convertían. Las diversas denominaciones
establecían reuniones de oración en diferentes barrios y a casi cualquier
hora del día los hombres de negocios se reunían para orar y cantar alabanzas. No
se notaba excitación extravagante, sino que un sentimiento de solemnidad
dominaba a casi todos. La obra de Miller, como la de los primeros reformadores,
tendía más a convencer el entendimiento y a despertar la conciencia que a
excitar las emociones.
En 1833 Miller recibió de la iglesia bautista, de la cual era miembro, una
licencia que le autorizaba para predicar. Además, buen número de los
ministros de su denominación aprobaban su obra, y le dieron su sanción formal
mientras proseguía sus trabajos.
Viajaba y predicaba sin descanso, si bien sus labores personales se limitaban
principalmente a los estados del este y del centro de los Estados Unidos.
Durante varios años sufragó él mismo todos sus gastos de su bolsillo y ni aun
más tarde se le costearon nunca por completo los gastos de viaje a los puntos
adonde se le llamaba. De modo que, lejos de reportarle provecho pecuniario, sus
labores públicas constituían un pesado gravamen para su fortuna particular que
fue menguando durante este período de su vida. Era padre de numerosa familia,
pero como todos los miembros de ella eran frugales y diligentes, su finca rural
bastaba para el sustento de todos ellos.
En 1833, dos años después de haber principiado Miller a presentar en público las
pruebas de la próxima venida de Cristo, apareció la última de las señales que
habían sido anunciadas por el Salvador como precursoras de su segundo
advenimiento.
Jesús había dicho: “Las estrellas caerán del cielo.” Mateo 24:29. Y Juan,
al recibir la visión de las escenas que anunciarían el día de Dios, declara en
el Apocalipsis: “Las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra, como la
higuera echa sus higos cuando es movida de gran viento.” Apocalipsis 6:13.
Esta profecía se cumplió de modo sorprendente y pasmoso con la gran lluvia
meteórica del 13 de noviembre de 1833.
Fue éste el más dilatado y admirable espectáculo de estrellas fugaces que se
haya registrado, pues “¡sobre todos los Estados Unidos el firmamento entero
estuvo entonces, durante horas seguidas, en conmoción ígnea! No ha ocurrido
jamás en este país, desde el tiempo de los primeros colonos, un fenómeno
celestial que despertara tan grande admiración entre unos, ni tanto terror ni
alarma entre otros.”
“Su sublimidad y terrible belleza quedan aún grabadas en el recuerdo de
muchos.... Jamás cayó lluvia más tupida que ésa en que cayeron los meteoros
hacia la tierra; al este, al oeste, al norte y al sur era lo mismo. En una
palabra, todo el cielo parecía en conmoción . . . El espectáculo, tal como está
descrito en el diario del profesor Silliman, fue visto por toda la América del
Norte... Desde las dos de la madrugada hasta la plena claridad del día en un
firmamento perfectamente sereno y sin nubes, todo el cielo estuvo constantemente
surcado por una lluvia incesante de cuerpos que brillaban de modo
deslumbrador.”—R. M. Devens, American Progress; or, The Great Events of the
Greatest Century, cap. 28, párrs. 1-5.
“En verdad, ninguna lengua podría describir el esplendor de tan hermoso
espectáculo; . . . nadie que no lo haya presenciado puede formarse exacta idea
de su esplendor. Parecía que todas las estrellas del cielo se hubiesen reunido
en un punto cerca del cenit, y que fuesen lanzadas de allí, con la velocidad del
rayo, en todas las direcciones del horizonte; y sin embargo no se agotaban: con
toda rapidez
seguíanse por miles
unas tras otras, como si hubiesen sido creadas para el caso.”—F. Reed en el
Christian Advocate and Journal, 13 de dic. de 1833.
“Es imposible contemplar
una imagen más exacta de la higuera que deja caer sus higos cuando es sacudida
por un gran viento.”—“The Old Countryman,” en el Evening Advertiser de
Portland, 26 de nov. de 1833.
