
Capítulo 33
La Primera Mentira
El Misterio De La Inmortalidad

Una de las mentiras mas
fantásticas de todos los tiempos empezó con Satanás hace miles de años.
Sorprendentemente, pocos hoy en día la reconocen por lo que en realidad es.
Con esa mentira él atrapa las almas y las mantiene presas.
Ud. verá ahora el centro de la
telaraña–cómo Satanás usa los muertos para atrapar a los vivos—

DESDE los tiempos más remotos de la historia del hombre
Satanás se esforzó por engañar a nuestra raza. El que había promovido la
rebelión en el cielo deseaba inducir a los habitantes de la tierra a que se
uniesen con él en su lucha contra el gobierno de Dios. Adán y Eva habían
sido perfectamente felices mientras obedecieron a la ley de Dios, y esto
constituía un testimonio permanente contra el aserto que Satanás había hecho
en el cielo, de que la ley de Dios era un instrumento de opresión y contraria
al bien de Sus criaturas. Además, la envidia de Satanás se despertó al ver la
hermosísima morada preparada para la inocente pareja.
Resolvió hacer caer a ésta para que, una vez separada de Dios y arrastrada
bajo su propio poder, pudiese él apoderarse de la tierra y establecer allí su
reino en oposición al Altísimo.
Si Satanás se hubiese presentado en su verdadero carácter,
habría sido rechazado en el acto, pues Adán y Eva habían sido prevenidos
contra este enemigo peligroso; pero Satanás trabajó en la obscuridad,
encubriendo su propósito a fin de poder realizar mejor sus fines. Valiéndose
de la serpiente, que era entonces un ser de fascinadora apariencia, se dirigió
a Eva, diciéndole: "¿Conque Dios os ha dicho: no comáis de todo árbol
del huerto?" Génesis 3:1. Si Eva hubiese rehusado entrar en discusión con
el tentador, se habría salvado; pero ella se aventuró a alegar con él y
entonces fue víctima de sus artificios. Así es como muchas personas son aún
vencidas. Dudan y discuten respecto a los requerimientos de Dios, y en lugar de
obedecer los mandamientos divinos, aceptan teorías humanas que no sirven más
que para encubrir los engaños de Satanás.
"Y respondió la mujer a la serpiente: Del fruto
de los árboles del jardín bien podemos comer: mas del fruto del árbol
que está en medio del jardín, ha dicho Dios: No comeréis de él, ni lo
tocaréis, no sea que muráis. Entonces dijo la serpiente a la mujer: De
seguro que no moriréis; antes bien, sabe Dios que en el día que
comiereis de él, vuestros ojos serán abiertos, y seréis como Dios,
conocedores del bien y del mal." Vers. 2-5.) La serpiente declaró
que se volverían como Dios, que tendrían más sabiduría que antes y que
serían capaces de entrar en un estado superior de existencia. Eva
cedió a la tentación, y por influencia suya Adán fue inducido a pecar.
Ambos aceptaron la declaración de la serpiente de que Dios no había
querido decir lo que había dicho; desconfiaron de su Creador y se
imaginaron que les estaba coartando la libertad y que podían ganar gran
caudal de sabiduría y mayor elevación quebrantando Su ley.
Pero ¿cómo comprendió Adán, después de su pecado, el sentido de
las siguientes palabras: "En el día que comieres de él de seguro
morirás"? ¿Comprendió que significaban lo que Satanás le había
inducido a creer, que iba a ascender a un grado más alto de existencia?
De haber sido así, habría salido ganando con la transgresión, y
Satanás habría resultado en bienhechor de la raza. Pero Adán comprobó
que no era tal el sentido de la declaración divina. Dios sentenció al
hombre, en castigo por su pecado, a volver a la tierra de donde había
sido tomado: "Polvo eres, y al polvo serás tornado." (Vers.
19.) Las palabras de Satanás: "Vuestros ojos serán
abiertos" resultaron ser verdad pero sólo del modo siguiente:
después de que Adán y Eva hubieron desobedecido a Dios, sus ojos fueron
abiertos y pudieron discernir su locura; conocieron entonces lo que era el
mal y probaron el amargo fruto de la transgresión.
En medio del Edén crecía el árbol de la vida, cuyo
fruto tenía el poder de perpetuar la vida. Si Adán hubiese
permanecido obediente a Dios, habría seguido gozando de libre acceso a
aquel árbol y habría vivido eternamente. Pero en cuanto hubo pecado,
quedó privado de comer del árbol de la vida y sujeto a la muerte. La
sentencia divina: "Polvo eres, y al polvo serás tornado,"
entraña la extinción completa de la vida.
La inmortalidad prometida al hombre a condición de
que obedeciera, se había perdido por la transgresión. Adán no podía
transmitir a su posteridad lo que ya no poseía; y no habría quedado
esperanza para la raza caída, si Dios, por el sacrificio de Su Hijo, no
hubiese puesto la inmortalidad a su alcance. Como "la muerte así
pasó a todos los hombres, pues que todos pecaron," Cristo
"sacó a la luz la vida y la inmortalidad por el evangelio."
Romanos 5:12; 2 Timoteo 1:10. Y sólo por Cristo puede obtenerse la
inmortalidad. Jesús dijo: "El que cree en el Hijo, tiene vida
eterna; mas el que es incrédulo al Hijo, no verá la vida." Juan
3:36. Todo hombre puede adquirir un bien tan inestimable si consiente
en someterse a las condiciones necesarias. Todos "los que
perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad,"
recibirán "la vida eterna." Romanos 2:7.
