

1. El Amor de Dios por el
Hombre
La naturaleza y la revelación a una dan testimonio del amor
de Dios. Nuestro Padre celestial es la fuente de vida, de sabiduría y de gozo.
Mirad las maravillas y bellezas de la naturaleza. Pensad en su prodigiosa
adaptación a las necesidades y a la felicidad, no solamente del hombre, sino de
todas las criaturas vivientes. El sol y la lluvia que alegran y refrescan la
tierra; los montes, los mares y los valles, todos nos hablan del amor del
Creador. Dios es el que suple las necesidades diarias de todas sus criaturas.
Ya el salmista lo dijo en las bellas palabras siguientes:
"Los ojos de todos miran a ti, Y tú les das su alimento
a su tiempo. Abres tu mano, Y satisfaces el deseo de todo ser viviente." (Salmo
145: 15, 16).
Dios hizo al hombre perfectamente santo y feliz; y la hermosa
tierra no tenía, al salir de la mano del Creador, mancha de decadencia, ni
sombra de maldición. La transgresión de la ley de Dios, de la ley de amor, es
lo que ha traído consigo dolor y muerte. Sin embargo, en medio del sufrimiento
que resulta del pecado se manifiesta el amor de Dios. Está escrito que Dios
maldijo la tierra por causa del hombre. (Génesis 3: 17). Los cardos y
espinas las dificultades y pruebas que hacen de su vida una vida de afán y
cuidado—le fueron asignados para su bien, como parte de la preparación
necesaria, según el plan de Dios, para su elevación de la ruina y degradación
que el pecado había causado. El mundo, aunque caído, no es todo tristeza y
miseria. En la naturaleza misma hay mensajes de esperanza y consuelo. Hay flores
en los cardos y las espinas están cubiertas de rosas.
"Dios es amor", está escrito en cada capullo de
flor que se abre, en cada tallo de la naciente hierba. Los hermosos pájaros que
llenan el aire de melodías con sus preciosos cantos, las flores exquisitamente
matizadas que en su perfección perfuman el aire, los elevados árboles del
bosque con su rico follaje de viviente verdor, todos dan testimonio del tierno y
paternal cuidado de nuestro Dios y de su deseo de hacer felices a sus hijos.
La Palabra de Dios revela su carácter. El mismo ha declarado
su infinito amor y piedad. Cuando Moisés dijo: "Ruégote me permitas ver
tu gloria." Jehová respondió: "Yo haré que pase toda mi benignidad
ante tu vista." (Éxodo 33: 18, 19). Tal es su gloria. Jehová pasó
delante de Moisés y clamó: "Jehová, Jehová, Dios compasivo y clemente
lento en iras y grande en misericordia y en Fidelidad; que usa de misericordia
hasta la milésima generación; que perdona la iniquidad, la transgresión y el
pecado." (Éxodo 34: 6, 7). "Lento en iras y grande en
misericordia." (Jonás 4: 2). "Porque se deleita en la
misericordia." (Miqueas 7: 18).
Dios ha unido nuestros corazones a él con pruebas
innumerables en los cielos y en la tierra. Mediante las cosas de la naturaleza y
los más profundos y tiernos lazos que el corazón humano pueda conocer en la
tierra, ha procurado revelársenos. Con todo, estas cosas sólo representan
imperfectamente su amor. Aunque se habían dado todas estas pruebas evidentes,
el enemigo del bien cegó el entendimiento de los hombres, para que éstos
mirasen a Dios con temor, para que lo considerasen severo e implacable. Satanás
indujo a los hombres a concebir a Dios como un ser cuyo principal atributo es
una justicia inexorable, como un juez severo, un duro, estricto acreedor. Pintó
al Creador como un ser que está velando con ojo celoso por discernir los
errores y faltas de los hombres, para visitarlos con juicios. Por esto vino
Jesús a vivir entre los hombres, para disipar esa densa sombra, revelando al
mundo el amor infinito de Dios.
El Hijo de Dios descendió del cielo para manifestar al
Padre. "A Dios nadie jamás le ha visto: el Hijo unigénito, que está en
el seno del Padre, él le ha dado a conocer." (San Juan 1: 18). "Ni
al Padre conoce nadie, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quisiere
revelar." (San Mateo 11: 27). Cuando uno de sus discípulos le dijo:
"Muéstranos al Padre", Jesús respondió: "Tanto tiempo hace que
estoy con vosotros, ¿y todavía no me conoces, Felipe? El que me ha visto a
mí, ha visto al Padre: ¿Cómo pues dices tú: Muéstranos al Padre?" (San
Juan 14: 8, 9).
Jesús dijo, describiendo su misión terrenal: "Jehová
me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres; me a enviado para
proclamar a los cautivos, y a los ciegos recobro de la vista, para poner en
libertad a los oprimidos..." (San Lucas 4: 18), esta era su obra. Pasó su
vida haciendo bien y sanando a todos los oprimidos de Satanás.
Había aldeas enteras donde no se oía un gemido de dolor en
casa alguna, porque él había pasado por ellas y sanado a todos sus enfermos.
Su obra demostraba su divina unción. En cada acto de su vida revelaba amor,
misericordia y compasión; su corazón rebosaba de tierna simpatía por los
hijos de los hombres. Tomó la naturaleza del hombre para poder simpatizar con
sus necesidades. Los más pobres y humildes no tenían temor de allegársele.
Aun los niñitos se sentían atraídos hacia él. Les gustaba subir a sus
rodillas y contemplar ese rostro pensativo, que irradiaba benignidad y amor,
Jesús no suprimió una palabra de verdad, sino que profirió siempre la verdad
con amor.
Hablaba con el mayor tacto, cuidado y misericordiosa
atención, en su trato con las gentes. Nunca fue áspero, nunca habló una
palabra severa innecesariamente, nunca dio a un alma sensible una pena
innecesaria. No censuraba la debilidad humana. Hablaba la verdad, pero siempre
con amor. Denunciaba la hipocresía, la incredulidad y la iniquidad; pero las
lágrimas velaban su voz cuando profería sus fuertes reprensiones. Lloró sobre
Jerusalén, la ciudad amada que rehusó recibirlo, a él, el Camino, la Verdad y
la Vida. Habían rechazado al Salvador, mas él los consideraba con piadosa
ternura.
La suya fue una vida de abnegación y verdadera solicitud por
los demás. Toda alma era preciosa a sus ojos. A la vez que siempre llevaba
consigo la dignidad divina, se inclinaba con la más tierna consideración hacia
cada uno de los miembros de la familia de Dios. En todos los hombres veía almas
caídas a quienes era su misión salvar.
Tal es el carácter de Cristo como se revela en su vida. Este
es el carácter de Dios. Del corazón del Padre es de donde manan los ríos de
compasión divina, manifestada en Cristo para todos los hijos de los hombres.
Jesús el tierno y piadoso Salvador, era Dios "manifestado en la
carne" (1Timoteo 3: 16) .
