
DONDEQUIERA que la Palabra de Dios se predicara con
fidelidad, los resultados atestiguaban su divino origen. El Espíritu de Dios
acompañaba el mensaje de sus siervos, y la Palabra tenía poder. Los pecadores
sentían despertarse sus conciencias. La luz "que
alumbra a todo hombre que viene a este mundo," iluminaba los lugares más
recónditos de sus almas, y las ocultas obras de las tinieblas eran puestas de
manifiesto. Una profunda convicción se apoderaba de sus espíritus y
corazones. Eran redargüídos de pecado, de justicia y del juicio por venir. Tenían
conciencia de la justicia de Dios, y temían tener que comparecer con sus culpas
e impurezas ante Aquel que escudriña los corazones. En su angustia clamaban:
"¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte?" Al serles revelada
la cruz del Calvario, indicio del sacrificio infinito exigido por los pecados de
los hombres, veían que sólo los méritos de Cristo bastaban para expiar sus
transgresiones; eran lo único que podía reconciliar al hombre con Dios. Con
fe y humildad aceptaban al Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo.
Por la sangre de Jesús alcanzaban "la remisión de los pecados cometidos
anteriormente."
Estos creyentes hacían frutos dignos de su
arrepentimiento. Creían y eran bautizados y se levantaban para andar en novedad
de vida, como nuevas criaturas en Cristo Jesús; no para vivir conforme a
sus antiguas concupiscencias, sino por la fe en el Hijo de Dios, para seguir sus
pisadas, para reflejar su carácter y para purificarse a sí mismos, así como
el es puro. Amaban lo que antes aborrecieran, y aborrecían lo que antes amaran.
Los orgullosos y tercos se volvían mansos y humildes de corazón. Los vanidosos
y arrogantes se volvían serios y discretos. Los profanos se volvían piadosos;
los borrachos, sobrios; y los corrompidos, puros. Las vanas costumbres del mundo
eran puestas a un lado. Los cristianos no buscaban el adorno "exterior del
rizado de los cabellos, del ataviarse con joyas de oro o el de la compostura de
los vestidos, sino el oculto del corazón, que consiste en la incorrupción de
un espíritu manso y tranquilo; esa es la hermosura en la presencia de
Dios." 1 Pedro 3:3, 4, V. (Nácar-Colunga.)
Los reavivamientos producían en muchos profundo
escudriñamiento de corazón y humildad. Eran caracterizados por llamamientos
solemnes y fervientes hechos a los pecadores, por una ferviente compasión
hacia aquellos a quienes Jesús compró por su sangre. Hombres y mujeres oraban
y luchaban con Dios para conseguir la salvación de las almas. Los frutos de
semejantes reavivamientos se echaban de ver en las almas que no vacilaban ante
el desprendimiento y los sacrificios, sino que se regocijaban de ser tenidas por
dignas de sufrir oprobios y pruebas por causa de Cristo. Se notaba una
transformación en la vida de los que habían hecho profesión de seguir a
Jesús; y la influencia de ellos beneficiaba a la sociedad. Recogían con
Cristo y sembraban para el Espíritu, a fin de cosechar la vida eterna.
Se podía decir de ellos que fueron "contristados para
arrepentimiento." "Porque el dolor que es según Dios, obra
arrepentimiento saludable, de que no hay que arrepentirse; mas el dolor de este
mundo obra muerte. Porque he aquí, esto mismo que según Dios fuisteis
contristados, cuánta solicitud ha obrado en vosotros, y aun defensa, y aun
enojo, y aun temor, y aun gran deseo, y aun celo, y aun vindicación. En todo os
habéis mostrado limpios en el negocio." 2 Corintios 7:9-11.
Tal es el resultado de la acción del Espíritu de Dios. Una
reforma en la vida es la única prueba segura de un verdadero arrepentimiento.
Si restituye la prenda, si devuelve lo que robó, si confiesa sus pecados y ama
a Dios y a sus semejantes, el pecador puede estar seguro de haber encontrado la
paz con Dios. Tales eran los resultados que en otros tiempos acompañaban a los
reavivamientos religiosos. Cuando se los juzgaba por sus frutos se veía que
eran bendecidos de Dios para la salvación de los hombres y el mejoramiento de
la humanidad.
Pero muchos de los reavivamientos de los tiempos modernos han
presentado un notable contraste con aquellas manifestaciones de la gracia
divina, que en épocas anteriores acompañaban los trabajos de los siervos de
Dios. Es verdad que despiertan gran interés; que muchos se dan por convertidos
y aumenta en gran manera el número de los miembros de las iglesias; no obstante
los resultados no son tales que nos autoricen para creer que haya habido un
aumento correspondiente de verdadera vida espiritual. La llama que alumbra
un momento se apaga pronto y deja la obscuridad más densa que antes.