El único que prometió a Adán la vida en la desobediencia fue el gran
seductor. Y la declaración de la serpiente a Eva en Edén—"De
seguro que no moriréis"—fue el primer sermón que haya sido jamás
predicado sobre la inmortalidad del alma. Y sin embargo, esta misma
declaración, fundada únicamente en la autoridad de Satanás, repercute
desde los púlpitos de la cristiandad, y es recibida por la mayoría de
los hombres con tanta prontitud como lo fue por nuestros primeros padres. A
la divina sentencia: "El alma que pecare, ésa morirá" Ezequiel
18:20, se le da el sentido siguiente: El alma que pecare, ésa no morirá,
sino que vivirá eternamente. No puede uno menos que extrañar la rara
infatuación con que los hombres creen sin más ni más las palabras de
Satanás y se muestran tan incrédulos a las palabras de Dios.
Si al hombre, después de su caída, se le hubiese
permitido tener libre acceso al árbol de la vida, habría vivido para
siempre, y así el pecado se habría inmortalizado. Pero un querubín y
una espada que arrojaba llamas guardaban "el camino del árbol de la
vida" Génesis 3:24, y a ningún miembro de la familia de Adán le ha
sido permitido salvar esta raya y participar de esa fruta de la vida.
Por consiguiente no hay ni un solo pecador inmortal.
Pero después de la caída, Satanás ordenó a sus
ángeles que hicieran un esfuerzo especial para inculcar la creencia de la
inmortalidad natural del hombre; y después de haber inducido a la gente a
aceptar este error, debían llevarla a la conclusión de que el pecador
viviría en penas eternas. Ahora el príncipe de las tinieblas,
obrando por conducto de sus agentes, representa a Dios como un tirano
vengativo, y declara que arroja al infierno a todos aquellos que no Le
agradan, que les hace sentir eternamente los efectos de Su ira, y que
mientras ellos sufren tormentos indecibles y se retuercen en las llamas
eternas, su Creador los mira satisfecho.
Así es como el gran enemigo reviste con sus propios atributos al
Creador y Bienhechor de la humanidad. La crueldad es satánica. Dios
es amor, y todo lo que El creó era puro, santo, y amable, hasta que el
pecado fue introducido por el primer gran rebelde. Satanás mismo es el
enemigo que tienta al hombre y lo destruye luego si puede; y cuando se ha
adueñado de su víctima se alaba de la ruina que ha causado. Si ello le
fuese permitido prendería a toda la raza humana en sus redes. Si no fuese
por la intervención del poder divino, ni hijo ni hija de Adán
escaparían.
Hoy día Satanás está tratando de vencer a los
hombres, como venció a nuestros primeros padres, debilitando su confianza
en el Creador e induciéndoles a dudar de la sabiduría de Su gobierno y
de la justicia de Sus leyes. Satanás y sus emisarios representan a
Dios como peor que ellos, para justificar su propia perversidad y su
rebeldía. El gran seductor se esfuerza en atribuir su propia crueldad a
nuestro Padre celestial, a fin de darse por muy perjudicado con su
expulsión del cielo por no haber querido someterse a un soberano tan
injusto. Presenta al mundo la libertad de que gozaría bajo su dulce
cetro, en contraposición con la esclavitud impuesta por los severos
decretos de Jehová. Es así como logra sustraer a las almas de la
sumisión a Dios.
¡Cuán repugnante a todo sentimiento de amor y de misericordia y hasta
a nuestro sentido de justicia es la doctrina según la cual después de
muertos los impíos son atormentados con fuego y azufre en un infierno que
arde eternamente, y por los pecados de una corta vida terrenal deben
sufrir tormentos por tanto tiempo como Dios viva! Sin embargo, esta
doctrina ha sido enseñada muy generalmente y se encuentra aún
incorporada en muchos de los credos de la cristiandad. Un sabio teólogo
sostuvo: "El espectáculo de los tormentos del infierno aumentará
para siempre la dicha de los santos. Cuando vean a otros seres de la misma
naturaleza que ellos y que nacieron en las mismas circunstancias, cuando
los vean sumidos en semejante desdicha, mientras que ellos estén en tan
diferente situación, sentirán en mayor grado el goce de su
felicidad." Otro dijo lo siguiente: "Mientras que la sentencia
de reprobación se esté llevando a efecto por toda la eternidad sobre los
desgraciados que sean objeto de la ira, el humo de sus tormentos subirá
eternamente también a la vista de los que sean objeto de misericordia, y
que, en lugar de compadecerse de aquéllos, exclamarán: ¡Amén!
¡Aleluya! ¡Alabad al Señor!"
¿En qué página de la Palabra de Dios se puede encontrar
semejante enseñanza? ¿Los rescatados no sentirán acaso en el cielo ninguna
compasión y ni siquiera un leve asomo de humanidad? ¿Habrán quedado esos
sentimientos por ventura substituídos por la indiferencia del estoico o la
crueldad del salvaje?—No, mil veces no. No es ésa la enseñanza del Libro de
Dios. Los que presentan opiniones como las expresadas en las citas
anteriores pueden ser sabios y aun hombres honrados; pero han sido engañados
por los sofismas de Satanás. El es quien los induce a desnaturalizar las
enérgicas expresiones de las Sagradas Escrituras, dando al lenguaje bíblico un
tinte de amargura y malignidad que es propio de él, Satanás, pero no de
nuestro Creador. "¡Vivo Yo! dice Jehová el Señor, que no me complazco en
la muerte del inicuo, sino antes en que vuelva el inicuo de su camino y viva.
Volveos, volveos de vuestros caminos malos, pues ¿por qué moriréis?"
Ezequiel 33:11.