Jesús vivió, sufrió y murió para redimirnos. Él se hizo
"Varón de dolores" para que nosotros fuésemos hechos participantes
del gozo eterno. Dios permitió que su Hijo amado, lleno de gracia y de verdad,
viniese de un mundo de indescriptible gloria, a un mundo corrompido y manchado
por el pecado, oscurecido con la sombra de la muerte y la maldición. Permitió
que dejase el seno de su amor, la adoración de los ángeles, para sufrir
vergüenza, insulto, humillación, odio y muerte. "El castigo de nuestra
paz cayó sobre él, y por sus llagas nosotros sanamos." (Isaías 53:
5). ¡Miradlo en el desierto, en el Getsemaní, sobre la cruz! El Hijo
inmaculado de Dios tomó sobre sí la carga del pecado.
El que había sido uno con Dios, sintió en su alma la
terrible separación que hace el pecado entre Dios y el hombre. Esto arrancó de
sus labios el angustioso clamor: "¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿por qué me
has desamparado?" (San Mateo 27: 46). La carga del pecado, el
conocimiento de su terrible enormidad y de la separación que causa entre el
alma y Dios, quebrantó el corazón del Hijo de Dios.
Pero este gran sacrificio no fue hecho a fin de crear amor en
el corazón del Padre para con el hombre, ni para moverlo a salvar. ¡No, no!
"Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo
unigénito." (San Juan 3: 16). No es que el Padre nos ame por causa
de la gran propiciación, sino que proveyó la propiciación porque nos ama.
Cristo fue el medio por el cual él pudo derramar su amor infinito sobre un
mundo caído. "Dios estaba en Cristo, reconciliando consigo mismo al
mundo." (2 Corintios 5: 19). Dios sufrió con su Hijo. En la agonía
del Getsemaní, en la muerte del Calvario, el corazón del Amor Infinito pagó
el precio de nuestra redención.
Jesús decía: "Por esto el Padre me ama, por cuanto yo
pongo mi vida para volverla a tomar." (San Juan 10: 17). Es decir:
"De tal manera os amaba mi Padre, que aún me ama más porque he dado mi
vida para redimiros. Por haberme hecho vuestro Sustituto y Fianza, por haber
entregado mi vida y tomado vuestras responsabilidades, vuestras transgresiones,
soy más caro a mi Padre; por mi sacrificio, Dios puede ser justo y, sin
embargo, el justificador del que cree en Jesús."
Nadie sino el Hijo de Dios podía efectuar nuestra
redención; porque sólo él, que estaba en el seno del Padre podía darlo a
conocer. Sólo él, que conocía la altura y la profundidad del amor de Dios,
podía manifestarlo. Nada menos que el infinito sacrificio hecho por Cristo en
favor del hombre caído podía expresar el amor del Padre hacia la perdida
humanidad.
"Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su
Hijo unigénito." Lo dio no solamente para que viviese entre los hombres,
no sólo para que llevase los pecados de ellos y muriese como su sacrificio; lo
dio a la raza caída. Cristo debía identificarse con los intereses y
necesidades de la humanidad. El que era uno con Dios se ha unido con los hijos
de los hombres con lazos que jamás serán quebrantados. Jesús "no se
avergüenza de llamarlos hermanos" (Hebreos 2: 11). Es nuestro
Sacrificio, nuestro Abogado, nuestro Hermano, lleva nuestra forma humana delante
del trono del Padre, y por las edades eternas será uno con la raza que ha
redimido: es el Hijo del hombre. Y todo esto para que el hombre fuese levantado
de la ruina y degradación del pecado, para que reflejase el amor de Dios y
participase del gozo de la santidad.
El precio pagado por nuestra redención, el sacrificio
infinito que hizo nuestro Padre celestial al entregar a su Hijo para que muriese
por nosotros, debe darnos un concepto elevado de lo que podemos ser hechos por
Cristo. Al considerar el inspirado apóstol Juan "la altura", "la
profundidad" y "la anchura" del amor del Padre hacia la raza que
perecía, se llena de alabanzas y reverencia, y no pudiendo encontrar lenguaje
conveniente en que expresar la grandeza y ternura de este amor, exhorta al mundo
a contemplarlo. "¡Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, que seamos
llamados hijos de Dios!"
(1 San Juan 3: 1). ¡Qué valioso hace esto al hombre!
Por la transgresión, los hijos del hombre se hacen súbditos de Satanás. Por
la fe en el sacrificio reconciliador de Cristo, los hijos de Adán pueden ser
hechos hijos de Dios. Al revestirse de la naturaleza humana, Cristo eleva a la
humanidad. Los hombres caídos son colocados donde pueden, por la relación con
Cristo, llegar a ser en verdad dignos del nombre de "hijos de Dios".
Tal amor es incomparable. ¡Hijos del Rey celestial!
¡Promesa preciosa!
¡Tema para la más profunda meditación! ¡El incomparable
amor de Dios para con un mundo que no lo amaba! Este pensamiento tiene un poder
subyugador y cautiva el entendimiento a la voluntad de Dios. Cuanto más
estudiamos el carácter divino a la luz de la cruz, más vemos la misericordia,
la ternura y el perdón unidos a la equidad y la justicia, y más claramente
discernimos pruebas innumerables de un amor infinito y de una tierna piedad que
sobrepuja la ardiente simpatía y los anhelosos sentimientos de la madre para
con su hijo extraviado.
"Romperse puede todo lazo humano,
Separarse el hermano del hermano,
Olvidarse la madre de sus hijos,
Variar los astros sus senderos fijos;
Mas ciertamente nunca cambiará
El amor providente de Jehová".

2.
La Urgente Necesidad
del Hombre
El hombre estaba dotado originalmente de facultades nobles y
de un entendimiento bien equilibrado. Era perfecto y estaba en armonía con
Dios. Sus pensamientos eran puros, sus designios santos. Pero por la
desobediencia, sus facultades se pervirtieron y el egoísmo sustituyó al amor.
Su naturaleza se hizo tan débil por la transgresión, que le fue imposible, por
su propia fuerza, resistir el poder del mal. Fue hecho cautivo por Satanás, y
hubiera permanecido así para siempre si Dios no hubiese intervenido de una
manera especial. El propósito del tentador era contrariar el plan que Dios
había tenido al crear al hombre y llenar la tierra de miseria y desolación.
Quería señalar todo este mal como el resultado de la obra de Dios al crear al
hombre.
