

5. La Consagración
La promesa de Dios es: "Me buscaréis y me hallaréis
cuando me buscaréis de todo vuestro corazón." (Jeremías 29: 13).
Debemos dar a Dios todo el corazón o, de otra manera, el
cambio que se ha de efectuar en nosotros, y por el cual hemos de ser
transformados conforme a su semejanza, jamás se realizará. Por naturaleza
estamos enemistados con Dios. El Espíritu Santo describe nuestra condición en
palabras como éstas: "Muertos en las transgresiones y los pecados." (Efesios
2: 1), "la cabeza toda está ya enferma, el corazón todo
desfallecido", "no queda ya en él cosa sana" (Isaías 1: 5,
6). Estamos enredados fuertemente en los lazos de Satanás, por el cual
hemos "sido apresados para hacer su voluntad", (2 Timoteo 2: 26).
Dios quiere sanarnos y libertarnos. Pero, puesto que esto
demanda una transformación completa y la renovación de toda nuestra
naturaleza, debemos entregarnos a él enteramente.
La guerra contra nosotros mismos es la batalla más grande
que jamás hayamos tenido. El rendirse a sí mismo, entregando todo a la
voluntad de Dios, requiere una lucha; mas para que el alma sea renovada en
santidad, debe someterse antes a Dios.
El gobierno de Dios no está fundado en una sumisión ciega y
en una reglamentación irracional, como Satanás quiere hacerlo aparecer. Al
contrario, apela al entendimiento y la conciencia. "¡Venid, pues, y
arguyamos juntos!" (Isaías 1: 18), es la invitación del Creador a
todos los seres que ha formado. Dios no fuerza la voluntad de sus criaturas. Él
no puede aceptar un homenaje que no se le dé voluntaria e inteligentemente. Una
sumisión meramente forzada impedirá todo desarrollo real del entendimiento y
del carácter: haría del hombre un mero autómata. No es ése el designio del
Creador. Él desea que el hombre, que es la obra maestra de su poder creador,
alcance el mas alto desarrollo posible. Nos presenta la gloriosa altura a la
cual quiere elevarnos mediante su gracia. Nos invita a entregarnos a él a fin
de que pueda hacer su voluntad en nosotros. A nosotros nos toca decidir si
queremos ser libres de la esclavitud del pecado para participar de la libertad
gloriosa de los hijos de Dios.
Al consagrarnos a Dios, debemos necesariamente abandonar todo
aquello que nos separe de él. Por esto dice el Salvador: "Así, pues, cada
uno de vosotros que no renuncia a todo cuanto posee, no puede ser mi
discípulo." (San Lucas 14: 33). Debemos dejar todo lo que aleje el
corazón de Dios. Los tesoros son el ídolo de muchos. El amor al dinero y el
deseo de las riquezas son la cadena de oro que los tienen sujetos a Satanás.
Otros adoran la reputación y los honores del mundo. Una vida de comodidad
egoísta, libre de responsabilidad, es el ídolo de otros. Mas deben romperse
estos lazos de servidumbre.
No podemos consagrar una parte de nuestro corazón al Señor
y la otra al mundo. No somos hijos de Dios a menos que lo seamos enteramente.
Hay algunos que profesan servir a Dios a la vez que confían en sus propios
esfuerzos para obedecer su ley, formar un carácter recto y asegurarse la
salvación. Sus corazones no son movidos por ningún sentimiento profundo del
amor de Cristo, sino que tratan de ejecutar los deberes de la vida cristiana
como una cosa que Dios demanda de ellos, a fin de ganar el cielo. Tal religión
no vale nada. Cuando Cristo mora en el corazón, el alma está tan llena de su
amor, del gozo de su comunión, que se une a él, y pensando en él, se olvida
de sí misma.
El amor de Cristo es el móvil de la acción. Aquellos que
sienten el constructivo amor de Dios no preguntan cuánto es lo menos que pueden
darle para satisfacer los requerimientos de Dios; no preguntan cuál es la más
baja norma aceptada, sino que aspiran a una vida de completa conformidad con la
voluntad de su Salvador. Con ardiente deseo entregan todo y manifiestan un
interés proporcionado al valor del objeto que buscan. El profesar pertenecer a
Cristo sin sentir amor profundo, es mera charla, árido formalismo, gravosa y
vil tarea.
¿Creéis que es un sacrificio demasiado grande dar todo a
Cristo? Haceos a vosotros mismos la pregunta: ‘¿Qué ha dado Cristo por mí?’
El Hijo de Dios dio todo para nuestra redención: la vida, el amor y los
sufrimientos. ¿Y es posible que nosotros, seres indignos de tan grande amor,
rehusemos entregarle nuestro corazón? Cada momento de nuestra vida hemos sido
participantes de las bendiciones de su gracia, y por esta misma razón no
podemos comprender plenamente las profundidades de la ignorancia y la miseria de
que hemos sido salvados.
¿Es posible que veamos a Aquel a quien traspasaron nuestros
pecados y continuemos, sin embargo, menos preciando todo su amor y su
sacrificio? Viendo la humillación infinita del Señor de gloria, ¿murmuraremos
porque no podemos entrar en la vida sino a costa de conflictos y humillación
propia?
Muchos corazones orgullosos preguntan: ‘¿Por qué
necesitamos arrepentirnos y humillarnos antes de poder tener la seguridad de que
somos aceptados por Dios?’ Mirad a Cristo. En él no había pecado alguno y,
lo que es más, era el Príncipe del cielo; mas por causa del hombre se hizo
pecado. "Con los transgresores fue contado: y él mismo llevó el pecado de
muchos, y por los transgresores intercedió." (Isaías 53: 12).
¿Y qué abandonamos cuando damos todo? Un corazón
corrompido para que Jesús lo purifique, para que lo limpie con su propia sangre
y para que lo salve con su incomparable amor. ¡Y sin embargo, los hombres
hallan difícil dejarlo todo! Me avergüenzo de oírlo decir y de escribirlo.
Dios no nos pide que dejemos nada de lo que es para nuestro
mayor provecho retener. En todo lo que hace, tiene presente la felicidad de sus
hijos. Ojalá que todos aquellos que no han elegido seguir a Cristo pudieran
comprender que él tiene algo muchísimo mejor que ofrecerles que lo que están
buscando por sí mismos. El hombre hace el mayor perjuicio e injusticia a su
propia alma cuando piensa y obra de un modo contrario a la voluntad de Dios.