¿Qué ganaría Dios con que creyéramos que El se goza en
contemplar los tormentos eternos, que se deleita en oír los gemidos, los
gritos de dolor y las imprecaciones de las criaturas a quienes mantiene
sufriendo en las llamas del infierno? ¿Pueden acaso esas horrendas
disonancias ser música para los oídos de Aquel que es Amor Infinito? Se
alega que esas penas sin fin que sufren los malos demuestran el odio de Dios
hacia el pecado, ese mal tan funesto a la paz y al orden del universo. ¡Oh,
qué horrible blasfemia! ¡Como si el odio que Dios tiene al pecado fuese
motivo para eternizar el pecado! Pues según las enseñanzas de esos
mismos teólogos, los tormentos continuos y sin esperanza de misericordia
enfurecen sus miserables víctimas, que al manifestar su ira con juramentos y
blasfemias, aumentan continuamente el peso de su culpabilidad. La gloria de
Dios no obtiene realce con que se perpetúe el pecado a través de los siglos
sin fin.
Es incalculable para el espíritu humano el daño que ha
producido la herejía de los tormentos eternos. La religión de la Biblia,
llena de amor y de bondad, y que abunda en compasión, resulta empañada
por la superstición y revestida de terror. Cuando consideramos con
cuán falsos colores Satanás pintó el carácter de Dios, ¿podemos
admirarnos de que se tema, y hasta se aborrezca a nuestro Creador
misericordioso? Las ideas espantosas que respecto de Dios han sido
propagadas por el mundo desde el púlpito, han hecho miles y hasta
millones de escépticos e incrédulos.
La teoría de las penas eternas es una de las falsas
doctrinas que constituyen el vino de las abominaciones de Babilonia, del
cual ella da de beber a todas las naciones. Apocalipsis 14:8; 17:2. Es
verdaderamente inexplicable que los ministros de Cristo hayan aceptado
esta herejía y la hayan proclamado desde el púlpito. La recibieron de
Roma, como de Roma también recibieron el falso día de reposo. Es cierto
que dicha herejía ha sido enseñada por hombres piadosos y eminentes,
pero la luz sobre este asunto no les había sido dada como a nosotros.
Eran responsables tan sólo por la luz que brillaba en su tiempo; nosotros
tenemos que responder por la que brilla en nuestros días. Si nos
alejamos del testimonio de la Palabra de Dios y aceptamos falsas doctrinas
porque nuestros padres las enseñaron, caemos bajo la condenación
pronunciada contra Babilonia; estamos bebiendo del vino de sus
abominaciones.
Muchos a quienes subleva la doctrina de los tormentos eternos se lanzan
al error opuesto. Ven que las Santas Escrituras representan a Dios
como un ser lleno de amor y compasión, y no pueden creer que haya de
entregar Sus criaturas a las llamas de un infierno eterno. Pero, como
creen que el alma es de por sí inmortal, no ven otra alternativa que
sacar la conclusión de que toda la humanidad será finalmente salvada.
Muchos son los que consideran las amenazas de la Biblia como destinadas
tan sólo a amedrentar a los hombres para que obedezcan y no como debiendo
cumplirse literalmente. Así el pecador puede vivir en placeres egoístas,
sin prestar atención alguna a lo que Dios exige de él, y esperar sin
embargo que será recibido finalmente en Su gracia. Semejante doctrina
que así especula con la misericordia divina, pero ignora Su justicia,
agrada al corazón carnal y alienta a los malos en su iniquidad.
Para muestra de cómo los que creen en la salvación
universal tuercen el sentido de las Escrituras para sostener sus dogmas
deletéreos para las almas, basta citar sus propias declaraciones. En los
funerales de un joven irreligioso, muerto instantáneamente en una
desgracia, un ministro universalista escogió por texto de su discurso
las siguientes palabras que se refieren a David: "Ya estaba consolado
acerca de Amnón que era muerto." 2 Samuel 13:39.
"A menudo me preguntan—dijo el orador—cuál
será la suerte de los que mueren en el pecado, tal vez en estado de
embriaguez, o que mueren sin haber lavado sus vestiduras de las manchas
ensangrentadas del crimen, o como este joven, sin haber hecho profesión
religiosa ni tenido experiencia alguna en asuntos de religión. Nos
contentamos con citar las Sagradas Escrituras; la contestación que nos
dan al respecto ha de resolver tan tremendo problema. Amnón era pecador
en extremo; era impenitente, se embriagó y fue muerto en ese estado.
David era profeta de Dios; debía saber si Amnón se encontraba bien o mal
en el otro mundo. ¿Cuáles fueron las expresiones de su corazón?—‘El
rey David deseó ver a Absalom: porque estaba consolado acerca de Amnón
que era muerto.’
"¿Y qué debemos deducir de estas palabras? ¿No es acaso que los
sufrimientos sin fin no formaban parte de su creencia religiosa?—Así lo
entendemos nosotros; y aquí encontramos un argumento triunfante en apoyo
de la hipótesis más agradable, más luminosa y más benévola de la
pureza y de la paz finales y universales. Se había consolado de la muerte
de su hijo. ¿Y por qué?—Porque podía con su ojo de profeta echar una
mirada hacia el glorioso estado, ver a su hijo muy alejado de todas las
tentaciones, libertado y purificado de la esclavitud y corrupciones del
pecado, y, después de haber sido suficientemente santificado e iluminado,
admitido a la asamblea de espíritus superiores y dichosos. Su solo
consuelo consistía en que su hijo amado al ser recogido del presente
estado de pecado y padecimiento, había ido adonde el soplo sublime del
Espíritu Santo sería derramado sobre su alma obscurecida; adonde su
espíritu se desarrollaría con la sabiduría del cielo y con los dulces
transportes del amor eterno, a fin de ser así preparado para gozar con
una naturaleza santificada del descanso y de las glorias de la herencia
eterna.
"Con esto queremos dar a entender que creemos que
la salvación del cielo no depende en nada de lo que podamos hacer en esta
vida, ni de un cambio actual de corazón, ni de una creencia actual ni de
una profesión de fe religiosa."
