
EL PASAJE bíblico que mas que ninguno había sido el
fundamento y el pilar central de la fe adventista era la declaración:
"Hasta dos mil y trescientas tardes y mañanas; entonces será purificado
el Santuario." Daniel 8:14. Estas palabras
habían sido familiares para todos los que creían en la próxima venida del
Señor. La profecía que encerraban era repetida como santo y seña de su fe por
miles de bocas. Todos sentían que sus esperanzas mas gloriosas y mas queridas
dependían de los acontecimientos en ella predichos. Había quedado
demostrado que aquellos días proféticos terminaban en el otoño del año 1844.
En común con el resto del mundo cristiano, los adventistas creían entonces que
la tierra, o alguna parte de ella, era el santuario. Entendían que la
purificación del santuario era la purificación de la tierra por medio del
fuego del último y supremo día, y que ello se verificaría en el segundo
advenimiento. De ahí que concluyeran que Cristo volvería a la tierra en
1844.
Pero el tiempo señalado había pasado, y el Señor no había
aparecido. Los creyentes sabían que la Palabra de Dios no podía fallar; su
interpretación de la profecía debía estar pues errada; ¿pero dónde estaba
el error? Muchos cortaron sin mas ni mas el nudo de la dificultad negando que
los 2.300 días terminasen en 1844. Este aserto no podía apoyarse con
prueba alguna, a no ser con la de que Cristo no había venido en el momento en
que se le esperaba. Alegábase que si los días proféticos hubiesen terminado
en 1844, Cristo habría vuelto entonces para limpiar el santuario mediante la
purificación de la tierra por fuego, y que como no había venido, los días no
podían haber terminado.
Aceptar estas conclusiones equivalía a renunciar a los
cómputos anteriores de los períodos proféticos. Se había comprobado que
los 2.300 días principiaron cuando entró en vigor el decreto de Artajerjes
ordenando la restauración y edificación de Jerusalén, en el otoño del año
457 ant. de J.C. Tomando esto como punto de partida, había perfecta
armonía en la aplicación de todos los acontecimientos predichos en la
explicación de ese período hallada en Daniel 9:25-27. Sesenta y nueve
semanas, o los 483 primeros años de los 2300 años debían alcanzar hasta el
Mesías, el Ungido; y el bautismo de Cristo y su unción por el Espíritu Santo,
en el año 27 de nuestra era, cumplían exactamente la predicción. En medio de
la septuagésima semana, el Mesías había de ser muerto. Tres años y medio
después de su bautismo, Cristo fue crucificado, en la primavera del año 31.
Las setenta semanas, o 490 años, les tocaban especialmente a los judíos. Al
fin del período, la nación selló su rechazamiento de Cristo con la
persecución de sus discípulos, y los apóstoles se volvieron hacia los
gentiles en el año 34 de nuestra era. Habiendo terminado entonces los 490
primeros años de los 2300, quedaban aún 1810 años. Contando desde el año 34,
1810 años llegan a 1844. "Entonces—había dicho el ángel—será
purificado el Santuario." Era indudable que todas las anteriores
predicciones de la profecía se habían cumplido en el tiempo señalado.
En ese cálculo, todo era claro y armonioso, menos la
circunstancia de que en 1844 no se veía acontecimiento alguno que
correspondiese a la purificación del santuario. Negar que los días terminaban
en esa fecha equivalía a confundir todo el asunto y a abandonar creencias
fundadas en el cumplimiento indudable de las profecías.
Pero Dios había dirigido a su pueblo en el gran
movimiento adventista; su poder y su gloria habían acompañado la obra, y el no
permitiría que ésta terminase en la obscuridad y en un chasco, para que se
la cubriese de oprobio como si fuese una mera excitación mórbida y producto
del fanatismo. No iba a dejar su Palabra envuelta en dudas e incertidumbres. Aunque
muchos abandonaron sus primeros cálculos de los períodos proféticos, y
negaron la exactitud del movimiento basado en ellos, otros no estaban dispuestos
a negar puntos de fe y de experiencia que estaban sostenidos por las Sagradas
Escrituras y por el testimonio del Espíritu de Dios. Creían haber adoptado
en sus estudios de las profecías sanos principios de interpretación, y que era
su deber atenerse firmemente a las verdades ya adquiridas, y seguir en el mismo
camino de la investigación bíblica. Orando con fervor, volvieron a considerar
su situación, y estudiaron las Santas Escrituras para descubrir su error. Como
no encontraran ninguno en sus cálculos de los períodos proféticos, fueron
inducidos a examinar mas de cerca la cuestión del santuario.