Ningún gozo real puede haber en la senda prohibida por Aquel que conoce lo que
es mejor y proyecta el bien de sus criaturas. El camino de la transgresión es
el camino de la miseria y la destrucción.
Es un error dar cabida al pensamiento de que Dios se complace
en ver sufrir a sus hijos. Todo el cielo está interesado en la felicidad del
hombre. Nuestro Padre celestial no cierra las avenidas del gozo a ninguna de sus
criaturas. Los requerimientos divinos nos llaman a rehuir todos los placeres que
traen consigo sufrimiento y contratiempos, que nos cierran la puerta de la
felicidad y del cielo. El Redentor del mundo acepta a los hombres tales como
son, con todas sus necesidades, imperfecciones y debilidades; y no solamente los
limpiará de pecado y les concederá redención por su sangre, sino que
satisfará el anhelo de todos los que consientan en llevar su yugo y su carga.
Es su designio impartir paz y descanso a todos los que acudan a él en busca del
pan de la vida. Solamente demanda de nosotros que cumplamos los deberes que
guíen nuestros pasos a las alturas de la felicidad, a las cuales los
desobedientes nunca pueden llegar.
La verdadera vida de gozo del alma es tener a Cristo, la
esperanza de gloria, modelado en ella.
Muchos dicen: ‘¿Cómo me entregaré a Dios?’ Deseáis
hacer su voluntad, mas sois moralmente débiles, sujetos a la duda y dominados
por los hábitos de vuestra mala vida. Vuestras promesas y resoluciones son tan
frágiles como telas de araña. No podéis gobernar vuestros pensamientos,
impulsos y afectos. El conocimiento de vuestras promesas no cumplidas y de
vuestros votos quebrantados debilita vuestra confianza en vuestra propia
sinceridad y os induce a sentir que Dios no puede aceptaros; mas no necesitáis
desesperar. Lo que necesitáis comprender es la verdadera fuerza de la voluntad.
Este es el poder que gobierna en la naturaleza del hombre: el
poder de decidir o de elegir. Todas las cosas dependen de la correcta acción de
la voluntad. Dios ha dado a los hombres el poder de elegir; depende de ellos el
ejercerlo. No podéis cambiar vuestro corazón, ni dar por vosotros mismos sus
afectos a Dios; pero podéis elegir servirle. Podéis darle vuestra voluntad,
para que él obre en vosotros, tanto el querer como el hacer, según su
voluntad. De ese modo vuestra naturaleza entera estará bajo el dominio del
Espíritu de Cristo, vuestros afectos se concentrarán en él y vuestros
pensamientos se pondrán en armonía con él.
Desear ser bondadosos y santos es rectísimo; pero si sólo
llegáis hasta allí de nada os valdrá. Muchos se perderán esperando y
deseando ser cristianos. No llegan al punto de dar su voluntad a Dios. No eligen
ser cristianos ahora.
Por medio del debido ejercicio de la voluntad, puede obrarse
un cambio completo en vuestra vida. Al dar vuestra voluntad a Cristo. Os unís
con el poder que está sobre todo principado y potestad. Tendréis fuerza de lo
alto para sosteneros firmes, y rindiéndoos así constantemente a Dios seréis
fortalecidos para vivir una vida nueva, es a saber, la vida de la fe.
"Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y
humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas, porque mi
yugo es fácil, y ligera mi carga."
— Mateo 11:29, 30
"Mucha paz tienen los que aman tu Ley, Y no hay para ellos
tropiezo."
— Salmos 119:165

6.
Maravillas Obradas
por la Fe
A medida que vuestra conciencia ha sido vivificada por el
Espíritu Santo habéis visto algo de la perversidad del pecado, de su poder, su
culpa, su miseria; y lo miráis con aborrecimiento. Veis que el pecado os ha
separado de Dios y que estáis bajo la servidumbre del poder del mal. Cuanto
más lucháis por escaparos, tanto más comprendéis vuestra impotencia.
Vuestros motivos son impuros, vuestro corazón está corrompido. Veis que
vuestra vida ha estado colmada de egoísmo y pecado. Ansiáis ser perdonados,
limpiados y libertados. ¿Qué podéis hacer para obtener la armonía con Dios y
la semejanza a él?
Lo que necesitáis es paz: el perdón, la paz y el amor del
cielo en el alma. No se los puede comprar con dinero, la inteligencia no los
puede obtener, la sabiduría no los puede alcanzar; nunca podéis esperar
conseguirlos por vuestro propio esfuerzo. Mas Dios os lo ofrece como un don,
"sin dinero y sin precio" (Isaías 55: 1). Son vuestros, con
tal que extendáis la mano para tomarlos. El Señor dice: "¡Aunque
vuestros pecados fuesen como la grana, como la nieve serán emblanquecidos;
aunque fuesen rojos como el carmesí, como lana quedarán!" (Isaías 1:
18). "También os daré un nuevo corazón, y pondré un espíritu nuevo
en medio de vosotros." (Ezequiel 36: 26).
Habéis confesado vuestros pecados y los habéis quitado de
vuestro corazón. Habéis resuelto entregaros a Dios. Id pues a él y pedidle
que os limpie de vuestros pecados y os dé un corazón nuevo. Creed que lo hará
porque lo ha prometido. Esta es la lección que Jesús enseñó durante el
tiempo que estuvo en la tierra: que debemos creer que recibimos el don que Dios
nos promete y que es nuestro. Jesús sanaba a los enfermos cuando tenían fe en
su poder; les ayudaba con las cosas que podían ver, inspirándoles así
confianza en él tocante a las cosas que no podían ver, induciéndolos a creer
en su poder de perdonar pecados. Establece esto claramente en el caso del
paralítico: "Mas para que sepáis que el Hijo del hombre tiene potestad en
la tierra de perdonar pecados (dijo entonces al paralítico): ¡Levántate, toma
tu cama y vete a tu casa!" (San Mateo 9: 6). Así también Juan el
evangelista, al hablar de los milagros de Cristo, dice: "Estas cosas empero
han sido escritas, para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y
para que creyendo, tengáis vida en su nombre." (San Juan 20: 31).
Del simple relato de la Biblia de cómo Jesús sanaba a los
enfermos podemos aprender algo acerca del modo de ir a Cristo para que nos
perdone nuestros pecados. Veamos ahora el caso del paralítico de Betesda. Este
pobre enfermo estaba imposibilitado; no había usado sus miembros por treinta y
ocho años. Con todo, Jesús le dijo: "¡Levántate, alza tu camilla, y
anda!" El paralítico podría haber dicho: ‘Señor, si me sanas primero,
obedeceré tu palabra.’ Pero no; creyó a la palabra de Cristo, creyó que
estaba sano, e hizo el esfuerzo en seguida; quiso andar y anduvo. Confió en la
palabra de Cristo y Dios le dio el poder.