En el Journal of Commerce de Nueva York del 14 de noviembre se publicó un
largo artículo referente a este maravilloso fenómeno y en él se leía la
siguiente declaración: “Supongo que ningún filósofo ni erudito ha referido o
registrado jamás un suceso como el de ayer por la mañana. Hace mil ochocientos
años un profeta lo predijo con toda exactitud, si entendemos que las estrellas
que cayeron eran estrellas errantes o fugaces, . . . que es el único sentido
verdadero y literal.”
Así se realizó la última de las señales de su venida acerca de las cuales Jesús
había dicho a sus discípulos: “Cuando viereis todas estas cosas, sabed
que está cercano, a las puertas.” Mateo 24:33. Después de estas señales, Juan
vio que el gran acontecimiento que debía seguir consistía en que el cielo
desaparecía como un libro cuando es arrollado, mientras que la tierra era
sacudida, las montañas y las islas eran movidas de sus lugares, y los impíos,
aterrorizados, trataban de esconderse de la presencia del Hijo del hombre.
Apocalipsis
6:12-17.
Muchos de los que presenciaron la caída de las estrellas la consideraron como un
anuncio del juicio venidero— ”como un signo precursor espantoso, un presagio
misericordioso, de aquel grande y terrible día.”—“The Old Countryman,” en el
Evening Advertiser de Portland, 26 de nov. de 1833. Así fue dirigida la
atención del pueblo hacia el cumplimiento de la profecía, y muchos fueron
inducidos a hacer caso del aviso del segundo advenimiento.
En 1840 otro notable cumplimiento de la profecía despertó interés general.
Dos años antes, Josías Litch, uno de los principales ministros que predicaban el
segundo ad venimiento, publicó una explicación del capítulo noveno del
Apocalipsis, que predecía la caída del imperio otomano.
Según sus cálculos esa potencia sería derribada “en el año 1840 de J. C.,
durante el mes de agosto”; y pocos días antes de su cumplimiento escribió:
“Admitiendo que el primer período de 150 años se haya cumplido exactamente antes
de que Deacozes subiera al trono con permiso de los turcos, y que los 391 años y
quince días comenzaran al terminar el primer período, terminarán el 11 de agosto
de 1840, día en que puede anticiparse que el poder otomano en Constantinopla
será quebrantado. Y esto es lo que creo que va a confirmarse.”—Josías Litch,
en Signs of the Times, and Expositor of Prophecy, 18 de agosto de 1840.
En la fecha misma que había sido especificada, Turquía aceptó, por medio de sus
embajadores, la protección de las potencias aliadas de Europa, y se puso así
bajo la tutela de las naciones cristianas. El acontecimiento cumplió exactamente
la predicción. Cuando esto se llegó a saber, multitudes se convencieron de que
los principios de interpretación profética adoptados por Miller y sus compañeros
eran correctos, con lo que recibió un impulso maravilloso el movimiento
adventista. Hombres de saber y de posición social se adhirieron a Miller para
divulgar sus ideas, y de 1840 a 1844 la obra se extendió rápidamente.
Guillermo Miller poseía grandes dotes intelectuales, disciplinadas por la
reflexión y el estudio; y a ellas añadió la sabiduría del cielo al ponerse en
relación con la Fuente de la sabiduría. Era hombre de verdadero valer, que no
podía menos que imponer respeto y granjearse el aprecio dondequiera que supiera
estimarse la integridad, el carácter y el valor moral. Uniendo verdadera bondad
de corazón a la humildad cristiana y al dominio de sí mismo, era atento y afable
para con todos, y siempre listo para escuchar las opiniones de los demás y pesar
sus argumentos. Sin apasionamiento ni agitación, examinaba todas las teorías y
doctrinas a la luz de la Palabra de Dios; y su sano juicio y profundo
conocimiento de las Santas Escrituras, le permitían descubrir y refutar el
error.