El hombre, en su estado de inocencia, gozaba de completa
comunión con Aquel "en quien están escondidos todos los tesoros de la
sabiduría y de la ciencia" (Colosenses 2: 3). Mas después de su
caída, no pudo encontrar gozo en la santidad y procuró ocultarse de la
presencia de Dios. Y tal es aún la condición del corazón no renovado. No
está en armonía con Dios, ni encuentra gozo en la comunión con él. El
pecador no podría ser feliz en la presencia de Dios; le desagradaría la
compañía de los seres santos. Y si se le pudiese permitir entrar en el cielo,
no hallaría alegría en aquel lugar. El espíritu de amor puro que reina allí
donde responde cada corazón al corazón del Amor Infinito, no haría vibrar en
su alma cuerda alguna de simpatía. Sus pensamientos, sus intereses, sus
móviles, serían distintos de los que mueven a los moradores celestiales.
Sería una nota discordante en la melodía del cielo. El cielo sería para él
un lugar de tortura. Ansiaría ocultarse de la presencia de Aquel que es su luz
y el centro de su gozo. No es un decreto arbitrario de parte de Dios el que
excluye del cielo a los malvados: ellos mismos se han cerrado las puertas por su
propia ineptitud para aquella compañía. La gloria de Dios sería para ellos un
fuego consumidor. Desearían ser destruidos para esconderse del rostro de Aquel
que murió por salvarlos.
Es imposible que escapemos por nosotros mismos del abismo del
pecado en que estamos sumidos. Nuestro corazón es malo y no lo podemos cambiar.
"¿Quién podrá sacar cosa limpia de inmunda? Ninguno." (Job 14:
4). Por cuanto el ánimo carnal es enemistad contra Dios; pues no está
sujeto a la ley de Dios, ni a la verdad lo puede estar." (Romanos 8: 7).
La educación, la cultura, el ejercicio de la voluntad, el
esfuerzo humano todos tienen su propia esfera, pero para esto no tienen ningún
poder. Pueden producir una corrección externa de la conducta, pero no pueden
cambiar el corazón; no pueden purificar las fuentes de la vida. Debe haber un
poder que obre en el interior, una vida nueva de lo alto, antes de que el hombre
pueda convertirse del pecado a la santidad. Ese poder es Cristo. Solamente su
gracia puede vivificar las facultades muertas del alma y atraerlas a Dios, a la
santidad. El Salvador dijo: "A menos que el hombre naciere de nuevo",
a menos que reciba un corazón nuevo, nuevos deseos, designios y móviles que lo
guíen a una nueva vida, "no puede ver el reino de Dios" (San Juan
3: 3). La idea de que solamente es necesario desarrollar lo bueno que existe
en el hombre por naturaleza, es un engaño fatal. "El hombre natural no
recibe las cosas del Espíritu de Dios; porque le son insensatez; ni las puede
conocer, por cuanto se disciernen espiritualmente." (1 Corintios 2: 14).
"No te maravilles de que te dije: os es necesario nacer de nuevo." (San
Juan 3: 7). De Cristo está escrito: "En él estaba la vida; y la vida
era la luz de los hombres." (San Juan 1: 4), el único "nombre
debajo del cielo dado a los hombres, en el cual podamos ser salvos" (Hechos
4: 12).
No basta comprender la bondad amorosa de Dios, ni percibir la
benevolencia y ternura paternal de su carácter. No basta discernir la
sabiduría y justicia de su ley, ver que está fundada sobre el eterno principio
del amor. El apóstol Pablo veía todo esto cuando exclamó: "Consiento en
que la ley es buena", "la ley es santa, y el mandamiento, santo y
justo y bueno." Mas él añadió en la amargura de su alma agonizante y
desesperada: "Soy carnal, vendido bajo el poder del pecado." (Romanos
7: 12, 14). Ansiaba la pureza, la justicia que no podía alcanzar por sí
mismo, y dijo:
"¡Oh hombre infeliz que soy! ¿quién me libertará de
este cuerpo de muerte?" (Romanos 7: 24). La misma exclamación ha
subido en todas partes y en todo tiempo, de corazones sobrecargados. No hay más
que una contestación para todos: "¡He aquí el Cordero de Dios, que quita
el pecado del mundo!" (San Juan 1: 29).
Muchas son las figuras por las cuales el Espíritu de Dios ha
procurado ilustrar esta verdad y hacerla clara a las almas que desean verse
libres de la carga del pecado. Cuando Jacob pecó, engañando a Esaú, y huyó
de la casa de su padre, estaba abrumado por el conocimiento de su culpa. Solo y
abandonado como estaba, separado de todo lo que le hacía preciosa la vida, el
único pensamiento que sobre todos los otros oprimía su alma, era el temor de
que su pecado lo hubiese apartado de Dios, que fuese abandonado del cielo. En
medio de su tristeza, se recostó para descansar sobre la tierra desnuda.
Rodeábanlo solamente las solitarias montañas, y cubríalo la bóveda celeste
con su manto de estrellas. Habiéndose dormido, una luz extraordinaria se le
apareció en su sueño; y he aquí, de la llanura donde estaba recostado, una
inmensa escalera simbólica parecía conducir a lo alto, hasta las mismas
puertas del cielo, y los ángeles de Dios subían y descendían por ella; al
paso que de la gloria de las alturas se oyó la voz divina que pronunciaba un
mensaje de consuelo y esperanza. Así hizo Dios conocer a Jacob aquello que
satisfacía la necesidad y el ansia de su alma: un Salvador. Con gozo y gratitud
vio revelado un camino por el cual él, como pecador, podía ser restaurado a la
comunión con Dios. La mística escalera de su sueño representaba a Jesús, el
único medio de comunicación entre Dios y el hombre.
Esta es la misma figura a la cual Cristo se refirió en su
conversación con Natanael, cuando dijo: "Veréis abierto el cielo, y a los
ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre." (San Juan
1: 51). Al caer, el hombre se apartó de Dios: la tierra fue cortada del
cielo. A través del abismo existente entre ambos no podía haber ninguna
comunión. Mas mediante Cristo, el mundo está unido otra vez con el cielo. Con
sus propios méritos, Cristo ha salvado el abismo que el pecado había hecho, de
tal manera que los hombres pueden tener comunión con los ángeles
ministradores. Cristo une al hombre caído, débil y miserable, con la Fuente
del poder Infinito.
Mas vanos son los sueños de progreso de los hombres, vanos
todos sus esfuerzos por elevar a la humanidad, si menosprecian la única fuente
de esperanza y amparo para la raza caída. "Toda dádiva buena y todo don
perfecto (Santiago 1: 17) es de Dios." No hay verdadera excelencia
de carácter fuera de él. Y el único camino para ir a Dios es Cristo, quien
dice: "Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida; nadie viene al Padre sino
por mí." (San Juan 14: 6).
El corazón de Dios suspira por sus hijos terrenales con un
amor más fuerte que la muerte. Al dar a su Hijo nos ha vertido todo el cielo en
un don. La vida, la muerte y la intercesión del Salvador, el ministerio de los
ángeles, la imploración del Espíritu Santo, el Padre que obra sobre todo y
por todo, el interés incesante de los seres celestiales; todo está empeñado
en la redención del hombre.