Así quedó completamente sano.
Así también tú eres pecador. No puedes expiar tus pecados
pasados, no puedes cambiar tu corazón y hacerte santo. Mas Dios promete hacer
todo esto por ti mediante Cristo. Crees en esa promesa. Confiesas tus pecados y
te entregas a Dios. Quieres servirle. Tan ciertamente como haces esto, Dios
cumplirá su palabra contigo. Si crees la promesa, si crees que estás perdonado
y limpiado, Dios suplirá el hecho; estás sano, tal como Cristo dio potencia al
paralítico para andar cuando el hombre creyó que había sido sanado. Así es
si así lo crees.
No esperes sentir que estás sano, mas di: "Lo creo;
así es, no porque lo sienta, sino porque Dios lo ha prometido."
Dice Jesús: "Todo cuanto pidiereis en la oración,
creed que lo recibisteis ya; y lo tendréis." (San Marcos 11: 24).
Hay una condición en esta promesa: que pidamos conforme a la voluntad de Dios.
Pero es la voluntad de Dios limpiarnos de pecado, hacernos hijos suyos y
ponernos en actitud de vivir una vida santa. De modo que podemos pedir a Dios
estas bendiciones, creer que las recibimos y agradecerle por haberlas recibido.
Es nuestro privilegio ir a Jesús para que nos limpie, y estar en pie delante de
la ley sin confusión ni remordimiento. "Así que ahora, ninguna
condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme
a la carne, sino conforme al Espíritu." (Romanos 8: 1).
De modo que ya no sois vuestros; porque comprados sois por
precio. "Sabiendo que fuisteis redimidos, . . . no con cosas corruptibles,
como plata y oro, sino con preciosa sangre, la de Cristo, como de un cordero sin
defecto e inmaculado." (1 San Pedro 1: 18, 19). Por el simple hecho
de creer en Dios, el Espíritu Santo ha engendrado una vida nueva en vuestro
corazón. Sois como un niño nacido en la familia de Dios, y él os ama como a
su Hijo.
Ahora bien, ya que os habéis consagrado a Jesús, no
volváis atrás, no os separéis de él, mas todos los días decid: "Soy de
Cristo; pertenezco a él;" y pedidle que os dé su Espíritu y que os
guarde por su gracia. Puesto que es consagrándoos a Dios y creyendo en él como
sois hechos sus hijos, así también debéis vivir en él. Dice el apóstol:
"De la manera, pues que recibisteis a Cristo Jesús el Señor, así andad
en él." (Colosenses 2: 6).
Algunos parecen creer que deben estar a prueba y que deben
demostrar al Señor que se han reformado, antes de poder contar con su
bendición.
Mas ellos pueden pedir la bendición de Dios ahora mismo.
Deben tener su gracia, el Espíritu de Cristo, para que los ayude en sus
flaquezas; de otra manera no pueden resistir al mal. Jesús se complace en que
vayamos a él como somos, pecaminosos, impotentes, necesitados. Podemos ir con
toda nuestra debilidad, insensatez y maldad y caer arrepentidos a sus pies. Es
su gloria estrecharnos en los brazos de su amor, vendar nuestras heridas y
limpiarnos de toda impureza. Miles se equivocan en esto: no creen que Jesús les
perdona personal e individualmente. No creen al pie de la letra lo que Dios
dice. Es el privilegio de todos los que llenan las condiciones saber por sí
mismos que el perdón de todo pecado es gratuito.
Alejad la sospecha de que las promesas de Dios no son para
vosotros. Son para todo pecador arrepentido. Cristo ha provisto fuerza y gracia
para que los ángeles ministradores las lleven a toda alma creyente. Ninguno hay
tan malvado que no encuentre fuerza, pureza y justicia en Jesús, que murió por
los pecadores. El está esperándolos para cambiarles los vestidos sucios y
corrompidos del pecado por las vestiduras blancas de la justicia; les da vida y
no perecerán.
Dios no nos trata como los hombres se tratan entre sí. Sus
pensamientos son pensamientos de misericordia, de amor y de la más tierna
compasión. Él dice: "¡Deje el malo su camino, y el hombre inicuo sus
pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá compasión de él, y a
nuestro Dios, porque es grande en perdonar!" "He borrado, como
nublado, tus transgresiones, y como una nube tus pecados." (Isaías 55:
7; 44: 22). "No me complazco en la muerte del que muere, dice Jehová
el Señor: ¡volveos pues, y vivid!" (Ezequiel 18: 32).
Satanás está pronto para quitarnos la bendita seguridad que
Dios nos da. Desea quitarnos toda vislumbre de esperanza y todo rayo de luz del
alma; mas no se lo permitáis. No prestéis oído al tentador, antes decid:
"Jesús ha muerto para que yo viva. Me ama y no quiere que perezca. Tengo
un Padre celestial muy compasivo; y aunque he abusado de su amor, aunque he
disipado las bendiciones que me ha dado, me levantaré e iré a mi Padre y le
diré: ‘¡Padre, he pecado contra el cielo y delante de ti; ya no soy digno de
ser llamado hijo tuyo: haz que yo sea como uno de tus jornaleros!’" En la
parábola vemos cómo será recibido el extraviado: "Y estando todavía
lejos, le vio su padre; y conmoviéronsele las entrañas; y corrió, y le echó
los brazos al cuello, y le besó." (San Lucas 15: 18-20).
Más aún, esta parábola tan tierna y conmovedora, es apenas
un reflejo de la compasión de nuestro Padre celestial. El Señor declara por su
profeta: "Con amor eterno te he amado, por tanto te he extendido mi
misericordia." (Jeremías 31: 3). Cuando el pecador está aún lejos
de la casa de su padre desperdiciando su hacienda en un país extranjero, el
corazón del Padre se compadece de él; y cada deseo profundo de volver a Dios,
despertado en el alma, no es sino la tierna invitación de su Espíritu, que
insta, ruega y atrae al extraviado al seno amorosísimo de su Padre.