Así es como este profeso ministro de Cristo reitera
la mentira ya dicha por la serpiente en Edén: "De seguro que no
moriréis." "En el día que comiereis de él, vuestros ojos
serán abiertos, y seréis como Dios." Afirma que los más viles
pecadores—el homicida, el ladrón y el adúltero—serán preparados
después de la muerte para gozar de la eterna bienaventuranza.
¿Y de dónde saca sus conclusiones este falseador de las Sagradas
Escrituras?—De una simple frase que expresa la sumisión de David a la
dispensación de la Providencia. Su alma "deseó ver a Absalom:
porque estaba consolado acerca de Amnón que era muerto." Al
mitigarse con el andar del tiempo la acrimonia de su aflicción, sus
pensamientos se volvieron del hijo muerto al hijo vivo que se había
desterrado voluntariamente por temor al justo castigo de su crimen. ¡Y
esto es una evidencia de que el incestuoso y ebrio Amnón fue al morir
llevado inmediatamente a la morada de los bienaventurados, para ser
purificado y preparado allí para la sociedad de los ángeles inmaculados!
¡Fábula amena, por cierto, muy apropiada para satisfacer el corazón
carnal! Es la doctrina del mismo Satanás y produce el efecto que él
desea. ¿Es entonces de extrañar que con tales enseñanzas la iniquidad
abunde?
La conducta de este falso maestro ilustra la de otros
muchos. Desprenden de sus contextos unas cuantas palabras de las Sagradas
Escrituras, por más que en muchos casos aquéllos encierren un significado
contrario al que se les presta; y esos pasajes así aislados se tuercen y
se emplean para probar doctrinas que no tienen ningún fundamento en la
Palabra de Dios. El pasaje citado para probar que el borracho Amnón está en
el cielo, no pasa de ser una mera conjetura, a la que contradice
terminantemente la declaración llana y positiva de las Santas Escrituras de
que los dados a la embriaguez no poseerán el reino de Dios. (1 Corintios
6:10). Y así es como los que dudan, los incrédulos y los escépticos
convierten la verdad en mentira. Y con tales sofismas se engaña a muchos y se
los arrulla en la cuna de una seguridad carnal.
Si fuese cierto que las almas de todos los hombres van
directamente al cielo en la hora de la disolución, entonces bien podríamos
anhelar la muerte antes que la vida. Esta creencia ha inducido a muchas
personas a poner fin a su existencia. Cuando está uno anonadado por los
cuidados, por las perplejidades y los desengaños, parece cosa fácil romper
el delgado hilo de la vida y lanzarse hacia la bienaventuranza del mundo
eterno.
Dios declara positivamente en Su Palabra que castigará
a los transgresores de Su ley. Los que se lisonjean con la idea de que es
demasiado misericordioso para ejecutar Su justicia contra los pecadores,
no tienen más que mirar a la cruz del Calvario. La muerte del
inmaculado Hijo de Dios testifica que "la paga del pecado es
muerte," que toda violación de la ley de Dios debe recibir su justa
retribución. Cristo, que era sin pecado, se hizo pecado a causa del
hombre. Cargó con la culpabilidad de la transgresión y sufrió tanto,
cuando Su Padre apartó Su faz de El, que Su corazón fue destrozado y Su
vida aniquilada. Hizo todos esos sacrificios a fin de redimir al pecador.
De ningún otro modo habría podido el hombre libertarse de la penalidad
del pecado. Y toda alma que se niegue a participar de la expiación
conseguida a tal precio, debe cargar en su propia persona con la
culpabilidad y con el castigo por la transgresión.
Consideremos lo que la Biblia enseña además respecto
a los impíos y a los que no se han arrepentido, y a quienes los
universalistas colocan en el cielo como santos y bienaventurados ángeles.
!Al que tuviere sed, le daré a beber de la fuente del
agua de la vida de balde." Apocalipsis 21:6. Esta promesa es sólo
para aquellos que tuvieren sed. Sólo aquellos que sienten la necesidad
del agua de la vida y que la buscan a cualquier precio, la recibirán.
"El que venciere heredará todas las cosas; y Yo seré su Dios, y él
será Mi hijo." (Vers. 7.) Aquí también, las condiciones están
especificadas. Para heredar todas las cosas, debemos resistir al pecado
y vencerlo.
El Señor declara por el profeta Isaías: "Decid
al justo que le irá bien." "¡Ay del impío! mal le irá porque
según las obras de sus manos le será pagado." Isaías 3:10, 11.
"Pero aunque el pecador haga mal cien veces—dice el sabio,—y con
todo se le prolonguen los días, sin embargo yo ciertamente sé que les
irá bien a los que temen a Dios, por lo mismo que temen delante de El. Al
hombre malo empero no le irá bien." Eclesiastés 8:12, 13. Y Pablo
declara que el pecador se atesora "ira para el día de la ira de la
manifestación del justo juicio de Dios; el cual pagará a cada uno
conforme a sus obras;" "tribulación y angustia sobre toda
persona humana que obra lo malo." Romanos 2:, 6, 9.
"Ningún fornicario, ni persona impúdica, u hombre avaro, el cual
es idólatra, tiene herencia alguna en el reino de Cristo y de Dios."
Efesios 5:5. "Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual
nadie verá al Señor." Hebreos 12:14. "Bienaventurados los que
guardan Sus mandamientos, para que su potencia sea en el árbol de la
vida, y que entren por las puertas en la ciudad. Mas los perros estarán
fuera, y los hechiceros, y los disolutos, y los homicidas, y los
idólatras, y cualquiera que ama y hace mentira." Apocalipsis 22:14,
15.