¡Oh, contemplemos el sacrificio asombroso que ha sido hecho
por nosotros! Procuremos apreciar el trabajo y la energía que el cielo está
empleando para rescatar al perdido y traerlo de nuevo a la casa de su Padre.
Jamás podrían haberse puesto en acción motivos más fuertes y energías más
poderosas. Los grandiosos galardones por el bien hacer, el goce del cielo, la
compañía de los ángeles, la comunión y el amor de Dios y de su Hijo, la
elevación y el acrecentamiento de todas nuestras facultades por las edades
eternas, ¿no son éstos incentivos y estímulos poderosos que nos instan a
dedicar a nuestro Creador y Salvador el amante servicio de nuestro corazón?
Y por otra parte, los juicios de Dios pronunciados contra el
pecado, la retribución inevitable, la degradación de nuestro carácter y la
destrucción final, se presentan en la Palabra de Dios para amonestarnos contra
el servicio de Satanás.
¿No apreciaremos la misericordia de Dios? ¿Qué más podía
hacer? Pongámonos en perfecta relación con Aquel que nos ha amado con
estupendo amor. Aprovechemos los medios que nos han sido provistos para que
seamos transformados conforme a su semejanza y restituidos a la comunión de los
ángeles ministradores, a la armonía y comunión del Padre y el Hijo.
"Pero si andamos en luz, como El está en luz, tenemos comunión unos
con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado. Si
confesamos nuestros pecados, El es fiel y justo para perdonar nuestros pecados,
y limpiarnos de toda maldad." — 1 Juan 1:7, 9
"Y cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de El, porque
guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de
El." — 1 Juan 3:22

3.
Un Poder Misterioso que Convence
¿Cómo se justificará el hombre con Dios? ¿Cómo se hará
justo el pecador? Solamente por intermedio de Cristo podemos ponernos en
armonía con Dios y la santidad; pero, ¿cómo debemos ir a Cristo? Muchos
formulan la misma pregunta que hicieron las multitudes el día de Pentecostés,
cuando convencidas de su pecado, exclamaron: "¿Qué haremos?" La
primera palabra de contestación de Pedro fue: "Arrepentíos." Poco
después, en otra ocasión, dijo: "Arrepentíos pues, y volveos a Dios;
para que sean borrados vuestros pecados." (Hechos 2: 38; 3: 19).
El arrepentimiento comprende tristeza por el pecado y
abandono del mismo. No renunciaremos al pecado a menos que veamos su
pecaminosidad; mientras no lo repudiemos de corazón, no habrá cambio real en
la vida.
Hay muchos que no entienden la naturaleza verdadera del
arrepentimiento. Gran número de personas se entristecen por haber pecado y aun
se reforman exteriormente, porque temen que su mala vida les acarree
sufrimientos. Pero esto no es arrepentimiento en el sentido bíblico. Lamentan
la pena más bien que el pecado. Tal fue el dolor de Esaú cuando vio que había
perdido su primogenitura para siempre. Balaam, aterrorizado por el ángel que
estaba en su camino con la espada desnuda, reconoció su culpa por temor de
perder la vida; mas no experimentó un arrepentimiento sincero del pecado, ni un
cambio de propósito, ni aborrecimiento del mal. Judas Iscariote, después de
traicionar a su Señor, exclamó: "¡He pecado, entregando la sangre
inocente!" (San Mateo 27: 4).
Esta confesión fue arrancada a la fuerza de su alma culpable
por un tremendo sentido de condenación y una pavorosa expectación de juicio.
Las consecuencias que habían de resultarle lo llenaban de terror, pero no
experimentó profundo quebrantamiento de corazón, ni dolor de alma por haber
traicionado al Hijo inmaculado de Dios y negado al santo de Israel. Cuando
Faraón sufría los juicios de Dios, reconoció su pecado a fin de escapar del
castigo, pero volvió a desafiar al cielo tan pronto como cesaron las plagas.
Todos éstos lamentaban los resultados del pecado, pero no sentían tristeza por
el pecado mismo.
Mas cuando el corazón cede a la influencia del Espíritu de
Dios, la conciencia se vivifica y el pecador discierne algo de la profundidad y
santidad de la sagrada ley de Dios, fundamento de su gobierno en los cielos y en
la tierra. "La Luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este
mundo" (San Juan 1: 9), ilumina las cámaras secretas del alma y se
manifiestan las cosas ocultas. La convicción se posesiona de la mente y del
corazón. El pecador tiene entonces conciencia de la justicia de Jehová y
siente terror de aparecer en su iniquidad e impureza delante del que escudriña
los corazones. Ve el amor de Dios, la belleza de la santidad y el gozo de la
pureza. Ansía ser purificado y restituido a la comunión del cielo.
La oración de David después de su caída es una
ilustración de la naturaleza del verdadero dolor por el pecado. Su
arrepentimiento era sincero y profundo. No hizo ningún esfuerzo por atenuar su
crimen; ningún deseo de escapar del juicio que lo amenazaba inspiró su
oración. David veía la enormidad de su transgresión; veía las manchas de su
alma; aborrecía su pecado. No imploraba solamente el perdón, sino también la
pureza del corazón. Deseaba tener el gozo de la santidad ser restituido a la
armonía y comunión con Dios. Este era el lenguaje de su alma:
"¡Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido
perdonada, y cubierto su pecado!"
¡Bienaventurado el hombre a quien Jehová no atribuye la
iniquidad, cuyo espíritu no hay engaño! (Salmo 32: 1, 2).
¡Apiádate de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia;
conforme a la muchedumbre de tus piedades, borra mis
transgresiones ! . . .
Porque yo reconozco mis transgresiones,
y mi pecado está siempre delante de mí....
¡Purifícame con hisopo, y seré limpio;
lávame, y quedaré más blanco que la nieve!
¡Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio,
y renueva un espíritu recto dentro de mí!
¡No me eches de tu presencia,
y no me quites tu Santo Espíritu!
¡Restitúyeme el gozo de tu salvación,
y el Espíritu de gracia me sustente!...
¡Líbrame del delito de sangre, oh Dios,
el Dios de mi salvación!
¡cante mi lengua tu justicia!" (Salmo 51: 1, 14).
Efectuar un arrepentimiento como éste, está más allá del
alcance de nuestro propio poder; se obtiene solamente de Cristo, quien ascendió
a lo alto y ha dado dones a los hombres.
Precisamente éste es un punto sobre el cual muchos yerran, y
por esto dejan de recibir la ayuda que Cristo quiere darles. Piensan que no
pueden ir a Cristo a menos que se arrepientan primero, y que el arrepentimiento
los prepara para el perdón de sus pecados. Es verdad que el arrepentimiento
precede al perdón de los pecados, porque solamente el corazón quebrantado y
contrito es el que siente la necesidad de un Salvador. Pero, ¿debe el pecador
esperar hasta que se haya arrepentido, para poder ir a Jesús? ¿Ha de ser el
arrepentimiento un obstáculo entre el pecador y el Salvador?