Con tan preciosas promesas bíblicas delante de vosotros,
¿podéis dar lugar a la duda? ¿Podéis creer que cuando el pobre pecador desea
volver, desea abandonar sus pecados, el Señor le impide decididamente que venga
arrepentido a sus pies? ¡Fuera con tales pensamientos! Nada puede destruir más
vuestra propia alma que tener tal concepto de vuestro Padre celestial. El
aborrece el pecado, mas ama al pecador, habiéndose dado, en la persona de
Cristo, para que todos los que quieran puedan ser salvos y tener bendiciones
eternas en el reino de gloria. ¿Qué lenguaje más tierno o más fuerte podría
haberse empleado que el elegido por él para expresar su amor hacia nosotros?
Él declara: "¿Se olvidará acaso la mujer de su niño
mamante, de modo que no tenga compasión del hijo de sus entrañas? ¡Aún las
tales le pueden olvidar; mas no me olvidaré yo de ti!" (Isaías 49: 15).
Alzad la vista los que vaciláis y tembláis; porque Jesús
vive para interceder por nosotros. Agradeced a Dios por el don de su Hijo amado
y pedid que no haya muerto en vano por vosotros. Su Espíritu os invita hoy. Id
con todo vuestro corazón a Jesús y demandad sus bendiciones. Cuando leáis las
promesas, recordad que son la expresión de un amor y una piedad inefables. El
gran corazón de amor infinito se siente atraído hacia el pecador por una
compasión ilimitada. "En quien tenemos redención por medio de su sangre,
la remisión de nuestros pecados." (Efesios 1: 7). Sí, creed tan
sólo que Dios es vuestro ayudador. Él quiere restituir su imagen moral en el
hombre. Acercaos a él con confesión y arrepentimiento y él se acercará a
vosotros con misericordia y perdón.

7.
Cómo Lograr una
Magnífica Renovación
"Si alguno está en Cristo, es una nueva criatura: las
cosas viejas pasaron ya, he aquí que todo se ha hecho nuevo." (2
Corintios 5: 17).
Tal vez alguno no Podrá decir el tiempo o el lugar exacto,
ni trazar toda la cadena de circunstancias del proceso de su conversión; pero
esto no prueba que no se haya convertido. Cristo dijo a Nicodemo: "El
viento de donde quiere sopla, y oyes su sonido, mas no sabes de dónde viene, ni
adónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu." (San Juan
3: 8). Así como el viento es invisible y, sin embargo, se ven y se sienten
claramente sus efectos, así obra el Espíritu de Dios en el corazón humano.
El poder regenerador que ningún ojo humano puede ver,
engendra una vida nueva en el alma; crea un nuevo ser conforme a la imagen de
Dios. Aunque la obra del Espíritu es silenciosa e imperceptible, sus efectos
son manifiestos. Cuando el corazón ha sido renovado por el Espíritu de Dios,
el hecho se manifiesta en la vida. Al paso que no podemos hacer nada para
cambiar nuestro corazón, ni para ponernos en armonía con Dios, al paso que no
debemos confiar para nada en nosotros ni en nuestras buenas obras, nuestras
vidas han de revelar si la gracia de Dios mora en nosotros.
Se notará un cambio en el carácter, en las costumbres y
ocupaciones. La diferencia será muy clara e inequívoca entre lo que han sido y
lo que son. El carácter se da a conocer, no por las obras buenas o malas que de
vez en cuando se ejecutan, sino por la tendencia de las palabras y de los actos
en la vida diaria.
Es cierto que puede haber una corrección del comportamiento
externo, sin el poder regenerador de Cristo. El amor a la influencia y el deseo
de la estimación de otros pueden producir una vida muy ordenada. El respeto
propio puede impulsarnos a evitar la apariencia del mal. Un corazón egoísta
puede ejecutar obras generosas. ¿De qué medio nos valdremos, entonces, para
saber a qué clase pertenecemos?
¿Quién posee nuestro corazón? ¿Con quién están nuestros
pensamientos? ¿De quién nos gusta hablar? ¿Para quién son nuestros más
ardientes afectos y nuestras mejores energías? Si somos de Cristo, nuestros
pensamientos están con él y nuestros más gratos pensamientos son para él.
Todo lo que tenemos y somos lo hemos consagrado a él. Deseamos vehementemente
ser semejantes a él, tener su Espíritu, hacer su voluntad y agradarle en todo.
Los que son hechos nuevas criaturas en Cristo Jesús
manifiestan los frutos del Espíritu: "amor, gozo, paz, longanimidad,
benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza." (Gálatas 5: 22,
23). Ya no se conforman por más tiempo con las concupiscencias anteriores,
sino que por la fe del Hijo de Dios siguen sus pisadas, reflejan su carácter y
se purifican a sí mismos así como él es puro. Aman ahora las cosas que en un
tiempo aborrecían y aborrecen las cosas que en otro tiempo amaban. El que era
orgulloso y dominante, ahora es manso y humilde de corazón. El que antes era
vano y altanero, ahora es serio y discreto. El que antes era borracho, ahora es
sobrio y el que era libertino, puro. Han dejado las costumbres y modas vanas del
mundo. Los cristianos no buscan "el adorno exterior", sino que
"sea adornado el hombre interior del corazón, con la ropa imperecedera de
un espíritu manso y sosegado." (1 San Pedro 3: 3, 4).
No hay evidencia de arrepentimiento verdadero cuando no se
produce una reforma en la vida. Si restituye la prenda, devuelve lo que hubiere
robado, confiesa sus pecados y ama a Dios y a su prójimo, el pecador puede
estar seguro de que pasó de muerte a vida.
Cuando venimos a Cristo, como seres errados y pecaminosos, y
nos hacemos participantes de su gracia perdonadora, nace en nuestro corazón el
amor a él. Toda carga resulta ligera; porque el yugo de Cristo es suave.
Nuestros deberes se hacen deliciosos y los sacrificios, un gozo. El sendero que
en el pasado nos parecía cubierto de tinieblas ahora brilla con los rayos del
Sol de Justicia.
La belleza del carácter de Cristo se verá en los que le
siguen. Era su delicia hacer la voluntad de Dios. El poder predominante en la
vida de nuestro Salvador era el amor a Dios y el celo por su gloria. El amor
embellecía y ennoblecía todas sus acciones. El amor es de Dios, no puede
producirlo u originarlo el corazón inconverso. Se encuentra solamente en el
corazón donde Cristo reina. "Nosotros amamos, por cuanto él nos amó
primero." (1 San Juan 4: 19). En el corazón regenerado por la
gracia divina, el amor es el móvil de las acciones. Modifica el carácter,
gobierna los impulsos, restringe las pasiones, domina la enemistad y ennoblece
los afectos. Este amor alimentado en el alma, endulza la vida y derrama una
influencia purificadora en todo su derredor.