Los avivamientos populares son provocados demasiado a menudo
por llamamientos a la imaginación, que excitan las emociones y satisfacen la
inclinación por lo nuevo y extraordinario. Los conversos ganados de este
modo manifiestan poco deseo de escuchar la verdad bíblica, y poco interés en
el testimonio de los profetas y apóstoles. El servicio religioso que no revista
un carácter un tanto sensacional no tiene atractivo para ellos. Un mensaje que
apela a la fría razón no despierta eco alguno en ellos. No tienen en cuenta
las claras amonestaciones de la Palabra de Dios que se refieren directamente a
sus intereses eternos.
Para toda alma verdaderamente convertida la relación con
Dios y con las cosas eternas será el gran tema de la vida. ¿Pero dónde se
nota, en las iglesias populares de nuestros días, el espíritu de consagración
a Dios? Los conversos no renuncian a su orgullo ni al amor del mundo. No
están más dispuestos a negarse a sí mismos, a llevar la cruz y a seguir al
manso y humilde Jesús, que antes de su conversión. La religión se ha vuelto
objeto de burla de los infieles y escépticos, debido a que tantos de los que la
profesan ignoran sus principios. El poder de la piedad ha desaparecido casi
enteramente de muchas de las iglesias. Las comidas campestres, las
representaciones teatrales en las iglesias, los bazares, las casas elegantes y
la ostentación personal han alejado de Dios los pensamientos de la gente.
Tierras y bienes y ocupaciones mundanas llenan el espíritu, mientras que
las cosas de interés eterno se consideran apenas dignas de atención.
A pesar del decaimiento general de la fe y de la piedad, hay
en esas iglesias verdaderos discípulos de Cristo. Antes que los juicios de Dios
caigan finalmente sobre la tierra, habrá entre el pueblo del Señor un
avivamiento de la piedad primitiva, cual no se ha visto nunca desde los tiempos
apostólicos. El Espíritu y el poder de Dios serán derramados sobre sus
hijos. Entonces muchos se separarán de esas iglesias en las cuales el amor
de este mundo ha suplantado al amor de Dios y de su Palabra y muchos, tanto
ministros como laicos, aceptarán gustosamente esas grandes verdades que Dios ha
hecho proclamar en este tiempo a fin de preparar un pueblo para la segunda
venida del Señor. El enemigo de las almas desea impedir esta obra, y antes
que llegue el tiempo para que se produzca tal movimiento, tratará de evitarlo
introduciendo una falsa imitación. Hará aparecer como que la bendición
especial de Dios es derramada sobre las iglesias que pueda colocar bajo su poder
seductor; allí se manifestará lo que se considerará como un gran interés
por lo religioso. Multitudes se alegrarán de que Dios esté obrando
maravillosamente en su favor, cuando, en realidad, la obra provendrá de otro
espíritu. Bajo un disfraz religioso, Satanás tratará de extender su
influencia sobre el mundo cristiano.
En muchos de los despertamientos religiosos que se han
producido durante el último medio siglo, se han dejado sentir, en mayor o menor
grado, las mismas influencias que se ejercerán en los movimientos venideros
más extensos. Hay una agitación emotiva, mezcla de lo verdadero con lo falso, muy
apropiada para extraviar a uno. No obstante, nadie necesita ser seducido. A la
luz de la Palabra de Dios no es difícil determinar la naturaleza de estos
movimientos. Dondequiera que los hombres descuiden el testimonio de la Biblia
y se alejen de las verdades claras que sirven para probar el alma y que
requieren abnegación y desprendimiento del mundo, podemos estar seguros de que
Dios no dispensa allí sus bendiciones. Y al aplicar la regla que Cristo
mismo dio: "Por sus frutos los conoceréis" Mateo 7:16, resulta
evidente que estos movimientos no son obra del Espíritu de Dios.
En las verdades de su Palabra, Dios ha dado a los hombres
una revelación de sí mismo, y a todos los que las aceptan les sirven de escudo
contra los engaños de Satanás. El descuido en que se tuvieron estas
verdades fue lo que abrió la puerta a los males que se están propagando ahora
tanto en el mundo religioso. Se ha perdido de vista en sumo grado la
naturaleza e importancia de la ley de Dios. Un concepto falso del carácter
perpetuo y obligatorio de la ley divina ha hecho incurrir en errores respecto a
la conversión y santificación, y como resultado se ha rebajado el nivel de la
piedad en la iglesia. En esto reside el secreto de la ausencia del Espíritu
y poder de Dios en los despertamientos religiosos de nuestros tiempos.