La Biblia no enseña que el pecador deba arrepentirse antes
de poder aceptar la invitación de Cristo: "¡Venid a mí todos los que
estáis cansados y agobiados, y yo os daré descanso!" (San Mateo 11:
28).
La virtud que viene de Cristo es la que guía a un
arrepentimiento genuino. San Pedro habla del asunto de una manera muy clara en
su exposición a los israelitas, cuando dice: "A éste, Dios le ensalzó
con su diestra para ser Príncipe y Salvador, a fin de dar arrepentimiento a
Israel, y remisión de pecados." (Hechos 5: 31). No podemos
arrepentirnos sin que el Espíritu de Cristo despierte la conciencia, más de lo
que podemos ser perdonados sin Cristo.
Cristo es la fuente de todo buen impulso. Él es el único
que puede implantar en el corazón enemistad contra el pecado. Todo deseo de
verdad y de pureza, toda convicción de nuestra propia pecaminosidad, es una
prueba de que su Espíritu está obrando en nuestro corazón.
Jesús dijo: "Yo, si fuere levantado en alto de sobre la
tierra, a todos los atraeré a mí mismo." (San Juan 12: 32). Cristo
debe ser revelado al pecador como el Salvador que muere por los pecados del
mundo; y cuando consideramos al Cordero de Dios sobre la cruz del Calvario, el
misterio de la redención comienza a abrirse a nuestra mente y la bondad de Dios
nos guía al arrepentimiento. Al morir Cristo por los pecadores, manifestó un
amor incomprensible; y este amor, a medida que el pecador lo contempla,
enternece el corazón, impresiona la mente e inspira contricción en el alma.
Es verdad que algunas veces los hombres se avergüenzan de
sus caminos pecaminosos y abandonan algunos de sus malos hábitos antes de darse
cuenta de que son atraídos a Cristo. Pero cuando hacen un esfuerzo por
reformarse, con un sincero deseo de hacer el bien, es el poder de Cristo el que
los está atrayendo. Una influencia de la cual no se dan cuenta, obra sobre el
alma, la conciencia se vivifica y la vida externa se enmienda. Y a medida que
Cristo los induce a mirar su cruz y contemplar a quien han traspasado sus
pecados, el mandamiento despierta la conciencia. La maldad de su vida, el pecado
profundamente arraigado en su alma se les revela. Comienzan a entender algo de
la justicia de Cristo y exclaman ‘¿Qué es el pecado, para que exigiera tal
sacrificio por la redención de su víctima?
¿Fueron necesarios todo este amor, todo este sufrimiento,
toda esta humillación, para que no pereciéramos, sino que tuviéramos vida
eterna?.’
El pecador puede resistir a este amor, puede rehusar ser
atraído a Cristo; pero si no se resiste será atraído a Jesús, un
conocimiento del plan de la salvación lo guiará al pie de la cruz, arrepentido
de sus pecados que han causado los sufrimientos del amado Hijo de Dios.
La misma inteligencia divina que obra en la naturaleza, habla
al corazón de los hombres y crea un deseo indecible de algo que no tienen. Las
cosas del mundo no pueden satisfacer su ansiedad. El Espíritu de Dios está
suplicándoles que busquen las cosas que sólo pueden dar paz y descanso: la
gracia de Cristo y el gozo de la santidad. Por medio de influencias visibles e
invisibles, nuestro Salvador está constantemente obrando para atraer el
corazón de los hombres de los vanos placeres del pecado a las bendiciones
infinitas que pueden disfrutar en él. A todas estas almas que están procurando
vanamente beber en las cisternas rotas de este mundo, se dirige el mensaje
divino: "El que tiene sed, ¡venga! ¡y el que quiera, tome del agua de la
vida, de balde!" (Apocalipsis 22: 17).
Los que en vuestro corazón anheláis algo mejor que lo que
este mundo puede dar, reconoced este deseo como la voz de Dios que habla a
vuestras almas. Pedidle que os dé arrepentimiento, que os revele a Cristo en su
amor infinito y en su pureza perfecta. En la vida del Salvador quedaron
perfectamente ejemplificados los principios de la ley de Dios y el amor a Dios y
al hombre. La benevolencia y el amor desinteresado fueron la vida de su alma.
Contemplándolo, nos inunda la luz de nuestro Salvador y podemos ver la
pecaminosidad de nuestro corazón.
Podemos lisonjearnos como Nicodemo de que nuestra vida ha
sido muy buena, de que nuestro carácter es perfecto y pensar que no necesitamos
humillar nuestro corazón delante de Dios como el pecador común, pero cuando la
luz de Cristo resplandece en nuestras almas, vemos cuán impuros somos;
discernimos el egoísmo de nuestros motivos y la enemistad contra Dios, que ha
manchado todos los actos de nuestra vida. Entonces conocemos que nuestra propia
justicia es en verdad como andrajos inmundos y que solamente la sangre de Cristo
puede limpiarnos de las manchas del pecado y renovar nuestro corazón a su
semejanza.
Un rayo de luz de la gloria de Dios, un destello de la pureza
de Cristo que penetre en el alma, hace dolorosamente visible toda mancha de
pecado y descubre la deformidad y los defectos del carácter humano. Hace
patentes los deseos impuros, la infidelidad del corazón y la impureza de los
labios. Los actos de deslealtad del pecador que anulan la ley de Dios, quedan
expuestos a su vista y su espíritu se aflige y se oprime bajo la influencia
escudriñadora del Espíritu de Dios. Se aborrece a si mismo viendo el carácter
puro y sin mancha de Cristo.
Cuando el profeta Daniel vio la gloria que rodeaba al
mensajero celestial que le había sido enviado, se sintió abrumado por su
propia debilidad e imperfección. Describiendo el efecto de la maravillosa
escena, dice: "No quedó en mi esfuerzo, y mi lozanía se me demudó en
palidez de muerte, y no retuve fuerza alguna." (Daniel 10: 8). Cuando
el alma se conmueve de esta manera, odia el egoísmo, aborrece el amor propio y
busca, mediante la justicia de Cristo, la pureza de corazón que está en
armonía con la ley de Dios y con el carácter de Cristo.
San Pablo dice que "en cuanto a justicia que haya en la
ley", es decir, en cuanto se refiere a las obras externas, era
"irreprensible" (Filipenses 3: 6), pero cuando
comprendió el carácter espiritual de la ley, se vio a sí mismo pecador.
Juzgado por la letra de la ley como los hombres la aplican a la vida externa, se
había abstenido de pecado; pero cuando miró en la profundidad de sus santos
preceptos y se vio como Dios lo veía, se humilló profundamente y confesó su
maldad. Dice: "Y yo aparte de la ley vivía en un tiempo: mas cuando vino
el mandamiento, revivió el pecado, y yo morí." (Romanos 7: 9).