Dios ha hecho a los hombres una declaración respecto de
Su carácter y de Su modo de proceder con el pecador: "¡Jehová,
Jehová, Dios compasivo y clemente, lento en iras y grande en misericordia y en
fidelidad; que usa de misericordia hasta la milésima generación; que perdona
la iniquidad, la transgresión y el pecado, pero que de ningún modo tendrá por
inocente al rebelde!" Éxodo 34:6, 7. "Destruirá a todos los
inicuos." "Los transgresores ¡todos a una serán destruídos; el
porvenir de los malos será cortado!" Salmos 145:20; 37:38. El poder y
la autoridad del gobierno de Dios serán empleados para vencer la rebelión; sin
embargo, todas las manifestaciones de Su justicia retributiva estarán
perfectamente en armonía con el carácter de Dios, de un Dios misericordioso,
paciente y benévolo.
Dios no fuerza la voluntad ni el juicio de nadie. No se
complace en la obediencia servil. Quiere que las criaturas salidas de Sus
manos le amen porque es digno de amor. Quiere que le obedezcan porque aprecian
debidamente Su sabiduría, Su justicia y Su bondad. Y todos los que tienen justo
concepto de estos atributos le amarán porque serán atraídos a El por la
admiración de Sus atributos.
Los principios de bondad, misericordia y amor enseñados y
puestos en práctica por nuestro Salvador son fiel trasunto de la voluntad
y del carácter de Dios. Cristo declaró que no enseñaba nada que no
hubiese recibido de Su Padre. Los principios del gobierno divino se
armonizan perfectamente con el precepto del Salvador: "Amad a
vuestros enemigos."
Dios ejecuta Su justicia sobre los malos para el bien del universo, y hasta
para el bien de aquellos sobre quienes recaen Sus juicios. El quisiera
hacerlos felices, si pudiera hacerlo de acuerdo con las leyes de Su
gobierno y la justicia de Su carácter.
Extiende hasta ellos las manifestaciones de Su amor, les concede el
conocimiento de Su ley y los persigue con las ofertas de Su misericordia; pero
ellos desprecian Su amor, invalidan Su ley y rechazan Su misericordia. Por
más que reciben continuamente Sus dones, deshonran al Dador; aborrecen a
Dios porque saben que aborrece sus pecados. El Señor soporta mucho
tiempo sus perversidades; pero la hora decisiva llegará al fin y entonces
su suerte quedará resuelta. ¿Encadenará El entonces estos rebeldes a Su
lado? ¿Los obligará a hacer Su voluntad?
Los que han escogido a Satanás por jefe, y que se
han puesto bajo su poder, no están preparados para entrar en la presencia
de Dios. El orgullo, el engaño, la impureza, la crueldad se han arraigado
en sus caracteres. ¿Pueden entonces entrar en el cielo para morar
eternamente con aquellos a quienes despreciaron y odiaron en la tierra?
La verdad no agradará nunca al mentiroso; la mansedumbre no satisfará
jamás a la vanidad y al orgullo; la pureza no puede ser aceptada por el
disoluto; el amor desinteresado no tiene atractivo para el egoísta.
¿Qué goces podría ofrecer el cielo a los que están completamente
absorbidos en los intereses egoístas de la tierra?
¿Acaso podrían aquellos que han pasado su vida en rebelión contra
Dios ser transportados de pronto al cielo y contemplar el alto y santo
estado de perfección que allí se ve, donde toda alma rebosa de amor,
todo semblante irradia alegría, la música arrobadora se eleva en acordes
melodiosos en honor a Dios y al Cordero, y brotan raudales de luz del
rostro de Aquel que está sentado en el trono e inundan a los redimidos?
¿Podrían acaso aquellos cuyos corazones están llenos de odio hacia Dios
y a la verdad y a la santidad alternar con los ejércitos celestiales y
unirse a sus cantos de alabanza? ¿Podrían soportar la gloria de Dios
y del Cordero?—No, no; años de prueba les fueron concedidos para que
pudiesen formar caracteres para el cielo; pero nunca se acostumbraron a
amar lo que es puro; nunca aprendieron el lenguaje del cielo, y ya es
demasiado tarde. Una vida de rebelión contra Dios los ha inhabilitado
para el cielo. La pureza, la santidad y la paz que reinan allí
serían para ellos un tormento; la gloria de Dios, un fuego consumidor.
Ansiarían huir de aquel santo lugar. Desearían que la destrucción los
cubriese de la faz de Aquel que murió para redimirlos. La suerte de los
malos queda determinada por la propia elección de ellos. Su exclusión
del cielo es un acto de su propia voluntad y un acto de justicia y
misericordia por parte de Dios.
Del mismo modo que las aguas del diluvio, las llamas
del gran día proclamarán el veredicto de Dios de que los malos son
incurables. Ellos no tienen ninguna disposición para someterse a la
autoridad divina. Han ejercitado su voluntad en la rebeldía; y cuando
termine la vida será demasiado tarde para desviar la corriente de sus
pensamientos en sentido opuesto, demasiado tarde para volverse de la
transgresión hacia la obediencia, del odio hacia el amor.
Al perdonarle la vida a Caín el homicida, Dios dio al
mundo un ejemplo de lo que sucedería si le fuese permitido al pecador
seguir llevando una vida de iniquidad sin freno. La influencia de las
enseñanzas y de la conducta de Caín arrastraron al pecado a multitudes
de sus descendientes, hasta "que la malicia de los hombres era mucha
en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de
ellos era de continuo solamente el mal." "Y corrompióse la
tierra delante de Dios, y estaba la tierra llena de violencia."
Génesis 6:5, 11.
Fue por misericordia para con el mundo por lo que Dios
barrió los habitantes de él en tiempo de Noé. Fue también por
misericordia por lo que destruyó a los habitantes corrompidos de Sodoma.
Debido al poder engañador de Satanás, los obreros de iniquidad se
granjean simpatía y admiración y arrastran a otros a la rebelión. Así
sucedió en días de Caín y de Noé, como también en tiempo de Abraham y
de Lot; y así sucede en nuestros días. Por misericordia para con el
universo destruirá Dios finalmente a los que rechazan Su gracia.
"Porque la paga del pecado es muerte: mas la
dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro."