Hay en las diversas denominaciones hombres eminentes por su
piedad, que reconocen y deploran este hecho. El profesor Eduardo A. Park, al
exponer los peligros religiosos corrientes, dice acertadamente: "Una de
las fuentes de peligros es el hecho de que los predicadores insisten muy poco en
la ley divina. En otro tiempo el púlpito era eco de la voz de la
conciencia.... Nuestros más ilustres predicadores daban a sus discursos una
amplitud majestuosa siguiendo el ejemplo del Maestro y recalcando la ley, sus
preceptos y sus amenazas. Repetían las dos grandes máximas de que la ley es
fiel trasunto de las perfecciones divinas, y de que un hombre que no tiene
amor a la ley no lo tiene tampoco al Evangelio, pues la ley, tanto como el
Evangelio, es un espejo que refleja el verdadero carácter de Dios. Este peligro
arrastra a otro: el de desestimar la gravedad del pecado, su extensión y su
horror. El grado de culpabilidad que acarrea la desobediencia a un mandamiento
es proporcional al grado de justicia de ese mandamiento....
"A los peligros ya enumerados se une el que se corre
al no reconocer plenamente la justicia de Dios. La tendencia del púlpito
moderno consiste en hacer separación entre la justicia divina y la misericordia
divina, en rebajar la misericordia al nivel de un sentimiento en lugar de
elevarla a la altura de un principio. El nuevo prisma teológico separa lo que
Dios unió. Es la ley divina un bien o un mal? Es un bien. Luego la justicia
es buena; pues es una disposición para cumplir la ley. De la costumbre de tener
en poco la ley y justicia divinas, el alcance y demérito de la desobediencia
humana, los hombres contraen fácilmente la costumbre de no apreciar la gracia
que proveyó expiación por el pecado." Así pierde el Evangelio su
valor e importancia en el concepto de los hombres, que no tardan en dejar a un
lado la misma Biblia.
Muchos maestros en religión aseveran que Cristo abolió
la ley por su muerte, y que desde entonces los hombres se ven libres de sus
exigencias. Algunos la representan como yugo enojoso, y en contraposición
con la esclavitud de la ley, presentan la libertad de que se debe gozar bajo el
Evangelio.
Pero no es así como los profetas y los apóstoles
consideraron la santa ley de Dios. David dice: "Y andaré con libertad,
porque he buscado Tus preceptos." Salmo 119:45. El apóstol Santiago, que
escribió después de la muerte de Cristo, habla del Decálogo como de la
"ley real," y de la "ley perfecta, la ley de libertad."
Santiago 2:8; 1:25. Y el vidente de Patmos, medio siglo después de la
crucifixión, pronuncia una bendición sobre los "que guardan sus
mandamientos, para que su potencia sea en el árbol de la vida, y que entren por
las puertas en la ciudad." Apocalipsis 22:14.
El aserto de que Cristo abolió con su muerte la ley de su
Padre no tiene fundamento. Si hubiese sido posible cambiar la ley o abolirla,
entonces Cristo no habría tenido por qué morir para salvar al hombre de la
penalidad del pecado. La muerte de Cristo, lejos de abolir la ley, prueba que es
inmutable. El Hijo de Dios vino para engrandecer la ley, y hacerla
honorable. Isaías 42:21. El dijo: "No penséis que vine a invalidar la
ley;" "hasta que pasen el cielo y la tierra, ni siquiera una jota ni
un tilde pasará de la ley." Mateo 5:17, 18. Y con respecto a Sí mismo
declara: "Me complazco en hacer Tu voluntad, oh Dios mío, y Tu ley está
en medio de mi corazón." Salmo 40:8.
La ley de Dios, por su naturaleza misma, es inmutable. Es una
revelación de la voluntad y del carácter de su Autor. Dios es amor, y su
ley es amor. Sus dos grandes principios son el amor a Dios y al hombre. "El
amor pues es el cumplimiento de la ley." Romanos 13:10. El carácter de
Dios es justicia y verdad; tal es la naturaleza de su ley. Dice el salmista:
"Tu ley es la verdad;" "todos Tus mandamientos son justos."
Salmo 119:142, 172. Y el apóstol Pablo declara: "La ley es santa, y el
mandamiento, santo y justo y bueno." Romanos 7:12. Semejante ley,
expresión del pensamiento y de la voluntad de Dios, debe ser tan duradera como
su Autor.
Es obra de la conversión y de la santificación reconciliar
a los hombres con Dios, poniéndolos de acuerdo con los principios de su ley.
Al principio el hombre fue creado a la imagen de Dios. Estaba en perfecta
armonía con la naturaleza y la ley de Dios; los principios de justicia estaban
grabados en su corazón. Pero el pecado le separó de su Hacedor. Ya no
reflejaba más la imagen divina. Su corazón estaba en guerra con los principios
de la ley de Dios. "La intención de la carne es enemistad contra Dios,
porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede." Romanos 8:7. Mas
"de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito," para
que el hombre fuese reconciliado con Dios. Por los méritos de Cristo puede
restablecerse la armonía entre el hombre y su Creador. Su corazón debe ser
renovado por la gracia divina; debe recibir nueva vida de lo alto. Este cambio
es el nuevo nacimiento, sin el cual, según expuso Jesús, nadie "puede ver
el reino de Dios."
El primer paso hacia la reconciliación con Dios, es la
convicción del pecado. "El pecado es transgresión de la ley."