Cuando vio la naturaleza espiritual de la ley, mostrósele el pecado en su
verdadera deformidad y su estimación propia se desvaneció.
No todos los pecados son delante de Dios de igual magnitud;
hay diferencia de pecados a su juicio, como la hay a juicio de los hombres; sin
embargo, aunque éste o aquel acto malo pueda parecer frívolo a los ojos de los
hombres, ningún pecado es pequeño a la vista de Dios. El juicio de los hombres
es parcial e imperfecto; mas Dios ve todas las cosas como son realmente. El
borracho es detestado y se dice que su pecado lo excluirá del cielo, mientras
que el orgullo, el egoísmo y la codicia muchísimas veces pasan sin condenarse.
Sin embargo, éstos son pecados que ofenden especialmente a
Dios; porque son contrarios a la benevolencia de su carácter, a ese amor
desinte resado que es la misma atmósfera del universo que no ha caído. El que
cae en alguno de los pecados grandes puede avergonzarse y sentir su pobreza y
necesidad de la gracia de Cristo; pero el orgullo no siente ninguna necesidad y
así cierra el corazón a Cristo y a las infinitas bendiciones que él vino a
derramar.
El pobre publicano que oraba diciendo: "¡Dios, ten
misericordia de mí, pecador!" (San Lucas 18: 13). Se consideraba a
sí mismo como un hombre muy malvado y así lo consideraban los demás, pero él
sentía su necesidad, y con su carga de pecado y vergüenza vino delante de Dios
implorando su misericordia., Su corazón estaba abierto para que el Espíritu de
Dios hiciese en él su obra de gracia y lo libertase del poder del pecado. La
oración jactanciosa y presuntuosa del fariseo mostró que su corazón estaba
cerrado a la influencia del Espíritu Santo. Por estar lejos de Dios, no tenía
idea de su propia corrupción, que contrastaba con la perfección de la santidad
divina. No sentía necesidad alguna y no recibió nada.
Si percibís vuestra condición pecaminosa, no esperéis a
haceros mejores vosotros mismos ¡Cuántos hay que piensan que no son bastante
buenos para ir a Cristo! ¿Esperáis haceros mejores por vuestros propios
esfuerzos? "¿Puede acaso el etíope mudar su piel, o el leopardo sus
manchas? Entonces, ¿podréis vosotros también obrar bien, que estáis
habituados a obrar mal?" (Jeremías 13: 23). Hay ayuda para nosotros
solamente en Dios. No debemos permanecer en espera de persuasiones más fuertes,
de mejores oportunidades o de caracteres más santos. Nada podemos hacer por
nosotros mismos. Debemos ir a Cristo tales como somos.
Pero nadie se engañe a sí mismo con el pensamiento de que
Dios, en su grande amor y misericordia, salvará aun a aquellos que rechazan su
gracia. La excesiva corrupción del pecado puede conocerse solamente a la luz de
la cruz. Cuando los hombres insisten en que Dios es demasiado bueno para
desechar a los pecadores, miren al Calvario. Fue porque no había otra manera en
que el hombre pudiese ser salvo, porque sin este sacrificio era imposible que la
raza humana escapara del poder contaminador del pecado y se pusiera en comunión
con los seres santos, imposible que los hombres llegaran a ser partícipes de la
vida espiritual; y fue por esta causa por lo que Cristo tomó sobre sí la
culpabilidad del desobediente y sufrió en lugar del pecador. El amor, los
sufrimientos y la muerte del Hijo de Dios, todo da testimonio de la terrible
enormidad del pecado y prueba que no hay modo de escapar de su poder, ni
esperanza de una vida más elevada, sino mediante la sumisión del alma a
Cristo.
Algunas veces los impenitentes se excusan diciendo de los que
profesan ser cristianos: "Soy tan bueno como ellos. No son más abnegados,
sobrios, ni circunspectos en su conducta que yo. Les gustan los placeres y la
complacencia propia tanto como a mí." Así hacen de las faltas de otros
una excusa por su propio descuido del deber. Pero los pecados y faltas de otros
no justifican los nuestros. Porque el Señor no nos ha dado un imperfecto modelo
humano. Se nos ha dado como modelo al inmaculado Hijo de Dios, y los que se
quejan de la mala vida de los que profesan ser creyentes, son los que deberían
presentar una vida y un ejemplo más nobles. Si tienen un concepto tan alto de
lo que un cristiano debe ser, ¿no es su pecado tanto mayor? Saben lo que es
bueno y, sin embargo rehúsan hacerlo.
Cuidaos de las dilaciones. No posterguéis la obra de
abandonar vuestros pecados y buscar la pureza del corazón por medio de Jesús.
Aquí es donde miles y miles han errado, para su perdición eterna. No
insistiré sobre la brevedad e incertidumbre de la vida; pero hay un terrible
peligro, un peligro que no se entiende suficientemente, en retardarse en ceder a
la invitación del Espíritu Santo de Dios, en preferir vivir en el pecado,
porque tal demora consiste realmente en eso. El pecado, por pequeño que se
suponga, no puede consentirse sino a riesgo de una pérdida infinita. Lo que no
venzamos nos vencerá y determinará nuestra destrucción.
Adán y Eva se persuadieron de que por una cosa de tan poca
importancia, como comer la fruta prohibida, no podrían resultar tan terribles
consecuencias como Dios les había declarado. Pero esta cosa tan pequeña era la
transgresión de la santa e inmutable ley de Dios; separaba de Dios al hombre y
abría las compuertas de la muerte y de miserias sin número sobre nuestro
mundo. Siglo tras siglo ha subido de nuestra tierra un continuo lamento de
aflicción, y la creación a una gime bajo la fatiga terrible del dolor, como
consecuencia de la desobediencia del hombre. El cielo mismo ha sentido los
efectos de la rebelión del hombre contra Dios. El Calvario está delante de
nosotros como un recuerdo del sacrificio asombroso que se requirió para expiar
la transgresión de la ley divina. No consideremos el pecado como cosa trivial.
Toda transgresión, todo descuido o rechazo de la gracia de
Cristo, obra indirectamente sobre vosotros; endurece el corazón, deprava la
voluntad, entorpece el entendimiento y, no solamente os hace menos inclinados a
ceder, sino también menos capaces de ceder a la tierna invitación del
Espíritu de Dios.
Muchos están apaciguando su conciencia inquieta con el
pensamiento de que pueden cambiar su mala conducta cuando quieran; de que pueden
tratar con ligereza las invitaciones de la misericordia y, sin embargo, seguir
siendo llamados. Piensan que después de menospreciar al Espíritu de gracia,
después de echar su influencia del lado de Satanás, en un momento de terrible
necesidad pueden cambiar de conducta. Pero esto no se hace tan fácilmente. La
experiencia y la educación de una vida entera han amoldado de tal manera el
carácter, que pocos desean después recibir la imagen de Jesús.