Hay dos errores contra los cuales los hijos de Dios,
particularmente los que apenas han comenzado a confiar en su gracia, deben
especialmente guardarse. El primero, sobre el que ya se ha insistido, es el de
fijarse en sus propias obras, confiando en alguna cosa que puedan hacer, para
ponerse en armonía con Dios. El que está procurando llegar a ser santo
mediante sus propios esfuerzos por guardar la ley, está procurando una
imposibilidad. Todo lo que el hombre puede hacer sin Cristo está contaminado de
amor propio y pecado. Solamente la gracia de Cristo, por medio de la fe, puede
hacernos santos.
El error opuesto y no menos peligroso es que la fe en Cristo
exime a los hombres de guardar la ley de Dios; que puesto que solamente por la
fe somos hechos participantes de la gracia de Cristo, nuestras obras no tienen
nada que ver con nuestra redención.
Pero nótese aquí que la obediencia no es un mero
cumplimiento externo, sino un servicio de amor. La ley de Dios es una expresión
de su misma naturaleza; es la personificación del gran principio del amor y, en
consecuencia, el fundamento de su gobierno en los cielos y en la tierra. Si
nuestros corazones son regenerados a la semejanza de Dios, si el amor divino es
implantado en el corazón, ¿no se manifestará la ley de Dios en la vida?
Cuando es implantado el principio del amor en el corazón,
cuando el hombre es renovado conforme a la imagen del que lo creó, se cumple en
él la promesa del nuevo pacto: "Pondré mis leyes en su corazón, y
también en su mente las escribiré." (Hebreos 10: 16). Y si la ley
está escrita en el corazón, ¿no modelará la vida? La obediencia, es decir,
el servicio y la lealtad de amor, es la verdadera prueba del discipulado. Siendo
así, la Escritura dice: "Este es el amor de Dios, que guardemos sus
mandamientos." "El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus
mandamientos, es mentiroso, y no hay verdad en él." (1 San Juan 5: 3;
2: 4). En vez de que la fe exima al hombre de la obediencia, es la fe, y
sólo ella, la que lo hace participante de la gracia de Cristo y lo capacita
para obedecerlo.
No ganamos la salvación con nuestra obediencia; porque la
salvación es el don gratuito de Dios, que se recibe por la fe. Pero la
obediencia es el fruto de la fe. "Sabéis que él fue manifestado para
quitar los pecados, y en él no hay pecado. Todo aquel que mora en él no peca;
todo aquel que peca no le ha visto, ni le ha conocido." (1 San Juan 3:
5, 6). He aquí la verdadera prueba. Si moramos en Cristo, si el amor de
Dios mora en nosotros, nuestros sentimientos, nuestros pensamientos, nuestras
acciones, tienen que 61 estar en armonía con la voluntad de Dios como se
expresa en los preceptos de su santa ley. "¡Hijitos míos, no dejéis que
nadie os engañe! el que obra justicia es justo, así como él es justo." (1
San Juan 3: 7). Sabemos lo que es justicia por el modelo de la santa ley de
Dios, como se expresa en los Diez Mandamientos dados en el Sinaí.
Esa así llamada fe en Cristo, que según se declara exime a
los hombres de la obligación de la obediencia a Dios, no es fe sino
presunción. "Por gracia sois salvos, por medio de la fe." Mas
"la fe, si no tuviere obras, es de suyo muerta." (Efesios 2: 8;
Santiago 2: 7). Jesús dijo de sí mismo antes de venir al mundo: "Me
complazco en hacer tu voluntad, oh Dios mío, y tu ley está en medio de mi
corazón." (Salmo 40: 8). Y cuando estaba por ascender a los cielos,
dijo otra vez: "Yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco
en su amor." (San Juan 15: 10). La Escritura dice: "Y en esto
sabemos que le conocemos a él, a saber, si guardamos sus mandamientos.... El
que dice que mora en él, debe también él mismo andar así como él
anduvo." (1 San Juan 2: 3-6). "Pues que Cristo también sufrió
por vosotros, dejándoos ejemplo, para que sigáis en sus pisadas." (1
San Pedro 2: 21).
La condición para alcanzar la vida eterna es ahora
exactamente la misma de siempre, tal cual era en el paraíso antes de la caída
de nuestros primeros padres: la perfecta obediencia a la ley de Dios, la
perfecta justicia. Si la vida eterna se concediera con alguna condición
inferior a ésta, peligraría la felicidad de todo el universo. Se le abriría
la puerta al pecado con todo su séquito de dolor y miseria para siempre.
Era posible para Adán, antes de la caída, conservar un
carácter justo por la obediencia a la ley de Dios. Mas no lo hizo, y por causa
de su caída tenemos una naturaleza pecaminosa y no podemos hacernos justos a
nosotros mismos. Puesto que somos pecadores y malos, no podemos obedecer
perfectamente una ley santa. No tenemos por nosotros mismos justicia con que
cumplir lo que la ley de Dios demanda. Mas Cristo nos ha preparado una vía de
escape. Vivió sobre la tierra en medio de pruebas y tentaciones tales como las
que nosotros tenemos que arrostrar. Sin embargo, su vida fue impecable. Murió
por nosotros y ahora ofrece quitarnos nuestros pecados y vestirnos de su
justicia. Si os entregáis a él y lo aceptáis como vuestro Salvador, por
pecaminosa que haya sido vuestra vida, seréis contados entre los justos por
consideración a el. El carácter de Cristo toma el lugar del vuestro, y
vosotros sois aceptados por Dios como si no hubierais pecado.
Más aún, Cristo cambia el corazón. Habita en vuestro
corazón por la fe. Debéis mantener esta comunión con Cristo por la fe y la
sumisión continua de vuestra voluntad a él; mientras hagáis esto, él obrará
en vosotros para que queráis y hagáis conforme a su voluntad. Así podréis
decir: "Aquella vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el
Hijo de Dios, el cual me amó, y se dio a sí mismo por mí" (Gálatas
2: 20). Así dijo Jesús a sus discípulos: "No sois vosotros quienes
habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros." (San
Mateo 10: 20). De modo que si Cristo obra en vosotros, manifestaréis el
mismo espíritu y haréis las mismas obras: obras de justicia y obediencia.
Así pues no hay nada en nosotros mismos de que jactarnos. No
tenemos motivo para ensalzarnos. El único fundamento de nuestra esperanza es la
justicia de Cristo imputada a nosotros y la que produce su Espíritu obrando en
nosotros y por nosotros.