"Por la ley es el conocimiento del pecado." 1 Juan 3:4; Romanos 3:20. Para
reconocer su culpabilidad, el pecador debe medir su carácter por la gran norma
de justicia que Dios dio al hombre. Es un espejo que le muestra la imagen de
un carácter perfecto y justo, y le permite discernir los defectos de su propio
carácter.
La ley revela al hombre sus pecados, pero no dispone ningún
remedio. Mientras promete vida al que obedece, declara que la muerte es lo
que le toca al transgresor. Sólo el Evangelio de Cristo puede librarle de la
condenación o de la mancha del pecado. Debe arrepentirse ante Dios cuya ley
transgredió, y tener fe en Cristo y en su sacrificio expiatorio. Así
obtiene "remisión de los pecados cometidos anteriormente," y se hace
partícipe de la naturaleza divina. Es un hijo de Dios, pues ha recibido el
espíritu de adopción, por el cual exclama: "¡Abba, Padre!"
¿Está entonces libre para violar la ley de Dios? El
apóstol Pablo dice: "¿Abrogamos pues la ley por medio de la fe? ¡No por
cierto! antes bien, hacemos estable la ley." "Nosotros que morimos al
pecado, ¿cómo podremos vivir ya en él?" Y Juan dice también:
"Este es el amor de Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus
mandamientos no son gravosos." Romanos 3:31; 6:2; 1 Juan 5:3. En el
nuevo nacimiento el corazón viene a quedar en armonía con Dios, al estarlo con
su ley. Cuando se ha efectuado este gran cambio en el pecador, entonces ha
pasado de la muerte a la vida, del pecado a la santidad, de la transgresión
y rebelión a la obediencia y a la lealtad. Terminó su antigua vida de
separación con Dios; y comenzó la nueva vida de reconciliación, fe y amor.
Entonces "la justicia que requiere la ley" se cumplirá "en
nosotros, los que no andamos según la carne, sino según el espíritu."
Romanos 8:4. Y el lenguaje del alma será "¡Cuánto amo yo tu ley! todo el
día es ella mi meditación." Salmo 119:97.
"La ley de Jehová es perfecta, que convierte el
alma." Salmo 19:7. Sin la ley, los hombres no pueden formarse un justo
concepto de la pureza y santidad de Dios ni de su propia culpabilidad e
impureza. No tienen verdadera convicción del pecado, y no sienten necesidad de
arrepentirse. Como no ven su condición perdida como violadores de la ley de
Dios, no se dan cuenta tampoco de la necesidad que tienen de la sangre
expiatoria de Cristo. Aceptan la esperanza de salvación sin que se realice un
cambio radical en su corazón ni reforma en su vida. Así abundan las
conversiones superficiales, y multitudes se unen a la iglesia sin haberse unido
jamás con Cristo.
Falsas teorías sobre la santificación, debidas a que no se
hizo caso de la ley divina, o se la rechazó, desempeñan importante papel en
los movimientos religiosos de nuestros días. Esas teorías son falsas en
cuanto a la doctrina y peligrosas en sus resultados prácticos, y el hecho de
que hallen tan general aceptación hace doblemente necesario que todos tengan
una clara comprensión de lo que las Sagradas Escrituras enseñan sobre este
punto.
La doctrina de la santificación verdadera es bíblica.
El apóstol Pablo, en su carta a la iglesia de Tesalónica, declara: "Esta
es la voluntad de Dios, es a saber, vuestra santificación." Y ruega así:
"El mismo Dios de paz os santifique del todo." 1 Tesalonicenses 4:3;
5:23. La Biblia enseña claramente lo que es la santificación, y cómo se
puede alcanzar. El Salvador oró por sus discípulos: "Santifícalos con la
verdad: tu Palabra es la verdad." Juan 17:17, 19. Y Pablo enseña que
los creyentes deben ser santificados por el Espíritu Santo. Romanos 15:16.
¿Cuál es la obra del Espíritu Santo? Jesús dijo a sus discípulos:
"Cuando viniere Aquél, el Espíritu de verdad, El os guiará al
conocimiento de toda la verdad." Juan 16:13. Y el salmista dice:
"Tu ley es la verdad." Por la Palabra y el Espíritu de Dios
quedan de manifiesto ante los hombres los grandes principios de justicia
encerrados en la ley divina. Y ya que la ley de Dios es santa, justa y buena,
un trasunto de la perfección divina, resulta que el carácter formado por la
obediencia a esa ley será santo. Cristo es ejemplo perfecto de semejante
carácter. El dice: "He guardado los mandamientos de mi Padre."
"Hago siempre las cosas que Le agradan." Juan 15:10; 8:29. Los
discípulos de Cristo han de volverse semejantes a el, es decir, adquirir por la
gracia de Dios un carácter conforme a los principios de su santa ley. Esto es
lo que la Biblia llama santificación.