En sus investigaciones vieron que en las Santas Escrituras no
hay prueba alguna en apoyo de la creencia general de que la tierra es el
santuario; pero encontraron en la Biblia una explicación completa de la
cuestión del santuario, su naturaleza, su situación y sus servicios; pues
el testimonio de los escritores sagrados era tan claro y tan amplio que
despejaba este asunto de toda duda. El apóstol Pablo dice en su Epístola a los
Hebreos: "En verdad el primer pacto también tenía reglamentos del culto,
y su santuario que lo era de este mundo. Porque un tabernáculo fue preparado,
el primero, en que estaban el candelabro y la mesa y los panes de la
proposición; el cual se llama el Lugar Santo. Y después del segundo velo, el
tabernáculo que se llama el Lugar Santísimo: que contenía el incensario de
oro y el arca del pacto, cubierta toda en derredor de oro, en la cual estaba el
vaso de oro que contenía el maná, y la vara de Aarón que floreció, y las
tablas del pacto; y sobre ella, los querubines de gloria, que hacían sombra al
propiciatorio." Hebreos 9:1-5.
El santuario al cual se refiere aquí Pablo era el
tabernáculo construido por Moisés a la orden de Dios como morada terrenal del
Altísimo. "Me harán un santuario, para que yo habite en medio de
ellos" Éxodo 25:8, había sido la orden dada a Moisés mientras estaba en
el monte con Dios. Los israelitas estaban peregrinando por el desierto, y el
tabernáculo se preparó de modo que pudiese ser llevado de un lugar a otro; no
obstante era una construcción de gran magnificencia. Sus paredes consistían en
tablones ricamente revestidos de oro y asegurados en basas de plata, mientras
que el techo se componía de una serie de cortinas o cubiertas, las de fuera de
pieles, y las interiores de lino fino magníficamente recamado con figuras de
querubines. A mas del atrio exterior, donde se encontraba el altar del
holocausto, el tabernáculo propiamente dicho consistía en dos apartamentos
llamados el lugar santo y el lugar santísimo, separados por rica y magnífica
cortina, o velo; otro velo semejante cerraba la entrada que conducía al primer
apartamento.
En el lugar santo se encontraba hacia el sur el
candelabro, con sus siete lámparas que alumbraban el santuario día y noche;
hacia el norte estaba la mesa de los panes de la proposición; y ante el velo
que separaba el lugar santo del santísimo estaba el altar de oro para el
incienso, del cual ascendía diariamente a Dios una nube de sahumerio junto con
las oraciones de Israel.
En el lugar santísimo se encontraba el arca, cofre de
madera preciosa cubierta de oro, depósito de las dos tablas de piedra sobre las
cuales Dios había grabado la ley de los diez mandamientos. Sobre el arca, a
guisa de cubierta del sagrado cofre, estaba el propiciatorio, verdadera
maravilla artística, coronada por dos querubines, uno en cada extremo y todo de
oro macizo. En este apartamento era donde se manifestaba la presencia divina en
la nube de gloria entre los querubines.
Después que los israelitas se hubieron establecido en
Canaán el tabernáculo fue reemplazado por el templo de Salomón, el cual,
aunque edificio permanente y de mayores dimensiones, conservaba las mismas
proporciones y el mismo amueblado. El santuario subsistió así—menos durante
el plazo en que permaneció en ruinas en tiempo de Daniel—hasta su
destrucción por los romanos, en el año 70 de nuestra era.
Tal fue el único santuario que haya existido en la tierra y
del cual la Biblia nos dé alguna información. Pablo dijo de él que era el
santuario del primer pacto. Pero ¿no tiene el nuevo pacto también el suyo?
Volviendo al libro de los Hebreos, los que buscaban la verdad
encontraron que existía un segundo santuario, o sea el del nuevo pacto, al cual
se alude en las palabras ya citadas de Pablo: "En verdad el primer pacto también
tenía reglamentos del culto, y su santuario que lo era de este mundo." El
uso de la palabra "también" implica que Pablo ha hecho antes mención
de este santuario. Volviendo al principio del capítulo anterior, se lee:
"Lo principal, pues, entre las cosas que decimos es esto: Tenemos un tal
sumo sacerdote que se ha sentado a la diestra del trono de la Majestad en los
cielos; ministro del santuario, y del verdadero tabernáculo, que plantó el
Señor, y no el hombre." Hebreos 8:1, 2.