Cuando hablamos de la fe debemos tener siempre presente una
distinción. Hay una clase de creencia enteramente distinta de la fe. La
existencia y el poder de Dios, la verdad de su Palabra, son hechos que aun
Satanás y sus huestes no pueden negar de corazón. La Biblia dice que "los
demonios lo creen, y tiemblan" (Santiago 2: 19), pero ésta no es
fe. Donde no sólo hay una creencia en la Palabra de Dios, sino una sumisión de
la voluntad a él; donde se le da a él el corazón y los afectos se fijan en
él, allí hay fe, fe que obra por el amor y purifica el alma. Mediante esta fe,
el corazón se renueva conforme a la imagen de Dios. Y el corazón que en su
estado carnal no se sujetaba a la ley de Dios ni tampoco podía, se deleita
después en sus santos preceptos, diciendo con el salmista: "¡Oh cuánto
amo tu ley! todo el día es ella mi meditación." (Salmo 119: 97). Y
la justicia de la ley se cumple en nosotros, los que no andamos "conforme a
la carne, mas conforme al espíritu." (Romanos 8: 1).
Hay quienes han conocido el amor perdonador de Cristo y
desean realmente ser hijos de Dios; sin embargo, reconocen que su carácter es
imperfecto y su vida defectuosa, y están propensos a dudar de que sus corazones
hayan sido regenerados por el Espíritu Santo. A los tales quiero decirles que
no se abandonen a la desesperación. Tenemos a menudo que postrarnos y llorar a
los pies de Jesús por causa de nuestras culpas y errores; pero no debemos
desanimarnos. Aun si somos vencidos por el enemigo, no somos arrojados, ni
abandonados, ni rechazados por Dios. No; Cristo está a la diestra de Dios e
intercede por nosotros. Dice el discípulo amado: "Estas cosas os escribo,
para que no pequéis. Y si alguno pecare, abogado tenemos para con el Padre, a
saber, a Jesucristo el Justo." (1 San Juan 2: 1).
Y no olvidéis las palabras de Cristo: "Porque el Padre
mismo os ama." (San Juan 16: 27). Él quiere que os reconciliéis
con él, quiere ver su pureza y santidad reflejadas en vosotros. Y si tan sólo
queréis entregaros a él, el que comenzó en vosotros la buena obra la
perfeccionará, hasta el día de Jesucristo. Orad con más fervor; creed más
plenamente. A medida que desconfiemos de nuestra propia fuerza, confiaremos en
el poder de nuestro Redentor, y luego alabaremos a Aquel que es la salud de
nuestro rostro.
Cuanto más cerca estéis de Jesús, más imperfectos os
reconoceréis, porque veréis más claramente vuestros defectos a la luz del
contraste de su perfecta naturaleza. Esta es una evidencia de que los engaños
de Satanás han perdido su poder y de que el Espíritu de Dios os está
despertando.
No puede existir amor profundo por Jesús en el corazón que
no comprende su propia perversidad. El alma que se haya transformado por la
gracia de Cristo, admirará su divino carácter. Pero el no ver nuestra propia
deformidad moral, es una prueba inequívoca de que no hemos llegado a ver la
belleza y excelencia de Cristo.
Mientras menos cosas dignas de estima veamos en nosotros,
más encontraremos que estimar en la pureza y santidad infinitas de nuestro
Salvador. Una idea de nuestra pecaminosidad nos puede guiar a Aquel que nos
puede perdonar; y cuando, comprendiendo nuestra impotencia, nos esforcemos en
seguir a Cristo, él se nos revelará con poder. Cuanto más nos guíe la
necesidad a él y a la Palabra de Dios, tanto más elevada visión tendremos de
su carácter y más plenamente reflejaremos su imagen.

8.
El Secreto del
Crecimiento
En la Biblia se llama nacimiento al cambio de corazón por el
cual somos hechos hijos de Dios. También se lo compara con la germinación de
la buena semilla sembrada por el labrador. De igual modo los que están recién
convertidos a Cristo, son como "niños recién nacidos",
"creciendo" (1 San Pedro 2: 2; Efesios 4: 15). a la estatura de
hombres en Cristo Jesús. Como la buena simiente en el campo, tienen que crecer
y dar fruto. Isaías dice que serán "llamados árboles de justicia,
plantados por Jehová mismo, para que él sea glorificado" (Isaías 61:
3). Del mundo natural se sacan así ilustraciones para ayudarnos a entender
mejor las verdades misteriosas de la vida espiritual.
Toda la sabiduría e inteligencia de los hombres no puede dar
vida al objeto más pequeño de la naturaleza. Solamente por la vida que Dios
mismo les ha dado pueden vivir las plantas y los animales. Asimismo es solamente
mediante la vida de Dios como se engendra la vida espiritual en el corazón de
los hombres. Si el hombre no "naciere de nuevo" (San Juan 3: 3)—no
puede ser hecho participante de la vida que Cristo vino a dar.
Lo que sucede con la vida, sucede con el crecimiento. Dios es
el que hace florecer el capullo y fructificar las flores. Su poder es el que
hace a la simiente desarrollar "primero hierba, luego espiga, luego grano
lleno en la espiga" (San Marcos 4: 28). El profeta Oseas dice que
Israel "echará flores como el lirio." "Serán revivificados como
el trigo, y florecerán como la vid." (Oseas 14: 5, 7). Y Jesús nos
dice: "¡Considerad los lirios, cómo crecen!" (San Lucas 12: 27). Las
plantas y las flores crecen no por su propio cuidado o solicitud o esfuerzo,
sino porque reciben lo que Dios ha proporcionado para que les dé vida. El niño
no puede por su solicitud o poder propio añadir algo a su estatura.
Ni vosotros podréis por vuestra solicitud o esfuerzo
conseguir el crecimiento espiritual. La planta y el niño crecen al recibir de
la atmósfera que los rodea aquello que les da vida: el aire, el sol y el
alimento. Lo que estos dones de la naturaleza son para los animales y las
plantas, es Cristo para los que confían en él. El es su "luz
eterna", "escudo y sol" (Isaías 60: 19; Salmo 84: 11). Será
como el "rocío a Israel". "Descenderá como la lluvia sobre el
césped cortado." (Oseas 14: 5; Salmo 72: 6). Él es el agua viva,
"el pan de Dios . . . que descendió del cielo, y da vida al mundo" (San
Juan 6: 33).