Esta obra no se puede realizar sino por la fe en Cristo, por
el poder del Espíritu de Dios que habite en el corazón. Pablo amonesta a
los creyentes: "Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor; porque
Dios es el que en vosotros obra así el querer como el hacer, por su buena
voluntad." Filipenses 2:12, 13. El cristiano sentirá las tentaciones
del pecado, pero luchará continuamente contra él. Aquí es donde se
necesita la ayuda de Cristo. La debilidad humana se une con la fuerza
divina, y la fe exclama: "A Dios gracias, que nos da la victoria por el
Señor nuestro Jesucristo." 1 Corintios 15:57.
Las Santas Escrituras enseñan claramente que la obra de
santificación es progresiva. Cuando el pecador encuentra en la conversión
la paz con Dios por la sangre expiatoria, la vida cristiana no ha hecho más que
empezar. Ahora debe llegar "al estado de hombre perfecto;" crecer
"a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo." El apóstol
Pablo dice: "Una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y
extendiéndome a lo que está delante, prosigo al blanco, al premio de la
soberana vocación de Dios en Cristo Jesús." Filipenses 3:13, 14. Y
Pedro nos presenta los peldaños por los cuales se llega a la santificación de
que habla la Biblia: "Poniendo de vuestra parte todo empeño, añadid a
vuestra fe el poder; y al poder, la ciencia; y a la ciencia, la templanza; y a
la templanza, la paciencia; y a la paciencia, la piedad; y a la piedad,
fraternidad; y a la fraternidad, amor.... Porque si hacéis estas cosas, no
tropezaréis nunca." 2 Pedro 1:5-10.
Los que experimenten la santificación de que habla la
Biblia, manifestarán un espíritu de humildad. Como Moisés, contemplaron
la terrible majestad de la santidad y se dan cuenta de su propia indignidad en
contraste con la pureza y alta perfección del Dios infinito.
El profeta Daniel fue ejemplo de verdadera santificación.
Llenó su larga vida del noble servicio que rindió a su Maestro. Era un hombre
"muy amado" Daniel 10:11. en el cielo. Sin embargo, en lugar de
pretender ser puro y santo, este profeta tan honrado de Dios se identificó con
los mayores pecadores de Israel cuando intercedió cerca de Dios en favor de su
pueblo: "¡No derramamos nuestros ruegos ante Tu rostro a causa de nuestras
justicias, sino a causa de Tus grandes compasiones!" "Hemos pecado,
hemos obrado impíamente." El declara: "yo estaba . . . hablando, y
orando, y confesando mi pecado, y el pecado de mi pueblo." Y cuando más
tarde el Hijo de Dios apareció para instruirle, Daniel dijo: "Mi lozanía
se me demudó en palidez de muerte, y no retuve fuerza alguna." Daniel
9:18, 15, 20; 10:8.
Cuando Job oyó la voz del Señor de entre el torbellino,
exclamó: "Me aborrezco, y me arrepiento en el polvo y la ceniza."
Job 42:6. Cuando Isaías contempló la gloria del Señor, y oyó a los
querubines que clamaban: "¡Santo, santo, santo es Jehová de los
ejércitos!" dijo abrumado: "¡Ay de mí, pues soy perdido!"
Isaías 6:3, 5. Después de haber sido arrebatado hasta el tercer cielo y haber
oído cosas que no le es dado al hombre expresar, Pablo habló de sí mismo como
del "más pequeño de todos los santos." (2 Corintios 12:2-4); Efesios
3:8. Y el amado Juan, el que había descansado en el pecho de Jesús y
contemplado su gloria, fue el que cayó como muerto a los pies del ángel.
Apocalipsis 1:17.
No puede haber glorificación de sí mismo, ni arrogantes
pretensiones de estar libre de pecado, por parte de aquellos que andan a la
sombra de la cruz del Calvario. Harta cuenta se dan de que fueron sus
pecados los que causaron la agonía del Hijo de Dios y destrozaron su corazón;
y este pensamiento les inspira profunda humildad. Los que viven más cerca de
Jesús son también los que mejor ven la fragilidad y culpabilidad de la
humanidad, y su sola esperanza se cifra en los méritos de un Salvador
crucificado y resucitado.
La santificación, tal cual la entiende ahora el mundo
religioso en general, lleva en sí misma un germen de orgullo espiritual y de
menosprecio de la ley de Dios que nos la presenta como del todo ajena a la
religión de la Biblia. Sus defensores enseñan que la santificación es una
obra instantánea, por la cual, mediante la fe solamente, alcanzan perfecta
santidad. "Tan sólo creed—dicen—y la bendición es vuestra."
Según ellos, no se necesita mayor esfuerzo de parte del que recibe la
bendición. Al mismo tiempo niegan la autoridad de la ley de Dios y afirman
que están dispensados de la obligación de guardar los mandamientos. ¿Pero
será acaso posible que los hombres sean santos y concuerden con la voluntad y
el modo de ser de Dios, sin ponerse en armonía con los principios que expresan
su naturaleza y voluntad, y enseñan lo que le agrada?