Aquí tenemos revelado el santuario del nuevo pacto. El
santuario del primer pacto fue asentado por el hombre, construido por Moisés;
éste segundo es asentado por el Señor, no por el hombre. En aquel santuario
los sacerdotes terrenales desempeñaban el servicio; en éste es Cristo,
nuestro gran Sumo Sacerdote, quien ministra a la diestra de Dios. Uno de los
santuarios estaba en la tierra, el otro está en el cielo.
Además, el tabernáculo construido por Moisés fue hecho
según un modelo. El Señor le ordenó: "Conforme a todo lo que yo te
mostrare, el diseño del tabernáculo, y el diseño de todos sus vasos, así lo
haréis." Y le mandó además: "Mira, y hazlos conforme a su modelo,
que te ha sido mostrado en el monte." Éxodo 25:9, 40. Y Pablo dice que el
primer tabernáculo "era una parábola para aquel tiempo entonces presente;
conforme a la cual se ofrecían dones y sacrificios;" que sus santos
lugares eran "representaciones de las cosas celestiales;" que los
sacerdotes que presentaban las ofrendas según la ley, ministraban lo que era
"la mera representación y sombra de las cosas celestiales," y que
"no entró Cristo en un lugar santo hecho de mano, que es una mera
representación del verdadero, sino en el cielo mismo, para presentarse ahora
delante de Dios por nosotros." Hebreos 9:9, 23; 8:5; 9:24.
El santuario celestial, en el cual Jesús ministra, es el
gran modelo, del cual el santuario edificado por Moisés no era mas que
trasunto. Dios puso su Espíritu sobre los que construyeron el santuario
terrenal. La pericia artística desplegada en su construcción fue una
manifestación de la sabiduría divina. Las paredes tenían aspecto de oro
macizo, y reflejaban en todas direcciones la luz de las siete lámparas del
candelero de oro. La mesa de los panes de la proposición y el altar del
incienso relucían como oro bruñido. La magnífica cubierta que formaba el
techo, recamada con figuras de ángeles, en azul, púrpura y escarlata, realzaba
la belleza de la escena. Y mas allá del segundo velo estaba la santa shekina,
la manifestación visible de la gloria de Dios, ante la cual sólo el sumo
sacerdote podía entrar y sobrevivir.
El esplendor incomparable del tabernáculo terrenal reflejaba
a la vista humana la gloria de aquel templo celestial donde Cristo nuestro
precursor ministra por nosotros ante el trono de Dios. La morada del Rey de
reyes, donde miles y miles ministran delante de el, y millones de millones
están en su presencia Daniel 7:10; ese templo, lleno de la gloria del trono
eterno, donde los serafines, sus flamantes guardianes, cubren sus rostros en
adoración, no podía encontrar en la más grandiosa construcción que jamás
edificaran manos humanas, más que un pálido reflejo de su inmensidad y de su
gloria. Con todo, el santuario terrenal y sus servicios revelaban importantes
verdades relativas al santuario celestial y a la gran obra que se llevaba allí
a cabo para la redención del hombre.
Los lugares santos del santuario celestial están
representados por los dos apartamentos del santuario terrenal. Cuando en una
visión le fue dado al apóstol Juan que viese el templo de Dios en el cielo,
contempló allí "siete lámparas de fuego ardiendo delante del
trono." Apocalipsis 4:5. Vio un ángel que tenía "en su mano un
incensario de oro; y le fue dado mucho incienso, para que lo añadiese a las
oraciones de todos los santos, encima del altar de oro que estaba delante del
trono." Apocalipsis 8:3. Se le permitió al profeta contemplar el primer
apartamento del santuario en el cielo y vio allí las "siete lámparas de
fuego" y el "altar de oro" representados por el candelabro de oro
y el altar de incienso en el santuario terrenal. De nuevo, "fue abierto el
templo de Dios" Apocalipsis 11:19, y miró hacia adentro del velo interior,
el lugar santísimo. Allí vio "el arca de su pacto," representada por
el cofre sagrado construido por Moisés para guardar la ley de Dios.
Así fue como los que estaban estudiando ese asunto
encontraron pruebas irrefutables de la existencia de un santuario en el cielo.
Moisés hizo el santuario terrenal según un modelo que le fue enseñado. Pablo
declara que ese modelo era el verdadero santuario que está en el cielo. Y Juan
afirma que lo vio en el cielo.