En el don incomparable de su Hijo, ha rodeado Dios al mundo
entero en una atmósfera de gracia tan real como el aire que circula en derredor
del globo. Todos los que quisieren respirar esta atmósfera vivificante vivirán
y crecerán hasta la estatura de hombres y mujeres en Cristo Jesús. Como la
flor se torna hacia el sol, a fin de que los brillantes rayos la ayuden a
perfeccionar su belleza y simetría, así debemos tornarnos hacia el Sol de
Justicia, a fin de que la luz celestial brille sobre nosotros, para que nuestro
carácter se transforme a la imagen de Cristo.
Jesús enseña la misma cosa cuando dice: "¡Permaneced
en mí, y yo en vosotros! Como no puede el sarmiento llevar fruto de sí mismo,
si no permaneciera en la vid, así tampoco vosotros, si no permaneciereis en
mí.... Porque separados de mí nada podéis hacer." (San Juan 15: 4,
5). Así también vosotros necesitáis del auxilio de Cristo, para poder
vivir una vida santa, como la rama depende del tronco principal para su
crecimiento y fructificación. Fuera de él no tenéis vida. No hay poder en
vosotros para resistir la tentación o para crecer en la gracia o en la
santidad. Morando en él podéis florecer.
Recibiendo vuestra vida de él, no os marchitaréis ni
seréis estériles. Seréis como el árbol plantado junto a arroyos de aguas.
Muchos tienen la idea de que deben hacer alguna parte de la
obra solos. Ya han confiado en Cristo para el perdón de sus pecados, pero ahora
procuran vivir rectamente por sus propios esfuerzos. Mas tales esfuerzos se
desvanecerán. Jesús dice: "Porque separados de mí nada podéis
hacer". Nuestro crecimiento en la gracia, nuestro gozo, nuestra utilidad,
todo depende de nuestra unión con Cristo. solamente estando en comunión con
él diariamente, a cada hora permaneciendo en él, es como hemos de crecer en la
gracia. El no es solamente el autor sino también el consumador de nuestra fe.
Cristo es el principio, el fin, la totalidad. Estará con nosotros no solamente
al principio y al fin de nuestra carrera, sino en cada paso del camino. David
dice: "A Jehová he puesto siempre delante de mí; porque estando él a mi
diestra, no resbalaré." (Salmo 16: 8).
Preguntaréis, tal vez: "¿Cómo permaneceremos en
Cristo? " Del mismo modo en que lo recibisteis al principio. "De la
manera, pues que recibisteis a Cristo Jesús el Señor, así andad en él."
"El justo... vivirá por la fe." (Colosenses 2: 6; Hebreos 10: 38).
Habéis profesado daros a Dios, con el fin de ser enteramente suyos, para
servirle y obedecerle, y habéis aceptado a Cristo como vuestro Salvador. No
podéis por vosotros mismos expiar vuestros pecados o cambiar vuestro corazón;
mas habiéndoos entregado a Dios, creísteis que por causa de Cristo él hizo
todo esto por vosotros. Por la fe llegasteis a ser de Cristo, y por la fe
tenéis que crecer en él dando y tomando a la vez. Tenéis que darle todo: el
corazón, la voluntad, la vida, daros a él para obedecer todos sus
requerimientos; y debéis tomar todo: a Cristo, la plenitud de toda bendición,
para que habite en vuestro corazón y para que sea vuestra fuerza, vuestra
justicia, vuestra eterna ayuda, a fin de que os dé poder para obedecerle.
Conságrate a Dios todas las mañanas; haz de esto tu primer
trabajo. Sea tu oración: "Tómame ¡oh Señor! como enteramente tuyo.
Pongo todos mis planes a tus pies. Úsame hoy en tu servicio. Mora conmigo y sea
toda mi obra hecha en ti". Este es un asunto diario. Cada mañana
conságrate a Dios por ese día. Somete todos tus planes a él, para ponerlos en
práctica o abandonarlos según te lo indicare su providencia. Sea puesta así
tu vida en las manos de Dios y será cada vez mas semejante a la de Cristo.
La vida en Cristo es una vida de reposo. Puede no haber
éxtasis de la sensibilidad, pero debe haber una confianza continua y apacible.
Vuestra esperanza no está en vosotros; está en Cristo.
Vuestra debilidad está unida a su fuerza, vuestra ignorancia
a su sabiduría, vuestra fragilidad a su eterno poder. Así que no debéis
miraros a vosotros, ni depender de vosotros, mas mirad a Cristo. Pensad en su
amor, en su belleza y en la perfección de su carácter. Cristo en su
abnegación, Cristo en su humillación, Cristo en su pureza y santidad, Cristo
en su incomparable amor: esto es lo que debe contemplar el alma. Amándole,
imitándole, dependiendo enteramente de él, es como seréis transformados a su
semejanza.
Jesús dice: "Permaneced en mí" Estas palabras dan
idea de descanso, estabilidad, confianza. También nos invita: "¡Venid a
mí ... y os daré descanso!" (San Mateo 11: 28). Las palabras del
salmista expresan el mismo pensamiento: "Confía calladamente en Jehová, y
espérale con paciencia." Isaías asegura que "en quietud y confianza
será vuestra fortaleza." (Salmo 37: 7; Isaías 30: 15). Este
descanso no se funda en la inactividad: porque en la invitación del Salvador la
promesa de descanso está unida con el llamamiento al trabajo: "Tomad mi
yugo sobre vosotros, y . . hallaréis descanso." (San Mateo 11 : 29).
El corazón que más plenamente descansa en Cristo es el mas
ardiente y activo en el trabajo para él.
Cuando el hombre dedica muchos pensamientos a sí mismo, se
aleja de Cristo: manantial de fortaleza y vida. Por esto Satanás se esfuerza
constantemente por mantener la atención apartada del Salvador e impedir así la
unión y comunión del alma con Cristo. Los placeres del mundo, los cuidados de
la vida Y sus perplejidades y tristezas, las faltas de otros o vuestras propias
faltas e imperfecciones: hacia alguna de estas cosas, o hacia todas ellas,
procura desviar la mente. No seáis engañados por sus maquinaciones. A muchos
que son realmente concienzudos y que desean vivir para Dios, los hace también
detenerse a menudo en sus faltas y debilidades, y al separarlos así de Cristo,
espera obtener la victoria.
No debemos hacer de nuestro yo el centro de nuestros
pensamientos, ni alimentar ansiedad ni temor acerca de si seremos salvos o no.
Todo esto es lo que desvía el alma de la Fuente de nuestra fortaleza.