El deseo de llevar una religión fácil, que no exija luchas,
ni desprendimiento, ni ruptura con las locuras del mundo, ha hecho popular la
doctrina de la fe, y de la fe sola; ¿pero qué dice la Palabra de Dios? El
apóstol Santiago dice: "Hermanos míos, ¿qué aprovechará si alguno dice
que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle? . . . ¿Mas quieres
saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta? ¿No fue justificado por las
obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar?
¿No ves que la fe obró con sus obras, y que la fe fue perfecta por las obras?
. . . Veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por
la fe." Santiago 2:14-24.
El testimonio de la Palabra de Dios se opone a esta doctrina
seductora de la fe sin obras. No es fe pretender el favor del Cielo sin
cumplir las condiciones necesarias para que la gracia sea concedida. Es
presunción, pues la fe verdadera se funda en las promesas y disposiciones de
las Sagradas Escrituras.
Nadie se engañe a sí mismo creyendo que pueda volverse
santo mientras viole premeditadamente uno de los preceptos divinos. Un pecado
cometido deliberadamente acalla la voz atestiguadora del Espíritu y separa al
alma de Dios. "El pecado es transgresión de la ley." Y "todo
aquel que peca [transgrede la ley], no le ha visto, ni le ha conocido." 1
Juan 3:6. Aunque Juan habla mucho del amor en sus epístolas, no vacila en poner
de manifiesto el verdadero carácter de esa clase de personas que pretenden ser
santificadas y seguir transgrediendo la ley de Dios. "El que dice: yo Le
conozco, y no guarda sus mandamientos, es mentiroso, y no hay verdad en él; mas
el que guarda su palabra, verdaderamente en éste se ha perfeccionado el amor de
Dios." 1 Juan 2:4, 5. Esta es la piedra de toque de toda profesión de fe.
No podemos reconocer como santo a ningún hombre sin haberle comparado primero
con la sola regla de santidad que Dios haya dado en el cielo y en la tierra.
Si los hombres no sienten el peso de la ley moral, si empequeñecen y tienen en
poco los preceptos de Dios, si violan el menor de estos mandamientos, y así
enseñan a los hombres, no serán estimados ante el cielo, y podemos estar
seguros de que sus pretensiones no tienen fundamento alguno.
Y la aserción de estar sin pecado constituye de por sí una
prueba de que el que tal asevera dista mucho de ser santo. Es porque no
tiene un verdadero concepto de lo que es la pureza y santidad infinita de Dios,
ni de lo que deben ser los que han de armonizar con su carácter; es porque no
tiene verdadero concepto de la pureza y perfección supremas de Jesús ni de la
maldad y horror del pecado, por lo que el hombre puede creerse santo. Cuanto
más lejos esté de Cristo y más yerre acerca del carácter y los pedidos de
Dios, más justo se cree.
La santificación expuesta en las Santas Escrituras abarca
todo el ser: espíritu, cuerpo y alma. Pablo rogaba por los Tesalonicenses,
que su "ser entero, espíritu y alma y cuerpo" fuese "guardado y
presentado irreprensible en el advenimiento de nuestro Señor Jesucristo."
1 Tesalonicenses 5:23. Y vuelve a escribir a los creyentes: "Os ruego pues,
hermanos, por las compasiones de Dios, que le presentéis vuestros cuerpos, como
sacrificio vivo, santo, acepto a Dios." Romanos 12:1. En tiempos del
antiguo Israel, toda ofrenda que se traía a Dios era cuidadosamente examinada.
Si se descubría un defecto cualquiera en el animal presentado, se lo rechazaba,
pues Dios había mandado que las ofrendas fuesen "sin mancha." Así
también se pide a los cristianos que presenten sus cuerpos en "sacrificio
vivo, santo, acepto a Dios." Para ello, todas sus facultades deben
conservarse en la mejor condición posible. Toda costumbre que tienda a
debilitar la fuerza física o mental incapacita al hombre para el servicio de su
Creador. ¿Y se complacerá Dios con menos de lo mejor que podamos
ofrecerle? Cristo dijo: "Amarás al Señor tu Dios de todo tu
corazón." Los que aman a Dios de todo corazón desearán darle el mejor
servicio de su vida y tratarán siempre de poner todas las facultades de su ser
en armonía con las leyes que aumentarán su aptitud para hacer su voluntad.
No debilitarán ni mancharán la ofrenda que presentan a su Padre celestial
abandonándose a sus apetitos o pasiones.
Pedro dice: "Os ruego . . . que os abstengáis de las
concupiscencias carnales, las cuales guerrean contra el alma." 1 Pedro
2:11. Toda concesión hecha al pecado tiende a entorpecer las facultades y a
destruir el poder de percepción mental y espiritual, de modo que la Palabra o
el Espíritu de Dios ya no puedan impresionar sino débilmente el corazón.