En el templo celestial, la morada de Dios, su trono está
asentado en juicio y en justicia. En el lugar santísimo está su ley, la gran
regla de justicia por la cual es probada toda la humanidad. El arca, que
contiene las tablas de la ley, está cubierta con el propiciatorio, ante el cual
Cristo ofrece su sangre a favor del pecador. Así se representa la unión de la
justicia y de la misericordia en el plan de la redención humana. Sólo la
sabiduría infinita podía idear semejante unión, y sólo el poder infinito
podía realizarla; es una unión que llena todo el cielo de admiración y
adoración. Los querubines del santuario terrenal que miraban reverentemente
hacia el propiciatorio, representaban el interés con el cual las huestes
celestiales contemplan la obra de redención. Es el misterio de misericordia
que los ángeles desean contemplar, a saber: que Dios puede ser justo al mismo
tiempo que justifica al pecador arrepentido y reanuda Sus relaciones con la
raza caída; que Cristo pudo humillarse para sacar a innumerables multitudes del
abismo de la perdición y revestirlas con las vestiduras inmaculadas de su
propia justicia, a fin de unirlas con ángeles que no cayeron jamás y
permitirles vivir para siempre en la presencia de Dios.
La obra mediadora de Cristo en favor del hombre se presenta
en esta hermosa profecía de Zacarías relativa a Aquel "cuyo nombre es
el Vástago." El profeta dice: "Sí, edificará el Templo de Jehová,
y llevará sobre sí la gloria; y se sentará y reinará sobre su trono, siendo
Sacerdote sobre su trono; y el consejo de la paz estará entre los
dos." Zacarías 6:12, 13, 7.
"Sí, edificará el Templo de Jehová." Por su
sacrificio y su mediación, Cristo es el fundamento y el edificador de la
iglesia de Dios. El apóstol Pablo le señala como "la piedra principal del
ángulo: en la cual todo el edificio, bien trabado consigo mismo, va creciendo
para ser un templo santo en el Señor; en quien—dice— vosotros también sois
edificados juntamente, para ser morada de Dios, en virtud del Espíritu."
Efesios 2:20-22.
"Y llevará sobre sí la gloria." Es a Cristo a
quien pertenece la gloria de la redención de la raza caída. Por toda la
eternidad, el canto de los redimidos será: "A Aquel que nos ama, y nos ha
lavado de nuestros pecados en su misma sangre, . . . a el sea la gloria; y el
dominio por los siglos de los siglos." Apocalipsis 1:5, 6.
"Y se sentará y reinará sobre su trono, siendo
Sacerdote sobre su trono." No todavía "sobre el trono de su
gloria;" el reino de gloria no le ha sido dado aún. Sólo cuando su obra
mediadora haya terminado, "le dará el Señor Dios el trono de David su
padre," un reino del que "no habrá fin." Lucas 1:32, 33. Como
sacerdote, Cristo está sentado ahora con el Padre en su trono. Apocalipsis
3:21. En el trono, en compañía del Dios eterno que existe por sí mismo, está
Aquel que "ha llevado nuestros padecimientos, y con nuestros dolores . . .
se cargó," quien fue "tentado en todo punto, así como nosotros, mas
sin pecado," para que pudiese "también socorrer a los que son
tentados." "Si alguno pecare, abogado tenemos para con el Padre, a
saber, a Jesucristo el justo." Isaías 53:4; Hebreos 4:15; 2:18; 1 Juan
2:1. su intercesión es la de un cuerpo traspasado y quebrantado y de una vida
inmaculada. Las manos heridas, el costado abierto, los pies desgarrados, abogan
en favor del hombre caído, cuya redención fue comprada a tan infinito precio.
"Y el consejo de la paz estará entre los dos." El
amor del Padre, no menos que el del Hijo, es la fuente de salvación para la
raza perdida. Jesús había dicho a Sus discípulos antes de irse: "No os
digo, que yo rogaré al Padre por vosotros; pues el mismo Padre os ama."
Juan 16:26, 27. "Dios estaba en Cristo, reconciliando consigo mismo al
mundo." 2 Corintios 5:19. Y en el ministerio del santuario celestial,
"El consejo de la paz estará entre los dos." "De tal manera
amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que
cree en el, no perezca, sino que tenga vida eterna." Juan 3:16.
Las Escrituras contestan con claridad a la pregunta: ¿Qué
es el santuario? La palabra "santuario," tal cual la usa la Biblia, se
refiere, en primer lugar, al tabernáculo que construyó Moisés, como figura o
imagen de las cosas celestiales; y, en segundo lugar, al "verdadero
tabernáculo" en el cielo, hacia el cual señalaba el santuario terrenal.