Sin embargo no prosiguió su obra sin encontrar violenta oposición. Como les
sucediera a los primeros reformadores, las verdades que proclamaba no fueron
recibidas favorablemente por los maestros religiosos del pueblo. Como éstos no
podían sostener sus posiciones apoyándose en las Santas Escrituras, se vieron
obligados a recurrir a los dichos y doctrinas de los hombres, a las tradiciones
de los padres. Pero la Palabra de Dios era el único testimonio que aceptaban
los predicadores de la verdad del segundo advenimiento. “La Biblia, y la Biblia
sola,” era su consigna. La falta de argumentos bíblicos de parte de sus
adversarios era suplida por el ridículo y la burla.
Tiempo, medios y talentos fueron empleados en difamar a aquellos cuyo único
crimen consistía en esperar con gozo el regreso de su Señor, y en esforzarse por
vivir santamente, y en exhortar a los demás a que se preparasen para su
aparición.
Serios fueron los esfuerzos que se hicieron para apartar la mente del pueblo del
asunto del segundo advenimiento. Se hizo aparecer como pecado, como algo de
que los hombres debían avergonzarse, el estudio de las profecías referentes a la
venida de Cristo y al fin del mundo. Así los ministros populares socavaron la fe
en la Palabra de Dios. Sus enseñanzas volvían incrédulos a los hombres, y muchos
se arrogaron la libertad de andar según sus impías pasiones. Luego los autores
del mal echaban la culpa de él a los adventistas.
Mientras que un sinnúmero de personas inteligentes e interesadas se apiñaban
para oír a Miller, su nombre era rara vez mencionado por la prensa religiosa y
sólo para ridiculizarlo y acusarlo. Los indiferentes y los impíos, alentados
por la actitud de los maestros de religión, recurrieron a epítetos difamantes, a
chistes vulgares y blasfemos, en sus esfuerzos para atraer el desprecio sobre él
y su obra. El siervo de Dios, encanecido en el servicio y que había dejado su
cómodo hogar para viajar a costa propia de ciudad en ciudad, y de pueblo en
pueblo, para proclamar al mundo la solemne amonestación del juicio inminente,
fue llamado fanático, mentiroso y malvado.
Las mofas, las mentiras y los ultrajes acumulados sobre él despertaron la
censura y la indignación hasta de la prensa profana. La gente del mundo
declaró que “tratar un tema de tan imponente majestad e importantes
consecuencias” con ligereza y lenguaje vulgar, “no equivalía sólo a divertirse a
costa de los sentimientos de sus propagadores y defensores,” sino “a reírse del
día del juicio, a mofarse del mismo Dios y a hacer burla de su tribunal.”—Bliss,
pág. 183.
El instigador de todo mal no trató únicamente de contrarrestar los efectos del
mensaje del advenimiento, sino de destruir al mismo mensajero. Miller hacía
una aplicación práctica de la verdad bíblica a los corazones de sus oyentes,
reprobando sus pecados y turbando el sentimiento de satisfacción de sí mismos, y
sus palabras claras y contundentes despertaron la animosidad de ellos. La
oposición manifestada por los miembros de las iglesias contra su mensaje
alentaba a las clases bajas a ir aún más allá; y hubo enemigos que conspiraron
para quitarle la vida a su salida del local de reunión. Pero hubo ángeles
guardianes entre la multitud, y uno de ellos, bajo la forma de un hombre, tomó
el brazo del siervo del Señor, y lo puso a salvo del populacho furioso. Su obra
no estaba aún terminada, y Satanás y sus emisarios se vieron frustrados en sus
planes.
A pesar de toda oposición, el interés en el movimiento adventista siguió en
aumento. De decenas y centenas el número de los creyentes alcanzó a miles.
Las diferentes iglesias se habían acrecentado notablemente, pero al poco tiempo
el espíritu de oposición se manifestó hasta contra los conversos ganados por
Miller, y las iglesias empezaron a tomar medidas disciplinarias contra ellos.
Esto indujo a Miller a instar a los cristianos de todas las denominaciones a
que, si sus doctrinas eran falsas, se lo probasen por las Escrituras.
“¿Qué hemos creído—decía él—que no nos haya sido ordenado creer por la Palabra
de Dios, que vosotros mismos reconocéis como regla única de nuestra fe y de
nuestra conducta? ¿Qué hemos hecho para que se nos arrojasen tan virulentos
cargos y diatribas desde el púlpito y la prensa, y para daros motivo para
excluirnos a nosotros [los adventistas] de vuestras iglesias y de vuestra
comunión?”