Pablo escribe a los Corintios: "Limpiémonos de toda inmundicia de carne y
de espíritu, perfeccionando la santificación en temor de Dios." 2
Corintios 7:1. Y entre los frutos del Espíritu—"amor, gozo, paz,
longanimidad, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre,"—clasifica la
"templanza." Gálatas 5:22, 23.
A pesar de estas inspiradas declaraciones, ¡cuántos
cristianos de profesión están debilitando sus facultades en la búsqueda de
ganancias o en el culto que tributan a la moda; cuántos están envileciendo en
su ser la imagen de Dios, con la glotonería, las bebidas espirituosas, los
placeres ilícitos! Y la iglesia, en lugar de reprimir el mal, demasiado a
menudo lo fomenta, apelando a los apetitos, al amor del lucro y de los placeres
para llenar su tesoro, que el amor a Cristo es demasiado débil para colmar. Si
Jesús entrase en las iglesias de nuestros días, y viese los festejos y el
tráfico impío que se practica en nombre de la religión, ¿no arrojaría acaso
a esos profanadores, como arrojó del templo a los cambiadores de moneda?
El apóstol Santiago declara que la sabiduría que
desciende de arriba es "primeramente pura." Si se hubiese
encontrado con aquellos que pronuncian el precioso nombre de Jesús con labios
manchados por el tabaco, con aquellos cuyo aliento y persona están contaminados
por sus fétidos olores, y que infestan el aire del cielo y obligan a todos los
que les rodean a aspirar el veneno,—si el apóstol hubiese entrado en contacto
con un hábito tan opuesto a la pureza del Evangelio, ¿no lo habría acaso
estigmatizado como, "terreno, animal, diabólico"? Los esclavos del
tabaco, pretendiendo gozar de las bendiciones de la santificación completa,
hablan de su esperanza de ir a la gloria; pero la Palabra de Dios declara
positivamente que "no entrará en ella ninguna cosa sucia."
Apocalipsis 21:27.
"¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del
Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no
sois vuestros? Porque comprados sois por precio: glorificad pues a Dios en
vuestro cuerpo." 1 Corintios 6:19, 20. Aquel cuyo cuerpo es el
templo del Espíritu Santo no se dejará esclavizar por ningún hábito
pernicioso. Sus facultades pertenecen a Cristo, que le compró con precio de
sangre. Sus bienes son del Señor. ¿Cómo podrá quedar sin culpa si dilapida
el capital que se le confió? Hay cristianos de profesión que gastan al año
ingentes cantidades en goces inútiles y perniciosos, mientras muchas almas
perecen por falta de la palabra de vida. Roban a Dios en los diezmos y
ofrendas, mientras consumen en aras de la pasión destructora más de lo que dan
para socorrer a los pobres o para el sostenimiento del Evangelio. Si todos los
que hacen profesión de seguir a Cristo estuviesen verdaderamente santificados,
en lugar de gastar sus recursos en placeres inútiles y hasta perjudiciales, los
invertirían en el tesoro del Señor, y los cristianos darían un ejemplo de
temperancia, abnegación y sacrificio de sí mismos. Serían entonces la luz del
mundo.
El mundo está entregado a la sensualidad. "La
concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la soberbia de la
vida" gobiernan las masas del pueblo. Pero los discípulos de Cristo son
llamados a una vida santa. "Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el
Señor, y no toquéis lo inmundo." A la luz de la Palabra de Dios, se
justifica el aserto de que la santificación que no produce este completo
desprendimiento de los deseos y placeres pecaminosos del mundo, no puede ser
verdadera.
A aquellos que cumplen con las condiciones: "Salid de en
medio de ellos, y apartaos, . . . y no toquéis lo inmundo," se refiere la
promesa de Dios: "yo os recibiré, y seré a vosotros Padre, y vosotros me
seréis a mí hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso." 2 Corintios
6:17, 18. Es privilegio y deber de todo cristiano tener grande y bendita
experiencia de las cosas de Dios. "yo soy la luz del mundo—dice Jesús:—el
que me sigue, no andará en tinieblas, mas tendrá la lumbre de la vida."
Juan 8:12. "La senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en
aumento hasta que el día es perfecto." Proverbios 4:18. Cada paso que
se da en fe y obediencia pone al alma en relación más íntima con la luz del
mundo, en quien "no hay ningunas tinieblas." Los rayos luminosos
del Sol de Justicia brillan sobre los siervos de Dios, y éstos deben
reflejarlos. Así como las estrellas nos hablan de una gran luz en el cielo, con
cuya gloria resplandecen, así también los cristianos deben mostrar que hay en
el trono del universo un Dios cuyo carácter es digno de alabanza e imitación.
Las gracias de su Espíritu, su pureza y santidad, se manifestarán en sus
testigos.