Muerto Cristo, terminó el ritual típico. El "verdadero tabernáculo"
en el cielo es el santuario del nuevo pacto. Y como la profecía de Daniel 8:14
se cumple en esta dispensación, el santuario al cual se refiere debe ser el
santuario del nuevo pacto. Cuando terminaron los 2.300 días, en 1844, hacía
muchos siglos que no había santuario en la tierra. De manera que la profecía:
"Hasta dos mil y trescientas tardes y mañanas; entonces será purificado
el Santuario," se refiere indudablemente al santuario que está en el
cielo.
Pero queda aún la pregunta más importante por contestar:
¿Qué es la purificación del santuario? En el Antiguo Testamento se hace
mención de un servicio tal con referencia al santuario terrenal. ¿Pero
puede haber algo que purificar en el cielo? En el noveno capítulo de la
Epístola a los Hebreos, se menciona claramente la purificación de ambos
santuarios, el terrenal y el celestial. "Según la ley, casi todas las
cosas son purificadas con sangre; y sin derramamiento de sangre no hay
remisión. Fue pues necesario que las representaciones de las cosas celestiales
fuesen purificadas con estos sacrificios, pero las mismas cosas celestiales, con
mejores sacrificios que éstos" Hebreos 9:22, 23, a saber, la preciosa
sangre de Cristo.
En ambos servicios, el típico y el real, la purificación
debe efectuarse con sangre; en aquél con sangre de animales; en éste, con
la sangre de Cristo. Pablo dice que la razón por la cual esta purificación
debe hacerse con sangre, es porque sin derramamiento de sangre no hay remisión.
La remisión, o sea el acto de quitar los pecados, es la obra que debe
realizarse. ¿Pero cómo podía relacionarse el pecado con el santuario del
cielo o con el de la tierra? Puede saberse esto estudiando el servicio
simbólico, pues los sacerdotes que oficiaban en la tierra, ministraban "lo
que es la mera representación y sombra de las cosas celestiales." Hebreos
8:5.
El servicio del santuario terrenal consistía en dos
partes; los sacerdotes ministraban diariamente en el lugar santo, mientras que
una vez al año el sumo sacerdote efectuaba un servicio especial de expiación
en el lugar santísimo, para purificar el santuario. Día tras día el
pecador arrepentido llevaba su ofrenda a la puerta del tabernáculo, y poniendo
la mano sobre la cabeza de la víctima, confesaba sus pecados, transfiriéndolos
así figurativamente de sí mismo a la víctima inocente. Luego se mataba el
animal. "Sin derramamiento de sangre," dice el apóstol, no hay
remisión de pecados. "La vida de la carne en la sangre está."
Levítico 17:11. La ley de Dios quebrantada exigía la vida del transgresor. La
sangre, que representaba la vida comprometida del pecador, cuya culpa cargaba la
víctima, la llevaba el sacerdote al lugar santo y la salpicaba ante el velo,
detrás del cual estaba el arca que contenía la ley que el pecador había
transgredido. Mediante esta ceremonia, el pecado era transferido
figurativamente, por intermedio de la sangre, al santuario. En ciertos
casos, la sangre no era llevada al lugar santo; pero el sacerdote debía
entonces comer la carne, como Moisés lo había mandado a los hijos de Aarón,
diciendo: "Dióla el a vosotros para llevar la iniquidad de la
congregación." Levítico 10:17. Ambas ceremonias simbolizaban por igual
la transferencia del pecado del penitente al santuario.
Tal era la obra que se llevaba a cabo día tras día durante
todo el año. Los pecados de Israel eran transferidos así al santuario, y se
hacía necesario un servicio especial para eliminarlos. Dios mandó que se
hiciera una expiación por cada uno de los apartamentos sagrados. "Así
hará expiación por el Santuario, a causa de las inmundicias de los hijos de
Israel y de sus transgresiones, con motivo de todos sus pecados. Y del mismo
modo hará con el Tabernáculo de Reunión, que reside con ellos, en medio de
sus inmundicias." Debía hacerse también una expiación por el altar:
"Lo purificará y lo santificará, a causa de las inmundicias de los hijos
de Israel." Levítico 16:16, 19.
Una vez al año, en el gran día de las expiaciones, el
sacerdote entraba en el lugar santísimo para purificar el santuario. El
servicio que se realizaba allí completaba la serie anual de los servicios.