Romanos 6:23. Mientras la vida es la heredad de los justos, la muerte es
la porción de los impíos. Moisés declaró a Israel: "Mira, yo he
puesto delante de ti hoy la vida y el bien, la muerte y el mal."
Deuteronomio 30:15. La muerte de la cual se habla en este pasaje no es
aquella a la que fue condenado Adán, pues toda la humanidad sufre la
penalidad de su transgresión. Es "la muerte segunda, " puesta
en contraste con la vida eterna.
A consecuencia del pecado de Adán, la muerte pasó a
toda la raza humana. Todos descienden igualmente a la tumba. Y debido a
las disposiciones del plan de salvación, todos saldrán de los sepulcros.
"Ha de haber resurrección de los muertos, así de justos como de
injustos." Hechos 24:15. "Porque así como en Adán todos
mueren, así también en Cristo todos serán vivificados." 1
Corintios 15:22. Pero queda sentada una distinción entre las dos clases
que serán resucitadas. "Todos los que están en los sepulcros oirán
Su voz [del Hijo del hombre]; y los que hicieron bien, saldrán a
resurrección de vida; mas los que hicieron mal a resurrección de
condenación." Juan 5:28, 29. Los que hayan sido "tenidos por
dignos" de resucitar para la vida son llamados "dichosos y
santos." "Sobre los tales la segunda muerte no tiene
poder." Apocalipsis 20:6. Pero los que no hayan asegurado para sí
el perdón, por medio del arrepentimiento y de la fe, recibirán el
castigo señalado a la transgresión: "la paga del pecado."
Sufrirán un castigo de duración e intensidad diversas "según sus
obras," pero que terminará finalmente en la segunda muerte.
Como, en conformidad con Su justicia y con Su misericordia, Dios no puede
salvar al pecador en sus pecados, le priva de la existencia misma que sus
transgresiones tenían ya comprometida y de la que se ha mostrado indigno.
Un escritor inspirado dice: "Pues de aquí a poco no será el malo: y
contemplarás sobre su lugar, y no parecerá." Y otro dice:
"Serán como si no hubieran sido." Salmo 37:10; Abdías 16.
Cubiertos de infamia, caerán en irreparable y eterno olvido.
Así se pondrá fin al pecado y a toda la desolación y las ruinas que
de él procedieron. El salmista dice: "Reprendiste gentes,
destruiste al malo, raíste el nombre de ellos para siempre jamás. Oh
enemigo, acabados son para siempre los asolamientos." Salmo 9:5, 6.
Juan, al echar una mirada hacia la eternidad, oyó una antífona universal
de alabanzas que no era interrumpida por ninguna disonancia. Oyó a
todas las criaturas del cielo y de la tierra rindiendo gloria a Dios.
Apocalipsis 5:13. No habrá entonces almas perdidas que blasfemen a Dios
retorciéndose en tormentos sin fin, ni seres infortunados que desde el
infierno unan sus gritos de espanto a los himnos de los elegidos.
En el error fundamental de la inmortalidad natural, descansa la
doctrina del estado consciente de los muertos, doctrina que, como la de
los tormentos eternos, está en pugna con las enseñanzas de las Sagradas
Escrituras, con los dictados de la razón y con nuestros sentimientos
de humanidad. Según la creencia popular, los redimidos en el cielo están
al cabo de todo lo que pasa en la tierra, y especialmente de lo que les
pasa a los amigos que dejaron atrás. ¿Pero cómo podría ser fuente de
dicha para los muertos el tener conocimiento de las aflicciones y congojas
de los vivos, el ver los pecados cometidos por aquellos a quienes aman y
verlos sufrir todas las penas, desilusiones y angustias de la vida? ¿Cuánto
podrían gozar de la bienaventuranza del cielo los que revolotean
alrededor de sus amigos en la tierra? ¡Y cuán repulsiva es la creencia
de que, apenas exhalado el último suspiro, el alma del impenitente es
arrojada a las llamas del infierno! ¡En qué abismos de dolor no
deben sumirse los que ven a sus amigos bajar a la tumba sin preparación
para entrar en una eternidad de pecado y de dolor. Muchos han sido
arrastrados a la locura por este horrible pensamiento que los atormentara.
¿Qué dicen las Sagradas Escrituras a este respecto? David declara que
el hombre no es consciente en la muerte: "Saldrá su espíritu,
tornaráse en su tierra: en aquel día perecerán sus pensamientos."
Salmo 146:4. Salomón da el mismo testimonio: "Porque los que viven
saben que han de morir: mas los muertos nada saben." "También
su amor, y su odio y su envidia, feneció ya: ni tiene ya más parte en el
siglo, en todo lo que se hace debajo del sol." "Adonde tú vas
no hay obra, ni industria, ni ciencia, ni sabiduría." Eclesiastés
9:5, 6, 10.
Cuando, en respuesta a sus oraciones, la vida de Ezequías
fue prolongada por quince años, el rey agradecido, tributó a Dios loores
por Su gran misericordia. En su canto de alabanza, dice por qué se
alegraba: "No Te ha de alabar el sepulcro; la muerte no Te
celebrará; ni esperarán en Tu verdad los que bajan al hoyo. El viviente,
el viviente sí, él Te alabará, como yo, el día de hoy." Isaías
38:18, 19. La teología de moda presenta a los justos que fallecen como si
estuvieran en el cielo gozando de la bienaventuranza y loando a Dios con
lenguas inmortales, pero Ezequías no veía tan gloriosa perspectiva en la
muerte. Sus palabras concuerdan con el testimonio del salmista:
"Porque en la muerte no hay memoria de Ti: ¿Quién Te loará en el
sepulcro?" Salmo 6:5. "No son los muertos los que alaban a
Jehová, ni todos los que bajan al silencio." Salmos 115:17.