“Si estamos en el error, os ruego nos enseñéis en qué consiste nuestro error.
Probádnoslo por la Palabra de Dios; harto se nos ha ridiculizado, pero no
será eso lo que pueda jamás convencernos de que estemos en error; la Palabra de
Dios sola puede cambiar nuestro modo de ver. Llegamos a nuestras conclusiones
después de madura reflexión y de mucha oración, a medida que veíamos las
evidencias de las Escrituras.”—Id., págs. 250, 252.
Siglo tras siglo las amonestaciones que Dios dirigió al mundo por medio de sus
siervos, fueron recibidas con la misma incredulidad y falta de fe. Cuando la
maldad de los antediluvianos le indujo a enviar el diluvio sobre la tierra, les
dio primero a conocer su propósito para ofrecerles oportunidad de apartarse de
sus malos caminos.
Durante ciento veinte años oyeron resonar en sus oídos la amonestación que los
llamaba al arrepentimiento, no fuese que la ira de Dios los destruyese. Pero el
mensaje se les antojó fábula ridícula, y no lo creyeron. Envalentonándose en
su maldad, se mofaron del mensajero de Dios, se rieron de sus amenazas, y hasta
le acusaron de presunción.
¿Cómo se atrevía él solo a levantarse contra todos los grandes de la tierra?
Si el mensaje de Noé era verdadero, ¿por qué no lo reconocía por tal el mundo
entero? y ¿por qué no le daba crédito? ¡Era la afirmación de un hombre
contra la sabiduría de millares! No quisieron dar fe a la amonestación, ni
buscar protección en el arca.
Los burladores llamaban la atención a las cosas de la naturaleza,—a la sucesión
invariable de las estaciones, al cielo azul que nunca había derramado lluvia, a
los verdes campos refrescados por el suave rocío de la noche,—y exclamaban:
“¿No habla acaso en parábolas?” Con desprecio declaraban que el predicador de la
justicia era fanático rematado; y siguieron corriendo tras los placeres y
andando en sus malos caminos con más empeño que nunca antes.
Pero su incredulidad no impidió la realización del acontecimiento predicho. Dios
soportó mucho tiempo su maldad, dándoles amplia oportunidad para arrepentirse,
pero a su debido tiempo sus juicios cayeron sobre los que habían rechazado su
misericordia. Cristo declara que habrá una incredulidad análoga respecto a su
segunda venida.
Así como en tiempo de Noé los hombres “no entendieron hasta que vino el
diluvio, y los llevó a todos; así,” según las palabras de nuestro Salvador,
“será la venida del Hijo del hombre.” Mateo 24:39. Cuando los que profesan ser
el pueblo de Dios se unan con el mundo, viviendo como él vive y compartiendo sus
placeres prohibidos; cuando el lujo del mundo se vuelva el lujo de la iglesia;
cuando las campanas repiquen a bodas, y todos cuenten en perspectiva con muchos
años de prosperidad mundana,—entonces, tan repentinamente como el relámpago
cruza el cielo, se desvanecerán sus visiones brillantes y sus falaces
esperanzas.
Así como Dios envió a su siervo para dar al mundo aviso del diluvio que se
acercaba, también envió mensajeros escogidos para anunciar la venida del juicio
final.
Y así como los contemporáneos de Noé se burlaron con desprecio de las
predicciones del predicador de la justicia, también en los días de Miller
muchos, hasta de los que profesaban ser del pueblo de Dios, se burlaron de las
palabras de aviso.
¿Y por qué la doctrina y predicación de la segunda venida de Cristo fueron tan
mal recibidas por las iglesias? Si bien el advenimiento del Señor significa
desgracia y desolación para los impíos, para los justos es motivo de dicha y
esperanza. Esta gran verdad había sido consuelo de los fieles siervos de
Dios a través de los siglos; ¿por qué hubo de convertirse, como su Autor, en
“piedra de tropiezo, y piedra de caída,” para los que profesaban ser su pueblo?