En el día de las expiaciones se llevaban dos machos cabríos a la entrada
del tabernáculo y se echaban suertes sobre ellos, "la una suerte para
Jehová y la otra para Azazel." Vers. 8. El macho cabrío sobre el cual
caía la suerte para Jehová debía ser inmolado como ofrenda por el pecado del
pueblo. Y el sacerdote debía llevar velo adentro la sangre de aquél y rociarla
sobre el propiciatorio y delante de él. También había que rociar con ella el
altar del incienso, que se encontraba delante del velo.
"Y pondrá Aarón entrambas manos sobre la cabeza del
macho cabrío vivo, y confesará sobre él todas las iniquidades de los
hijos de Israel, y todas sus transgresiones, a causa de todos sus pecados,
cargándolos así sobre la cabeza del macho cabrío, y le enviará al desierto
por mano de un hombre idóneo. Y el macho cabrío llevará sobre sí las
iniquidades de ellos a tierra inhabitada." Levítico 16:21, 22. El macho
cabrío emisario no volvía al real de Israel, y el hombre que lo había llevado
afuera debía lavarse y lavar sus vestidos con agua antes de volver al
campamento.
Toda la ceremonia estaba destinada a inculcar a los
israelitas una idea de la santidad de Dios y de su odio al pecado; y además
hacerles ver que no podían ponerse en contacto con el pecado sin contaminarse.
Se requería de todos que afligiesen sus almas mientras se celebraba el servicio
de expiación. Toda ocupación debía dejarse a un lado, y toda la
congregación de Israel debía pasar el día en solemne humillación ante Dios,
con oración, ayuno y examen profundo del corazón.
El servicio típico enseña importantes verdades respecto a
la expiación. Se aceptaba un substituto en lugar del pecador; pero la sangre
de la víctima no borraba el pecado. Sólo proveía un medio para
transferirlo al santuario. Con la ofrenda de sangre, el pecador reconocía
la autoridad de la ley, confesaba su culpa, y expresaba su deseo de ser
perdonado mediante la fe en un Redentor por venir; pero no estaba aún
enteramente libre de la condenación de la ley. El día de la expiación, el
sumo sacerdote, después de haber tomado una víctima ofrecida por la
congregación, iba al lugar santísimo con la sangre de dicha víctima y
rociaba con ella el propiciatorio, encima mismo de la ley, para dar
satisfacción a sus exigencias. Luego, en calidad de mediador, tomaba los
pecados sobre sí y los llevaba fuera del santuario. Poniendo sus manos sobre la
cabeza del segundo macho cabrío, confesaba sobre él todos esos pecados,
transfiriéndolos así figurativamente de él al macho cabrío emisario. Este
los llevaba luego lejos y se los consideraba como si estuviesen para siempre
quitados y echados lejos del pueblo.
Tal era el servicio que se efectuaba como "mera
representación y sombra de las cosas celestiales." Y lo que se hacía
típicamente en el santuario terrenal, se hace en realidad en el santuario
celestial. Después de su ascensión, nuestro Salvador empezó a actuar como
nuestro Sumo Sacerdote. Pablo dice: "No entró Cristo en un lugar santo
hecho de mano, que es una mera representación del verdadero, sino en el cielo
mismo, para presentarse ahora delante de Dios por nosotros." Hebreos 9:24.
El servicio del sacerdote durante el año en el primer
apartamento del santuario, "adentro del velo" que formaba la entrada y
separaba el lugar santo del atrio exterior, representa la obra y el servicio
a que dio principio Cristo al ascender al cielo. La obra del sacerdote en el
servicio diario consistía en presentar ante Dios la sangre del holocausto, como
también el incienso que subía con las oraciones de Israel. Así es como Cristo
ofrece su sangre ante el Padre en beneficio de los pecadores, y así es como
presenta ante el, además, junto con el precioso perfume de su propia justicia,
las oraciones de los creyentes arrepentidos. Tal era la obra desempeñada en el
primer apartamento del santuario en el cielo.
Hasta allí siguieron los discípulos a Cristo por la fe
cuando se elevó de la presencia de ellos. Allí se concentraba su esperanza, "la
cual—dice Pablo—tenemos como ancla del alma, segura y firme, y que penetra
hasta a lo que está dentro del velo; adonde, como precursor nuestro, Jesús ha
entrado por nosotros, constituido sumo sacerdote para siempre." "Ni
tampoco por medio de la sangre de machos cabríos y de terneros, sino por la
virtud de su propia sangre, entró una vez para siempre en el lugar santo,
habiendo ya hallado eterna redención." Hebreos 6:19, 20; 9:12.