Un solo rasgo malo de carácter, un solo deseo pecaminoso,
acariciado persistentemente, neutralizan a veces todo el poder del Evangelio.
Toda indulgencia pecaminosa fortalece la aversión del alma hacia Dios. El
hombre que manifiesta un descreído atrevimiento o una impasible indiferencia
hacia la verdad, no está sino segando la cosecha de su propia siembra. En toda
la Biblia no hay amonestación más terrible contra el hábito de jugar con el
mal que las palabras del hombre sabio, cuando dice: "Prenderán al impío
sus propias iniquidades." (Proverbios 5: 22).
Cristo está pronto para libertarnos del pecado, pero no
fuerza la voluntad; y si por la persistencia en el pecado la voluntad misma se
inclina enteramente al mal y no deseamos ser libres, si no queremos aceptar su
gracia, ¿qué más puede hacer? Hemos obrado nuestra propia destrucción por
nuestro deliberado rechazo de su amor. "¡He aquí ahora es el tiempo
acepto! ¡he aquí ahora es el día de salvación!" (2 Corintios 6: 2). "¡Hoy,
si oyereis su voz, no endurezcáis vuestros corazones!" (Hebreos 3: 7,
8).
"El hombre ve lo que aparece, mas el Señor ve el
corazón." (1 Samuel 16: 7), el corazón humano con sus encontradas
emociones de gozo y de tristeza, el extraviado y caprichoso corazón, morada de
tanta impureza y engaño.
Él sabe sus motivos, sus mismos intentos y miras. Id a él
con vuestra alma manchada como está. Como el salmista, abrid sus cámaras al
ojo que todo lo ve, exclamando "¡Escudríñame, oh Dios, y conoce mi
corazón: ensáyame, y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí algún camino
malo, y guíame en el camino eterno!" (Salmo 139: 23, 24).
Muchos aceptan una religión intelectual, una forma de
santidad, sin que el corazón esté limpio. Sea vuestra oración: "¡Crea
en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de
mí!" (Salmo 51: 10). Sed leales con vuestra propia alma. Sed tan
diligentes, tan persistentes, como lo seríais si vuestra vida mortal estuviera
en peligro. Este es un asunto que debe arreglarse entre Dios y vuestra alma;
arreglarse para la eternidad. Una esperanza supuesta, y nada más, llegará a
ser vuestra ruina.
Estudiad la Palabra de Dios con oración. Esa Palabra os
presenta, en la ley de Dios y en la vida de Cristo, los grandes principios de la
santidad, sin la cual "nadie verá al Señor." (Hebreos 12: 14).
Convence de pecado; revela plenamente el camino de la salvación. Prestadle
atención como a la voz de Dios que os habla.
Cuando veáis la enormidad del pecado, cuando os veáis como
sois en realidad, no os entreguéis a la desesperación. Pues a los pecadores es
a quienes Cristo vino a salvar. No tenemos que reconciliar a Dios con nosotros,
sino ¡oh maravilloso amor! "Dios estaba en Cristo, reconciliando consigo
mismo al mundo." (2 Corintios 5: 19 ). Él está solicitando por su
tierno amor los corazones de sus hijos errados. Ningún padre según la carne
podría ser tan paciente con las faltas y yerros de sus hijos, como lo es Dios
con aquellos a quienes trata de salvar. Nadie podría argüir más tiernamente
con el pecador. Jamás labios humanos han dirigido invitaciones más tiernas que
él al extraviado. Todas sus promesas, sus amonestaciones, no son sino la
expresión de su indecible amor.
Cuando Satanás viene a decirte que eres un gran pecador,
mira a tu Redentor y habla de sus méritos. Lo que te ayudará será el mirar su
luz. Reconoce tu pecado, pero di al enemigo que "Cristo Jesús vino al
mundo para salvar a los pecadores" (1 Timoteo 1: 15), y que
puedes ser salvo por su incomparable amor. Jesús hizo una pregunta a Simón con
respecto a dos deudores. El primero debía a su señor una suma pequeña y el
segundo una muy grande; pero él perdonó a ambos, y Cristo preguntó a Simón
cuál deudor amaría más a su señor. Simón contestó: "Aquel a quien
más perdonó." (San Lucas 7: 43). Hemos sido grandes deudores, pero
Cristo murió para que fuésemos perdonados. Los méritos de su sacrificio son
suficientes para presentarlos al Padre en nuestro favor. Aquellos a quienes ha
perdonado más, lo amarán más, y estarán más cerca de su trono alabándolo
por su grande amor e infinito sacrificio. Cuanto más plenamente comprendemos el
amor de Dios, más nos percatamos de la pecaminosidad del pecado. Cuando vemos
cuán larga es la cadena que se nos ha arrojado para rescatarnos, cuando
entendemos algo del sacrificio infinito que Cristo ha hecho en nuestro favor, el
corazón se derrite de ternura y contrición.
"Pero anhelaban una mejor, esto es, celestial; por lo cual Dios no se
avergüenza de llamarse Dios de ellos; porque les ha preparado una ciudad."
— Hebreos 11:16
"Bienaventurados los que guardan sus mandamientos, para tener derecho al
árbol de la vida, y para entrar por las puertas de la ciudad." —
Apocalipsis 22:14
"Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en
gloria en Cristo Jesús." — Filipenses 4:19
"Reconócelo en todos tus caminos, y El enderezará tus veredas." —
Proverbios 3:6

4.
Para Obtener la Paz Interior
"El que encubre sus transgresiones, no prosperará; mas
quien las confiese y las abandone, alcanzará misericordia." (Proverbios
28: 13).
Las condiciones para obtener la misericordia de Dios son
sencillas, justas y razonables. El Señor no nos exige que hagamos alguna cosa
penosa para obtener el perdón de los pecados. No necesitamos hacer largas y
cansadoras peregrinaciones, ni ejecutar duras penitencias, para encomendar
nuestras almas al Dios de los cielos o para expiar nuestra transgresión; mas el
que confiesa su pecado y se aparta de él, alcanzará misericordia.
El apóstol dice: "Confesad pues vuestras ofensas los
unos a los otros, y orad los unos por los otros, para que seáis sanados." (Santiago
5: 16). Confesad vuestros pecados a Dios, quien sólo puede perdonarlos, y
vuestras faltas unos a otros. Si has dado motivo de ofensa a tu amigo o vecino,
debes reconocer tu falta, y es su deber perdonarte libremente. Debes entonces
buscar el perdón de Dios, porque el hermano a quien s ofendido pertenece a Dios
y al perjudicarlo has pecado contra su Creador y Redentor. Debemos presentar el
caso delante del único y verdadero Mediador, nuestro gran Sumo Sacerdote, que
"ha sido tentado en todo punto, así como nosotros, mas sin pecado",
"que es capaz de compadecerse de nuestras flaquezas", (Hebreos 4:
15), y es poderoso para limpiarnos de toda mancha de pecado.