En su carta a los Colosenses, Pablo enumera las abundantes
bendiciones concedidas a los hijos de Dios. "No cesamos—dice—de orar
por vosotros, y de pedir que seáis llenos del conocimiento de su voluntad, en
toda sabiduría y espiritual inteligencia; para que andéis como es digno del
Señor, agradándole en todo, fructificando en toda buena obra, y creciendo en
el conocimiento de Dios: corroborados de toda fortaleza, conforme a la potencia
de su gloria, para toda tolerancia y largura de ánimo con gozo."
Colosenses 1:9-11.
Escribe además respecto a su deseo de que los hermanos de
Efeso logren comprender la grandeza de los privilegios del cristiano. Les expone
en el lenguaje más claro el maravilloso conocimiento y poder que pueden poseer
como hijos e hijas del Altísimo. De ellos estaba el que fueran
"fortalecidos con poder, por medio de su Espíritu, en el hombre
interior," y "arraigados y cimentados en amor," para poder
"comprender, con todos los santos, cuál sea la anchura, y la longitud, y
la altura y la profundidad—y conocer el amor de Cristo, que sobrepuja a todo
conocimiento." Pero la oración del apóstol alcanza al apogeo del
privilegio cuando ruega que sean "llenos de ello, hasta la medida de toda
la plenitud de Dios." Efesios 3:16-19.
Así se ponen de manifiesto las alturas de la perfección que
podemos alcanzar por la fe en las promesas de nuestro Padre celestial, cuando
cumplimos con lo que El requiere de nosotros. Por los méritos de Cristo tenemos
acceso al trono del poder infinito. "El que aun a su propio Hijo no
perdonó, antes le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también
con el todas las cosas?" Romanos 8:32. El Padre dio a su Hijo su Espíritu
sin medida, y nosotros podemos participar también de su plenitud. Jesús dice:
"Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros
hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que
lo pidieren de el?" Lucas 11:13. "Si algo pidiereis en mi nombre, yo
lo haré." "Pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido.
Juan 14:14; 16:24.
Si bien la vida del cristiano ha de ser caracterizada por la
humildad, no debe señalarse por la tristeza y la denigración de sí mismo.
Todos tienen el privilegio de vivir de manera que Dios los apruebe y los
bendiga. No es la voluntad de nuestro Padre celestial que estemos siempre en
condenación y tinieblas. Marchar con la cabeza baja y el corazón lleno de
preocupaciones relativas a uno mismo no es prueba de verdadera humildad.
Podemos acudir a Jesús y ser purificados, y permanecer ante la ley sin
avergonzarnos ni sentir remordimientos. "Ahora pues, ninguna
condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme
a la carne, mas conforme al Espíritu." Romanos 8:1.
Por medio de Jesús, los hijos caídos de Adán son hechos
"hijos de Dios." "Porque el que santifica y los que son
santificados, de uno son todos: por lo cual no se avergüenza de llamarlos
hermanos." Hebreos 2:11. La vida del cristiano debe ser una vida de fe, de
victoria y de gozo en Dios. "Todo aquel que es engendrado de Dios vence al
mundo; y ésta es la victoria que vence al mundo, a saber, nuestra fe." 1
Juan 5:4. Con razón declaró Nehemías, el siervo de Dios: "El gozo de
Jehová es vuestra fortaleza." Nehemías 8:10. Y Pablo dijo: "Gozaos
en el Señor siempre: otra vez os digo: Que os gocéis." "Estad
siempre gozosos. Orad sin cesar. Dad gracias en todo; porque esta es la voluntad
de Dios para con vosotros en Cristo Jesús." Filipenses 4:4; 1
Tesalonicenses 5:16-18.
Tales son los frutos de la conversión y de la santificación
según la Biblia; y es porque el mundo cristiano mira con tanta indiferencia los
grandes principios de justicia expuestos en la Palabra de Dios, por lo que se
ven tan raramente estos frutos. Esta es la razón por la que se ve tan poco de
esa obra profunda y duradera del Espíritu de Dios que caracterizaba los
reavivamientos en tiempos pasados.
Por medio de la contemplación nos transformamos. Pero como
esos sagrados preceptos en los cuales Dios reveló a los hombres su perfección
y santidad son tenidos en poco y el espíritu del pueblo se deja atraer por las
enseñanzas y teorías humanas, nada tiene de extraño que en consecuencia se
vea un enfriamiento de la piedad viva en la iglesia. El Señor dice:
"Dejáronme a Mí, fuente de agua viva, por cavar para sí cisternas,
cisternas rotas que no detienen aguas." Jeremías 2:13.
"Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de
malos.... Antes en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de
día y de noche. Y será como el árbol plantado junto a arroyos de aguas, que
da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace
prosperará." Salmo 1:1-3. Sólo en la medida en que la ley de Dios
sea repuesta en el lugar que le corresponde habrá un avivamiento de la piedad y
fe primitivas entre los que profesan ser su pueblo. "Así dijo Jehová;
Paraos en los caminos, y mirad y preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el
buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestra alma."
Jeremías 6:16.