Este ministerio siguió efectuándose durante dieciocho
siglos en el primer apartamento del santuario. La sangre de Cristo, ofrecida
en beneficio de los creyentes arrepentidos, les aseguraba perdón y aceptación
cerca del Padre, pero no obstante sus pecados permanecían inscritos en los
libros de registro. Como en el servicio típico había una obra de expiación
al fin del año, así también, antes de que la obra de Cristo para la
redención de los hombres se complete, queda por hacer una obra de expiación
para quitar el pecado del santuario. Este es el servicio que empezó cuando
terminaron los 2.300 días. Entonces, así como lo había anunciado Daniel
el profeta, nuestro Sumo Sacerdote entró en el lugar santísimo, para cumplir
la última parte de su solemne obra: la purificación del santuario.
Así como en la antigüedad los pecados del pueblo eran
puestos por fe sobre la víctima ofrecida, y por la sangre de ésta se
transferían figurativamente al santuario terrenal, así también, en el
nuevo pacto, los pecados de los que se arrepienten son puestos por fe sobre
Cristo, y transferidos, de hecho, al santuario celestial. Y así como la
purificación típica de lo terrenal se efectuaba quitando los pecados con los
cuales había sido contaminado, así también la purificación real de lo
celestial debe efectuarse quitando o borrando los pecados registrados en el
cielo. Pero antes de que esto pueda cumplirse deben examinarse los registros
para determinar quiénes son los que, por su arrepentimiento del pecado y su fe
en Cristo, tienen derecho a los beneficios de la expiación cumplida por el. La
purificación del santuario implica por lo tanto una obra de investigación—una
obra de juicio. Esta obra debe realizarse antes de que venga Cristo para redimir
a su pueblo, pues cuando venga, su galardón está con el, para que pueda
otorgar la recompensa a cada uno según haya sido su obra. Apocalipsis 22:12.
Así que los que siguieron en la luz de la palabra profética
vieron que en lugar de venir a la tierra al fin de los 2300 días, en 1844,
Cristo entró entonces en el lugar santísimo del santuario celestial para
cumplir la obra final de la expiación preparatoria para su venida.
Se vio además que, mientras que el holocausto señalaba a
Cristo como sacrificio, y el sumo sacerdote representaba a Cristo como mediador,
el macho cabrío simbolizaba a Satanás, autor del pecado, sobre quien serán
colocados finalmente los pecados de los verdaderamente arrepentidos. Cuando
el sumo sacerdote, en virtud de la sangre del holocausto, quitaba los pecados
del santuario, los ponía sobre la cabeza del macho cabrío para Azazel. Cuando
Cristo, en virtud de su propia sangre, quite del santuario celestial los pecados
de su pueblo al fin de su ministerio, los pondrá sobre Satanás, el cual en la
consumación del juicio debe cargar con la pena final. el macho cabrío era
enviado lejos a un lugar desierto, para no volver jamás a la congregación de
Israel. Así también Satanás será desterrado para siempre de la presencia de
Dios y de su pueblo y será aniquilado en la destrucción final del pecado y de
los pecadores.

Salvation SOLO EN Cristo

2300

LAS ADMIRABLES PROFECÍAS DE DANIEL
La profecía maestra de
la Biblia la encontramos en Daniel 8. Este capítulo se conecta muy de cerca con
Daniel 7 y 9, y debe ser estudiado con ellos.
DANIEL 7 (escrito en el
año 553-552 A.D.) revela la historia del mundo desde el tiempo de Daniel hasta
el tiempo de la segunda venida de Cristo. En visión, Daniel ve cuatro imperios
mundiales simbolizados como bestias, seguido de un poder representado por un
cuerno pequeño (Daniel 7:1-8, 15-21, 23-25). El Juicio Investigador se lleva a
cabo en el cielo (Daniel 7:9-10, 13, 22, 26). Y, después de eso, la historia
termina con el segundo advenimiento de Cristo (Daniel 7:14, 27-28).
Los animales en Daniel 7
paralelan con las partes de la imagen de metal de Daniel 2. El león en el
capítulo 7 es Babilonia (605-538 A.C.). El oso es Medo-Persia (538-331 A.C.).
El leopardo es Grecia (331-301 A.C.), y es entonces que se divide en cuatro
reinos que continúan hasta aproximadamente 168 A.C.). La bestia terrible es
Roma Pagana (168 A.C. hasta el siglo quinto D.C., cuando se divide en diez
reinos). El cuerno pequeño es Roma Papal, la cual ganó el poder completo en
538 D.C., después de haber desarraigado tres reinos (Hérulos, Vándalos, y
Ostrogodos).