Fue nuestro Señor mismo quien prometió a sus discípulos: “Si yo fuere y os
preparare el lugar, vendré otra vez, y os recibiré conmigo.” Juan 14:3. El
compasivo Salvador fue quien, previendo el abandono y dolor de sus discípulos,
encargó a los ángeles que los consolaran con la seguridad de que volvería en
persona, como había subido al cielo. Mientras los discípulos estaban mirando con
ansia al cielo para percibir la última vislumbre de Aquel a quien amaban, fue
atraída su atención por las palabras:
“¡Varones galileos, ¿por qué os quedáis mirando así al cielo? este mismo Jesús
que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá del mismo modo que le habéis
visto ir al cielo!” Hechos 1:11. El mensaje de los ángeles reavivó la esperanza
de los discípulos.
“Volvieron a Jerusalem con gran gozo: y estaban siempre en el templo, alabando y
bendiciendo a Dios.” Lucas 24:52, 53. No se alegraban de que Jesús se hubiese
separado de ellos ni de que hubiesen sido dejados para luchar con las pruebas y
tentaciones del mundo, sino porque los ángeles les habían asegurado que él
volvería.
La proclamación de la venida de Cristo debería ser ahora lo que fue la hecha por
los ángeles a los pastores de Belén, es decir, buenas nuevas de gran gozo.
Los que aman verdaderamente al Salvador no pueden menos que recibir con
aclamaciones de alegría el anuncio fundado en la Palabra de Dios de que Aquel en
quien se concentran sus esperanzas para la vida eterna volverá, no para ser
insultado, despreciado y rechazado como en su primer advenimiento, sino con
poder y gloria, para redimir a su pueblo.
Son aquellos que no aman al Salvador quienes desean que no regrese; y no puede
haber prueba más concluyente de que las iglesias se han apartado de Dios, que la
irritación y la animosidad despertadas por este mensaje celestial.
Los que aceptaron la doctrina del advenimiento vieron la necesidad de
arrepentirse y humillarse ante Dios. Muchos habían estado vacilando mucho tiempo
entre Cristo y el mundo; entonces comprendieron que era tiempo de decidirse.
“Las cosas eternas asumieron para ellos extraordinaria realidad. Acercóseles el
cielo y se sintieron culpables ante Dios.”—Bliss, pág. 146.
Nueva vida espiritual se despertó en los creyentes. El mensaje les hizo sentir
que el tiempo era corto, que debían hacer pronto cuanto habían de hacer por sus
semejantes. La tierra retrocedía, la eternidad parecía abrirse ante ellos, y el
alma, con todo lo que pertenece a su dicha o infortunio inmortal, eclipsaba por
así decirlo, todo objeto temporal. El Espíritu de Dios descansaba sobre ellos, y
daba fuerza a los llamamientos ardientes que dirigían tanto a sus hermanos como
a los pecadores a fin de que se preparasen para el día de Dios. El testimonio
mudo de su conducta diaria equivalía a una censura constante para los miembros
formalistas y no santificados de las iglesias.
Estos no querían que se les molestara en su búsqueda de placeres, ni en su culto
a Mamón ni en su ambición de honores mundanos. De ahí la enemistad y oposición
despertadas contra la fe adventista y los que la proclamaban.
Como los argumentos basados en los períodos proféticos resultaban irrefutables,
los adversarios trataron de prevenir la investigación de este asunto enseñando
que las profecías estaban selladas. De este modo los protestantes seguían
las huellas de los romanistas. Mientras que la iglesia papal le niega la Biblia
al pueblo (véase el Apéndice), las iglesias protestantes aseguraban que parte
importante de la Palabra Sagrada—o sea la que pone a la vista verdades de
especial aplicación para nuestro tiempo—no podía ser entendida.
Los ministros y el pueblo declararon que las profecías de Daniel y del
Apocalipsis eran misterios incomprensibles. Pero Cristo había llamado la
atención de sus discípulos a las palabras del profeta Daniel relativas a los
acontecimientos que debían desarrollarse en tiempo de ellos, y les había dicho:
“El que lee,
entienda.”