Los que no se han humillado de corazón delante de Dios
reconociendo su culpa, no han cumplido todavía la primera condición de la
aceptación. Si no hemos experimentado ese arrepentimiento, del cual nadie se
arrepiente, y no hemos confesado nuestros pecados con verdadera humillación de
alma y quebrantamiento de espíritu, aborreciendo nuestra iniquidad, no hemos
buscado verdaderamente el perdón de nuestros pecados; y si nunca lo hemos
buscado, nunca hemos encontrado la paz de Dios. La única razón porque no
obtenemos la remisión de nuestros pecados pasados es que no estamos dispuestos
a humillar nuestro corazón y a cumplir con las condiciones de la Palabra de
verdad. Se nos dan instrucciones explícitas tocante a este asunto. La
confesión de nuestros pecados, ya sea pública o privada, debe ser de corazón
y voluntaria. No debe ser arrancada al pecador. No debe hacerse de un modo
ligero y descuidado o exigirse de aquellos que no tienen real comprensión del
carácter aborrecible del pecado. La confesión que brota de lo íntimo del alma
sube al Dios de piedad infinita. El salmista dice: "Cercano está Jehová a
los quebrantados de corazón, y salva a los de espíritu contrito." (Salmo
34: 18).
La verdadera confesión es siempre de un carácter
específico y declara pecados particulares. Pueden ser de tal naturaleza que
solamente pueden presentarse delante de Dios. Pueden ser males que deben
confesarse individualmente a los que hayan sufrido daño por ellos; pueden ser
de un carácter público y, en ese caso, deberán confesarse públicamente. Toda
confesión debe hacerse definida y al punto, reconociendo los mismos pecados de
que seáis culpables.
En los días de Samuel los israelitas se extraviaron de Dios.
Estaban sufriendo las consecuencias del pecado; porque habían perdido su fe en
Dios, el discernimiento de su poder y su sabiduría para gobernar a la nación y
su confianza en la capacidad del Señor para defender y vindicar su causa. Se
apartaron del gran Gobernante del universo y quisieron ser gobernados como las
naciones que los rodeaban. Antes de encontrar paz hicieron esta confesión
explícita: "Porque a todos nuestros pecados hemos añadido esta maldad de
pedir para nosotros un rey." (1 Samuel 12: 19). Tenían que confesar
el mismo pecado del cual estaban convencidos. Su ingratitud oprimía sus almas y
los separaba de Dios.
Dios no acepta la confesión sin sincero arrepentimiento y
reforma. Debe haber un cambio decidido en la vida; toda cosa que sea ofensiva a
Dios debe dejarse. Esto será el resultado de una verdadera tristeza por el
pecado. Se nos presenta claramente la obra que tenemos que hacer de nuestra
parte:
"¡Lavaos, limpiaos; apartad la maldad de vuestras obras
de delante de mis ojos; cesad de hacer lo malo; aprended a hacer lo bueno;
buscad lo justo; socorred al oprimido; mantened el derecho del huérfano
defended la causa de la viuda!" (Isaías 1: 16, 17). "Si el
inicuo devolviere la prenda, restituyere lo robado, y anduviere en los estatutos
de la vida, sin cometer iniquidad, ciertamente vivirá; no morirá." (Ezequiel
33: 15). San Pablo dice, hablando de la obra de arrepentimiento: "Pues,
he aquí, esto mismo, el que fuisteis entristecidos según Dios, ¡qué
solícito cuidado obró en vosotros! y qué defensa de vosotros mismos! y ¡qué
indignación! y ¡qué temor! y ¡qué ardiente deseo! y ¡qué celo! y ¡qué
justicia vengativa! En todo os habéis mostrado puros en este asunto." (2
Corintios 7: 11).
Cuando el pecado ha amortiguado la percepción moral, el
injusto no discierne los defectos de su carácter, ni comprende la enormidad del
mal que ha cometido y, a menos que ceda al poder convincente del Espíritu
Santo, permanecerá parcialmente ciego sin percibir su pecado. Sus confesiones
no son sinceras ni de corazón. Cada vez que reconoce su maldad trata de excusar
su conducta declarando que si no hubiese sido por ciertas circunstancias, no
habría hecho esto o aquello, de lo que se lo reprueba.
Después de que Adán y Eva hubieron comido de la fruta
prohibida, los embargó un sentimiento de vergüenza y terror. Al principio
solamente pensaban en cómo podrían excusar su pecado y escapar de la terrible
sentencia de muerte.
Cuando el Señor les habló tocante a su pecado, Adán
respondió, echando la culpa en parte a Dios y en parte a su compañera:
"La mujer que pusiste aquí conmigo me dio del árbol, y comí." La
mujer echó la culpa a la serpiente, diciendo: "La serpiente me engañó, y
comí." (Génesis 3: 12, 13). ¿Por qué hiciste la serpiente? ¿Por
qué le permitiste que entrase en el Edén? Esas eran las preguntas implicadas
en la excusa de su pecado, haciendo así a Dios responsable de su caída. El
espíritu de justificación propia tuvo su origen en el padre de la mentira y ha
sido exhibido por todos los hijos e hijas de Adán. Las confesiones de esta
clase no son inspiradas por el Espíritu divino y no serán aceptables para
Dios. El arrepentimiento verdadero induce al hombre a reconocer su propia
maldad, sin engaño ni hipocresía. Como el pobre publicano que no osaba ni aun
alzar sus ojos al cielo, exclamará: "Dios, ten misericordia de mí,
pecador", y los que reconozcan así su iniquidad serán justificados,
porque Jesús presentará su sangre en favor del alma arrepentida.
Los ejemplos de arrepentimiento y humillación genuinos que
da la Palabra de Dios revelan un espíritu de confesión sin excusa por el
pecado, ni intento de justificación propia. San Pablo no procura defenderse;
pinta su pecado como es, sin intentar atenuar su culpa. Dice: "Lo cual
también hice en Jerusalén, encerrando yo mismo en la cárcel a muchos de los
santos habiendo recibido autorización de parte de los jefes de los sacerdotes;
y cuando se les daba muerte, yo echaba mi voto contra ellos. Y castigándolos
muchas veces, por todas las sinagogas, les hacia fuerza para que blasfemasen; y
estando sobremanera enfurecido contra ellos, iba en persecución de ellos hasta
las ciudades extranjeras." (Hechos 26: 10, 11). Sin vacilar declara:
"Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores; de los cuales yo
soy el primero." (1 Timoteo 1: 15).
El corazón humilde y quebrantado, enternecido por el
arrepentimiento genuino, apreciará algo del amor de Dios y del costo del
Calvario; y como el hijo se confiesa a un padre amoroso, así presentará el que
esté verdaderamente arrepentido todos sus pecados delante de Dios. "Si
confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos nuestros
pecados, y limpiarnos de toda iniquidad." (1 San Juan 1: 9).
CAPÍTULO
5

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