DANIEL 8 se compone de
dos partes. La primera es una profecía de un EVENTO que paralela muy de cerca
con la profecía de Daniel 7. Esta profecía es acerca de dos bestias y un
cuerno pequeño que les sigue (Daniel 8:1-12, 20-25). La primera bestia, un
carnero, es Medo-Persia (538-334 A.C.), y el macho cabrío que lo derribó era
Grecia (334-168 A.C.). El "cuerno notable" era Alejandro el Grande
quien, antes de su muerte en 323, esculpió el imperio más grande en la
historia hasta ese entonces–en sólo diez años. Cuando fue truncado en lo
mejor de su vida, el imperio fue dividido en cuatro secciones. El cuerno
pequeño es Roma Pagana la cual, nos dicen los historiadores, fue tomada por
Roma Papal. Mucho de Daniel 7 y 8 (7:8, 19-26, y 8:9-12, 23-25) se concentra
sobre este poder que hablaría blasfemias (7:8, 20; 8:11), trataría de matar el
pueblo de Dios (7:21, 25; 8:10, 24-25), derribaría la verdad 8:12, 25),
intentaría derribar del cielo el Santuario de Dios (8:11), y hasta trataría a
cambiar la ley de Dios (7:25). Apocalipsis 13 (lea versículos 6-7, por ejemplo)
trata con el mismo poder del cuerno pequeño–el Papado.
Pero hay una segunda
parte a Daniel 8: Esta es una profecía de TIEMPO (Daniel 8:13-14, 26). La
profecía misma se encuentra en Daniel 8:14. "Hasta dos mil y trescientos
días y el santuario sera purificado." Una lectura cuidadosa de este
capítulo revela que, mientras que al ángel Gabriel se le dijo que explicara la
visión de Daniel 8 al profeta (8:16), solamente la profecía del evento fue
explicada (8:17-25) mientras que sólo se refirió a la profecía de tiempo
(8:26). Daniel casi se desmayó bajo el peso (8:27), y la oración de Daniel 9
es el resultado.
DANIEL 9 empieza con la
oración del profeta pidiendo conducción y ayuda para su pueblo (Daniel
9:1-19). Gabriel, a quien él había visto en su visión anterior (9:21), es
mandado entonces en respuesta a su oración (9:20), para completar la
explicación (9:22-23).
COMIENZA LA PROFECA MAS
LARGA. La profecía de las 70 semanas (Dan (:24-27) es la primera parte de la
profecía de los 2300 días. Setenta semanas están "determinadas"
("cortadas", en Hebreo–cortadas de la profecía de los 2300 días
[años] para los judíos. Por lo tanto, la primera parte de la profecía de los
2300 días de Daniel 8:14 es tiempo señalado a los judíos, para concluir su
tiempo de prueba como la nación especialmente favorecida de Dios.
En las profecía
bíblicas, un día equivale a un año (Números 14:34; Ezequiel 4:6). El decreto
de Artajerjes, que fue dado en el séptimo año de su reinado, en el año 457
A.C. (Daniel 9:25; Esdras 6:14; 7:6-8), restaurando el gobierno Judío, es donde
empieza esta vasta profecía de tiempo de 2300 años. Las primeras 70 semanas
(Daniel 9:24-27) de esta profecía, cortadas o señalada a los Judíos, equivale
a 490 años. Los muros de Jerusalén fueron reconstruidos en 7 semanas, o 49
años (408 A.C.). Otras 62 semanas nos trae al ungimiento de Cristo para su
misión en el año 27 D.C. Ahora han pasado 423 años; de las 70 semanas sólo
queda una. A mediados de esta semana (Daniel 9:26-27), en el año 31 D.C., el
Mesías es cortado, crucificado. Una media semana de 3½ años nos trae hasta el
año 34 D.C., cuando al apedrear a Esteban, el evangelio es llevado a los
Gentiles.
TERMINA LA PROFECIA MAS
LARGA. En el año 34 D.C. se completaron las 70 semanas, o los 490 años. Quedan
todavía 410 años para que la profecía de Daniel 8:14 sea cumplida. En su
terminación, en el año 1844 D.C., empezó la parte "el santuario será
purificado" profetizada en este importante pasaje de Daniel 8:14.
Jesús es nuestro Sumo Sacerdote en el
Santuario celestial (el patrón del terrestre). En 1844, él empezó su obra
final en el santuario, previo a su segundo advenimiento a esta tierra a rescatar
a su pueblo.
El TabErnáculo

EL TABERNACULO TERRENAL