En el día de Pentecostés, Pedro declaró que el
patriarca David "murió, y fue sepultado, y su sepulcro está con
nosotros hasta el día de hoy." "Porque David no subió a los
cielos." Hechos 2:29, 34. El hecho de que David permanecerá en el
sepulcro hasta el día de la resurrección, prueba que los justos no van
al cielo cuando mueren. Es sólo mediante la resurrección, y en virtud y
como consecuencia de la resurrección de Cristo por lo cual David podrá
finalmente sentarse a la diestra de Dios.
Y Pablo dice: "Porque si los muertos no resucitan,
tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana;
aun estáis en vuestros pecados. Entonces también los que durmieron en
Cristo son perdidos." 1 Corintios 15:16-18. Si desde hace cuatro mil
años los justos al morir hubiesen ido directamente al cielo, ¿cómo
habría podido decir Pablo que si no hay resurrección, "también los
que durmieron en Cristo, son perdidos"? No habría necesidad de
resurrección.
El mártir Tyndale, refiriéndose al estado de los
muertos, declaró: "Confieso francamente que no estoy convencido de
que ellos gocen ya de la plenitud de gloria en que se encuentran Dios y
los ángeles elegidos. Ni es tampoco artículo de mi fe; pues si así
fuera, entonces no puedo menos que ver que sería vana la predicación de
la resurrección de la carne."—Guillermo Tyndale, en el prólogo de
su traducción del Nuevo Testamento, reimpreso en British Reformers—
Tindal, Frith, Barnes, pág. 349.
Es un hecho incontestable que la esperanza de pasar al
morir a la felicidad eterna ha llevado a un descuido general de la
doctrina bíblica de la resurrección. Esta tendencia ha sido notada
por el Dr. Adán Clarke, quien escribió: "¡La doctrina de la
resurrección parece haber sido mirada por los cristianos como si tuviera
una importancia mucho mayor que la que se le concede hoy! ¿Cómo es eso?
Los apóstoles insistían siempre en ella y por medio de ella incitaban a
los discípulos de Cristo a que fuesen diligentes, obedientes y de buen
ánimo. Pero sus sucesores actuales casi nunca la mencionan. Tal la
predicación de los apóstoles, y tal la fe de los primitivos cristianos;
tal nuestra predicación y tal la fe de los que nos escuchan. No hay
doctrina en la que el Evangelio insista más; y no hay doctrina que la
predicación de nuestros días trate con mayor descuido." —Commentary
on the New Testament, tomo 11, comentario general de 1 Corintios 15:,
pág. 3.
Y así siguieron las cosas hasta resultar en que la
gloriosa verdad de la resurrección quedó casi completamente obscurecida
y perdida de vista por el mundo cristiano. Es así que un escritor
religioso autorizado, comentando las palabras de Pablo en 1 Tesalonicenses
4:13-18, dice: "Para todos los fines prácticos de consuelo, la
doctrina de la inmortalidad bienaventurada de los justos reemplaza para
nosotros cualquier doctrina dudosa de la segunda venida del Señor. Cuando
morimos es cuando el Señor viene a buscarnos. Eso es lo que tenemos que
esperar y para lo que debemos estar precavidos. Los muertos ya han entrado
en la gloria. Ellos no esperan el sonido de la trompeta para comparecer en
juicio y entrar en la bienaventuranza."
Pero cuando Jesús estaba a punto de dejar a Sus
discípulos, no les dijo que irían pronto a reunírsele. "Voy a
prepararos el lugar—les dijo.—Y si Yo fuere y os preparare el lugar,
vendré otra vez, y os recibiré conmigo." Juan 14:2, 3. Y Pablo nos
dice además que "el mismo Señor con aclamación, con voz de
arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en
Cristo resucitarán primero: luego nosotros, los que vivimos, los que
quedamos, juntamente con ellos seremos arrebatados en las nubes a recibir
al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor." Y
agrega: "Por tanto, consolaos los unos a los otros en estas
palabras." 1 Tesalonicenses 4:16-18. ¡Cuán grande es el
contraste entre estas palabras de consuelo y las del ministro
universalista citadas anteriormente! Este último consolaba a los
amigos en duelo con la seguridad de que por pecaminoso que hubiese sido el
fallecido, apenas hubo exhalado su último suspiro, debió ser recibido
entre los ángeles. Pablo recuerda a sus hermanos la futura venida del
Señor, cuando las losas de las tumbas serán rotas y "los muertos en
Cristo" resucitarán para la vida eterna.
Antes de entrar en la mansión de los bienaventurados, todos deben ser
examinados respecto a su vida; su carácter y sus actos deben ser
revisados por Dios. Todos deben ser juzgados con arreglo a lo escrito
en los libros y recompensados según hayan sido sus obras. Este juicio no
se verifica en el momento de la muerte. Notad las palabras de Pablo:
"Por cuanto ha establecido un día, en el cual ha de juzgar al mundo
con justicia, por aquel Varón al cual determinó; dando fe a todos con
haberle levantado de los muertos." Hechos 17:31. El apóstol
enseña aquí lisa y llanamente que cierto momento, entonces por venir,
había sido fijado para el juicio del mundo.
Judas se refiere a aquel mismo momento cuando dice:
"A los ángeles que no guardaron su original estado, sino que dejaron
su propia habitación, los ha guardado en prisiones eternas, bajo
tinieblas, hasta el juicio del gran día." Y luego cita las palabras
de Enoc: "¡He aquí que viene el Señor, con las huestes
innumerables de Sus santos ángeles, para ejecutar juicio sobre
todos!" Judas 6, 14, 15. Juan declara que vio "a los muertos,
pequeños y grandes, estar en pie delante del trono; y abriéronse los
libros;.......y los muertos fueron juzgados de acuerdo con las cosas
escritas en los libros." Apocalipsis 20:12.