Y la aseveración de que el Apocalipsis es un misterio que no se puede comprender
es rebatida por el título mismo del libro: “Revelación de Jesucristo, que Dios
le dio, para manifestar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto....
Bienaventurado el que lee y los que oyen las palabras de esta
profecía, y guardan las cosas en ella escritas:
porque el tiempo está
cerca.” Apocalipsis 1:1-3.
El profeta dice: “Bienaventurado el que lee”—hay quienes no quieren leer; la
bendición no es para ellos. “Y los que oyen”—hay algunos, también, que se niegan
a oír cualquier cosa relativa a las profecías; la bendición no es tampoco para
esa clase de personas. “Y guardan las cosas en ella escritas”—muchos se niegan a
tomar en cuenta las amonestaciones e instrucciones contenidas en el Apocalipsis.
Ninguno de ellos tiene derecho a la bendición prometida.
Todos los que ridiculizan los argumentos de la profecía y se mofan de los
símbolos dados solemnemente en ella, todos los que se niegan a reformar sus
vidas y a prepararse para la venida del Hijo del hombre, no serán bendecidos.
Ante semejante testimonio de la Inspiración, ¿cómo se atreven los hombres a
enseñar que el Apocalipsis es un misterio fuera del alcance de la inteligencia
humana? Es un misterio revelado, un libro abierto. El estudio del
Apocalipsis nos lleva a las profecías de Daniel, y ambos libros contienen
enseñanzas de suma importancia, dadas por Dios a los hombres, acerca de los
acontecimientos que han de desarrollarse al fin de la historia de este mundo. A
Juan le fueron descubiertos cuadros de la experiencia de la iglesia que
resultaban de interés profundo y conmovedor. Vio las circunstancias, los
peligros, las luchas y la liberación final del pueblo de Dios. Consigna los
mensajes finales que han de hacer madurar la mies de la tierra, ya sea en
gavillas para el granero celestial, o en manojos para los fuegos de la
destrucción. Fuéronle revelados asuntos de suma importancia, especialmente
para la última iglesia, con el objeto de que los que se volviesen del error a la
verdad pudiesen ser instruídos con respecto a los peligros y luchas que les
esperaban. Nadie necesita estar a obscuras en lo que concierne a lo que ha de
acontecer en la tierra.
¿Por qué existe, pues, esta ignorancia general acerca de tan importante porción
de las Escrituras? ¿Por qué es tan universal la falta de voluntad para
investigar sus enseñanzas? Es resultado de un esfuerzo del príncipe de las
tinieblas para ocultar a los hombres lo que revela sus engaños. Por esto Cristo,
el Revelador, previendo la guerra que se haría al estudio del Apocalipsis,
pronunció una bendición sobre cuantos leyesen, oyesen y guardasen las palabras
de la profecía.

VIDA ETERNA SOLO EN CRISTO
“Porque la paga del pecado es muerte.”
Romanos 6:23.
“Y en ningún otro hay salud; porque no hay otro nombre debajo del cielo, dado
a los hombres, en que podamos ser salvos.”
Hechos 4:12.
“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen; Y yo les doy vida
eterna y no perecerán para siempre, ni nadie las arrebatará de mi mano.”
Juan
10:27-28.
“El que tiene al Hijo, tiene al vida: el que no tiene la Hijo de Dios, no
tiene la vida.”
1 Juan 5:12.
“Porque el mismo Señor con aclamación, con voz de arcángel, y con trompeta de
Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero.”
1Tesalonisenses 4:16.
“Mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.”
Romanos
6:23.
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado á su Hijo unigénito,
para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”
Juan 3:16.
“Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la
resurrección de los muertos. Porque así como en Adam todos mueren, así también
en Cristo todos serán vivificados.”
1 Corintios
15:21-22.
“Y este es el testimonio: Que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está
en su Hijo.”
1 Juan 5:11.
“En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió á su
Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él.”
1Juan 4:9
“En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.”
Juan 1:4.
“Esta empero es la vida eterna: que te conozcan el solo Dios verdadero, y á
Jesucristo, al cual has enviado.”
Juan 17:3:
CAPÍTULO
19
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