Encomendad vuestra alma al cuidado de Dios y confiad en él. Hablad de Jesús y
pensad en él. Piérdase en él vuestra personalidad. Desterrad toda duda;
disipad vuestros temores. Decid con el apóstol Pablo: "Vivo; mas no ya yo,
sino que Cristo vive en mí: y aquella vida que ahora vivo en la carne, la vivo
por la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó, y se dio a sí mismo por
mí." (Gálatas 2: 20). Reposad en Dios. Él puede guardar lo que le
habéis confiado. Si os ponéis en sus manos, él os hará más que vencedores
por Aquel que nos amó.
Cuando Cristo se humanó, se unió a sí mismo a la humanidad
con un lazo de amor que jamás romperá poder alguno, salvo la elección del
hombre mismo. Satanás constantemente nos presenta engaños para inducirnos a
romper este lazo: elegir separarnos de Cristo. Sobre esto necesitamos velar,
luchar, orar, para que ninguna cosa pueda inducirnos a elegir otro maestro; pues
estamos siempre libres para hacer esto. Mas tengamos los ojos fijos en Cristo, y
él nos preservará. Confiando en Jesús estamos seguros. Nada puede
arrebatarnos de su mano. Mirándolo constantemente, "somos transformados en
la misma semejanza, de gloria en gloria, así como por el Espíritu del
Señor." (2 Corintios 3: 18).
Así fue como los primeros discípulos se hicieron semejantes
a nuestro Salvador. Cuando ellos oyeron las palabras de Jesús, sintieron su
necesidad de él. Lo buscaron, lo encontraron, lo siguieron. Estaban con él en
la casa, a la mesa, en su retiro, en el campo. Estaban con él como discípulos
con un maestro, recibiendo diariamente de sus labios lecciones de santa verdad.
Lo miraban como los siervos a su señor, para aprender sus deberes. Aquellos
discípulos eran hombres sujetos "a las mismas debilidades que
nosotros" (Santiago 5: 17). Tenían la misma batalla con el pecado.
Necesitaban la misma gracia, a fin de poder vivir una vida santa.
Aun Juan, el discípulo amado, el que más plenamente llegó
a reflejar la imagen del salvador, no poseía naturalmente esa belleza de
carácter. No solamente hacía valer sus derechos y ambicionaba honores, sino
que era impetuoso y se resentía bajo las injurias. Mas cuando se le manifestó
el carácter de Cristo, vio sus defectos y el conocimiento de ellos lo humilló.
La fortaleza y la paciencia, el poder y la ternura, la majestad y la mansedumbre
que él vio en la vida diaria del Hijo de Dios, llenaron su alma de admiración
y amor. De día en día era su corazón atraído hacia Cristo, hasta que se
olvidó de sí mismo por amor a su Maestro. Su genio, resentido y ambicioso,
cedió al poder transformador de Cristo. La influencia regeneradora del
Espíritu Santo renovó su corazón. El poder del amor de Cristo transformó su
carácter. Este es el resultado seguro de la unión con Jesús. Cuando Cristo
habita en el corazón, la naturaleza entera se transforma. El Espíritu de
Cristo y su amor, ablandan el corazón, someten el alma y elevan los
pensamientos y deseos a Dios y al cielo.
Cuando Cristo ascendió a los cielos, la sensación de su
presencia permaneció aún con los que le seguían. Era una presencia personal,
llena de amor y luz. Jesús, el Salvador, que había andado y conversado y orado
con ellos, que había hablado a sus corazones palabras de esperanza y consuelo,
fue arrebatado de ellos al cielo mientras les comunicaba aún un mensaje de paz,
y los acentos de su voz: "He aquí yo estoy con vosotros todos los días
hasta el fin del mundo." (San Mateo 28: 20) llegaban todavía a
ellos, cuando una nube de ángeles lo recibió. Había ascendido al cielo en
forma humana. Sabían que estaba delante del trono de Dios, como Amigo y
Salvador suyo todavía; que sus simpatías no habían cambiado; que estaba aún
identificado con la doliente humanidad. Estaba presentando delante de Dios los
méritos de su propia sangre, estaba mostrándole sus manos y sus pies
traspasados, como memoria del precio que había pagado por sus redimidos.
Sabían que él había ascendido al cielo para prepararles lugar y que vendría
otra vez para llevarlos consigo.
Al congregarse después de su ascensión, estaban ansiosos de
presentar sus peticiones al Padre en el nombre de Jesús. Con solemne temor se
postraron en oración, repitiendo la promesa: "Todo cuanto pidiereis al
Padre en mi nombre, él os lo dará. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi
nombre: pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea completo." (San
Juan 16: 23, 24). Extendieron más y más la mano de la fe presentando aquel
poderoso argumento: "¡Cristo Jesús es el que murió; más aún, el que
fue levantado de entre los muertos; el que está a la diestra de Dios; el que
también intercede por nosotros!" (Romanos 8: 34).
Y en el día de Pentecostés vino a ellos la presencia del
Consolador, del cual Cristo había dicho: "Estará en vosotros". Y les
había dicho más: "Os conviene que yo vaya; porque si no me fuere, el
Consolador no vendrá a vosotros; mas si me fuere, os le enviaré" (San
Juan 14: 17 ; 16: 7). Y desde aquel día Cristo había de morar
continuamente por el Espíritu en el corazón de sus hijos. Su unión con ellos
era más estrecha que cuando él estaba personalmente con ellos. La luz, el amor
y el poder de la presencia de Cristo resplandecían en ellos, de tal manera que
los hombres, mirándolos, "se maravillaban; y al fin los reconocían, que
eran de los que habían estado con Jesús" (Hechos 4: 13).
Todo lo que Cristo fue para sus primeros discípulos, desea
serlo para sus hijos hoy; porque en su última oración, realizada con el
pequeño grupo de discípulos que reunió a su alrededor, dijo: "No ruego
solamente por éstos, sino por aquellos también que han de creer en mí por
medio de la palabra de ellos." (San Juan 17: 20).
Jesús oró por nosotros y pidió que fuésemos uno con él,
así como él es uno con el Padre. ¡Qué unión tan preciosa! El Salvador
había dicho de sí mismo: "No puede el Hijo hacer nada de sí mismo",
"el Padre, morando en mí, hace sus obras." (San Juan 5: 19; 14:
10). De modo que si Cristo está en nuestro corazón, obrará en nosotros
"así el querer como el obrar a causa de su buena voluntad." (Filipenses
2:13). Trabajaremos como trabajó él; manifestaremos el mismo espíritu. Y
amándole y morando en él así, creceremos "en todos respectos en el que
es la Cabeza, es decir, en Cristo." (Efesios 4: 15).
CAPÍTULO
9

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