Pero si los muertos están ya gozando de la
bienaventuranza del cielo o están retorciéndose en las llamas del
infierno, ¿qué necesidad hay de un juicio venidero? Las enseñanzas
de la Palabra de Dios respecto a estos importantes puntos no son obscuras
ni contradictorias; una inteligencia mediana puede entenderlas. ¿Pero
qué espíritu imparcial puede encontrar sabiduría o justicia en la
teoría corriente? ¿Recibirán acaso los justos después del examen de
sus vidas en el día del juicio, esta alabanza: "¡Muy bien, siervo
bueno y fiel, . . . entra en el gozo de tu Señor!" cuando ya habrán
estado habitando con El tal vez durante siglos? ¿Se sacará a los malos
del lugar de tormento para hacerles oír la siguiente sentencia del juez
de toda la tierra: "¡Apartaos de Mí, malditos, al fuego
eterno!"? Mateo 25:21, 41. ¡Burla solemne! ¡Vergonzosa ofensa
inferida a la sabiduría y justicia de Dios!
La teoría de la inmortalidad del alma fue una de
aquellas falsas doctrinas que Roma recibió del paganismo para
incorporarla en el cristianismo. Martín Lutero la clasificó entre
"las fábulas monstruosas que forman parte del estercolero romano de
las decretales". (E. Petavel, Le Problème de l’Immortalité, tomo
2, pág. 77.) Comentando las palabras de Salomón, en el Eclesiastés, de
que los muertos no saben nada, el reformador dice: "Otra prueba de
que los muertos son ... insensibles.... Salomón piensa que los muertos
están dormidos y no sienten absolutamente nada. Pues los muertos
descansan, sin contar nilos días ni los años; pero cuando se despierten
les parecerá como si apenas hubiesen dormido un momento."—Lutero, Exposition
of Solomon’s Book Called Ecclesiastes, pág. 152.
En ningún pasaje de las Santas Escrituras se encuentra
declaración alguna de que los justos reciban su recompensa y los malos su
castigo en el momento de la muerte. Los patriarcas y los profetas no
dieron tal seguridad. Cristo y Sus apóstoles no la mencionaron siquiera.
La Biblia enseña a las claras que los muertos no van inmediatamente al
cielo. Se les representa como si estuvieran durmiendo hasta el día de la
resurrección. 1 Tesalonicenses 4:14; Job 14:10-12. El día mismo en que
se corta el cordón de plata y se quiebra el tazón de oro Eclesiastés
12:6, perecen los pensamientos de los hombres. Los que bajan a la tumba
permanecen en el silencio. Nada saben de lo que se hace bajo el sol. Job
14:21. ¡Descanso bendito para los exhaustos justos! Largo o corto, el
tiempo no les parecerá más que un momento. Duermen hasta que la trompeta
de Dios los despierte para entrar en una gloriosa inmortalidad.
"Porque sonará la trompeta, y los muertos resucitarán
incorruptibles.... Porque es necesario que este cuerpo corruptible se
revista de incorrupción, y que este cuerpo mortal se revista de
inmortalidad. Y cuando este cuerpo corruptible se haya revestido de
incorrupción, y este cuerpo mortal se haya revestido de inmortalidad,
entonces será verificado el dicho que está escrito: ¡Tragada ha sido la
muerte victoriosamente!" (1 Corintios 15:52-54.) En el momento en
que sean despertados de su profundo sueño, reanudarán el curso de sus
pensamientos interrumpidos por la muerte. La última sensación fue la
angustia de la muerte. El último pensamiento era el de que caían bajo el
poder del sepulcro. Cuando se levanten de la tumba, su primer alegre
pensamiento se expresará en el hermoso grito de triunfo: "¿Dónde
está, oh muerte, tu aguijón? ¿dónde está, oh sepulcro, tu
victoria?" (Vers. :55.)

El MISTERIO DE LA MUERTE
"Porque los que
viven saben que han de morir: mas los muertos nada saben, ni tienen más paga;
porque su memoria es puesta en olvido. También su amor, y su odio y su envidia,
feneció ya: ni tiene ya más parte en el siglo, en todo lo que se hace debajo
del sol." Eclesiastés 9:5-6.
"Y muchos de los que
duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y
otros para vergüenza y confusión perpetua." Daniel 12:2:
"Saldrá su
espíritu, tornaráse en su tierra: En aquel día perecerán sus
pensamientos." Salmos 146:4.
"También su amor, y
su odio y su envidia, feneció ya: ni tiene ya más parte en el siglo, en todo
lo que se hace debajo del sol." Eclesiastés 9:6.
"No alabarán los
muertos á Jah, Ni cuantos descienden al silencio." Salmos 115:17.
"Porque en la muerte
no hay memoria de ti: ¿Quién te loará en el sepulcro?" Salmos 6:5
Así el hombre yace, y no
se tornará á levantar: Hasta que no haya cielo no despertarán, Ni se
levantarán de su sueño. Job 14:12:
"Si el hombre
muriere, ¿volverá á vivir? Todos los días de mi edad esperaré, Hasta que
venga mi mutación." Job 14:14.
"Sus hijos serán
honrados, y él no lo sabrá; O serán humillados, y no entenderá de
ellos." Job 14:21
"Tus muertos
vivirán; junto con mi cuerpo muerto resucitarán. ¡Despertad y cantad,
moradores del polvo! porque tu rocío, cual rocío de hortalizas; y la tierra
echará los muertos." Isaías:26:19.
"Tampoco, hermanos,
queremos que ignoréis acerca de los que duermen, que no os entristezcáis como
los otros que no tienen esperanza. 1 Tesalonisenses" 4:13:
"Porque el mismo
Señor con aclamación, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios,
descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero." 1
Tesalonisenses 4:16.
Porque David no subió á
los cielos;" Hechos 2:34.
CAPÍTULO 34
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